En el mundo
árabe, la conmoción económica planetaria se conjuga con una crisis de
legitimidad, latente desde hace décadas. Se la observe a través del prisma del
neocolonialismo, de una democratización insuficiente o de un conflicto cultural
y religioso, esta crisis siempre ha resistido toda tentativa de solución, sea
ésta encarada tanto por actores bien intencionados como por gobernantes
brutales. Esta ausencia de legitimidad se tradujo en un conjunto de
desigualdades, de verdaderos abismos, podría decirse, entre gobernantes y
gobernados, entre laicos y fundamentalistas religiosos, entre poblaciones
pobres y elites. Y en una atmósfera de marasmo económico, ello puede desembocar
fácilmente en una serie de explosiones imprevisibles y peligrosas.
Para tratar
de evitarlas es necesario recordar algunas lecciones de la historia. Bajo la
bandera del “nacionalismo árabe”, término que definió –y estimuló- una cantidad
de movimientos y de actores que transformaron la región, tuvieron lugar muchos
episodios de heroísmo, de unión y de éxito. Poner fin al colonialismo no era
una tarea sencilla, y fue el nacionalismo árabe el que ganó tamaña batalla y
contribuyó a estrechar lazos entre los Estados emergentes de lo que se llamaría
el Tercer Mundo.
Ese
movimiento no era perfecto; como otras corrientes reformadoras, se desvió de su
trayectoria y sufrió importantes transformaciones. Pero también les confirió a
los pueblos en lucha por la autodeterminación una perspectiva unitaria, un
futuro prometedor más allá de los intereses individuales, confesionales y
nacionales, un proyecto que los movilizó en una acción colectiva. Esa visión
unitaria, universalista incluso, ese proyecto portador de esperanza hoy hace
hondamente falta, justo cuando sus componentes impregnan todavía nuestro
imaginario, como demuestra la permanencia de las manifestaciones de apoyo a la
causa palestina (pudimos constatarlo durante el conflicto de diciembre
2008-enero 2009 en la Franja de Gaza). A pesar de los esfuerzos sostenidos de
los gobernantes occidentales –y su presión sobre los países “amigos” de la
región- para fomentar la división en el seno de los pueblos, las diversas
comunidades desde el Magreb hasta el Golfo –religiosas y laicas, sunnitas y
chiitas, árabes y persas- reconstituyen constantemente su unidad y manifiestan
un apoyo inquebrantable a los palestinos.
Impurezas
del supranacionalismo
Esta
aspiración unitaria se manifiesta también, paradójicamente, en el apoyo a
diversas formas de fundamentalismo, desde las corrientes quietistas y pietistas
del islam hasta el salafismo radical. Tales corrientes asustan tanto a
Occidente como a los árabes seculares, pero encarnan la búsqueda de sentido y
el deseo de ver renacer una comunidad unificada. Si la piadosa umma (comunidad de los creyentes)
reemplazó a la gran nación árabe en el imaginario político, si ya no se puede
ignorar que el islamismo ha vuelto a tomar de manos del nacionalismo árabe la
bandera de la resistencia, no hay que sorprenderse; no sólo porque el
nacionalismo árabe ha soportado serios reveses sino también porque la fe
musulmana se ha seguido imponiendo en el transcurso de la historia. Y las dos
tendencias permanecen inextricablemente unidas, a veces de modo complementario
y otras, conflictivo.
En su
apogeo, el nacionalismo árabe aspiraba a ser un supranacionalismo. La lucha en
pos de la liberación del colonialismo (wataniya)
debería madurar y culminar en una solidaridad transnacional entre pueblos
árabes (qawmiya), que permitiría
afrontar problemas como el de Palestina o el de la subordinación económica
respecto de Occidente. El nacionalismo árabe siguió una trayectoria errática.
Su cénit se alcanzó en 1956, cuando Egipto, con el apoyo de Estados Unidos y de
la URSS, rechazó el intento anglo-franco-israelí de reconquistar el canal de
Suez, antes de conocer un verdadero repliegue después de la Guerra de los Seis
Días de junio de 1967. Tuvo un repunte en 1973, con la guerra árabe-israelí de
octubre y el embargo sobre el petróleo.
