Irak no es
un país liberado, sino un país ocupado. Esto es evidente. Nos familiarizamos
con el término “país ocupado” durante la Segunda Guerra Mundial. Por entonces,
hablábamos de “Francia ocupada por los alemanes”, de “Europa bajo la ocupación
alemana”. En la posguerra, hablamos de Hungría, Checoslovaquia y Europa del
Este ocupadas por los soviéticos. Los nazis y los soviéticos ocuparon muchos
países. Nosotros los liberamos de esas ocupaciones.
Actualmente,
los ocupantes somos nosotros. Desde luego, liberamos a Irak de Saddam Hussein,
pero no de nosotros. Al igual que en 1898 habíamos liberado a Cuba del yugo
español, pero no del nuestro. La tiranía española fue derrotada, pero Estados
Unidos transformó la isla caribeña en una base militar, tal como lo estamos
haciendo ahora en Irak. Las grandes firmas estadounidenses se instalaron en
Cuba, así como Bechtel, Halliburton y las empresas petroleras se instalan en
Irak. Estados Unidos redactó e impuso, con cómplices locales, la Constitución
que debía regir en Cuba, así como nuestro gobierno elaboró, con la ayuda de
agrupaciones políticas locales, una Constitución para Irak. No, esto nada tiene
de liberación. Se trata efectivamente de una ocupación.
Y de una
sucia ocupación. El 7-8-03, The New York
Times informaba que el general estadounidense Ricardo Sánchez, en Bagdad, “estaba
preocupado” por la reacción iraquí frente a la ocupación. Los dirigentes
iraquíes pro estadounidenses le transmitieron un mensaje que él nos reenvió: “Cuando
se detiene a un padre en presencia de su familia, se le tapa la cabeza con una
bolsa y se lo hace arrodillar; para su familia significa una grave ofensa
contra su dignidad y respeto” (una observación particularmente sagaz).
El 19-7-03,
mucho antes de que se probara la existencia de casos de torturas en la prisión
de Abu Ghraib en Bagdad, la cadena CBS News informaba: “Amnesty International
analiza numerosos casos de tortura en Irak cometidos presuntamente por las
autoridades estadounidenses. Uno de ellos es el caso Khraisan. Su casa fue
destruida por soldados estadounidenses que irrumpieron disparando a todos los
rincones. Al-Aballi fue detenido junto a su padre, un anciano de 80 años. Su
hermano resultó herido… Se llevaron a los tres hombres… Al-Aballi cuenta que
quienes lo interrogaron lo desnudaron completamente y lo mantuvieron despierto
durante una semana, ya sea de pie o de rodillas, atado de pies y manos, con una
bolsa en la cabeza. Al-Aballi cuenta que dijo a sus secuestradores: ‘No sé qué
es lo que quieren. No tengo nada’. ‘Les pedí que me mataran’. Ocho días más
tarde, lo dejaron ir junto con su padre… Los funcionarios estadounidenses
apenas respondieron a los múltiples pedidos que les hicieron para tratar este
caso…”.
La excusa de los complots
Se sabe que
la mayor parte de la ciudad de Fallujah (360.000 habitantes) fue destruida y
que cientos de sus habitantes fueron asesinados durante la ofensiva
estadounidense de noviembre de 2004, desatada con la excusa de limpiar la
ciudad de grupos terroristas que habrían actuado en el marco de una “conspiración
baasista”. Pero se olvida que el 16-6-03, apenas un mes y medio después de la “victoria”
en Irak y la “misión cumplida” proclamada por el presidente Bush, dos periodistas
de la cadena Knight Rider habían escrito a propósito de la zona de Fallujah: “Durante
estos últimos cinco días, la mayoría de los habitantes de esta región afirmaron
que no existía una conspiración baasista o sunnita contra el ejército estadounidense,
sino hombres dispuestos a luchar porque sus familiares habían sido heridos o
asesinados, e incluso ellos mismos habían sido objeto de humillaciones durante
los allanamientos o en las barreras colocadas en las carreteras… Tras la
detención de su marido por llevar cajones de madera vacíos que habían comprado
para calentarse, una mujer declaró que Estados Unidos era culpable de
terrorismo”.
Estos mismos
periodistas señalaban: “Habitantes de At Agilia –un pueblo al norte de Bagdad-
afirmaron que dos de sus granjeros y otros cinco de un pueblo vecino habían
sido asesinados por balas estadounidenses mientras regaban tranquilamente sus
campos de girasoles, tomates y pepinos”.
Los soldados
enviados a este país –a quienes se les dijo que la gente los recibiría como
libertadores, pero que en realidad se encuentran rodeados por una población
hostil- se volvieron temerosos, se deprimieron, y tienen el gatillo fácil, tal
como se vio en Bagdad durante la liberación de la periodista italiana Giuliana
Sgrena, el 4-3-05, cuando el agente italiano de los servicios de inteligencia
Nicola Calipari fue asesinado en una barrera por soldados estadounidenses
nerviosos y atemorizados.
