La actual
situación mundial no tiene precedentes. Los grandes imperios mundiales de
otrora, como el español de los siglos XVI y XVII y muy particularmente el
Imperio británico de los XIX y XX, en poco se parecen al actual Imperio
estadounidense.
La globalización
alcanzó un punto inédito en tres planos: la interdependencia, la tecnología y
la política. Ante todo, vivimos en un mundo a tal punto interdependiente, que
las operaciones corrientes se encadenan y cualquier interrupción tiene
consecuencias globales inmediatas. Tomemos como ejemplo la epidemia del
síndrome agudo respiratorio severo (SARS) cuyo origen se sitúa seguramente en
China: esa enfermedad tomó proporciones de fenómeno global. Su efecto
perturbador sobre la red mundial de transportes, sobre el turismo, sobre todo
tipo de conferencias y de instituciones internacionales, sobre los mercados
mundiales e incluso sobre toda la economía de ciertos países, se hizo sentir
con una rapidez impensable en cualquier época anterior.
Luego, el
enorme poder de una tecnología constantemente revolucionada se afirma en el
terreno económico y sobre todo en el militar. La tecnología es más decisiva que
nunca en cuestiones militares. El poder político a escala global exige hoy el
dominio de esa tecnología combinado con un Estado geográficamente muy grande.
La extensión no era algo que contara anteriormente. Gran Bretaña, que reinó
sobre el imperio más extenso de su tiempo, era apenas un Estado de tamaño
mediano, aun para los criterios de los siglos XVIII y XIX. En el siglo XVII,
Holanda –Estado de un tamaño comparable al de Suiza- podía convertirse en un
actor global. Hoy en día, es inconcebible que un Estado, por más rico y
tecnológicamente avanzado que sea, se convierta en una potencia mundial si no
es relativamente gigantesco.
Por último,
la política presenta actualmente un carácter complejo. Nuestra época es aún la
de los Estados-naciones, única área en la que la globalización no funciona.
Pero se trata de un Estado de un tipo particular, en el cual –y virtualmente
esto se aplica a todos- la población común juega un papel importante. En el
pasado, quienes gobernaban tomaban sus decisiones sin preocuparse demasiado de
lo que pensara la mayoría de los habitantes. A fines del siglo XIX y principios
del XX, los gobiernos podían contar con una movilización de sus pueblos. En
cualquier caso, hoy en día deben tener en cuenta más que antaño lo que piensa o
lo que está dispuesta a hacer la población.
A diferencia
del proyecto imperial estadounidense –y ésta es la gran novedad- todas las
grandes potencias y todos los imperios sabían que no eran los únicos y nadie
procuraba dominar todo el mundo por sí solo. Nadie se considera invulnerable,
aun cuando es cierto que todos se creían el centro del planeta, como por
ejemplo China, o el Imperio romano en su apogeo. En el sistema de relaciones
internacionales que gobernó el mundo hasta el final de la Guerra Fría, el
máximo peligro podía venir de una dominación regional. No hay que confundir la
posibilidad de acceder a todo el planeta –que se materializó en 1492- con su
dominación global.
Alcanzar un poder global
El Imperio
británico en el siglo XIX fue el único realmente “global”, en el sentido de que
operaba en todo el planeta. Desde ese punto de vista, es sin dudas un
precedente respecto del Imperio estadounidense. En cambio, los rusos de la era
comunista, que también soñaban con transforman el mundo, sabían perfectamente –incluso
cuando estaban en la cumbre de su poderío- que el dominio del mundo estaba
fuera de su alcance: contrariamente a lo que sugería la retórica de la Guerra
Fría, nunca trataron verdaderamente de conseguirlo.
Pero las
actuales ambiciones estadounidenses difieren totalmente de las que tenía Gran
Bretaña hace un siglo o más. Estados Unidos es un país físicamente extenso, con
una de las poblaciones más numerosas del planeta y una demografía en alza (contrariamente
a la Unión Europea) debido a una inmigración virtualmente ilimitada.
Además,
existen diferencias de estilo. En su apogeo, el Imperio británico ocupaba y
administraba un cuarto de la superficie del globo. Gran Bretaña nunca practicó
verdaderamente el colonialismo, con una breve excepción durante la moda del
imperialismo colonial, a fines del siglo XIX y comienzos del XX. Se apoyó más
bien en Estados dependientes o satélites, fundamentalmente en el hemisferio
occidental, donde no temía a ningún rival. Contrariamente a Gran Bretaña,
Estados Unidos desarrolló en el siglo XX una política de intervención militar
en esos Estados.
