sábado, 2 de mayo de 2015

Malvinas: una historia que conmueve

Corría el año 1982. En Argentina se declara la intención de recuperar la soberanía de las Islas, hecho que desencadena una guerra que nadie esperaba. La historia de vivir en un momento de conflicto bélico, en palabras de un vecino de Puerto Madryn.

Walter Aldana, residente de la ciudad, tiene 62 años y recuerda esa época como si los hechos hubieran ocurrido ayer: “Aquí llevábamos adelante nuestra vida normalmente, pero vivíamos con inquietud, con cierto temor”. Su relato se define por la seguridad y el sentimiento que le imprime.

Recuerda las noches en la que estaba asignado como “jefe de manzana”, el cual llevaba a cabo la actividad de “oscurecimiento”. Nos explica que esto no era más que “tapar todas las aberturas con cartones y telas oscuras de las casas para que no se vea la luz desde fuera” y, si existía alguna emergencia y por ende debía utilizarse el auto, “se debía colocar cinta adhesiva a los focos para disminuir la luz”. Asimismo, nos cuenta que helicópteros patrullaban el cielo por las noches, para verificar que todo esté a oscuras y que “si veían luz, iluminaban con reflectores para que localicemos la ventana que había que tapar”.

Puerto Madryn fue una de las localidades amenazadas por los posibles bombardeos que podrían afectar al país. En las escuelas “se les explicaba a los alumnos que debían alejarse de las ventanas y salir de sus casas en caso de bombardeo”. Walter recuerda que una noche debieron salir al jardín de su casa por una declaración que escucharon por la radio: “dijeron ‘alerta roja’ y comenzó a sonar la sirena de los bomberos. Todos nos asustamos y salimos al patio con mi familia. Pero después se comprobó que fue una falsa alarma, ya que la alerta fue para Comodoro Rivadavia y el resto del sur”. El peligro de bombardeo estaba dirigido a las ciudades que poseían puerto, ya que de allí zarpaban los barcos que transportaban a los soldados hacia las Malvinas.
            
Por este hecho, se han dictado cursos de primeros auxilios en la localidad: “nos explicaron lo básico, como por ejemplo el RCP. Ante una herida, nos enseñaron a venderla y luego llevar a la persona hasta el hospital más cercano”.
            
En tiempos de conflictos bélicos, la información se torna algo confusa, contradictoria y hasta ficticia por momentos. “Al principio creíamos que íbamos ganando la guerra, porque sus relatos y declaraciones eran muy convincentes. Hasta que comenzamos a hablar con gente que venía de otras ciudades del norte, en donde se maneja una información distinta a las que nos compartían aquí”. Walter denuncia que los engaños estaban a la orden del día, ya que “las donaciones que realizábamos nunca llegaban a destino (…) mientras que los soldados morían de frío y hambre allí”.
           
Al finalizar la guerra, el clima vivido fue de tristeza e incertidumbre. Nadie estaba seguro de lo que podía ocurrir: “la cúpula militar renunció y asumió en su lugar un general que llamó a elecciones al poco tiempo”. Explica que la tristeza fue, en general, porque no pudieron retener las Malvinas y que no eran muy conscientes de la cantidad de fallecidos en la guerra: “se pensaba que habían muerto pocos soldados, porque ésa era la información con la que contábamos; y que había algunos heridos. Lo que no sabíamos era que la mayor herida fue la psicológica”. Con el correr de los años, muchos de esos soldados tomaron la trágica decisión de terminar con su vida; otros frecuentan psiquiatras y psicólogos para espantar el fantasma bélico.

            
Con el tiempo se dejó de hablar de los padecimientos por Malvinas, pero las heridas causadas por una “inútil guerra” aún siguen abiertas en aquellas personas que la sufrieron y vivieron de cerca sus consecuencias.

Romina Alzugaray

viernes, 1 de mayo de 2015

La Italia de Silvio Berlusconi*

El éxito político de Silvio Berlusconi no es de ninguna manera un rayo en el sereno cielo de la historia de Italia, ni tampoco un ovni caído en pleno centro de una democracia eficaz y un mercado transparente. Por el contrario, representa la síntesis y la seguridad de su declinación así como de su inmovilismo; y es, en parte, su causa.
Desde 1978, año del asesinato de Aldo Moro por las Brigadas Rojas, Italia ha padecido de una falta de objetivos políticos y de un impulso reformador; ha sufrido una decadencia del sentido cívico ligada a la extinción progresiva del fundamento de la legitimidad de la República: el antifascismo. Después, a partir de los años 80, el papel regulador de la política y del derecho disminuyó en beneficio de un mayor peso de las exigencias de la economía. Pero de una economía cuyo carácter “liberal” es puramente ideológico, porque su sustancia es neocorporativa y clientelista.

Un país clientelista


Italia es un país fragmentado en grupo de intereses, desde los más poderosos hasta los más miserables, en guerra los unos contra los otros y que han olvidado la legalidad común, e incluso el espíritu cívico. Su sociedad es una jungla –salpicada de algunos claros un poco más hospitalarios, como algunas regiones del Norte o las “rojas” del Centro- donde no intervienen verdaderamente ni la lógica del mercado ni la lógica del Estado, sino las lógicas del privilegio, de la pertenencia, del resentimiento o del miedo.
No es casualidad que sea la inseguridad la que caracteriza a este “estado natural”, típico de una sociedad que percibe cada vez menos la necesidad de normas para vivir juntos. Los italianos sienten intuitivamente que la crisis de la legalidad los penaliza a todos, pero la mayoría prefiere jugar a “colarse”, tratando de deslizarse entre las mallas de la ley, sin esforzarse nunca por volver a una acción colectiva respetuosa de las reglas.
El auge de la corrupción, incluso dentro de la administración, se desprende de esta lógica de lo “particular” o de lo “familiar amoral”, que ahora constituye la norma1. El espacio público de la legalidad, la transparencia y la universalidad se reduce. Y le sucede un conglomerado de intereses privados y de particularismos con influencias y fuerzas diversas, en lucha por un equilibrio precario. La sociedad se estructura siempre en función de las fidelidades personales y de las clientelas: en vez de la ley, los derechos y los deberes, prefiere las astucias y el favoritismo. A la crisis económica, social y política se agrega así una crisis moral, verdadero derroche de ese capital social que representa la confianza.
La disgregación de la izquierda ha tenido un gran papel en la aventura berlusconiana. Minada de incertidumbres y de contradicciones cuando se encontraba en el poder, la izquierda se ha aliado ahora con una parte minoritaria de los católicos y ha formado con ellos un polo político de intelectuales (cada vez menos numerosos), de trabajadores del sector público y de jubilados. Sólo sigue siendo hegemónica (no sin dificultades) en algunas regiones de Italia central, como la Emilia Romagna y la Toscana, mientras en las demás domina el sistema clientelista de la derecha.
Porque Berlusconi ha logrado encarnar la “rebelión de las masas” provocada por el fin del sistema de partidos de la Primera República, que precipitaron las acciones judiciales de Mani pulite2, al diezmar a una parte de la clase política. Aprovechó en su favor la rebelión contra la política, contra la cultura y contra las elites que marcó los años 90, y que sigue vigente.
Su fuerza se apoya en un populismo plebiscitario que se alimenta del poder mediático, de un auténtico carisma personal y de un pacto con los italianos basado en inclinaciones, intereses, miedos y pasiones. Berlusconi ofrece a sus electores una retórica y una cultura política cínicas y anti-institucionales. Los valores que defiende con sus palabras –pero que nunca pone en práctica- están vinculados con creencias tradicionales anti-intelectuales y pequeñoburguesas. No acepta ningún límite a su propio poder, como lo prueban sus polémicas contra el Parlamento, en el cual sin embargo dispone de una mayoría; y contra la Magistratura, de la que ha querido protegerse con una ley que le asegura inmunidad judicial personal, sin olvidar su interpretación autoritaria del papel del Presidente del Consejo.

