En su Política, Aristóteles nos dice en primer
lugar esto: “En democracia, los pobres son reyes porque son mayoría, y porque
la voluntad de la mayoría tiene fuerza de ley”. En un segundo pasaje, parece
restringir primero el alcance de esta frase, luego la amplía, la completa y
acaba por establecer un axioma: “La equidad en el seno del Estado exige que los
pobres no posean de ningún modo más poder que los ricos, que no sean los únicos
soberanos, sino que todos los ciudadanos lo sean en proporción a su número.
Éstas son las condiciones indispensables para que el Estado garantice
eficazmente la igualdad y la libertad”.
Aristóteles
nos dice que aunque participen con total legitimidad democrática en el gobierno
de la polis, los ciudadanos ricos
serán siempre una minoría en razón de una incontestable proporcionalidad. Sobre
un punto, tenía razón: por más lejos que nos remontemos en el tiempo, nunca los
ricos fueron más numerosos que los pobres. Pese a esto, los ricos siempre
gobernaron el mundo o sostuvieron los hilos de los que gobernaban. Constatación
más actual que nunca. Señalemos de paso que, para Aristóteles, el Estado
representa una forma superior de moralidad…
Todo manual
de derecho constitucional nos enseña que la democracia es “una organización
interna del Estado por la cual el origen y el ejercicio del poder político
incumbe al pueblo, organización que permite al pueblo gobernado gobernar a su
vez por medio de sus representantes electos”. Aceptar definiciones como ésta,
de una pertinencia tal que roza las ciencias exactas, correspondería,
traspuestas a nuestra vida, a no tener en cuenta la gradación infinita de
estados patológicos a los que nuestro cuerpo puede verse confrontado en todo
momento.
En otros
términos: el hecho de que la democracia pueda definirse con mucha precisión no
significa que funcione realmente. Una breve incursión en la historia de las
ideas políticas conduce a dos observaciones a menudo descartadas so pretexto de
que el mundo cambia. La primera, recuerda que la democracia apareció en Atenas,
hacia el siglo V antes de Cristo; que suponía la participación de todos los
hombres libres en el gobierno de la ciudad; estaba fundada en la forma directa,
siendo los cargos efectivos o atribuidos según un sistema mixto de sorteo y
elección, y los ciudadanos tenían derecho al voto y a presentar propuestas en
las asambleas populares.
Sin embargo –ésta
es la segunda observación-, en Roma, continuadora de los griegos, el sistema
democrático no consiguió imponerse. El obstáculo procedió del poder económico
desmedido de una aristocracia latifundista que veía en la democracia un enemigo
directo. Peso al riesgo de toda extrapolación, ¿podemos evitar preguntarnos si
los imperios económicos contemporáneos no son, también, adversarios radicales
de la democracia, aunque se mantengan por el momento las apariencias?
El lugar del poder
Las
instancias del poder político intentan desviar nuestra atención de una evidencia:
dentro mismo del mecanismo electoral se encuentran en conflicto una opción
política representada por el voto y una abdicación cívica. ¿Acaso no es cierto
que, en el preciso momento en que la boleta es introducida en la urna, el
elector transfiere a otras manos, sin más contrapartida que algunas promesas
escuchadas durante la campaña electoral, la parcela de poder político que
poseía hasta ese momento en tanto miembro de la comunidad de ciudadanos?
Este papel
de abogado del diablo que asumo puede parecer imprudente. Razón de más para que
examinemos qué es nuestra democracia y cuál es su utilidad, antes de pretender –obsesión
de nuestra época- hacerla obligatoria y universal. Esta caricatura de
democracia que, como misioneros de una nueva religión, procuramos imponer al
resto del mundo no es la democracia de los griegos, sino un sistema que los
mismos romanos no habrían vacilado en imponer a sus territorios. Este tipo de
democracia, rebajada por mil parámetros económicos y financieros, habría
logrado sin duda hacer cambiar de idea a los latifundistas del Lacio,
transformados entonces en los más fervientes demócratas…
Podría surgir
en la mente de algunos lectores una enojosa sospecha acerca de mis convicciones
democráticas, dadas mis muy conocidas inclinaciones ideológicas (miembro del
Partido Comunista Portugués)… Defiendo la idea de un mundo verdaderamente
democrático que finalmente se haga realidad, dos mil quinientos años después de
Sócrates, Platón y Aristóteles. Esa quimera griega de una sociedad armoniosa,
sin distinciones entre amos y esclavos, como la conciben las almas cándidas que
siguen creyendo en la perfección.