Como en
aquellos tiempos el brazo armado del imperio mundial era la marina, el Imperio
británico se apoderó de bases marítimas y de puertos de escala de importancia
estratégica en todo el mundo. Esto explica por qué la Unión Jack flameaba –y flamea
aún- desde Gibraltar hasta las Malvinas, pasando por Santa Elena. Los
estadounidenses, fuera del Pacífico, sólo necesitaron esas bases después de
1941 y las consiguieron gracias a lo que realmente podía llamarse entonces una “coalición
de buena voluntad” (coalition of the
willing). Ahora la situación es diferente: sienten la necesidad de
controlar directamente un gran número de bases militares, pero a la vez
prefieren continuar controlando indirectamente a los países.
Además,
existen diferencias importantes en la estructura del Estado, en el plano
interno y su ideología. El Imperio británico tenía un objetivo británico y no
universal, a pesar de que sus partidarios le encontraban móviles más
altruistas. Así, la abolición del tráfico de esclavos sirvió para justificar el
poderío naval británico, tanto como los derechos humanos sirven a menudo para
justificar el poderío militar estadounidense. Al igual que la Francia y la
Rusia revolucionarias, Estados Unidos encarna una gran potencia basada en una
revolución universalista, y –por lo tanto- animada por la idea de que el resto
del mundo debe seguir su ejemplo y que incluso debe ser liberado por ella. No
hay nada más peligroso que los imperios que defienden exclusivamente sus
intereses imaginándose que así ayudan a toda la humanidad.
Sin embargo,
la diferencia esencial consiste en que el Imperio británico, a pesar de haber
sido global –y en cierto sentido más aún que el Imperio estadounidense actual,
ya que poseía un dominio de los mares como ningún otro país tuvo del cielo- no
trataba de adquirir un poder global, ni siquiera un poder militar y político
terrestre en regiones como Europa o Estados Unidos. El Imperio servía a los
intereses fundamentales de Gran Bretaña, es decir, a sus intereses económicos,
tratando de inmiscuirse lo menos posible en los asuntos de los demás. Era siempre
consciente de sus límites en términos de tamaño geográfico y de recursos. A
partir de 1918, el Imperio tomó profundamente conciencia de su decadencia.
Por otra
parte, el Imperio mundial de la primera nación industrializada supo aprovechar
el viento favorable de una globalización que la expansión de la economía
inglesa tanto hizo por desarrollar. Ese Imperio representaba un sistema de
comercio internacional que, a medida que se desarrollaba la industria en la
metrópolis, dependía esencialmente de la exportación de productos
manufacturados hacia los países menos desarrollados. A cambio, le permitía a
Londres convertirse en el mayor mercado de materias primas de todo el planeta.
Cuando dejó de ser el taller del mundo, Gran Bretaña se convirtió en el centro
del sistema financiero mundial.
No ocurrió
lo mismo con la economía estadounidense. Ésta se basaba en la protección de la
industria nacional respecto de la competencia externa en su propio mercado,
potencialmente gigantesco. Este factor sigue siendo aún hoy uno de los
elementos importantes de la política estadounidense. Pero el hecho de que esa
economía ya no ocupa en el mundo industrializado actual la posición dominante
de antaño constituye precisamente uno de los puntos débiles del Imperio
estadounidense del siglo XXI. Estados Unidos importa del resto del mundo
grandes cantidades de bienes manufacturados, lo que despierta de parte de
sectores comerciales y del electorado estadounidense una reacción
proteccionista. Existe una contradicción entre la ideología de un mundo
dominado por el librecambio bajo control estadounidense por una parte, y por
otra los intereses políticos de elementos importantes en Estados Unidos, que se
ven debilitados por esa ideología.
Coalición de buena voluntad
Una de las
maneras de resolver ese problema fue desarrollar el tráfico de armas. Es otra
de las diferencias entre el Imperio británico y el estadounidense.
Particularmente después de la Segunda Guerra Mundial, la acumulación de armas
en tiempo de paz alcanzó en Estados Unidos un nivel inaudito, sin precedentes
en la historia moderna, y que puede explicar la dominación ejercida por el “complejo
militar-industrial”, denunciado en su tiempo por el presidente Dwight D.