Prácticas privadas


Para Berlusconi, el Presidente del Consejo representa la expresión directa del favor popular, una investidura que le aporta al feliz elegido la unción del Señor (como él mismo lo afirmó hace algunos años) y lo coloca ampliamente por sobre las leyes y las instituciones. Bajo esta óptica, la delegación no es el resultado de un procedimiento racional, sino de una representación simbólica, personal y plebiscitaria, gracias a la cual el pueblo reconoce su propia identidad en el cuerpo místico del jefe. El pueblo lo ama porque el jefe lo comprende y le brinda un sentimiento de seguridad, por lo menos cuando odia (a eso lo empujan) a los “comunistas”, un término con el cual la retórica de derecha designa a los espíritus críticos y, más generalmente, a cualquiera que no esté alineado con el sistema de valores de la mayoría. Para Berlusconi, la esfera pública no es de ninguna manera un espacio crítico, sino más bien el espacio de la publicidad –en el sentido comercial de la palabra-, de la propaganda y del consenso entusiasta.
Esta política autoritaria y carismática es naturalmente ajena al antifascismo; por otra parte, ninguno de los grandes partidos históricos del Consejo Nacional de Liberación participó en el primer gobierno de Berlusconi, en 1994. Se trata de una política que no tienen nada en común con la democracia liberal, como lo confirman los reiterados ataques contra la libertad de prensa y la televisión, el abandono de toda noción laica en política (privilegios económicos de la Iglesia y respeto ostensible de las directivas de la jerarquía religiosa en materia de bioética y de biopolítica), la ausencia de todo escrúpulo en la excitación de la xenofobia y los medios sociales3.
Se trata también del paso del poder de los partidos al poder de las personas, o de una persona, y del “arco constitucional”4 a una política de división vertical del país en dos bloques opuestos hasta en sus antropologías. La repetición constante de la lógica amigo/enemigo permite forjar una unidad simbólica en un país donde deliberadamente se mantienen la fragmentación y las desigualdades económicas y sociales5.
Más que “el hombre que hace” –como a él le gusta definirse, por oposición a los políticos de profesión, que se contentarían con hablar- Berlusconi es “el hombre que deja hacer”. Pero no en el sentido del protoliberalismo de François Guizot; su laisser faire consiste en dejar que cada grupo de poder o de interés conserve sus privilegios y busque incrementarlos en detrimento de los grupos más débiles –incluido el fisco (la lucha contra la evasión de capitales ha perdido eficacia)- y, más generalmente, en menoscabo de la dimensión colectiva de la cohabitación nacional.
El primero en beneficiarse con esto es, evidentemente, él mismo, cuyo conflicto de intereses no resuelto pertenece ya al paisaje político e incuso ha dejado de atraer la atención. Por el contrario: la posición anormal de jefe lo lleva a garantizar la impunidad de todos los ciudadanos por sus faltas a la norma común, sean pequeñas o grandes. La ley universal de la República se ha convertido en la anomalía, de la cual Silvio Berlusconi constituye el ícono: saturar la vida pública con lógicas y prácticas privadas representa la fuerza de su posición y la razón del consenso de que goza. El trabajo asalariado, principalmente público, es sin embargo una excepción, “en la mira” de los controles del ministro Rento Brunetta, que excita el resentimiento de la mayoría de los italianos contra la administración, sin por eso mejorar las prestaciones6.

Política ruinosa


El electorado de Berlusconi no se reduce a los ricos y a los poderosos. Las clases medias, los empleados y una parte de los obreros también lo votan, decepcionados por la política de seguridad colectiva de la izquierda, el Estado de Bienestar y el principio mismo de igualdad. Prefieren creer en las esperanzas, en las ilusiones (y en los rencores) que la derecha alimenta. Cuenta con il Cavaliere Berlusconi para ayudarlos a arreglárselas, tal vez con el apoyo, tradicional, de la administración.
A la inversa, entre los discursos y los actos de Berlusconi se abre un foso más profundo que el que existe entre los profesionales sin escrúpulos de la política. ¿Dónde fue a parar la promesa electoral de 2001, de “menos impuestos para todo el mundo”? La derecha ha renegado de ella, porque su política real va en contra de los intereses de las categorías más modestas. Y en cuanto a las medidas contra los trusts y a favor de la libre competencia del mercado tomadas por el gobierno de Romano Prodi, que introducían, con prudencia, un tipo de class action (posibilidad para los consumidores de volverse colectivamente en contra de una práctica dudosa de una empresa privada): la derecha las ha vaciado de sustancia multiplicando las multas, todas destinadas a favorecer a las grandes empresas7.
En resumen, como de costumbre, la carrera por el interés a corto plazo recompensa a los más fuertes: muchos italianos se creen hábiles, pero en realidad resultan engañados, cuando no se equivocan ellos mismos. Aunque Berlusconi aparece como un mago que, simultáneamente, decepciona y encanta, nunca logrará modernizar nada autoritariamente, incluso de manera indirecta. De la vieja Democracia Cristiana ha heredado el electorado, pero no la política, ya que ésta consistía en obtener votos de la derecha para reciclarlos en el centro-izquierda, al servicio de un desarrollo democrático. Él toma sus votos del “vientre” del país y los utiliza para afirmar su propio poder y dejar a Italia igual.
Tal vez la mayoría de los italianos se despertarán un día del encanto berlusconiano y romperán el pacto que han firmado con él; será el día en que se den cuenta de que la política del “no hacer nada” resulta ruinosa. Que el rechazo a ver la crisis, como hace la derecha, no basta para superar. En junio pasado, il Cavaliere atravesó la crisis más grave de su carrera, una crisis que hubiera destruido a cualquier otro político occidental: el escándalo de las fiestas en sus residencias privadas de Roma y de la Costa de Esmeralda, la participación de prostitutas de lujo, el transporte de éstas en vuelos fletados por el Estado… Y, sin embargo, los italianos siguen manifestándole mayoritariamente su confianza, aunque algo reducida, en las encuestas y elecciones8, como si la verdadera esencia de su política, su función pública, quedara intacta.
Así volvemos a nuestra pregunta inicial: ¿Berlusconi se ha adaptado a los italianos hasta el punto de que, cuando deje la escena, el país ya no podrá volver a una política que no practica desde hace años?
____________________
1El barómetro de la corrupción de Transparency International, Global Corruption Barometer 2009, ubica a Italia en una posición deshonrosa en la escala global de la corrupción, tanto real como percibida.
2Mani pulite (“manos limpias”): investigación lanzada por los magistrados de Milán, el 17 de febrero de 1992, con el fin de sacar a luz la corrupción generalizada del sistema de los partidos políticos.
3Véanse los recientes comentarios sobre Milán, que “se parece a una ciudad africana”, II Corriere della Sera, Milán, 04-6-09
4Expresión utilizada en el debate político de los años 60 y 70 para calificar a los partidos que habían participado en la redacción y aprobación de la Constitución de 1948, desde los comunistas a los liberales. Estaba excluido el Movimiento Social Italiano (MSI), que no compartía los valores antifascistas.
5Para Berlusconi, la izquierda es el “enemigo de Italia”. Véase La Repubblica, Roma, 30-6-09.
6El 25 de junio de 2008, por iniciativa del ministro de Instrucción Pública, el gobierno aprobó el decreto-ley 112/2008, conocido como el “decreto anti-holgazanes”, que sanciona las ausencias al trabajo de los funcionarios y prevé, entre otras cosas, reducciones de salario por los diez primeros días de ausencia, independientemente de la duración de la licencia por enfermedad.
7Véase el Informe Anual de la Autoridad Garante de la Competencia y el Mercado, 30-04-09 (www.agcm.it)
8En las elecciones europeas y regionales del 20 y 21 de junio de 2009, el partido del Presidente del Consejo consiguió un éxito real, pero sin alcanzar el umbral del 40% que el primer ministro Silvio Berlusconi había manifestado como su objetivo.

Carlo Galli
*Escrito en septiembre de 2009
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")

domingo, 12 de abril de 2015

¿Qué es exactamente la democracia?*

En su Política, Aristóteles nos dice en primer lugar esto: “En democracia, los pobres son reyes porque son mayoría, y porque la voluntad de la mayoría tiene fuerza de ley”. En un segundo pasaje, parece restringir primero el alcance de esta frase, luego la amplía, la completa y acaba por establecer un axioma: “La equidad en el seno del Estado exige que los pobres no posean de ningún modo más poder que los ricos, que no sean los únicos soberanos, sino que todos los ciudadanos lo sean en proporción a su número. Éstas son las condiciones indispensables para que el Estado garantice eficazmente la igualdad y la libertad”.