En
definitiva, los distintos movimientos de liberación se replegaron a un proyecto
puramente nacional, en un solo país. Se fosilizaron en Estados dirigidos por un
partido único o un “líder de por vida”. Sin embargo, a pesar de las luchas
feroces entre gobiernos árabes para asegurarse una hegemonía regional,
persistía, en el nivel popular, la aspiración a una comunidad árabe
transnacional, marcada por un patrimonio islámico común.
Y el
islamismo político en expansión tuvo que aceptar y asimilar las posiciones y
las lecciones de su primo hermano nacionalista laico. Si el Hezbollah chiita
tiene éxito en el Líbano, ello se debe –entre otras razones- a que trasciende
las pertenencias confesionales y se presenta como el ferviente defensor de la
independencia nacional. Históricamente, el nacionalismo árabe y los movimientos
islamistas comparten varios principios: la búsqueda de una conciencia colectiva
unificada, el deseo de renacimiento de la lengua y la cultura árabes y, después
de la Segunda Guerra Mundial, el antiimperialismo.
En los años
20, los insurgentes del Rif dirigidos por el emir Abdlelkrim Al-Khattabi, en
Marruecos, llevaron adelante una campaña islámico-nacionalista, utilizando la sharia como un arma ideológica contra el
colonialismo. En 1952, en Egipto, los Oficiales Libres, dirigidos por Gamar
Abdel Nasser tomaban el poder con el apoyo de los Hermanos Musulmanes. En
Argelia, el Frente de Liberación Nacional (FLN) no dudó en recurrir a términos
como yohad y muyahid cuando se dirigió a las poblaciones rurales. Se podía decir
también que en el momento de la guerra de 1973, se forjó una alianza entre el
nacionalismo árabe representado por Egipto y las monarquías islámicas
conservadoras, dirigidas por Arabia Saudita, para imponer un embargo petrolero.
Por su
parte, el partido Baas usó con frecuencia el concepto de umma para mencionar a la nación árabe. Su fundador, Michael Aflaq,
un militante nacionalista laico, comprendió que “el vínculo entre el islam y el
arabismo no se parece al de ninguna otra religión con otro nacionalismo”. Esta
predicción continuaba: “Llegará el día en que los nacionalistas serán los
únicos defensores del islam y deberán otorgarle una significación especial si
quieren que la nación árabe tenga una buena razón para sobrevivir”.
El día
profetizado por Aflaq llegó, pero al revés: son los islamistas los que se
convirtieron en los únicos defensores del nacionalismo. Se ha vuelto trivial
señalar que el islamismo integró los temas del nacionalismo para presentarse
como la corriente de oposición a la dominación occidental y de afirmación de la
independencia cultural y nacional.
Irónicamente,
durante décadas, Occidente y los gobiernos árabes reaccionarios amplificaron y
explotaron las divergencias entre nacionalismo e islamismo, cortejando y
promoviendo a las corrientes islamistas conservadoras. La historia de las relaciones
entre el islamismo y la “dominación occidental” está lejos, pues, de ser “pura”
y lineal. Ya se trate de los Hermanos Musulmanes en Egipto, utilizados por los
servicios secretos británicos contra Gamal Abdel Nasser; de su sucesor en
Palestina –Hamas-, sostenido en el pasado por Israel para hacer contrapeso a la
Organización para la Liberación de Palestina (OLP), o de los “árabes afganos”
que combatieron por Estados Unidos contra “el comunismo ateo”, en muchas
ocasiones los islamistas aceptaron no sólo ser subvencionados por poderes
extranjeros sino aliarse con ellos para imponer su hegemonía en la región.