Eisenhower. Durante los cuarenta años de Guerra Fría, ambos campos hablaban y
actuaban como si en realidad existiera una guerra física, o como si estuviera
por estallar. El Imperio británico alcanzó su cenit durante un siglo (de 1815 a
1914) que no tuvo guerras internacionales importantes. Y a pesar de la
manifiesta desproporción existente entre el poderío de Estados Unidos y el de
la URSS, el impulso dado a la industria armamentista estadounidense se aceleró
todavía más, incluso antes de terminar la Guerra Fría, y prosiguió después.
Esa
industria transformó a Estados Unidos en potencia hegemónica del mundo
occidental. Dicha hegemonía, sin embargo, se ejercía al frente de una alianza.
Pero, por supuesto, nadie se hacía ilusiones sobre la importancia relativa de
los otros socios: el poder estaba exclusivamente en Washington. De alguna
manera, Europa reconocía entonces la lógica del Imperio mundial estadounidense.
Y actualmente Washington se indigna de que su Imperio y sus objetivos ya no
sean verdaderamente aceptados. Ya no hay más “coalición de buena voluntad”,
pues la política actual de Estados Unidos es la más impopular nunca
desarrollada por un gobierno de ese país, y probablemente por cualquier otra
gran potencia.
En otros tiempos,
los estadounidenses manejaban sus relaciones con Europa con la tradicional
cortesía reinante en los asuntos internacionales, dado que los europeos se
hallarían en primera línea en caso de combate con las fuerzas soviéticas. Ello
no debe ocultar que en el fondo se trataba de una alianza apoyada
fundamentalmente en Estados Unidos, pues dependía de su tecnología militar.
Washington se opuso sistemáticamente a la creación de una fuerza armada europea
independiente. El viejo desacuerdo entre estadounidenses y franceses, que data
de la época del general De Gaulle, se origina en la negativa de París a aceptar
una alianza inamovible y en su voluntad de mantener un potencial independiente
para dotarse de un equipamiento militar de alta tecnología. A pesar de las
tensiones, la alianza constituía una verdadera “coalición de buena voluntad”.
Luego del derrumbe de la URSS [diciembre de 1991], Estados Unidos se convirtió
en la única superpotencia que ninguna otra nación quería o podía desafiar. Esa
repentina exhibición de fuerza, extraordinaria, brutal y hostil, resulta aún
más difícil de entender pues no coincide ni con la política imperial –de larga
y probada eficacia- desarrollada durante la Guerra Fría, ni con los intereses
económicos estadounidenses. La política que domina desde hace poco tiempo en
Washington parece tan insensata para los observadores exteriores que resulta
difícil identificar su real objetivo.
Para quienes conocen a la perfección, o al menos a medias, el proceso que
siguen las decisiones en Estados Unidos, se trata manifiestamente de afirmar
una supremacía global a través de la fuerza militar, aunque el fin último de
esa estrategia sigue siendo oscuro.
¿Tiene
posibilidades de éxito? El mundo de hoy [mediados de 2003] es demasiado
complicado para ser dominado por un solo Estado. Sin olvidar que, dejando de
lado la superioridad militar, Estados Unidos depende de recursos cada vez más
escasos. A pesar de que su economía es todavía fuerte, su participación en la
economía mundial va en disminución y es vulnerable a corto y a largo plazo.
Imaginemos que la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP)
decidiera mañana facturar el barril de petróleo en euros en lugar de dólares…
Es
inevitable comprobar que en los últimos dieciocho meses los estadounidenses
despilfarraron la mayoría de las cartas ganadoras de que disponían en el
terreno político. Aunque todavía les quedan algunas. Sin dudas, sigue vigente
la influencia preponderante de su cultura y de la lengua inglesa. Pero la
principal ventaja con que cuenta su proyecto imperial es militar. En ese plano,
el Imperio estadounidense no tiene rivales y es probable que esa situación
perdure en un futuro previsible. Esa ventaja, decisiva en los conflictos localizados,
no lo es necesariamente en términos absolutos. Pero en la práctica, ningún
país, ni siquiera China, cuenta con el nivel tecnológico de Estados Unidos,
aunque cabe reflexionar sobre los límites de una superioridad puramente
técnica.
