1. ¿Por qué estallaron las revueltas?
Todo comenzó
en Túnez en diciembre de 2010, cuando un joven se inmoló en protesta por la
brutalidad policial. Lo que parecía una revuelta local en un pequeño pueblo
tunecino rápidamente se extendió a casi todo Medio Oriente. Si bien los países
árabes presentan particularidades económicas y políticas diferentes, no es
menos cierto que tienen una historia, una cultura y una lengua en común, y la
mayoría profesan el islam como religión. Pero lo que los une es sobre todo la
realidad de regímenes corruptos hereditarios (sean monarquías o repúblicas) con
familias gobernantes que están en el poder hace más de treinta años y manejan
los Estados como si fueran feudos privados. Zine El Abidine Ben Ali en Túnez
quería que lo sucediera su mujer; Hosni Mubarak en Egipto, Muamar Gadafi en
Libia y Ali Abdullah Saleh en Yemen pretendían que los heredaran sus hijos.
Adicionalmente, la economía está manejada por unos pocos que despilfarran
millones, mientras persisten altos porcentajes de pobreza y desocupación. En
los últimos treinta años, con la excepción del Líbano, prácticamente ningún
país árabe celebró elecciones libres. Cuando aparecen las protestas la
respuesta suele ser la represión, como se vio en estos últimos meses. La
revuelta se extendió a pesar del férreo control gubernamental de los medios de
comunicación, que casi nunca abren un espacio a las voces opositoras ya que sus
partidos políticos en general han sido declarados ilegales. Bien lo describe la
joven cineasta egipcia Amal Ramsis en su documental Prohibido: una sociedad donde casi todo está prohibido.
2. ¿Por qué es tan importante?
La inmensa
mayoría de los países árabes fueron creados en el proceso de desintegración del
Imperio Otomano y mediante las colonizaciones británica y francesa, que se
repartieron Medio Oriente al finalizar la Primera Guerra Mundial e incorporaron
la región al mercado mundial capitalista. Cuando se retiraron, las potencias
europeas dejaron monarquías a su servicio, algunas de las cuales todavía están
en el poder (Jordania, Arabia Saudita). En los años cincuenta y sesenta, varios
golpes de Estado liderados por militares derrocaron a las monarquías de Egipto
(1952), Irak (1958), Siria (1963) y Libia (1969), alentando la conformación de
Repúblicas. Estos procesos revolucionarios, con un discurso nacionalista y
antiimperialista, no desactivaron las políticas autoritarias del pasado ni
desarrollaron sociedades civiles dinámicas, sino todo lo contrario. Los Estados
controlaban, por medio de un partido único, casi todos los aspectos de la vida
pública y privada. Por eso las fuerzas que ahora se pusieron en movimiento proponen
una amplia democratización que cuestiona al sistema político hasta sus
cimientos. Por ello no es casual que se compare este movimiento tectónico del
mundo árabe con las revoluciones burguesas de Europa en 1848 o con la caída del
Muro de Berlín (noviembre de 1989). Tampoco sorprende que Fidel Castro diga que
la actual revuelta árabe podría ser “más profunda que la que en 1789 se desató
en Europa con la toma de la Bastilla”.
3. ¿Cuál es el rol de los movimientos islámicos en las revueltas?
En todos los
países árabes hay partidos que llevan al islam como bandera
ideológica-política. Estos crecieron en los años 80 como resultado del fracaso
de los gobiernos nacionalistas-socialistas en erradicar la pobreza (como habían
prometido) y en su lucha contra el Estado de Israel. Los partidos islámicos, en
sus diferentes vertientes, son los partidos más importantes en casi todos los
países árabes, desde aquellos con presencia en el Parlamento (Jordania, Líbano)
hasta los que se encuentran prohibidos (Egipto, Túnez, Argelia). Sin embargo,
como están muy controlados, limitados y perseguidos, se cuidaron mucho de no
aparecer orgánicamente en las revueltas de Túnez y Egipto. Se sumaron a ellas
más a título individual que colectivo, aunque también ellos se vieron sorprendidos
y desbordados por la magnitud de las revueltas. Algunos resultaron golpeados
por la represión de las décadas previas (Siria en los 80, Argelia en los 90);
en el caso de Túnez, su principal referente, Rashid Ghannouchi, vivió exiliado
durante casi veinte años en Londres, a pesar de su manifiesto apego al sistema
democrático. La demonización en Occidente de estos movimientos ayudó a que los
gobernantes árabes pudieran reprimirlos sin grandes consecuencias.
4. ¿Cuál es el rol de Estados Unidos?