Leímos los
informes de soldados estadounidenses que están furiosos porque no los sacan de
Irak. Un periodista de la cadena ABC News en Irak declaró recientemente que un
sargento lo había llamado aparte para decirle: “Tengo mi propia lista de los
hombres más buscados (Most Wanted List)”.
Hacía referencia al famoso juego de cartas publicado por el gobierno
estadounidense, que representa a Saddam Hussein, sus hijos y otros miembros del
antiguo régimen baasista iraquí: “Los ases de mi juego –decía el sargento- son
George W. Bush, Dick Cheney, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz”.
El público
estadounidense conoce ahora esos sentimientos, así como los de numerosos
desertores que se niegan a volver al infierno de Irak tras un permiso de volver
a sus hogares. En mayo de 2003, una encuesta señalaba que sólo el 13% de los
estadounidenses pensaba que la guerra tomaría un mal cariz. En dos años, las
cosas cambiaron radicalmente. Según una encuesta publicada el viernes 17-6-05
por The New York Times y la cadena
CBS News, el 51% de los estadounidenses consideran ahora que los Estados Unidos
no debió invadir Irak ni embarcarse en esta guerra. Actualmente, el 59%
desaprueba el modo en que el presidente Bush maneja la situación en Irak. Y me
parece interesante señalar que las encuestas realizadas entre la población
afro-estadounidense revelaron constantemente una oposición del 60% a la guerra
en Irak.
Guerra a las libertades
Pero existe
una ocupación con peores augurios que la de Irak: la de Estados Unidos. Al
despertarme esta mañana y leer el diario, tuve la sensación de que nosotros
mismos éramos un país ocupado, de que una potencia extranjera nos había
invadido. Esos trabajadores mejicanos que intentan cruzar la frontera
arriesgando sus vidas para escapar de los agentes de migraciones (con la
esperanza de alcanzar una tierra que, paradójicamente, les pertenecía antes de
que Estados Unidos se apoderara de ella, en 1848), no son extranjeros, desde mi
punto de vista. Esos 20 millones de personas que viven en Estados Unidos sin el
estatuto de ciudadanos y que, en virtud de la Patriot Act (la “Ley Patriótica”),
pueden ser expulsados de sus hogares y detenidos indefinidamente por el FBI,
sin ningún derecho constitucional, para mí no son extranjeros. En cambio, el
grupúsculo de individuos que tomó el poder en Washington (George W. Bush,
Richard Cheney, Donald Rumsfeld y el resto de la camarilla), ellos sí son
extranjeros.
Me desperté
pensando que este país se encuentra en las garras de un Presidente que fue
elegido por primera vez, en noviembre de 2000, en las circunstancias que se
conocen, gracias a todo tipo de chanchullos en Florida y por decisión de la
Suprema Corte. Un Presidente que, después de su segunda elección en noviembre
de 2004, permanece rodeado de “halcones” trajeados que poco se preocupan por la
vida humana aquí o allá; cuya menos preocupación es la libertad, aquí o allá; y
a los que nada les importa el futuro de la tierra, el agua, el aire y el mundo
que dejaremos a nuestros hijos o nietos.
Muchos
estadounidenses se han puesto a pensar, al igual que nuestros soldados en Irak,
que algo anda mal, que este país no se parece al que deseamos tener. Un país
que cada día vuelca su balde de mentiras en la plaza pública. La más monstruosa
de ellas es que todo acto cometido por Estados Unidos debe ser perdonado,
porque estamos embarcados en una “guerra contra el terrorismo”.
Se pasa por
alto el hecho de que la guerra en sí es terrorismo; de que interrumpir en los
hogares, llevarse a miembros de una familia y torturarlos, es terrorismo; de
que invadir y bombardear otros países no nos brinda más seguridad, sino lo
contrario.
Uno se hace
una idea de lo que este gobierno entiende por “guerra contra el terrorismo” al
recordar la célebre declaración del secretario de Defensa estadounidense,
Donald Rumsfeld (uno de los “hombres más buscados” en la lista del sargento),
cuando se dirigió a los ministros de la OTAN, en Bruselas, en vísperas de la
invasión a Irak. Explicaba entonces las amenazas que pesaban sobre Occidente
(imaginen: seguimos hablando de “Occidente” como una entidad sagrada, mientras
que Estados Unidos, que había fracasado en sumar a su proyecto de invasión a
Irak a varios países de Occidente –entre ellos, Francia y Alemania- trataba de
seducir a cualquier precio a los países del Este, convenciéndolos de que
nuestro único objetivo era liberar a los iraquíes, tal como los habíamos
liberado a ellos del dominio soviético). Rumsfeld, explicando pues cuáles eran
esas amenazas y por qué eran “invisibles y no identificables”, pronunció su
inmortal sofisma: “Hay cosas que conocemos. Y hay otras que sabemos que no
conocemos. Es decir que hay cosas que, por el momento, sabemos que no
conocemos. Pero hay también cosas desconocidas que no conocemos. Hay cosas que
no sabemos que no conocemos. En resumen, la ausencia de pruebas no prueba una
ausencia… No tener pruebas de que algo existe no quiere decir que se tienen
pruebas de que no existe”.
