sábado, 13 de diciembre de 2014

Quince años...

I
Cumpliste los quince años, lindísima chiquilla, ya bajas el vestido y al mundo vas a entrar, y con fugaz sonrojo tu cándida mejilla, cuando te mira un joven, se empieza a colorear.
Así a vivir comienzan las niñas agraciadas; las miran y les gusta y empiezan a sentir, y vienen las palabras detrás de las miradas, y llenas de alegría las oyen repetir.

II
¡Cuidado! En torno tuyo risueños gavilanes con plumas de paloma ya empiezan a volar, y al verte tan hermosa, te miran los galanes como la abeja mira la flor que va a picar.
Diránte muchas cosas, diránte dichos bellos, palabras seductoras de dulce vibración... ¡Ay! niña, no les creas; sonríete con ellos, pero a ninguno entregues tu virgen corazón.

III
Es cierto que eres linda, cual blanca mariposa que liba en los jardines el cáliz de la flor; pero hay otra belleza mil veces más preciosa, belleza que en el alma derrama se esplendor.
De esa belleza pura tu frente es el reflejo, virtud inmaculada, sublime sencillez; y acaso cuando a solas te miras al espejo sonríes ignorando que es ella a la que vez.

IV
¡Quince años! Va a cambiarse la escena de tu vida, absorta te detienes al borde de otro mar: suavísima, olorosa, la brisa te convida, y ves por blandas ondas tu barca acariciar.
El cielo esparce luces, la tierra brota flores, los ángeles te prestan su gracia celestial: con himnos de ternura te arrullan los amores y agitarse de dicha tu seno virginal.

V
¿No es cierto que es muy bella la vida a los quince años? El alma a todo presta su espléndido color: ¡doquier el mundo ofrece bellísimos engaños, doquier se ven brotando las rosas del amor!
¡Oh, déjalas que broten y escoge las más bellas, sin arrancar las hojas del prístino botón; haz ramos y guirnaldas y adórnate con ellas y entona con las aves del alma la canción!

VI
¡Quince años!, en el alma se siente un vago anhelo, extraña y dulce mezcla de gozo y de ansiedad; y es que el amor ya viene bajando desde el cielo y poco a poco llena de luz su oscuridad.
Entonces en los ojos se aviva la mirada, el corazón empieza más fuerte a palpitar; el alma con otra alma se ve transfigurada y vienen gratos sueños la mente a acariciar.

VII
¡Cuidado, pues, oh, niña! Risueños los galanes mendigan ya el aroma de tu alma virginal, y en torno tuyo vuelan astutos gavilanes cual vuelan las abejas en torno del panal.
Tan sólo si hay entre ellos un alma rica y pura, que sepa comprenderte, que te ame con pasión, que en tu alma deposite tesoros de ternura, entrégale a él solo tu virgen corazón.


Luis Rodríguez Velasco

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