La victoria
en Afganistán y el retiro de las tropas soviéticas de ese país constituyen el
apogeo de un sucedáneo del nacionalismo panárabe vuelto panislámico. Los
islamistas pueden invocar la fuerza de la inspiración religiosa frente a la
debilidad del nacionalismo tradicional, pero es difícil para ellos presentar
ese logro como un modelo. ¿Acaso no sacaron también el mejor partido de una
alianza con Occidente? Como prueba, el testimonio de un ex agente de la CIA
durante la Guerra Fría sobre el “sucio secretito” de Washington: en esa época, “los
Hermanos [Musulmanes] eran un aliado silencioso, un arma secreta contra los
comunistas -¿quiénes, si no?-. Nosotros pensábamos: ‘Si Alá acepta luchar de
nuestro lado, está bien’”. La recíproca era verdadera para los islamistas: “Si
Estados Unidos acepta luchar de nuestro lado, está bien”. En realidad, el “sucio
secretito” de los islamistas así como de los nacionalistas laicos era que en
política nadie es “puro” ni está protegido del engaño oportunista de la
complicidad con los poderes extranjeros.
Estrategia
incoherente
Debemos
olvidar esta danza macabra de acusaciones mutuas pues termina siempre por
volverse en contra nuestra y en contra de Occidente. Esta danza corrompió y
minó la legitimidad de grandes movimientos nacionalistas en Argelia y en
Egipto; transformó el islam en una doctrina de la división, abriendo una brecha
entre laicos e islamistas y entre nuestra región y el resto del mundo.
Alimentó, también, un discurso y una práctica del fanatismo armado que, a la
manera de la criatura de Frankenstein, se volvieron contra Occidente.
El último
avatar de esta estrategia consiste en transformar las viejas querellas
teológicas y sociales entre sunnitas y chiitas en una fractura geopolítica
entre el mundo árabe e Irán. Esta maniobra promovida por Israel y por los
neoconservadores estadounidenses para servir a sus intereses a corto plazo no
carece de cinismo, cuando se sabe que estos dos países en otro tiempo apoyaron
a Teherán contra el nacionalismo árabe. En los años 60 y 70, Irán era la única
potencia regional que obtenía sus favores. La Revolución Islámica de 1979 hizo
de ese país una “bestia negra”. Sim embargo, la invasión estadounidense a Irak,
iniciada en marzo de 2003, destruyó el bastión más poderoso del nacionalismo
árabe y reforzó al mismo tiempo la posición de Irán en la región.
La tensión
entre sunnitas y chiitas y entre árabes y persas –exacerbada por estas
maniobras- no es una invención occidental. Hunde sus raíces en una historia
antigua que se remonta a las primeras conquistas del islam. En una parte del
imaginario árabe se disimula el deseo de recrear un nacionalismo sunnita: un
salafismo doctrinario árabe que concilie la pureza islámica y el nacionalismo
árabe contra un chiismo herético y una Persia expansionista. Esta inclinación
peligrosa encuentra su peor expresión en las violencias confesionales
perpetradas en Irak y en Asia Central por diversas organizaciones que se
reivindican de Al Qaeda.
Esa
estrategia es incoherente. Se opone a uno de los pocos países que aprovechó la
intervención estadounidense en Irak, en 2003, y ayudó a estabilizar ese país,
como podría ahora contribuir a traer la paz a Afganistán. ¡Esa estrategia
pretende hacer pasar a Hamas –emanación de la cofradía sunnita de los Hermanos
Musulmanes- por una creación cripto-chiita de Teherán! Impulsa una vez más a
algunas fuerzas de Washington y a sus aliados israelitas y árabes a jugar con
fuego y a utilizar grupos armados sunnitas yihadistas en el Líbano y en Irak.
El conflicto
entre sunnitas y chiitas destruirá el panislamismo con tanta seguridad como la
focalización en los intereses estrictamente nacionales destruyó el panarabismo.
Pareciera que esta estrategia ha sido contrarrestada por varios regímenes al
igual que por las poblaciones. Cualesquiera fueran sus inquietudes, los Estados
árabes insistieron para que el problema nuclear iraní se solucione en su
contexto regional y para que las armas atómicas israelíes sean puestas sobre la
mesa de las negociaciones. Desde hace varios años, desde el Atlántico hasta el
Golfo, y a través de todo el espectro confesional, los pueblos árabes
manifestaron su apoyo a Hezbollah y a Hamas, no porque sean chiitas o sunnitas,
sino porque resisten a las agresiones israelíes: hay chiitas que apoyan a
Ismail Haniyeh, líder de Hamas, y sunnitas que levantan fotos de Hassan
Nasrallah, el secretario general de Hezbollah.