Aristóteles nos dice que aunque participen con total legitimidad democrática en el gobierno de la polis, los ciudadanos ricos serán siempre una minoría en razón de una incontestable proporcionalidad. Sobre un punto, tenía razón: por más lejos que nos remontemos en el tiempo, nunca los ricos fueron más numerosos que los pobres. Pese a esto, los ricos siempre gobernaron el mundo o sostuvieron los hilos de los que gobernaban. Constatación más actual que nunca. Señalemos de paso que, para Aristóteles, el Estado representa una forma superior de moralidad…

Todo manual de derecho constitucional nos enseña que la democracia es “una organización interna del Estado por la cual el origen y el ejercicio del poder político incumbe al pueblo, organización que permite al pueblo gobernado gobernar a su vez por medio de sus representantes electos”. Aceptar definiciones como ésta, de una pertinencia tal que roza las ciencias exactas, correspondería, traspuestas a nuestra vida, a no tener en cuenta la gradación infinita de estados patológicos a los que nuestro cuerpo puede verse confrontado en todo momento.

En otros términos: el hecho de que la democracia pueda definirse con mucha precisión no significa que funcione realmente. Una breve incursión en la historia de las ideas políticas conduce a dos observaciones a menudo descartadas so pretexto de que el mundo cambia. La primera, recuerda que la democracia apareció en Atenas, hacia el siglo V antes de Cristo; que suponía la participación de todos los hombres libres en el gobierno de la ciudad; estaba fundada en la forma directa, siendo los cargos efectivos o atribuidos según un sistema mixto de sorteo y elección, y los ciudadanos tenían derecho al voto y a presentar propuestas en las asambleas populares.

Sin embargo –ésta es la segunda observación-, en Roma, continuadora de los griegos, el sistema democrático no consiguió imponerse. El obstáculo procedió del poder económico desmedido de una aristocracia latifundista que veía en la democracia un enemigo directo. Peso al riesgo de toda extrapolación, ¿podemos evitar preguntarnos si los imperios económicos contemporáneos no son, también, adversarios radicales de la democracia, aunque se mantengan por el momento las apariencias?

El lugar del poder


Las instancias del poder político intentan desviar nuestra atención de una evidencia: dentro mismo del mecanismo electoral se encuentran en conflicto una opción política representada por el voto y una abdicación cívica. ¿Acaso no es cierto que, en el preciso momento en que la boleta es introducida en la urna, el elector transfiere a otras manos, sin más contrapartida que algunas promesas escuchadas durante la campaña electoral, la parcela de poder político que poseía hasta ese momento en tanto miembro de la comunidad de ciudadanos?

Este papel de abogado del diablo que asumo puede parecer imprudente. Razón de más para que examinemos qué es nuestra democracia y cuál es su utilidad, antes de pretender –obsesión de nuestra época- hacerla obligatoria y universal. Esta caricatura de democracia que, como misioneros de una nueva religión, procuramos imponer al resto del mundo no es la democracia de los griegos, sino un sistema que los mismos romanos no habrían vacilado en imponer a sus territorios. Este tipo de democracia, rebajada por mil parámetros económicos y financieros, habría logrado sin duda hacer cambiar de idea a los latifundistas del Lacio, transformados entonces en los más fervientes demócratas…

Podría surgir en la mente de algunos lectores una enojosa sospecha acerca de mis convicciones democráticas, dadas mis muy conocidas inclinaciones ideológicas (miembro del Partido Comunista Portugués)… Defiendo la idea de un mundo verdaderamente democrático que finalmente se haga realidad, dos mil quinientos años después de Sócrates, Platón y Aristóteles. Esa quimera griega de una sociedad armoniosa, sin distinciones entre amos y esclavos, como la conciben las almas cándidas que siguen creyendo en la perfección.

Algunos me dirán: pero las democracias occidentales no son censatarias ni racistas, y el voto del ciudadano rico o de piel blanca cuenta tanto en las urnas como el del ciudadano pobre o de piel oscura. Si nos fiamos de semejantes apariencias, habríamos alcanzado el summum de la democracia.

A riesgo de aplacar esos ardores, diré que las realidades terribles del mundo en que vivimos hacen irrisorio ese cuadro idílico y que, de un modo u otro, acabaremos dando con un cuerpo autoritario disimulado bajo los más bellos atavíos de la democracia.

Así, el derecho de voto, expresión de una voluntad política, es al mismo tiempo un acto de renuncia a esa misma voluntad, puesto que el elector la delega a un candidato. Al menos para una gran parte de la población, el acto de votar es una forma de renuncia temporaria a un acción política personal, puesta en sordina hasta las siguientes elecciones, momento en que los mecanismos de delegación volverán al punto de partida para empezar otra vez de la misma manera.

Pero la minoría elegida, esta renuncia puede constituir el primer paso de un mecanismo que autoriza muchas veces –a pesar de las vanas esperanzas de los electores- a perseguir objetivos que no tienen nada de democráticos y pueden ser verdaderas ofensas a la ley. En principio, a nadie se le ocurriría elegir como representantes al Parlamento a individuos corruptos, incluso si la triste experiencia nos enseña que las altas esferas del poder, en el plano nacional e internacional, están ocupadas por ese tipo de criminales o sus mandatarios. Ninguna observación microscópica de los votos depositados en las urnas tendría el poder de hacer visibles los signos delatores de las relaciones entre los Estados y los grupos económicos cuyos actos delictivos, e incluso bélicos, llevan a nuestro planeta derecho a la catástrofe.

La experiencia confirma que una democracia política que no descansa sobre una democracia económica y cultural no sirve de mucho. Despreciada y relegada al depósito de las fórmulas envejecidas, la idea de una democracia económica ha dejado lugar a un mercado triunfante hasta la obscenidad. Y la idea de una democracia cultural fue reemplazada por la no menos obscena de una masificación industrial de las culturas, pseudo melting-pot que se utiliza para enmascarar la predominancia de una de ellas.

Creemos haber avanzado, pero en realidad retrocedemos. Hablar de democracia se volverá cada vez más absurdo si nos obstinamos en identificarla con instituciones denominadas partidos, Parlamentos, gobiernos, sin proceder a un análisis del uso que estos últimos hacen del voto que les permitió acceder al poder. Una democracia que no se autocritica, se condena a la parálisis.

No concluyan que estoy en contra de la existencia de los partidos: milito dentro de uno de ellos. No crean tampoco que aborrezco los Parlamentos: los apreciaría si se consagraran más a la acción que a la palabra. Y tampoco imaginen que soy el inventor de una receta mágica que permite a los pueblos vivir felices sin tener gobierno. Me niego a admitir que sólo se pueda gobernar y desear ser gobernado según los incompletos e incoherentes modelos democráticos vigentes.

Los califico así porque no veo otra forma de designarlos. Una democracia verdadera, que inundaría con su luz, como un sol, a todos los pueblos, debería comenzar por lo que tenemos a mano, es decir, el país en que nacimos, la sociedad en que vivimos, la calle donde moramos.

Si esta condición no es respetada –y no lo es- todos los razonamientos racionales, es decir, el fundamento teórico y el funcionamiento experimental del sistema, estarán viciados. Purificar las aguas del río que atraviesa la ciudad no servirá de nada si el foco de la contaminación está en las fuentes.

La cuestión principal que todo tipo de organización humana se plantea, desde que el mundo es mundo, es la del poder. Y el principal problema es identificar quién lo detenta, verificar por qué medio lo obtuvo, qué uso hace de él, qué métodos utiliza y cuáles son sus ambiciones.

Si la democracia fuera realmente el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, todo debate cesaría. Pero no estamos en ese punto. Y sólo un espíritu cínico se animaría a afirmar que todo va inmejorablemente bien en el mundo en que vivimos.

Se dice también que la democracia es el sistema político menos malo, y nadie se percata de que esta aceptación resignada de un modelo que se contenta con ser “el menos malo” puede constituir el freno de una búsqueda de algo “mejor”.

El poder democrático es, por su naturaleza, siempre provisorio. Depende de la estabilidad de las elecciones, de las fluctuaciones de las ideologías y de los intereses de clase. Podemos ver en él una suerte de barómetro orgánico que registra las variaciones de la voluntad política de la sociedad. Pero de un modo flagrante ya no contamos las alternativas políticas aparentemente radicales que tienen por efecto cambios de gobierno, pero no vienen acompañadas por transformaciones sociales, económicas y culturales tan fundamentales como hacía suponer el resultado del sufragio.