Por supuesto
que, teóricamente, los estadounidenses no planean ocupar todo el planeta. Su
objetivo es hacer la guerra, instalar gobiernos amigos y retirarse. Pero eso no
va a funcionar. En términos puramente militares la guerra en Irak fue un gran
éxito. Sin embargo, absorbido por ese objetivo, el gobierno de George W. Bush
pasó por alto las necesidades que se imponen cuando se ocupa un país, al que
hay que administrar y mantener, como hicieron los británicos en el caso de
India, ejemplo del colonialismo clásico. La “democracia modelo” que los
estadounidenses desean brindar al mundo entero a través de Irak, en realidad no
tiene nada de modelo. Creer que pueden prescindir de otros países como
verdaderos aliados, o que no necesitan contar con apoyo dentro de los países
que actualmente son capaces de conquistar militarmente (aunque no de
administrar), es una vana ilusión.
“Imperialismo de los derechos humanos”
La guerra en
Irak es un ejemplo de la frivolidad de quienes toman las decisiones en
Washington. Irak es un país derrotado, pero que se negó a someterse. Estaba en
tal estado de debilidad que era fácil vencerlo. Si bien no hay que olvidar su
riqueza petrolífera, el objetivo fundamental de la operación fue realizar una
demostración de fuerza a nivel internacional. La política que evocan los
extremistas de Washington, es decir, una total reestructuración de Medio
Oriente, no tiene sentido. Si piensan hacer caer al régimen saudita, ¿con qué
lo reemplazarán? Si verdaderamente quisieran cambiar la situación en la región,
es sabido que lo que deberían hacer es presionar a Israel. El padre de George
W. Bush lo hizo en 1991, luego de la primera Guerra del Golfo, pero no su
sucesor en la Casa Blanca. En lugar de ello, la actual administración destruyó
uno de los dos gobiernos laicos de Medio Oriente y se dispone a hacer lo propio
con el restante [Siria].
El anuncio
público de esa iniciativa subraya su vacuidad. Lejos de corresponder a la
formulación de una estrategia, expresiones como “eje del mal” u “hoja de ruta”
son apenas frases hechas, que pretenden contener en sí mismas un cierto poder.
Esa neolengua que se agita sobre el mundo desde hace dieciocho meses evidencia
la falta de una real política. El propio George W. Bush no hace política.
Responsables como Richard Perle o Paul Wolfowitz hablan como Rambo, tanto en
público como en privado. Lo único que cuenta es la omnipotencia estadounidense.
Traducido, eso significa que Estados Unidos puede invadir cualquier país, a
condición que no sea demasiado grande, y que se lo pueda vencer en poco tiempo.
No se puede llamar a eso una estrategia, ni imaginar que pueda funcionar.
Las
consecuencias pueden ser muy peligrosas para Estados Unidos. En el plano
interno, un país que piensa controlar el mundo fundamentalmente por medios militares
corre el peligro –hasta ahora seriamente subestimado- de militarización. En el
plano internacional, el riesgo sería una desestabilización del mundo.
Prueba de lo
dicho es la inestabilidad que reina actualmente en Medio Oriente, mayor que
hace diez, o incluso cinco años. La política estadounidense debilita todos los
esfuerzos, oficiales u oficiosos, destinados a hallar una solución a la crisis.
En Europa logró demoler la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN),
lo que no es una gran pérdida, al tratar de transformarla en una fuerza de
policía militar mundial al servicio de Estados Unidos, lo que parece una broma.
Washington sabotea deliberadamente a la Unión Europea y también procura, de
manera sistemática, liquidar una de las grandes conquistas de la posguerra: el “Estado
de Bienestar”, democrático y próspero. En cambio, la crisis de credibilidad de
las Naciones Unidas me parece menos grave: la organización nunca estuvo en
condiciones de desarrollar más que una acción marginal, pues depende totalmente
del Consejo de Seguridad y del uso que los estadounidenses hacen de su derecho
a veto.