En momentos
como estos, valoramos el poder de la aspiración a una unidad panárabe y
panislámica, capaz de garantizar dignidad, justicia y verdadera independencia.
Aunque descartamos la idea de que los movimientos islamistas inciten a la
realización de esta promesa nacionalista –a menudo la alteraron y orientaron en
una dirección peligrosa-, tenemos que aceptar que la impregnaron de un fuerte
espíritu de resistencia y de energía colectiva, y que fueron eficaces al
hacerse portadores de ese sentimiento popular. Las nuevas corrientes de
resistencia, muy a menudo dirigidas por islamistas, contribuyen –a su pesar- a
resucitar el nacionalismo árabe.
El “tercer
nacionalismo”
Además del
nacionalismo poscolonial tradicional, fosilizado en los viejos regímenes
autoritarios, y las formas de resistencia cuasi nacionalistas que se expresan
en los movimientos islamistas, existe otro tipo de nacionalismo trasnacional
árabe, secular pero que reclama para sí la identidad árabe e islámica, y que
está orgulloso del intercambio con las culturas y las lenguas del mundo. Esta
forma de conciencia, que marca el imaginario de una gran fracción de nuestra
juventud, se refleja en los nuevos medios de comunicación internacionales (Al
Jazeera, internet, Facebook, etcétera), en las redes que unen las diásporas a
su país de origen y en las formas profanas de la cultura y de la lengua que
todos estos medios permiten. Hasta el discurso cambió; ya no se refiere
simplemente a los derechos de los palestinos o de los árabes, sino a los
principios del derecho internacional y por lo tanto de cierto universalismo,
como se pudo constatar en el momento de las manifestaciones de solidaridad con
Gaza.
Este “tercer
nacionalismo” naciente no mantiene vínculo alguno ni con gobiernos ni con
regímenes. No posee ningún programa político aunque invoque una conciencia
panárabe y panislámica: condena el autoritarismo local y la corrupción, y
aspira al establecimiento de la democracia y de un Estado de Derecho al mismo
tiempo que rechaza con firmeza toda intervención militar extranjera. Defiende
orgullosamente la identidad árabe e islámica y preconiza un modernismo
intelectual y la diversidad cultural. Solidario con la lucha por la
independencia y la justicia en el mundo árabe-musulmán, en especial con la
resistencia palestina, es consciente de los éxitos y fracasos de los
movimientos políticos árabes y occidentales. ¿Retirada, pues, del nacionalismo
antiguo y de los imanes?
Es muy
temprano para decirlo, pues esta nueva tendencia carece todavía de eficacia
política. Todavía está buscando una coherencia política y formas de
organización, y le cuesta hacer oír su voz en el estrépito del enfrentamiento
entre la “cháchara” del Estado y las prédicas islámicas.
Tantos
reveses han soportado los pueblos de la región –desde la derrota de 1967 hasta
la ocupación de Irak en 2003 y el reciente conato de exacerbación de la
oposición sunnitas-chiitas- que han interiorizado un sentimiento de impotencia.
Este
estancamiento lleva, en nuestras sociedad, a un divorcio “a la italiana” entre
tres partes: el Estado y sus clientes; las fuerzas laicas y progresistas, y las
corrientes islámicas: no se hablan entre sí, pero conviven bajo el mismo techo.
La crisis económica actual introduce, sin embargo, un nuevo elemento, más
desestabilizador, pero portador de despliegues inéditos. Frente a un grave
deterioro de las realidades sociales, los islamistas no tienen ningún programa
económico eficaz para proponer, si no es la aplicación de la sharia, que puede revelarse atractiva si
contribuye a reducir el crimen y la corrupción, y a imponer el orden y la
seguridad en un entorno difícil. Sin embargo, la noción islamista de justicia
social parece ser una obra caritativa más que política: consiste en aligerar el
fardo de los pobres por medio de la limosna más que reducir la pobreza
imponiendo cambios estructurales. Los propios movimientos islámicos son una
causa caritativa para los ricos conservadores que prefieren denunciar la
impiedad de los países árabes laicos antes que enfrentar el desafío de las
injusticias inherentes a las estructuras mismas de la propiedad privada. Tienen
tendencia a percibir las oposiciones sociales como una fitna (en árabe significa revuelta, sedición), fuente de discordia
y de caos entre los musulmanes.