En efecto, decir gobierno “socialista”, o “socialdemócrata”, o aún “conservador”, o “liberal” y llamarlo “poder”, no es más que una operación estética barata. Es pretender nombrar algo que no se encuentra allí donde querrían hacérnoslo creer. Porque el poder, el verdadero poder, se encuentra en otra parte: es el poder económico. Ese cuyo contornos de filigrana percibimos, pero se nos escapa cuando queremos aproximarnos a él y contraataca si nos dan ganas de restringir su influencia, sometiéndolo a las reglas del interés general.

En términos más claros: los pueblos no han elegido a sus gobiernos para que éstos los “ofrezcan” al mercado. Pero el mercado condiciona a los gobiernos para que éstos les “ofrezcan” a sus pueblos. En nuestra época de mundialización liberal, el mercado es -el instrumento por excelencia del único poder digno de ese nombre, el poder económico y financiero. Éste no es democrático puesto que no ha sido elegido por el pueblo, no es gestionado por el pueblo y sobre todo porque no tiene como finalidad el bienestar del pueblo.

No hago más que enunciar verdades elementales. Los estrategas políticos, de todos los bandos, han impuesto un silencio prudente para que nadie se atreva a insinuar que seguimos cultivando la mentira y aceptamos ser cómplices de ella.

El sistema llamado democrático se parece cada vez más a un gobierno de los ricos y cada vez menos a un gobierno del pueblo. Imposible negar la evidencia: la masa de los pobres llamada a votar nunca es llamada a gobernar. En la hipótesis de un gobierno formado por los pobres, donde éstos representarían la mayoría, como Aristóteles imaginó en su Política, ellos no dispondrían de los medios para modificar la organización del universo de los ricos que los dominan, vigilan y asfixian.

La pretendida democracia occidental ha entrado en una etapa de transformación retrógrada que no puede detener, y cuyas consecuencias previsibles serán su propia negación. No hay necesidad alguna de que alguien tome la responsabilidad de liquidarla, ella misma se suicida todos los días.

¿Qué hacer? ¿Reformarla? Sabemos que, como escribió acertadamente el autor de El Gatopardo, reformar no es otra cosa que cambiar lo necesario para que nada cambie. ¿Renovarla? ¿Qué época del pasado suficientemente democrática valdría la pena que regresemos a ella para, a partir de ahí, reconstruir con nuevos materiales lo que está en el camino de la perdición? ¿La de la Grecia antigua? ¿La de las repúblicas mercantiles de la Edad Media? ¿La del liberalismo inglés del siglo XVII? ¿La del siglo francés de las Luces? Las respuestas serían tan fútiles como las preguntas…

¿Qué hacer entonces? Dejemos de considerar la democracia como un valor adquirido, definido de una vez por todas e intocable para siempre. En un mundo en que estamos acostumbrados a debatir todo, sólo persiste un tabú: la democracia. António Salazar (1889-1970), el dictador que gobernó Portugal durante más de cuarenta años, afirmaba: “No se cuestiona a Dios, no se cuestiona la patria, no se cuestiona la familia”. Hoy en día cuestionamos a Dios, a la patria, y si no cuestionamos la familia es porque ella se encarga de hacerlo sola. Pero no cuestionamos la democracia.

Entonces digo: cuestionémosla en todos los debates. Si no encontramos un modo de reinventarla, no perderemos sólo la democracia, sino la esperanza de ver un día los derechos humanos respetados en este planeta. Sería entonces el fracaso más estruendoso de nuestro tiempo, la señal de una traición que marcaría a la humanidad para siempre.

José Saramago
*Escrito en agosto de 2004
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")

sábado, 11 de abril de 2015

Diez claves para comprender las revueltas árabes*

1. ¿Por qué estallaron las revueltas?


Todo comenzó en Túnez en diciembre de 2010, cuando un joven se inmoló en protesta por la brutalidad policial. Lo que parecía una revuelta local en un pequeño pueblo tunecino rápidamente se extendió a casi todo Medio Oriente. Si bien los países árabes presentan particularidades económicas y políticas diferentes, no es menos cierto que tienen una historia, una cultura y una lengua en común, y la mayoría profesan el islam como religión. Pero lo que los une es sobre todo la realidad de regímenes corruptos hereditarios (sean monarquías o repúblicas) con familias gobernantes que están en el poder hace más de treinta años y manejan los Estados como si fueran feudos privados. Zine El Abidine Ben Ali en Túnez quería que lo sucediera su mujer; Hosni Mubarak en Egipto, Muamar Gadafi en Libia y Ali Abdullah Saleh en Yemen pretendían que los heredaran sus hijos. Adicionalmente, la economía está manejada por unos pocos que despilfarran millones, mientras persisten altos porcentajes de pobreza y desocupación. En los últimos treinta años, con la excepción del Líbano, prácticamente ningún país árabe celebró elecciones libres. Cuando aparecen las protestas la respuesta suele ser la represión, como se vio en estos últimos meses. La revuelta se extendió a pesar del férreo control gubernamental de los medios de comunicación, que casi nunca abren un espacio a las voces opositoras ya que sus partidos políticos en general han sido declarados ilegales. Bien lo describe la joven cineasta egipcia Amal Ramsis en su documental Prohibido: una sociedad donde casi todo está prohibido.

2. ¿Por qué es tan importante?


La inmensa mayoría de los países árabes fueron creados en el proceso de desintegración del Imperio Otomano y mediante las colonizaciones británica y francesa, que se repartieron Medio Oriente al finalizar la Primera Guerra Mundial e incorporaron la región al mercado mundial capitalista. Cuando se retiraron, las potencias europeas dejaron monarquías a su servicio, algunas de las cuales todavía están en el poder (Jordania, Arabia Saudita). En los años cincuenta y sesenta, varios golpes de Estado liderados por militares derrocaron a las monarquías de Egipto (1952), Irak (1958), Siria (1963) y Libia (1969), alentando la conformación de Repúblicas. Estos procesos revolucionarios, con un discurso nacionalista y antiimperialista, no desactivaron las políticas autoritarias del pasado ni desarrollaron sociedades civiles dinámicas, sino todo lo contrario. Los Estados controlaban, por medio de un partido único, casi todos los aspectos de la vida pública y privada. Por eso las fuerzas que ahora se pusieron en movimiento proponen una amplia democratización que cuestiona al sistema político hasta sus cimientos. Por ello no es casual que se compare este movimiento tectónico del mundo árabe con las revoluciones burguesas de Europa en 1848 o con la caída del Muro de Berlín (noviembre de 1989). Tampoco sorprende que Fidel Castro diga que la actual revuelta árabe podría ser “más profunda que la que en 1789 se desató en Europa con la toma de la Bastilla”.

3. ¿Cuál es el rol de los movimientos islámicos en las revueltas?


En todos los países árabes hay partidos que llevan al islam como bandera ideológica-política. Estos crecieron en los años 80 como resultado del fracaso de los gobiernos nacionalistas-socialistas en erradicar la pobreza (como habían prometido) y en su lucha contra el Estado de Israel. Los partidos islámicos, en sus diferentes vertientes, son los partidos más importantes en casi todos los países árabes, desde aquellos con presencia en el Parlamento (Jordania, Líbano) hasta los que se encuentran prohibidos (Egipto, Túnez, Argelia). Sin embargo, como están muy controlados, limitados y perseguidos, se cuidaron mucho de no aparecer orgánicamente en las revueltas de Túnez y Egipto. Se sumaron a ellas más a título individual que colectivo, aunque también ellos se vieron sorprendidos y desbordados por la magnitud de las revueltas. Algunos resultaron golpeados por la represión de las décadas previas (Siria en los 80, Argelia en los 90); en el caso de Túnez, su principal referente, Rashid Ghannouchi, vivió exiliado durante casi veinte años en Londres, a pesar de su manifiesto apego al sistema democrático. La demonización en Occidente de estos movimientos ayudó a que los gobernantes árabes pudieran reprimirlos sin grandes consecuencias.

4. ¿Cuál es el rol de Estados Unidos?