La lectura
de los medios de comunicación permite verificar que en casi todas estas
revueltas aparece la misma pregunta: ¿cuándo le soltará Estados Unidos la mano
al gobernante? Salvo en el caso de Siria, casi todos los países árabes tienen
excelentes relaciones con la Casa Blanca y algunos –para mantenerse en el
poder- dependen de su ayuda política, financiera y militar. Esta relación fue
clave para neutralizar los reclamos palestinos, construir una coalición para
expulsar a Saddam Hussein de Kuwait en 1991, e invadir Irak en 2003. De todas
maneras, hay que señalar que la revuelta árabe tomó por sorpresa tanto a los
estrategas de la política exterior estadounidense como a los intelectuales que
siguen día a día lo que sucede en una región vital para Washington. Barack
Obama, en su visita a El Cairo en 2009, parecía prometer una nueva relación con
el mundo árabe e islámico. Sin embargo, dijo poco sobre las aspiraciones
democráticas de los árabes, que chocaban abiertamente con los regímenes
dictatoriales y autoritarios apoyados por Washington, como se vio durante el
levantamiento popular en Egipto. La Casa Blanca se cuidó mucho de criticar a
Hosni Mubarak y lo sostuvo hasta último momento.
5. ¿Por qué Al Qaeda está ausente?
Al Qaeda
nunca fue un movimiento cuya intención fuera organizar a las masas; más bien lo
contrario. Su principal objetivo es golpear a Estados Unidos y a las grandes
potencias, de allí la simpatía pasiva que generaba en el mundo árabe e
islámico. Pero siempre fue una organización desligada de los movimientos
sociales y de base que existen en los países árabes. Por años, los gobiernos
árabes instalaron la idea de que cualquier movimiento de protesta estaba
vinculado de una u otra forma con Al Qaeda. Esta estrategia les sirvió para
reprimir a los partidos opositores y –en particular- a los islamistas. También
les permitió sintonizar con el discurso de Estados Unidos y recibir ayuda
monetaria y militar para combatir un enemigo en común, el terrorismo, muchas veces
abstracto o sobredimensionado. Las revueltas, en su mayoría masivas y
pacíficas, se plantearon derrocar regímenes vitalicios y corruptos para
impulsar reformas democráticas, y este objetivo no tiene ningún punto de
contacto con los enunciados de Al Qaeda. Más aún, la violencia hubiera sido
contraproducente en Túnez y Egipto, lo que explica su ausencia1.
6. ¿Hay una revuelta popular en Libia?
En Libia,
como en el resto del mundo árabe, estalló una verdadera revuelta popular,
influenciada por los levantamientos de Túnez y Egipto. Gadafi había convertido
al Estado en su feudo privado, con toda su megalomanía y sus excentricidades.
Había colocado a sus hijos en puestos clave y pretendía dejar como su sucesor a
uno de ellos, a pesar de que era público que su familia dilapidaba fortunas a
cuenta del Estado, incluso contratando cantantes para fiestas privadas. La
revuelta comenzó en Benghazi, la segunda ciudad del país, y rápidamente se
extendió a Trípoli, donde fue reprimida con éxito. Muchos pensaron que la caída
de Gadafi sería inminente, siguiendo el camino de Ben Ali y Mubarak. Algunos de
sus ministros, embajadores y militares también lo creyeron, y se pasaron a la
oposición cuando “el líder” prometió perseguir “como ratas” a los opositores,
que conforman un grupo muy heterogéneo, que incluye desde luchadores
democráticos por los derechos humanos hasta grupos islámicos reprimidos durante
años. Los primeros manifiestos de la oposición tenían un espíritu
democratizador similar al de las otras revueltas árabes. Pero la intervención
extranjera cambió las reglas del juego. Le permite al régimen presentarlos como
títeres de potencias extranjeras que sólo estarían buscando apoderarse del
petróleo al estilo de las viejas potencias coloniales, y la dinámica de los
acontecimientos los puede llevar a ser rehenes de la ayuda exterior, que no es
desinteresada…
7. ¿Qué motivó la intervención extranjera en Libia?
Gadafi no
dudó en proclamar a los cuatro vientos que sofocaría a sangre y fuego la
revuelta en su contra. Su hijo, Saif al Islam, amenazó con una cruenta guerra
civil y más de 100.000 muertos. Europeos y estadounidenses, acostumbrados a
hacer buenos negocios con Gadafi –le habían “perdonado” su discurso
antiimperialista y los atentados terroristas del pasado-, vieron una
oportunidad para sacarse de encima a un líder impredecible y poco confiable,
que controla una de las principales reservas de petróleo del mundo. Por eso ni
siquiera tomaron en cuenta las propuestas impulsadas por Hugo Chávez y la Unión
Africana para negociar. Forzaron una rápida resolución en Naciones Unidas con
el argumento de que Gadafi estaba masacrando a su pueblo, y menos de dos días
después comenzaron a bombardear Libia. La resolución 1973 del 17 de marzo
aprobó una intervención militar para proteger a los civiles, pero se podía
intuir que su objetivo era derrocar a Gadafi. El 14 de abril, Barack Obama,
David Cameron y Nicolas Sarkozy hicieron público un artículo donde reconocieron
que “es imposible imaginar un futuro para Libia con Gadafi en el poder […].