Así, cuando
decenas de miles de campesinos egipcios se movilizaron contra el
desmantelamiento de la reforma agraria lanzada por Nasser y la devolución de
sus tierras a los grandes propietarios, los Hermanos Musulmanes se alinearon
detrás de la política de privatización del Estado. Asimismo, son militantes
progresistas independientes los que desataron las huelgas y las manifestaciones
obreras en el Delta del Nilo en la primavera boreal de 2008. Las luchas por los
aumentos de salario y el respeto de las disposiciones internacionales relativas
a los derechos humanos recibieron una innegable aprobación popular y obligaron
a los Hermanos Musulmanes a acordarles un apoyo ambivalente: no solamente no
estaban en el origen de esos movimientos, sino que las reivindicaciones estaban
muy lejos de su programa. Acciones idénticas –revueltas del hambre,
manifestaciones por los salarios de Gafsa (Túnez) y en Sidi Ifni (Marruecos)-
fueron llevadas a cabo por fuerzas de izquierda, con los islamistas a un lado.
Estos
últimos se muestran menos inclinados a lanzarse en este tipo de movimientos
dado que no saben cómo dirigirlos y, además, el discurso y los temas de estas
movilizaciones se les escapan. Sin embargo, estas movilizaciones son cada vez
más necesarias y ofrecen a las fuerzas progresistas posibilidades inéditas de
hacer avanzar sus ideas sobre la justicia y los derechos sociales. Pero es
necesario desconfiar de un optimismo engañoso pues esas movilizaciones siguen
siendo raras, localizadas y aisladas. Aun cuando los problemas planteados
exigen soluciones en un nivel nacional o regional, los manifestantes ignoran a
menudo lo que pasa a unos cien kilómetros de su casa…
Los
regímenes emplean todos los medios para impedir que estos movimientos se
unifiquen y se alíen con los islamistas. Además de una severa represión,
retoman algunos temas religiosos como la apología de la identidad cultural y
nacional, y pretenden defender valores específicamente árabes o musulmanes
condenando los discursos sobre los derechos humanos y sociales, presentados
como intromisiones de Occidente. Esta actitud contribuye a eternizar la
división entre islamistas y progresistas y a precipitar a estos últimos en “una
trampa identitaria”. El ejemplo de la mujer es el más revelador. Aunque el
principio del trabajo femenino está ampliamente aceptado, no deja de haber
resistencias respecto de todo lo que atañe al cuerpo de la mujer y a su papel
en la familia. Al defender los derechos de la mujer, los progresistas se ven
atenazados entre un discurso islamista moralista y un discurso nacionalista
sobre el honor. Deben defenderse siempre contra las acusaciones de capitulación
cultural mientras que la conservación de estructuras autoritarias –sean estatales
o religiosas- es presentada como una resistencia cultural a la
occidentalización. Esta política identitaria esencialista constituye un tema
recurrente en nuestra región y, al mismo tiempo, una verdadera tragedia.
En Pakistán,
los talibanes adoptaron con entusiasmo la noción de conflicto de clases, fitna o no. En el valle de Swat,
defendieron la reforma agraria: algunos ricos propietarios de la elite
semifeudal paquistaní, usados al principio como contribuyentes conservadores,
fueron desposeídos de sus tierras de manera sumaria, y forzados a abandonar el
país. Esta estrategia permitió a los talibanes, según lo explica un
representante oficial paquistaní, “prometer más que proscribir la música o la
escolarización… Prometen también la justicia islámica, un gobierno eficaz y una
redistribución económica”. El mensaje dirigido a los progresistas laicos y a
los regímenes “moderados” es claro: si usted no se consagra seria e
inmediatamente a los problemas recurrentes de la corrupción, la pobreza y la
desigualdad, se encontrará muy por detrás de los islamistas, quienes sí lo
hacen.