La lectura de los medios de comunicación permite verificar que en casi todas estas revueltas aparece la misma pregunta: ¿cuándo le soltará Estados Unidos la mano al gobernante? Salvo en el caso de Siria, casi todos los países árabes tienen excelentes relaciones con la Casa Blanca y algunos –para mantenerse en el poder- dependen de su ayuda política, financiera y militar. Esta relación fue clave para neutralizar los reclamos palestinos, construir una coalición para expulsar a Saddam Hussein de Kuwait en 1991, e invadir Irak en 2003. De todas maneras, hay que señalar que la revuelta árabe tomó por sorpresa tanto a los estrategas de la política exterior estadounidense como a los intelectuales que siguen día a día lo que sucede en una región vital para Washington. Barack Obama, en su visita a El Cairo en 2009, parecía prometer una nueva relación con el mundo árabe e islámico. Sin embargo, dijo poco sobre las aspiraciones democráticas de los árabes, que chocaban abiertamente con los regímenes dictatoriales y autoritarios apoyados por Washington, como se vio durante el levantamiento popular en Egipto. La Casa Blanca se cuidó mucho de criticar a Hosni Mubarak y lo sostuvo hasta último momento.

5. ¿Por qué Al Qaeda está ausente?


Al Qaeda nunca fue un movimiento cuya intención fuera organizar a las masas; más bien lo contrario. Su principal objetivo es golpear a Estados Unidos y a las grandes potencias, de allí la simpatía pasiva que generaba en el mundo árabe e islámico. Pero siempre fue una organización desligada de los movimientos sociales y de base que existen en los países árabes. Por años, los gobiernos árabes instalaron la idea de que cualquier movimiento de protesta estaba vinculado de una u otra forma con Al Qaeda. Esta estrategia les sirvió para reprimir a los partidos opositores y –en particular- a los islamistas. También les permitió sintonizar con el discurso de Estados Unidos y recibir ayuda monetaria y militar para combatir un enemigo en común, el terrorismo, muchas veces abstracto o sobredimensionado. Las revueltas, en su mayoría masivas y pacíficas, se plantearon derrocar regímenes vitalicios y corruptos para impulsar reformas democráticas, y este objetivo no tiene ningún punto de contacto con los enunciados de Al Qaeda. Más aún, la violencia hubiera sido contraproducente en Túnez y Egipto, lo que explica su ausencia1.

6. ¿Hay una revuelta popular en Libia?


En Libia, como en el resto del mundo árabe, estalló una verdadera revuelta popular, influenciada por los levantamientos de Túnez y Egipto. Gadafi había convertido al Estado en su feudo privado, con toda su megalomanía y sus excentricidades. Había colocado a sus hijos en puestos clave y pretendía dejar como su sucesor a uno de ellos, a pesar de que era público que su familia dilapidaba fortunas a cuenta del Estado, incluso contratando cantantes para fiestas privadas. La revuelta comenzó en Benghazi, la segunda ciudad del país, y rápidamente se extendió a Trípoli, donde fue reprimida con éxito. Muchos pensaron que la caída de Gadafi sería inminente, siguiendo el camino de Ben Ali y Mubarak. Algunos de sus ministros, embajadores y militares también lo creyeron, y se pasaron a la oposición cuando “el líder” prometió perseguir “como ratas” a los opositores, que conforman un grupo muy heterogéneo, que incluye desde luchadores democráticos por los derechos humanos hasta grupos islámicos reprimidos durante años. Los primeros manifiestos de la oposición tenían un espíritu democratizador similar al de las otras revueltas árabes. Pero la intervención extranjera cambió las reglas del juego. Le permite al régimen presentarlos como títeres de potencias extranjeras que sólo estarían buscando apoderarse del petróleo al estilo de las viejas potencias coloniales, y la dinámica de los acontecimientos los puede llevar a ser rehenes de la ayuda exterior, que no es desinteresada…

7. ¿Qué motivó la intervención extranjera en Libia?


Gadafi no dudó en proclamar a los cuatro vientos que sofocaría a sangre y fuego la revuelta en su contra. Su hijo, Saif al Islam, amenazó con una cruenta guerra civil y más de 100.000 muertos. Europeos y estadounidenses, acostumbrados a hacer buenos negocios con Gadafi –le habían “perdonado” su discurso antiimperialista y los atentados terroristas del pasado-, vieron una oportunidad para sacarse de encima a un líder impredecible y poco confiable, que controla una de las principales reservas de petróleo del mundo. Por eso ni siquiera tomaron en cuenta las propuestas impulsadas por Hugo Chávez y la Unión Africana para negociar. Forzaron una rápida resolución en Naciones Unidas con el argumento de que Gadafi estaba masacrando a su pueblo, y menos de dos días después comenzaron a bombardear Libia. La resolución 1973 del 17 de marzo aprobó una intervención militar para proteger a los civiles, pero se podía intuir que su objetivo era derrocar a Gadafi. El 14 de abril, Barack Obama, David Cameron y Nicolas Sarkozy hicieron público un artículo donde reconocieron que “es imposible imaginar un futuro para Libia con Gadafi en el poder […]. Gadafi debe irse y para siempre”. Pero no es tan sencillo y aun no queda claro cómo lo lograrán.

8. ¿Cuál es la importancia de Al Jazeera en las revueltas?


La aparición de la cadena de noticias qatarí cambió el ángulo de información en el mundo árabe. Hasta su creación en 1996, los árabes se informaban de lo que sucedía en sus países a través de las grandes cadenas europeas y estadounidenses y de las versiones oficiales que emitían sus respectivos gobiernos. Frente al cerrojo informativo en Túnez y Egipto, Al Jazzera se convirtió en un receptor de la información que circulaba por vías alternativas. Además, la cadena contaba con periodistas en el terreno que difundían las imágenes de las protestas masivas y de la represión, naturalmente ocultadas por las cadenas oficiales. Cuando los jóvenes tomaron la plaza Tahrir en El Cairo, Al Jazeera comenzó a transmitir casi sin interrupción desde allí, denunciando abiertamente la represión y apoyando la revuelta. Por primera vez en su historia, los árabes pudieron presenciar, en vivo y en directo, una revuelta popular, lejos de la mirada, en general orientalista y despectiva, de los medios europeos y estadounidenses. En 2004, el periodista de Sri Lanka Thalif Deen planteaba que Al Jazeera era el último bastión del nacionalismo árabe frente a los gobernantes cada vez más dependientes de Estados Unidos. Este año Al Jazeera encontró que su mensaje era similar al de millones de árabes.

9. ¿Por qué no hay líderes visibles?


La prolongada represión hizo que las revueltas tuvieran un alto grado de espontaneidad y no surgieran como fruto de una convocatoria planificada por partidos políticos o movimientos, muchos de cuyos líderes estaban presos o en el exilio. El aspecto sorpresivo de los acontecimientos en Túnez y su contagio a Egipto fue clave para derrocar a dos presidentes que nunca lograron comprender cómo una sociedad tan controlada podía salirse de su cauce. Es verdad que las revueltas también han sido el producto de las nuevas tecnologías que permiten organizar convocatorias desde el anonimato, y de allí la importancia de Facebook, Twitter y las llamadas “redes sociales”. A pesar de la falta de un liderazgo claro, las rebeliones en Túnez y Egipto fueron exitosas porque se fueron gestando durante mucho tiempo. En 2008, Al Jazeera ya había emitido un documental, A nation in waiting, sobre la historia contemporánea de Egipto, donde se podían ver que estaban dadas las condiciones objetivas para una revuelta de esas características. Las huelgas obreras se multiplicaron, los diferentes movimientos sociales se fueron articulando y grupos conocidos –aunque no “legales”, como Kifaya- ya se estaban organizando. Por otra parte, los jóvenes que se atrincheraron en la plaza Tahrir en El Cairo –muchos de ellos sin experiencia política previa- comprendieron rápidamente que debían convertir la plaza en un bastión de resistencia al régimen, por lo que no la abandonaron hasta que cayó Mubarak.

10. ¿Es una revuelta democrática?