Algunos me
dirán: pero las democracias occidentales no son censatarias ni racistas, y el
voto del ciudadano rico o de piel blanca cuenta tanto en las urnas como el del
ciudadano pobre o de piel oscura. Si nos fiamos de semejantes apariencias,
habríamos alcanzado el summum de la
democracia.
A riesgo de
aplacar esos ardores, diré que las realidades terribles del mundo en que vivimos
hacen irrisorio ese cuadro idílico y que, de un modo u otro, acabaremos dando
con un cuerpo autoritario disimulado bajo los más bellos atavíos de la
democracia.
Así, el
derecho de voto, expresión de una voluntad política, es al mismo tiempo un acto
de renuncia a esa misma voluntad, puesto que el elector la delega a un
candidato. Al menos para una gran parte de la población, el acto de votar es
una forma de renuncia temporaria a un acción política personal, puesta en
sordina hasta las siguientes elecciones, momento en que los mecanismos de
delegación volverán al punto de partida para empezar otra vez de la misma
manera.
Pero la
minoría elegida, esta renuncia puede constituir el primer paso de un mecanismo
que autoriza muchas veces –a pesar de las vanas esperanzas de los electores- a
perseguir objetivos que no tienen nada de democráticos y pueden ser verdaderas
ofensas a la ley. En principio, a nadie se le ocurriría elegir como
representantes al Parlamento a individuos corruptos, incluso si la triste
experiencia nos enseña que las altas esferas del poder, en el plano nacional e
internacional, están ocupadas por ese tipo de criminales o sus mandatarios.
Ninguna observación microscópica de los votos depositados en las urnas tendría
el poder de hacer visibles los signos delatores de las relaciones entre los
Estados y los grupos económicos cuyos actos delictivos, e incluso bélicos,
llevan a nuestro planeta derecho a la catástrofe.
La
experiencia confirma que una democracia política que no descansa sobre una
democracia económica y cultural no sirve de mucho. Despreciada y relegada al
depósito de las fórmulas envejecidas, la idea de una democracia económica ha
dejado lugar a un mercado triunfante hasta la obscenidad. Y la idea de una
democracia cultural fue reemplazada por la no menos obscena de una masificación
industrial de las culturas, pseudo melting-pot
que se utiliza para enmascarar la predominancia de una de ellas.
Creemos
haber avanzado, pero en realidad retrocedemos. Hablar de democracia se volverá
cada vez más absurdo si nos obstinamos en identificarla con instituciones
denominadas partidos, Parlamentos, gobiernos, sin proceder a un análisis del
uso que estos últimos hacen del voto que les permitió acceder al poder. Una
democracia que no se autocritica, se condena a la parálisis.
No concluyan
que estoy en contra de la existencia de los partidos: milito dentro de uno de
ellos. No crean tampoco que aborrezco los Parlamentos: los apreciaría si se
consagraran más a la acción que a la palabra. Y tampoco imaginen que soy el
inventor de una receta mágica que permite a los pueblos vivir felices sin tener
gobierno. Me niego a admitir que sólo se pueda gobernar y desear ser gobernado
según los incompletos e incoherentes modelos democráticos vigentes.
Los califico
así porque no veo otra forma de designarlos. Una democracia verdadera, que
inundaría con su luz, como un sol, a todos los pueblos, debería comenzar por lo
que tenemos a mano, es decir, el país en que nacimos, la sociedad en que
vivimos, la calle donde moramos.
Si esta
condición no es respetada –y no lo es- todos los razonamientos racionales, es
decir, el fundamento teórico y el funcionamiento experimental del sistema,
estarán viciados. Purificar las aguas del río que atraviesa la ciudad no
servirá de nada si el foco de la contaminación está en las fuentes.
La cuestión
principal que todo tipo de organización humana se plantea, desde que el mundo
es mundo, es la del poder. Y el principal problema es identificar quién lo
detenta, verificar por qué medio lo obtuvo, qué uso hace de él, qué métodos
utiliza y cuáles son sus ambiciones.
Si la
democracia fuera realmente el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo,
todo debate cesaría. Pero no estamos en ese punto. Y sólo un espíritu cínico se
animaría a afirmar que todo va inmejorablemente bien en el mundo en que
vivimos.