Espacios de
democratización
Así pues,
nadie puede ignorar las divergencias entre progresistas e islamistas. Los dos
pueden desear sinceramente el establecimiento de la “democracia”, pero más allá
de cierto punto, tendrán probablemente puntos de vista radicalmente diferentes
de la manera en que hay que crear y preservar un Estado de Derecho democrático.
Los progresistas quieren instaurar la soberanía de la voluntad popular,
delimitada por el derecho y basada en criterios jurídicos y políticos
reconocidos por la comunidad de las naciones. Los islamistas quieren instaurar
la soberanía absoluta a partir de una interpretación específica de los textos
sagrados, aunque se puede percibir un debate interno entre ellos, y aunque los
Hermanos Musulmanes jordanos o el Partido de la Justicia y el Desarrollo marroquí
adhieren progresivamente a la idea de soberanía popular.
Existe sin
embargo, en particular en el contexto de la crisis económica global,
posibilidades de alianzas reales provechosas para las dos corrientes a la vez,
y positivas para los pueblos de la -región. En el plano local, se organizarán
huelgas y manifestaciones para denunciar la desocupación, las penurias de
alimentación y de recursos y el alza de precios. La población exigirá
transparencia, pedirá cuentas a sus dirigentes y reclamará una lucha decidida
contra la corrupción. En el plano regional e internacional, algunos movimientos
continuarán surgiendo en apoyo de Palestina, contra la intervención de fuerzas
extranjeras y en favor de un orden económico equitativo y de la aplicación del
derecho internacional.
Los
principios que permitirán una acción unida y eficaz se asimilarán a los
principios que han animado nuestros movimientos nacionalistas históricos: la
pasión por la independencia nacional y regional, el compromiso en favor de la
cooperación regional, una plena participación en los asuntos internacionales,
la visión de un régimen que defienda la libertad política y un Estado de
Derecho para todos, una plataforma que apunte a mejorar la vida económica y
social de nuestros pueblos y un esfuerzo por responder a las aspiraciones de
todos los grupos étnicos y confesionales. En pos de ese objetivo, los
progresistas deben ganar la batalla del liderazgo y de la influencia, y
demostrar que la construcción de la democracia y el respeto de los derechos
humanos son instrumentos necesarios y eficaces para poner en práctica todos
estos principios.
Hemos
observado, durante la invasión israelí de Gaza, hasta qué puntos estos
instrumentos contribuyeron a reforzar la causa palestina. Hamas es creíble
porque combate la corrupción y resiste de manera constante a la agresión
israelí, pero también porque fue legitimado por el sufragio universal. En
cambio, Israel está a la defensiva en el terreno de los derechos de las
personas, de las normas jurídicas, políticas y éticas reconocidas por las
naciones. Estas acciones ilegales amenazan con poner en cuestión la impunidad
acordada por la “comunidad internacional” a Israel desde hace décadas. Con la
información, los análisis y el conocimiento histórico disponible en la era del
Al Jazeera, de internet y de la militancia global –para no mencionar a los
historiadores de Israel, que trabajan con una libertad que debería
inspirarnos-, son cada vez más las personas que comprenden que lo que vieron en
Gaza en 2008-2009 era una pequeña muestra de lo que no pudieron ver en
Palestina en 1947-1948.
Paradójicamente,
los desafíos más grandes planteados a los nacionalistas –como las intervenciones
extranjeras en Irak o en el Líbano- han creado espacios de movilización, de
unión, de pluralismo y de democracia, que debemos explotar. Una utopía tal
comporta precedentes. Fue necesaria una sucesión aparentemente interminable de
conflictos sangrientos, religiosos y nacionales, para que Europa emprenda un
proceso de unificación, sin renunciar por ello a la independencia nacional y a
las diferencias culturales entre sus pueblos.
Hicham Ben
Abdallah El Alaoui
*Escrito en
agosto de 2009
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")