Durante décadas, en el mundo occidental primó una mirada estereotipada en el sentido de considerar que los pueblos árabes no estaban aptos para la democracia y que tampoco les interesaba. Lo paradójico es que fueron las potencias europeas primero –y Estados Unidos después- quienes crearon los Estados monárquicos, autoritarios y dictatoriales de la región, para proteger sus intereses geoestratégicos y petroleros y más tarde su alianza con el Estado de Israel. Es una ironía que muchos en Francia se sorprendan al descubrir el grado de corrupción que registraba el gobierno del ex presidente Ben Ali –elogiado incluso por el Fondo Monetario Internacional-, como si nunca nadie hubiera señalado que la economía de Túnez giraba alrededor de la familia gobernante. Los prejuicios anti-árabes y anti-islámicos abundan en los medios occidentales hegemónicos, como si las ansias de libertad y democracia fueran patrimonio del mundo occidental y cristiano, y los árabes sólo pudieran quedar atrapados en las marañas fundamentalistas. Esta construcción hoy se está desmoronando. En los siglos XIX y XX ha habido revueltas árabes democratizadoras, pero estas tentativas por lo general fueron aplastadas a sangre y fuego por las “democracias” occidentales que difundieron una imagen demoníaca de las mismas. Esta revuelta es profundamente democrática, aunque la mayoría de los gobiernos autoritarios se sostengan gracias al respaldo de quienes dicen ser los portadores del mensaje universal de la democracia.

________________________
1Durante mi estadía en Egipto, pocos días después de la caída del presidente Mubarak, pude presenciar cómo el grueso de las manifestaciones impedía que algunos les arrojaran piedras a los militares que custodiaban el Ministerio del Interior.

Pedro Brieger
*Escrito en mayo de 2011, tras un viaje por Egipto, el Sahara y Argelia
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")

El futuro del mundo árabe

En el mundo árabe, la conmoción económica planetaria se conjuga con una crisis de legitimidad, latente desde hace décadas. Se la observe a través del prisma del neocolonialismo, de una democratización insuficiente o de un conflicto cultural y religioso, esta crisis siempre ha resistido toda tentativa de solución, sea ésta encarada tanto por actores bien intencionados como por gobernantes brutales. Esta ausencia de legitimidad se tradujo en un conjunto de desigualdades, de verdaderos abismos, podría decirse, entre gobernantes y gobernados, entre laicos y fundamentalistas religiosos, entre poblaciones pobres y elites. Y en una atmósfera de marasmo económico, ello puede desembocar fácilmente en una serie de explosiones imprevisibles y peligrosas.

Para tratar de evitarlas es necesario recordar algunas lecciones de la historia. Bajo la bandera del “nacionalismo árabe”, término que definió –y estimuló- una cantidad de movimientos y de actores que transformaron la región, tuvieron lugar muchos episodios de heroísmo, de unión y de éxito. Poner fin al colonialismo no era una tarea sencilla, y fue el nacionalismo árabe el que ganó tamaña batalla y contribuyó a estrechar lazos entre los Estados emergentes de lo que se llamaría el Tercer Mundo.

Ese movimiento no era perfecto; como otras corrientes reformadoras, se desvió de su trayectoria y sufrió importantes transformaciones. Pero también les confirió a los pueblos en lucha por la autodeterminación una perspectiva unitaria, un futuro prometedor más allá de los intereses individuales, confesionales y nacionales, un proyecto que los movilizó en una acción colectiva. Esa visión unitaria, universalista incluso, ese proyecto portador de esperanza hoy hace hondamente falta, justo cuando sus componentes impregnan todavía nuestro imaginario, como demuestra la permanencia de las manifestaciones de apoyo a la causa palestina (pudimos constatarlo durante el conflicto de diciembre 2008-enero 2009 en la Franja de Gaza). A pesar de los esfuerzos sostenidos de los gobernantes occidentales –y su presión sobre los países “amigos” de la región- para fomentar la división en el seno de los pueblos, las diversas comunidades desde el Magreb hasta el Golfo –religiosas y laicas, sunnitas y chiitas, árabes y persas- reconstituyen constantemente su unidad y manifiestan un apoyo inquebrantable a los palestinos.

Impurezas del supranacionalismo


Esta aspiración unitaria se manifiesta también, paradójicamente, en el apoyo a diversas formas de fundamentalismo, desde las corrientes quietistas y pietistas del islam hasta el salafismo radical. Tales corrientes asustan tanto a Occidente como a los árabes seculares, pero encarnan la búsqueda de sentido y el deseo de ver renacer una comunidad unificada. Si la piadosa umma (comunidad de los creyentes) reemplazó a la gran nación árabe en el imaginario político, si ya no se puede ignorar que el islamismo ha vuelto a tomar de manos del nacionalismo árabe la bandera de la resistencia, no hay que sorprenderse; no sólo porque el nacionalismo árabe ha soportado serios reveses sino también porque la fe musulmana se ha seguido imponiendo en el transcurso de la historia. Y las dos tendencias permanecen inextricablemente unidas, a veces de modo complementario y otras, conflictivo.

En su apogeo, el nacionalismo árabe aspiraba a ser un supranacionalismo. La lucha en pos de la liberación del colonialismo (wataniya) debería madurar y culminar en una solidaridad transnacional entre pueblos árabes (qawmiya), que permitiría afrontar problemas como el de Palestina o el de la subordinación económica respecto de Occidente. El nacionalismo árabe siguió una trayectoria errática. Su cénit se alcanzó en 1956, cuando Egipto, con el apoyo de Estados Unidos y de la URSS, rechazó el intento anglo-franco-israelí de reconquistar el canal de Suez, antes de conocer un verdadero repliegue después de la Guerra de los Seis Días de junio de 1967. Tuvo un repunte en 1973, con la guerra árabe-israelí de octubre y el embargo sobre el petróleo.

En definitiva, los distintos movimientos de liberación se replegaron a un proyecto puramente nacional, en un solo país. Se fosilizaron en Estados dirigidos por un partido único o un “líder de por vida”. Sin embargo, a pesar de las luchas feroces entre gobiernos árabes para asegurarse una hegemonía regional, persistía, en el nivel popular, la aspiración a una comunidad árabe transnacional, marcada por un patrimonio islámico común.

Y el islamismo político en expansión tuvo que aceptar y asimilar las posiciones y las lecciones de su primo hermano nacionalista laico. Si el Hezbollah chiita tiene éxito en el Líbano, ello se debe –entre otras razones- a que trasciende las pertenencias confesionales y se presenta como el ferviente defensor de la independencia nacional. Históricamente, el nacionalismo árabe y los movimientos islamistas comparten varios principios: la búsqueda de una conciencia colectiva unificada, el deseo de renacimiento de la lengua y la cultura árabes y, después de la Segunda Guerra Mundial, el antiimperialismo.

En los años 20, los insurgentes del Rif dirigidos por el emir Abdlelkrim Al-Khattabi, en Marruecos, llevaron adelante una campaña islámico-nacionalista, utilizando la sharia como un arma ideológica contra el colonialismo. En 1952, en Egipto, los Oficiales Libres, dirigidos por Gamar Abdel Nasser tomaban el poder con el apoyo de los Hermanos Musulmanes. En Argelia, el Frente de Liberación Nacional (FLN) no dudó en recurrir a términos como yohad y muyahid cuando se dirigió a las poblaciones rurales. Se podía decir también que en el momento de la guerra de 1973, se forjó una alianza entre el nacionalismo árabe representado por Egipto y las monarquías islámicas conservadoras, dirigidas por Arabia Saudita, para imponer un embargo petrolero.

Por su parte, el partido Baas usó con frecuencia el concepto de umma para mencionar a la nación árabe. Su fundador, Michael Aflaq, un militante nacionalista laico, comprendió que “el vínculo entre el islam y el arabismo no se parece al de ninguna otra religión con otro nacionalismo”. Esta predicción continuaba: “Llegará el día en que los nacionalistas serán los únicos defensores del islam y deberán otorgarle una significación especial si quieren que la nación árabe tenga una buena razón para sobrevivir”.

El día profetizado por Aflaq llegó, pero al revés: son los islamistas los que se convirtieron en los únicos defensores del nacionalismo. Se ha vuelto trivial señalar que el islamismo integró los temas del nacionalismo para presentarse como la corriente de oposición a la dominación occidental y de afirmación de la independencia cultural y nacional.