Gadafi debe irse y para siempre”. Pero no es tan sencillo y aun no queda claro
cómo lo lograrán.
8. ¿Cuál es la importancia de Al Jazeera en las revueltas?
La aparición
de la cadena de noticias qatarí cambió el ángulo de información en el mundo
árabe. Hasta su creación en 1996, los árabes se informaban de lo que sucedía en
sus países a través de las grandes cadenas europeas y estadounidenses y de las
versiones oficiales que emitían sus respectivos gobiernos. Frente al cerrojo
informativo en Túnez y Egipto, Al Jazzera se convirtió en un receptor de la
información que circulaba por vías alternativas. Además, la cadena contaba con
periodistas en el terreno que difundían las imágenes de las protestas masivas y
de la represión, naturalmente ocultadas por las cadenas oficiales. Cuando los
jóvenes tomaron la plaza Tahrir en El Cairo, Al Jazeera comenzó a transmitir
casi sin interrupción desde allí, denunciando abiertamente la represión y
apoyando la revuelta. Por primera vez en su historia, los árabes pudieron
presenciar, en vivo y en directo, una revuelta popular, lejos de la mirada, en
general orientalista y despectiva, de los medios europeos y estadounidenses. En
2004, el periodista de Sri Lanka Thalif Deen planteaba que Al Jazeera era el
último bastión del nacionalismo árabe frente a los gobernantes cada vez más
dependientes de Estados Unidos. Este año Al Jazeera encontró que su mensaje era
similar al de millones de árabes.
9. ¿Por qué no hay líderes visibles?
La
prolongada represión hizo que las revueltas tuvieran un alto grado de
espontaneidad y no surgieran como fruto de una convocatoria planificada por
partidos políticos o movimientos, muchos de cuyos líderes estaban presos o en
el exilio. El aspecto sorpresivo de los acontecimientos en Túnez y su contagio
a Egipto fue clave para derrocar a dos presidentes que nunca lograron
comprender cómo una sociedad tan controlada podía salirse de su cauce. Es
verdad que las revueltas también han sido el producto de las nuevas tecnologías
que permiten organizar convocatorias desde el anonimato, y de allí la importancia
de Facebook, Twitter y las llamadas “redes sociales”. A pesar de la falta de un
liderazgo claro, las rebeliones en Túnez y Egipto fueron exitosas porque se
fueron gestando durante mucho tiempo. En 2008, Al Jazeera ya había emitido un
documental, A nation in waiting,
sobre la historia contemporánea de Egipto, donde se podían ver que estaban
dadas las condiciones objetivas para una revuelta de esas características. Las
huelgas obreras se multiplicaron, los diferentes movimientos sociales se fueron
articulando y grupos conocidos –aunque no “legales”, como Kifaya- ya se estaban
organizando. Por otra parte, los jóvenes que se atrincheraron en la plaza
Tahrir en El Cairo –muchos de ellos sin experiencia política previa-
comprendieron rápidamente que debían convertir la plaza en un bastión de
resistencia al régimen, por lo que no la abandonaron hasta que cayó Mubarak.
10. ¿Es una revuelta democrática?
Durante
décadas, en el mundo occidental primó una mirada estereotipada en el sentido de
considerar que los pueblos árabes no estaban aptos para la democracia y que
tampoco les interesaba. Lo paradójico es que fueron las potencias europeas
primero –y Estados Unidos después- quienes crearon los Estados monárquicos,
autoritarios y dictatoriales de la región, para proteger sus intereses
geoestratégicos y petroleros y más tarde su alianza con el Estado de Israel. Es
una ironía que muchos en Francia se sorprendan al descubrir el grado de corrupción
que registraba el gobierno del ex presidente Ben Ali –elogiado incluso por el
Fondo Monetario Internacional-, como si nunca nadie hubiera señalado que la
economía de Túnez giraba alrededor de la familia gobernante. Los prejuicios
anti-árabes y anti-islámicos abundan en los medios occidentales hegemónicos,
como si las ansias de libertad y democracia fueran patrimonio del mundo
occidental y cristiano, y los árabes sólo pudieran quedar atrapados en las
marañas fundamentalistas. Esta construcción hoy se está desmoronando. En los
siglos XIX y XX ha habido revueltas árabes democratizadoras, pero estas
tentativas por lo general fueron aplastadas a sangre y fuego por las “democracias”
occidentales que difundieron una imagen demoníaca de las mismas. Esta revuelta
es profundamente democrática, aunque la mayoría de los gobiernos autoritarios
se sostengan gracias al respaldo de quienes dicen ser los portadores del
mensaje universal de la democracia.
________________________
1Durante
mi estadía en Egipto, pocos días después de la caída del presidente Mubarak,
pude presenciar cómo el grueso de las manifestaciones impedía que algunos les
arrojaran piedras a los militares que custodiaban el Ministerio del Interior.
Pedro
Brieger
*Escrito en
mayo de 2011, tras un viaje por Egipto, el Sahara y Argelia
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")
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