Se dice
también que la democracia es el sistema político menos malo, y nadie se percata
de que esta aceptación resignada de un modelo que se contenta con ser “el menos
malo” puede constituir el freno de una búsqueda de algo “mejor”.
El poder
democrático es, por su naturaleza, siempre provisorio. Depende de la
estabilidad de las elecciones, de las fluctuaciones de las ideologías y de los
intereses de clase. Podemos ver en él una suerte de barómetro orgánico que
registra las variaciones de la voluntad política de la sociedad. Pero de un
modo flagrante ya no contamos las alternativas políticas aparentemente
radicales que tienen por efecto cambios de gobierno, pero no vienen acompañadas
por transformaciones sociales, económicas y culturales tan fundamentales como
hacía suponer el resultado del sufragio.
En efecto,
decir gobierno “socialista”, o “socialdemócrata”, o aún “conservador”, o “liberal”
y llamarlo “poder”, no es más que una operación estética barata. Es pretender
nombrar algo que no se encuentra allí donde querrían hacérnoslo creer. Porque
el poder, el verdadero poder, se encuentra en otra parte: es el poder
económico. Ese cuyo contornos de filigrana percibimos, pero se nos escapa
cuando queremos aproximarnos a él y contraataca si nos dan ganas de restringir
su influencia, sometiéndolo a las reglas del interés general.
En términos
más claros: los pueblos no han elegido a sus gobiernos para que éstos los “ofrezcan”
al mercado. Pero el mercado condiciona a los gobiernos para que éstos les “ofrezcan”
a sus pueblos. En nuestra época de mundialización liberal, el mercado es -el
instrumento por excelencia del único poder digno de ese nombre, el poder
económico y financiero. Éste no es democrático puesto que no ha sido elegido
por el pueblo, no es gestionado por el pueblo y sobre todo porque no tiene como
finalidad el bienestar del pueblo.
No hago más
que enunciar verdades elementales. Los estrategas políticos, de todos los
bandos, han impuesto un silencio prudente para que nadie se atreva a insinuar
que seguimos cultivando la mentira y aceptamos ser cómplices de ella.
El sistema
llamado democrático se parece cada vez más a un gobierno de los ricos y cada
vez menos a un gobierno del pueblo. Imposible negar la evidencia: la masa de
los pobres llamada a votar nunca es llamada a gobernar. En la hipótesis de un
gobierno formado por los pobres, donde éstos representarían la mayoría, como
Aristóteles imaginó en su Política,
ellos no dispondrían de los medios para modificar la organización del universo
de los ricos que los dominan, vigilan y asfixian.
La
pretendida democracia occidental ha entrado en una etapa de transformación
retrógrada que no puede detener, y cuyas consecuencias previsibles serán su
propia negación. No hay necesidad alguna de que alguien tome la responsabilidad
de liquidarla, ella misma se suicida todos los días.
¿Qué hacer?
¿Reformarla? Sabemos que, como escribió acertadamente el autor de El Gatopardo, reformar no es otra cosa
que cambiar lo necesario para que nada cambie. ¿Renovarla? ¿Qué época del
pasado suficientemente democrática valdría la pena que regresemos a ella para, a
partir de ahí, reconstruir con nuevos materiales lo que está en el camino de la
perdición? ¿La de la Grecia antigua? ¿La de las repúblicas mercantiles de la
Edad Media? ¿La del liberalismo inglés del siglo XVII? ¿La del siglo francés de
las Luces? Las respuestas serían tan fútiles como las preguntas…
¿Qué hacer
entonces? Dejemos de considerar la democracia como un valor adquirido, definido
de una vez por todas e intocable para siempre. En un mundo en que estamos
acostumbrados a debatir todo, sólo persiste un tabú: la democracia. António
Salazar (1889-1970), el dictador que gobernó Portugal durante más de cuarenta
años, afirmaba: “No se cuestiona a Dios, no se cuestiona la patria, no se
cuestiona la familia”. Hoy en día cuestionamos a Dios, a la patria, y si no
cuestionamos la familia es porque ella se encarga de hacerlo sola. Pero no
cuestionamos la democracia.
Entonces
digo: cuestionémosla en todos los debates. Si no encontramos un modo de
reinventarla, no perderemos sólo la democracia, sino la esperanza de ver un día
los derechos humanos respetados en este planeta. Sería entonces el fracaso más
estruendoso de nuestro tiempo, la señal de una traición que marcaría a la
humanidad para siempre.
José
Saramago
*Escrito en
agosto de 2004
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")
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