Irónicamente, durante décadas, Occidente y los gobiernos árabes reaccionarios amplificaron y explotaron las divergencias entre nacionalismo e islamismo, cortejando y promoviendo a las corrientes islamistas conservadoras. La historia de las relaciones entre el islamismo y la “dominación occidental” está lejos, pues, de ser “pura” y lineal. Ya se trate de los Hermanos Musulmanes en Egipto, utilizados por los servicios secretos británicos contra Gamal Abdel Nasser; de su sucesor en Palestina –Hamas-, sostenido en el pasado por Israel para hacer contrapeso a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), o de los “árabes afganos” que combatieron por Estados Unidos contra “el comunismo ateo”, en muchas ocasiones los islamistas aceptaron no sólo ser subvencionados por poderes extranjeros sino aliarse con ellos para imponer su hegemonía en la región.

La victoria en Afganistán y el retiro de las tropas soviéticas de ese país constituyen el apogeo de un sucedáneo del nacionalismo panárabe vuelto panislámico. Los islamistas pueden invocar la fuerza de la inspiración religiosa frente a la debilidad del nacionalismo tradicional, pero es difícil para ellos presentar ese logro como un modelo. ¿Acaso no sacaron también el mejor partido de una alianza con Occidente? Como prueba, el testimonio de un ex agente de la CIA durante la Guerra Fría sobre el “sucio secretito” de Washington: en esa época, “los Hermanos [Musulmanes] eran un aliado silencioso, un arma secreta contra los comunistas -¿quiénes, si no?-. Nosotros pensábamos: ‘Si Alá acepta luchar de nuestro lado, está bien’”. La recíproca era verdadera para los islamistas: “Si Estados Unidos acepta luchar de nuestro lado, está bien”. En realidad, el “sucio secretito” de los islamistas así como de los nacionalistas laicos era que en política nadie es “puro” ni está protegido del engaño oportunista de la complicidad con los poderes extranjeros.

Estrategia incoherente


Debemos olvidar esta danza macabra de acusaciones mutuas pues termina siempre por volverse en contra nuestra y en contra de Occidente. Esta danza corrompió y minó la legitimidad de grandes movimientos nacionalistas en Argelia y en Egipto; transformó el islam en una doctrina de la división, abriendo una brecha entre laicos e islamistas y entre nuestra región y el resto del mundo. Alimentó, también, un discurso y una práctica del fanatismo armado que, a la manera de la criatura de Frankenstein, se volvieron contra Occidente.

El último avatar de esta estrategia consiste en transformar las viejas querellas teológicas y sociales entre sunnitas y chiitas en una fractura geopolítica entre el mundo árabe e Irán. Esta maniobra promovida por Israel y por los neoconservadores estadounidenses para servir a sus intereses a corto plazo no carece de cinismo, cuando se sabe que estos dos países en otro tiempo apoyaron a Teherán contra el nacionalismo árabe. En los años 60 y 70, Irán era la única potencia regional que obtenía sus favores. La Revolución Islámica de 1979 hizo de ese país una “bestia negra”. Sim embargo, la invasión estadounidense a Irak, iniciada en marzo de 2003, destruyó el bastión más poderoso del nacionalismo árabe y reforzó al mismo tiempo la posición de Irán en la región.

La tensión entre sunnitas y chiitas y entre árabes y persas –exacerbada por estas maniobras- no es una invención occidental. Hunde sus raíces en una historia antigua que se remonta a las primeras conquistas del islam. En una parte del imaginario árabe se disimula el deseo de recrear un nacionalismo sunnita: un salafismo doctrinario árabe que concilie la pureza islámica y el nacionalismo árabe contra un chiismo herético y una Persia expansionista. Esta inclinación peligrosa encuentra su peor expresión en las violencias confesionales perpetradas en Irak y en Asia Central por diversas organizaciones que se reivindican de Al Qaeda.

Esa estrategia es incoherente. Se opone a uno de los pocos países que aprovechó la intervención estadounidense en Irak, en 2003, y ayudó a estabilizar ese país, como podría ahora contribuir a traer la paz a Afganistán. ¡Esa estrategia pretende hacer pasar a Hamas –emanación de la cofradía sunnita de los Hermanos Musulmanes- por una creación cripto-chiita de Teherán! Impulsa una vez más a algunas fuerzas de Washington y a sus aliados israelitas y árabes a jugar con fuego y a utilizar grupos armados sunnitas yihadistas en el Líbano y en Irak.

El conflicto entre sunnitas y chiitas destruirá el panislamismo con tanta seguridad como la focalización en los intereses estrictamente nacionales destruyó el panarabismo. Pareciera que esta estrategia ha sido contrarrestada por varios regímenes al igual que por las poblaciones. Cualesquiera fueran sus inquietudes, los Estados árabes insistieron para que el problema nuclear iraní se solucione en su contexto regional y para que las armas atómicas israelíes sean puestas sobre la mesa de las negociaciones. Desde hace varios años, desde el Atlántico hasta el Golfo, y a través de todo el espectro confesional, los pueblos árabes manifestaron su apoyo a Hezbollah y a Hamas, no porque sean chiitas o sunnitas, sino porque resisten a las agresiones israelíes: hay chiitas que apoyan a Ismail Haniyeh, líder de Hamas, y sunnitas que levantan fotos de Hassan Nasrallah, el secretario general de Hezbollah.

En momentos como estos, valoramos el poder de la aspiración a una unidad panárabe y panislámica, capaz de garantizar dignidad, justicia y verdadera independencia. Aunque descartamos la idea de que los movimientos islamistas inciten a la realización de esta promesa nacionalista –a menudo la alteraron y orientaron en una dirección peligrosa-, tenemos que aceptar que la impregnaron de un fuerte espíritu de resistencia y de energía colectiva, y que fueron eficaces al hacerse portadores de ese sentimiento popular. Las nuevas corrientes de resistencia, muy a menudo dirigidas por islamistas, contribuyen –a su pesar- a resucitar el nacionalismo árabe.

El “tercer nacionalismo”


Además del nacionalismo poscolonial tradicional, fosilizado en los viejos regímenes autoritarios, y las formas de resistencia cuasi nacionalistas que se expresan en los movimientos islamistas, existe otro tipo de nacionalismo trasnacional árabe, secular pero que reclama para sí la identidad árabe e islámica, y que está orgulloso del intercambio con las culturas y las lenguas del mundo. Esta forma de conciencia, que marca el imaginario de una gran fracción de nuestra juventud, se refleja en los nuevos medios de comunicación internacionales (Al Jazeera, internet, Facebook, etcétera), en las redes que unen las diásporas a su país de origen y en las formas profanas de la cultura y de la lengua que todos estos medios permiten. Hasta el discurso cambió; ya no se refiere simplemente a los derechos de los palestinos o de los árabes, sino a los principios del derecho internacional y por lo tanto de cierto universalismo, como se pudo constatar en el momento de las manifestaciones de solidaridad con Gaza.

Este “tercer nacionalismo” naciente no mantiene vínculo alguno ni con gobiernos ni con regímenes. No posee ningún programa político aunque invoque una conciencia panárabe y panislámica: condena el autoritarismo local y la corrupción, y aspira al establecimiento de la democracia y de un Estado de Derecho al mismo tiempo que rechaza con firmeza toda intervención militar extranjera. Defiende orgullosamente la identidad árabe e islámica y preconiza un modernismo intelectual y la diversidad cultural. Solidario con la lucha por la independencia y la justicia en el mundo árabe-musulmán, en especial con la resistencia palestina, es consciente de los éxitos y fracasos de los movimientos políticos árabes y occidentales. ¿Retirada, pues, del nacionalismo antiguo y de los imanes?

Es muy temprano para decirlo, pues esta nueva tendencia carece todavía de eficacia política. Todavía está buscando una coherencia política y formas de organización, y le cuesta hacer oír su voz en el estrépito del enfrentamiento entre la “cháchara” del Estado y las prédicas islámicas.

Tantos reveses han soportado los pueblos de la región –desde la derrota de 1967 hasta la ocupación de Irak en 2003 y el reciente conato de exacerbación de la oposición sunnitas-chiitas- que han interiorizado un sentimiento de impotencia.

