Te
di la vida, pero no puedo vivirla por ti.
Puedo enseñarte muchas cosas, pero no
puedo obligarte a aprender.
Puedo dirigirte, pero no puedo responsabilizarme por lo que haces.
Puedo llevarte a la iglesia, a la
mezquita o a la sinagoga, pero no puedo obligarte a creer.
Puedo instruirte en lo malo y lo bueno,
pero no puedo decidir por ti.
Puedo darte amor, pero no puedo
obligarte a aceptarlo.
Puedo enseñarte a compartir, pero no
puedo forzarte a hacerlo.
Puedo hablarte del respeto, pero no
puedo evitar que seas irrespetuoso.
Puedo aconsejarte sobre las buenas
amistades, pero no puedo escogértelas.
Puedo decirte que el licor es
peligroso, pero no puedo decir NO por ti.
Puedo advertirte acerca de las drogas,
pero no puedo evitar que las uses.
Puedo exhortarte a la necesidad de
tener metas altas, pero no puedo alcanzarlas por ti.
Puedo enseñarte acerca de la bondad,
pero no puedo obligarte a ser bondadoso.
Puedo explicarte cómo vivir, pero no
puedo vivir por ti.
"Hay un período de la vida en que
los padres quedamos huérfanos de nuestros hijos". Es que los niños crecen
independientemente de nosotros, como árboles murmurantes y pájaros imprudentes.
Crecen sin pedir permiso a la vida.
Crecen con una estridencia alegre y, a
veces, con alardeada arrogancia.
Pero no crecen todos los días, crecen
de repente. Un día se sientan cerca de ti y con una naturalidad increíble te
dicen cualquier cosa que te indica que esa criatura de pañales... ¡ya creció!
¿Cuándo creció que no lo percibiste? ¿Dónde quedaron las fiestas infantiles, el
juego en la arena, los cumpleaños con payasos?
El niño crece en un ritual de
obediencia orgánica y desobediencia civil.
Ahora estás allí, en la puerta de la
discoteca, esperando no sólo que no crezcan, sino que aparezcan... Allí están
muchos padres al volante esperando que salgan zumbando sobre patines, con sus
cabellos largos y sueltos. Y allí están nuestros hijos, entre hamburguesas y gaseosas
en las esquinas. Con el uniforme de su generación y sus incómodas y pesadas
mochilas en los hombros.
Acá estamos nosotros, con los cabellos
canos. Y esos son nuestros hijos, los que amamos a pesar de los golpes de los
vientos, de las escasas cosechas de paz, de las malas noticias y la dictadura
de las horas.
Ellos crecieron amaestrados, observando
y aprendiendo con nuestros errores y nuestros aciertos. Principalmente con los
errores que esperamos no se repitan.
Hay un período en que los padres vamos
quedando huérfanos de los hijos... Ya no los buscaremos más en las puertas de
las discotecas y del cine. Pasó el tiempo del piano, el fútbol, el ballet, la
natación...
Salieron del asiento de atrás y pasaron
al volante de sus propias vidas.
Deberíamos haber ido más junto a su
cama al anochecer para oír su alma respirando conversaciones y confidencias
entre las sábanas de la infancia, y a los adolescentes cubrecamas de aquellas
piezas con calcomanías, afiches, agendas coloridas y discos ensordecedores.
Pero crecieron sin que agotáramos con
ellos todo nuestro afecto.
Al principio fueron al campo, la playa,
fiestas, pascuas, piscinas y amigos. Sí, había peleas en el auto por la
ventana, los pedidos de chicles, la música de moda.
Después llegó el tiempo en que viajar
con los padres comenzó a ser un esfuerzo, un sufrimiento, no podían dejar a sus
amigos y primeros enamorados.
Quedamos los padres exiliados de los
hijos.
Teníamos la soledad que siempre
deseamos... Deseando que escojan bien en la búsqueda de la felicidad y
conquisten el mundo del modo menos complejo posible.
El secreto es esperar...
En cualquier momento nos darán nietos.
El nieto es la hora del cariño ocioso y
la picardía no ejercida en los propios hijos. Por eso los abuelos son tan desmesurados
y distribuyen tan incontrolable cariño.
Los nietos son la última oportunidad de
reeditar nuestro afecto. Por eso, es necesario hacer algunas cosas adicionales... ¡¡¡¡ANTES QUE NUESTROS HIJOS CREZCAN!!!!
Así es. Los seres humanos sólo
aprendemos a ser hijos después de ser padres, sólo aprendemos a ser padres
después de ser abuelos... En fin, pareciera que sólo aprendemos a vivir después
de que la vida se nos ha pasado...
¡¡¡Oh
los hijos!!! Lo mejor de nuestras vidas, sepamos disfrutarlos... ¡crecen tan rápido!
Autor desconocido
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