I
Cumpliste los quince años, lindísima
chiquilla, ya bajas el vestido y al mundo vas a entrar, y con fugaz sonrojo tu
cándida mejilla, cuando te mira un joven, se empieza a colorear.
Así a vivir comienzan las niñas
agraciadas; las miran y les gusta y empiezan a sentir, y vienen las palabras
detrás de las miradas, y llenas de alegría las oyen repetir.
II
¡Cuidado! En torno tuyo risueños
gavilanes con plumas de paloma ya empiezan a volar, y al verte tan hermosa, te
miran los galanes como la abeja mira la flor que va a picar.
Diránte muchas cosas, diránte dichos
bellos, palabras seductoras de dulce vibración... ¡Ay! niña, no les creas;
sonríete con ellos, pero a ninguno entregues tu virgen corazón.
III
Es cierto que eres linda, cual blanca
mariposa que liba en los jardines el cáliz de la flor; pero hay otra belleza
mil veces más preciosa, belleza que en el alma derrama se esplendor.
De esa belleza pura tu frente es el
reflejo, virtud inmaculada, sublime sencillez; y acaso cuando a solas te miras
al espejo sonríes ignorando que es ella a la que vez.
IV
¡Quince años! Va a cambiarse la escena
de tu vida, absorta te detienes al borde de otro mar: suavísima, olorosa, la
brisa te convida, y ves por blandas ondas tu barca acariciar.
El cielo esparce luces, la tierra brota
flores, los ángeles te prestan su gracia celestial: con himnos de ternura te
arrullan los amores y agitarse de dicha tu seno virginal.
V
¿No es cierto que es muy bella la vida a
los quince años? El alma a todo presta su espléndido color: ¡doquier el mundo
ofrece bellísimos engaños, doquier se ven brotando las rosas del amor!
¡Oh, déjalas que broten y escoge las más
bellas, sin arrancar las hojas del prístino botón; haz ramos y guirnaldas y
adórnate con ellas y entona con las aves del alma la canción!
VI
¡Quince años!, en el alma se siente un
vago anhelo, extraña y dulce mezcla de gozo y de ansiedad; y es que el amor ya
viene bajando desde el cielo y poco a poco llena de luz su oscuridad.
Entonces en los ojos se aviva la mirada,
el corazón empieza más fuerte a palpitar; el alma con otra alma se ve
transfigurada y vienen gratos sueños la mente a acariciar.
VII
¡Cuidado, pues, oh, niña! Risueños los
galanes mendigan ya el aroma de tu alma virginal, y en torno tuyo vuelan
astutos gavilanes cual vuelan las abejas en torno del panal.
Tan sólo si hay entre ellos un alma rica
y pura, que sepa comprenderte, que te ame con pasión, que en tu alma deposite
tesoros de ternura, entrégale a él solo tu virgen corazón.
Luis Rodríguez Velasco
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