Este estancamiento lleva, en nuestras sociedad, a un divorcio “a la italiana” entre tres partes: el Estado y sus clientes; las fuerzas laicas y progresistas, y las corrientes islámicas: no se hablan entre sí, pero conviven bajo el mismo techo. La crisis económica actual introduce, sin embargo, un nuevo elemento, más desestabilizador, pero portador de despliegues inéditos. Frente a un grave deterioro de las realidades sociales, los islamistas no tienen ningún programa económico eficaz para proponer, si no es la aplicación de la sharia, que puede revelarse atractiva si contribuye a reducir el crimen y la corrupción, y a imponer el orden y la seguridad en un entorno difícil. Sin embargo, la noción islamista de justicia social parece ser una obra caritativa más que política: consiste en aligerar el fardo de los pobres por medio de la limosna más que reducir la pobreza imponiendo cambios estructurales. Los propios movimientos islámicos son una causa caritativa para los ricos conservadores que prefieren denunciar la impiedad de los países árabes laicos antes que enfrentar el desafío de las injusticias inherentes a las estructuras mismas de la propiedad privada. Tienen tendencia a percibir las oposiciones sociales como una fitna (en árabe significa revuelta, sedición), fuente de discordia y de caos entre los musulmanes.

Así, cuando decenas de miles de campesinos egipcios se movilizaron contra el desmantelamiento de la reforma agraria lanzada por Nasser y la devolución de sus tierras a los grandes propietarios, los Hermanos Musulmanes se alinearon detrás de la política de privatización del Estado. Asimismo, son militantes progresistas independientes los que desataron las huelgas y las manifestaciones obreras en el Delta del Nilo en la primavera boreal de 2008. Las luchas por los aumentos de salario y el respeto de las disposiciones internacionales relativas a los derechos humanos recibieron una innegable aprobación popular y obligaron a los Hermanos Musulmanes a acordarles un apoyo ambivalente: no solamente no estaban en el origen de esos movimientos, sino que las reivindicaciones estaban muy lejos de su programa. Acciones idénticas –revueltas del hambre, manifestaciones por los salarios de Gafsa (Túnez) y en Sidi Ifni (Marruecos)- fueron llevadas a cabo por fuerzas de izquierda, con los islamistas a un lado.

Estos últimos se muestran menos inclinados a lanzarse en este tipo de movimientos dado que no saben cómo dirigirlos y, además, el discurso y los temas de estas movilizaciones se les escapan. Sin embargo, estas movilizaciones son cada vez más necesarias y ofrecen a las fuerzas progresistas posibilidades inéditas de hacer avanzar sus ideas sobre la justicia y los derechos sociales. Pero es necesario desconfiar de un optimismo engañoso pues esas movilizaciones siguen siendo raras, localizadas y aisladas. Aun cuando los problemas planteados exigen soluciones en un nivel nacional o regional, los manifestantes ignoran a menudo lo que pasa a unos cien kilómetros de su casa…

Los regímenes emplean todos los medios para impedir que estos movimientos se unifiquen y se alíen con los islamistas. Además de una severa represión, retoman algunos temas religiosos como la apología de la identidad cultural y nacional, y pretenden defender valores específicamente árabes o musulmanes condenando los discursos sobre los derechos humanos y sociales, presentados como intromisiones de Occidente. Esta actitud contribuye a eternizar la división entre islamistas y progresistas y a precipitar a estos últimos en “una trampa identitaria”. El ejemplo de la mujer es el más revelador. Aunque el principio del trabajo femenino está ampliamente aceptado, no deja de haber resistencias respecto de todo lo que atañe al cuerpo de la mujer y a su papel en la familia. Al defender los derechos de la mujer, los progresistas se ven atenazados entre un discurso islamista moralista y un discurso nacionalista sobre el honor. Deben defenderse siempre contra las acusaciones de capitulación cultural mientras que la conservación de estructuras autoritarias –sean estatales o religiosas- es presentada como una resistencia cultural a la occidentalización. Esta política identitaria esencialista constituye un tema recurrente en nuestra región y, al mismo tiempo, una verdadera tragedia.

En Pakistán, los talibanes adoptaron con entusiasmo la noción de conflicto de clases, fitna o no. En el valle de Swat, defendieron la reforma agraria: algunos ricos propietarios de la elite semifeudal paquistaní, usados al principio como contribuyentes conservadores, fueron desposeídos de sus tierras de manera sumaria, y forzados a abandonar el país. Esta estrategia permitió a los talibanes, según lo explica un representante oficial paquistaní, “prometer más que proscribir la música o la escolarización… Prometen también la justicia islámica, un gobierno eficaz y una redistribución económica”. El mensaje dirigido a los progresistas laicos y a los regímenes “moderados” es claro: si usted no se consagra seria e inmediatamente a los problemas recurrentes de la corrupción, la pobreza y la desigualdad, se encontrará muy por detrás de los islamistas, quienes sí lo hacen.

Espacios de democratización


Así pues, nadie puede ignorar las divergencias entre progresistas e islamistas. Los dos pueden desear sinceramente el establecimiento de la “democracia”, pero más allá de cierto punto, tendrán probablemente puntos de vista radicalmente diferentes de la manera en que hay que crear y preservar un Estado de Derecho democrático. Los progresistas quieren instaurar la soberanía de la voluntad popular, delimitada por el derecho y basada en criterios jurídicos y políticos reconocidos por la comunidad de las naciones. Los islamistas quieren instaurar la soberanía absoluta a partir de una interpretación específica de los textos sagrados, aunque se puede percibir un debate interno entre ellos, y aunque los Hermanos Musulmanes jordanos o el Partido de la Justicia y el Desarrollo marroquí adhieren progresivamente a la idea de soberanía popular.

Existe sin embargo, en particular en el contexto de la crisis económica global, posibilidades de alianzas reales provechosas para las dos corrientes a la vez, y positivas para los pueblos de la -región. En el plano local, se organizarán huelgas y manifestaciones para denunciar la desocupación, las penurias de alimentación y de recursos y el alza de precios. La población exigirá transparencia, pedirá cuentas a sus dirigentes y reclamará una lucha decidida contra la corrupción. En el plano regional e internacional, algunos movimientos continuarán surgiendo en apoyo de Palestina, contra la intervención de fuerzas extranjeras y en favor de un orden económico equitativo y de la aplicación del derecho internacional.

Los principios que permitirán una acción unida y eficaz se asimilarán a los principios que han animado nuestros movimientos nacionalistas históricos: la pasión por la independencia nacional y regional, el compromiso en favor de la cooperación regional, una plena participación en los asuntos internacionales, la visión de un régimen que defienda la libertad política y un Estado de Derecho para todos, una plataforma que apunte a mejorar la vida económica y social de nuestros pueblos y un esfuerzo por responder a las aspiraciones de todos los grupos étnicos y confesionales. En pos de ese objetivo, los progresistas deben ganar la batalla del liderazgo y de la influencia, y demostrar que la construcción de la democracia y el respeto de los derechos humanos son instrumentos necesarios y eficaces para poner en práctica todos estos principios.

Hemos observado, durante la invasión israelí de Gaza, hasta qué puntos estos instrumentos contribuyeron a reforzar la causa palestina. Hamas es creíble porque combate la corrupción y resiste de manera constante a la agresión israelí, pero también porque fue legitimado por el sufragio universal. En cambio, Israel está a la defensiva en el terreno de los derechos de las personas, de las normas jurídicas, políticas y éticas reconocidas por las naciones. Estas acciones ilegales amenazan con poner en cuestión la impunidad acordada por la “comunidad internacional” a Israel desde hace décadas. Con la información, los análisis y el conocimiento histórico disponible en la era del Al Jazeera, de internet y de la militancia global –para no mencionar a los historiadores de Israel, que trabajan con una libertad que debería inspirarnos-, son cada vez más las personas que comprenden que lo que vieron en Gaza en 2008-2009 era una pequeña muestra de lo que no pudieron ver en Palestina en 1947-1948.

Paradójicamente, los desafíos más grandes planteados a los nacionalistas –como las intervenciones extranjeras en Irak o en el Líbano- han creado espacios de movilización, de unión, de pluralismo y de democracia, que debemos explotar. Una utopía tal comporta precedentes. Fue necesaria una sucesión aparentemente interminable de conflictos sangrientos, religiosos y nacionales, para que Europa emprenda un proceso de unificación, sin renunciar por ello a la independencia nacional y a las diferencias culturales entre sus pueblos.

Hicham Ben Abdallah El Alaoui
*Escrito en agosto de 2009
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")