Afortunadamente,
Rumsfeld estaba allí para ilustrarnos. Esto explica por qué la administración
Bush, incapaz de capturar a los autores de los atentados del 11 de septiembre,
siguió su impulso, invadió y bombardeó Afganistán en octubre de 2011,
asesinando a miles de civiles y provocando la huida de otros cientos de miles,
pero aún no se sabe dónde se esconden los criminales. Esto explica también por
qué el gobierno, sin saber realmente qué tipo de armas escondía Saddam Hussein,
decidió bombardear e invadir Irak en marzo de 2003, pese a la oposición de la
ONU, asesinando a miles de civiles y soldados y aterrorizando a la población.
Esto explica por qué el gobierno, sin saber quién es o no terrorista, decidió
encarcelar a cientos de personas en la prisión de Guantánamo en condiciones
tales que dieciocho de ellas intentaron suicidarse.
En su
informe 2005 sobre las violaciones a los derechos humanos en el mundo,
publicado el 25-5-05, la organización Amnesty International no dudó en afirmar
que “el centro de detención de Guantánamo se transformó en el gulag de nuestra
época”. La secretaria general de esta organización, Irene Khan, agregó: “Cuando
el país más poderoso del planeta desprecia la supremacía de la ley y los
derechos humanos, autoriza a los demás a infringir las reglas sin pudor,
convencidos de que permanecerán impunes”.
Khan
denunció además los intentos de Estados Unidos de banalizar la tortura. Los
estadounidenses –señaló- tratan de quitarle su carácter absoluto a la
prohibición de la tortura “redefiniéndola” y “suavizándola”. Ahora bien,
recordó: “La tortura gana terreno desde el momento en que su condena oficial no
es absoluta”. A pesar de la indignación suscitada por las torturas cometidas en
la prisión de Abu Ghraib (Irak), ni el gobierno ni el Congreso de Estados Unidos
solicitaron la apertura de una investigación profunda e independiente, se
lamentó Amnesty.
La supuesta “guerra
contra el terrorismo” no sólo es una guerra contra un pueblo inocente en un
país extranjero, sino una guerra contra el pueblo de Estados Unidos. Una guerra
contra nuestras libertades, una guerra contra nuestro modo de vida. Le roban al
pueblo la riqueza del país para distribuirla entre los más ricos. Les roban
también la vida a nuestros jóvenes.
No hay
ninguna duda de que esta guerra que ya llega dos años y cinco meses seguirá
causando muchas víctimas no sólo en el extranjero, sino en el propio territorio
de Estados Unidos. La administración dice a quienes quieran oírlo que saldrán
triunfantes de esta guerra porque, a diferencia de Vietnam, sólo hubo pocas
víctimas1. Es verdad, “sólo” unos cientos de muertos en los
combates. Pero cuando la guerra termine, entonces las víctimas de las
consecuencias de ella –enfermedades, traumas- no dejarán de aumentar. Después
de la guerra de Vietnam, muchos veteranos denunciaron malformaciones congénitas
en sus hijos, causadas por el agente naranja, un poderoso herbicida muy tóxico,
pulverizado sobre las poblaciones vietnamitas.
En la
primera Guerra del Golfo, en 1991, sólo se registraron unos centenares de
bajas, pero la Asociación de Veteranos denunció recientemente que en estos
últimos diez años murieron 8.000 ex combatientes. Doscientos mil veteranos, de
los seiscientos mil que participaron en la primera Guerra del Golfo, se quejan
de dolencias y patologías diversas causadas por las armas y municiones
utilizadas durante esta guerra. Quedan por verse los efectos del uranio
empobrecido en nuestros jóvenes enviados a Irak.
¿Cuál es
nuestro deber? Denunciar todo eso. Estamos convencidos de que los soldados
enviados a Irak sólo soportan el terror y la violencia porque los han engañado.
Y cuando sepan la verdad –tal como sucedió en la guerra de Vietnam- se volverán
contra su gobierno.
El resto del
mundo los apoya. La administración de Estados Unidos no puede ignorar
indefinidamente a los diez millones de personas que protestaron en el mundo
entero contra la invasión el 15 de febrero de 2003 y que cada día son más. El
poder de un gobierno, cualesquiera sean las armas que posea o la moneda que
tenga, es frágil. Cuando pierde su legitimidad a los ojos de su pueblo, sus días
están contados.
Debemos
comprometernos en todas las acciones cuyo objetivo sea detener esta guerra.
Nunca se hará lo suficiente. La historia de los cambios sociales está hecha de
millones de acciones, pequeñas o grandes, que se acumulan en un determinado
momento de la historia. Hasta constituir una potencia que ningún gobierno puede
reprimir.
______________
1El
20-6-05, el número de militares estadounidenses muertos en Irak ascendía a
1.724 y el número total de heridos a 12.896.
Howard Zinn
*Escrito en
agosto de 2005
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")
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