¿Qué hará el
mundo frente a Estados Unidos? ¿Tratará de contenerlo? Algunos consideran –naturalmente-
que no tienen los medios para ello y preferirán aliarse a Washington. Más
peligrosos son aquellos que detestan la ideología propagada por el Pentágono,
pero apoyan el proyecto estadounidense con el pretexto de que acabará
eliminando ciertas injusticias locales y regionales. Esta especie de “imperialismo
de los derechos humanos” se nutrió del fracaso de Europa en los Balcanes en la
década del 90. Durante el debate público sobre la guerra contra Irak, sólo una
minoría de intelectuales influyentes “como Michael Ignatieff o Bernard Kouchner”
llamaron a apoyar la intervención estadounidense, al estimar necesario el uso
de la fuerza para poner orden en las desgracias del orbe. Sin dudas, algunos
gobiernos son tan peligrosos que su desaparición sería algo positivo para todo
el mundo. Pero ello no justifica correr el riesgo que representa para el
planeta una potencia mundial que, a la vez que se desinteresa de un mundo que
no entiende, es capaz de intervenir por la fuerza armada contra cualquiera que
no le caiga bien.
Como telón
de fondo se ve crecer la presión sobre los medios masivos de comunicación: en
un mundo donde la opinión pública tiene tanta importancia, esos órganos son
objeto de enormes manipulaciones. Durante la Guerra del Golfo (1990-1991), para
evitar que se repitiera lo ocurrido en Vietnam, la “coalición” trató de impedir
que los medios se acercaran al campo de batalla. Pero no lo logró: en Bagdad
había medios, como la CNN, que cubrieron los acontecimientos de una manera
diferente de la que deseaba Washington. Durante la guerra contra Irak, al
contrario, se integró a los periodistas en el seno de las tropas para
influenciar su visión. Nada de eso realmente funcionó. En el futuro,
seguramente se buscarán medios de control más eficaces, posiblemente directos,
en último caso tecnológicos. De todas formas, la colusión entre los gobiernos y
los dueños de los monopolios de la comunicación aspira a ser aún más eficaz que
Fox News en Estados Unidos o que el imperio de Silvio Berlusconi en Italia.
Resulta
imposible decir cuánto tiempo durará ese dominio estadounidense. Lo único de lo
que estamos seguros es que se tratará de un fenómeno temporario en la historia,
como lo fueron todos los imperios. En el curso de una vida hemos visto el fin
de todos los imperios coloniales, el del pretendido “Imperio de mil años” de
Hitler –que sólo duró doce- y el fin del sueño soviético de la revolución
mundial.
El Imperio
estadounidense podría hundirse por motivos internos, el más inmediato de los
cuales es que el imperialismo –en el sentido de dominación y manejo del mundo-
no es algo que interese a la mayoría de los estadounidenses, más preocupados
por lo que ocurre en su país. La economía está tan debilitada que tanto el
gobierno como el electorado acabarán decidiendo algún día que es más importante
concentrarse en ese problema que lanzarse a aventuras en el exterior. Más aun
teniendo en cuenta que, como ocurre ahora, serán los propios estadounidenses quienes
deberán financiar en gran medida esas intervenciones militares, lo que no fue
el caso durante la Guerra del Golfo ni en buena parte de la Guerra Fría.
Desde
1997-1998 la economía capitalista mundial está en crisis. Por supuesto que no
va a derrumbarse, pero es improbable que Estados Unidos siga desarrollando una
política exterior ambiciosa si se le presentan serios problemas internos. La
política económica nacional de George W. Bush no responde necesariamente a los
intereses locales. Además, su política internacional tampoco es necesariamente
racional, ni siquiera desde el punto de vista de los intereses imperiales de
Washington y muchos menos desde los del capitalismo estadounidense. De allí las
divergencias de opinión que existen en el seno del gobierno.
La necesidad de educar
La cuestión
fundamental es saber qué harán ahora los estadounidenses y cómo van a
reaccionar los demás países. Cabe preguntarse si algunos –como el Reino Unido,
único verdadero miembro de la coalición reinante- seguirán adelante apoyando
cualquier plan de Washington. Los gobiernos deben demostrar que existen límites
al poder estadounidense. Hasta ahora Turquía fue el que hizo el aporte más
positivo en ese sentido, al afirmar simplemente que no estaba dispuesto a
adoptar ciertas medidas, aun sabiendo que le hubieran resultado beneficiosas.
Actualmente,
el objetivo principal es contener, o al menos educar, o reeducar a Estados
Unidos. Hubo un tiempo en que el Imperio estadounidense conocía sus límites, o
al menos las ventajas que podían obtenerse comportándose como si existieran
límites. Era en gran medida por miedo al otro: la Unión Soviética. Hoy en día
ese temor ya no existe, y sólo el interés bien entendido y la educación pueden
tomar el relevo.
Eric
Hobsbawm
*Escrito en
junio de 2003.
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")
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