sábado, 11 de abril de 2015

El futuro del mundo árabe

En el mundo árabe, la conmoción económica planetaria se conjuga con una crisis de legitimidad, latente desde hace décadas. Se la observe a través del prisma del neocolonialismo, de una democratización insuficiente o de un conflicto cultural y religioso, esta crisis siempre ha resistido toda tentativa de solución, sea ésta encarada tanto por actores bien intencionados como por gobernantes brutales. Esta ausencia de legitimidad se tradujo en un conjunto de desigualdades, de verdaderos abismos, podría decirse, entre gobernantes y gobernados, entre laicos y fundamentalistas religiosos, entre poblaciones pobres y elites. Y en una atmósfera de marasmo económico, ello puede desembocar fácilmente en una serie de explosiones imprevisibles y peligrosas.

Para tratar de evitarlas es necesario recordar algunas lecciones de la historia. Bajo la bandera del “nacionalismo árabe”, término que definió –y estimuló- una cantidad de movimientos y de actores que transformaron la región, tuvieron lugar muchos episodios de heroísmo, de unión y de éxito. Poner fin al colonialismo no era una tarea sencilla, y fue el nacionalismo árabe el que ganó tamaña batalla y contribuyó a estrechar lazos entre los Estados emergentes de lo que se llamaría el Tercer Mundo.

Ese movimiento no era perfecto; como otras corrientes reformadoras, se desvió de su trayectoria y sufrió importantes transformaciones. Pero también les confirió a los pueblos en lucha por la autodeterminación una perspectiva unitaria, un futuro prometedor más allá de los intereses individuales, confesionales y nacionales, un proyecto que los movilizó en una acción colectiva. Esa visión unitaria, universalista incluso, ese proyecto portador de esperanza hoy hace hondamente falta, justo cuando sus componentes impregnan todavía nuestro imaginario, como demuestra la permanencia de las manifestaciones de apoyo a la causa palestina (pudimos constatarlo durante el conflicto de diciembre 2008-enero 2009 en la Franja de Gaza). A pesar de los esfuerzos sostenidos de los gobernantes occidentales –y su presión sobre los países “amigos” de la región- para fomentar la división en el seno de los pueblos, las diversas comunidades desde el Magreb hasta el Golfo –religiosas y laicas, sunnitas y chiitas, árabes y persas- reconstituyen constantemente su unidad y manifiestan un apoyo inquebrantable a los palestinos.

Impurezas del supranacionalismo


Esta aspiración unitaria se manifiesta también, paradójicamente, en el apoyo a diversas formas de fundamentalismo, desde las corrientes quietistas y pietistas del islam hasta el salafismo radical. Tales corrientes asustan tanto a Occidente como a los árabes seculares, pero encarnan la búsqueda de sentido y el deseo de ver renacer una comunidad unificada. Si la piadosa umma (comunidad de los creyentes) reemplazó a la gran nación árabe en el imaginario político, si ya no se puede ignorar que el islamismo ha vuelto a tomar de manos del nacionalismo árabe la bandera de la resistencia, no hay que sorprenderse; no sólo porque el nacionalismo árabe ha soportado serios reveses sino también porque la fe musulmana se ha seguido imponiendo en el transcurso de la historia. Y las dos tendencias permanecen inextricablemente unidas, a veces de modo complementario y otras, conflictivo.

En su apogeo, el nacionalismo árabe aspiraba a ser un supranacionalismo. La lucha en pos de la liberación del colonialismo (wataniya) debería madurar y culminar en una solidaridad transnacional entre pueblos árabes (qawmiya), que permitiría afrontar problemas como el de Palestina o el de la subordinación económica respecto de Occidente. El nacionalismo árabe siguió una trayectoria errática. Su cénit se alcanzó en 1956, cuando Egipto, con el apoyo de Estados Unidos y de la URSS, rechazó el intento anglo-franco-israelí de reconquistar el canal de Suez, antes de conocer un verdadero repliegue después de la Guerra de los Seis Días de junio de 1967. Tuvo un repunte en 1973, con la guerra árabe-israelí de octubre y el embargo sobre el petróleo.

En definitiva, los distintos movimientos de liberación se replegaron a un proyecto puramente nacional, en un solo país. Se fosilizaron en Estados dirigidos por un partido único o un “líder de por vida”. Sin embargo, a pesar de las luchas feroces entre gobiernos árabes para asegurarse una hegemonía regional, persistía, en el nivel popular, la aspiración a una comunidad árabe transnacional, marcada por un patrimonio islámico común.

Y el islamismo político en expansión tuvo que aceptar y asimilar las posiciones y las lecciones de su primo hermano nacionalista laico. Si el Hezbollah chiita tiene éxito en el Líbano, ello se debe –entre otras razones- a que trasciende las pertenencias confesionales y se presenta como el ferviente defensor de la independencia nacional. Históricamente, el nacionalismo árabe y los movimientos islamistas comparten varios principios: la búsqueda de una conciencia colectiva unificada, el deseo de renacimiento de la lengua y la cultura árabes y, después de la Segunda Guerra Mundial, el antiimperialismo.

En los años 20, los insurgentes del Rif dirigidos por el emir Abdlelkrim Al-Khattabi, en Marruecos, llevaron adelante una campaña islámico-nacionalista, utilizando la sharia como un arma ideológica contra el colonialismo. En 1952, en Egipto, los Oficiales Libres, dirigidos por Gamar Abdel Nasser tomaban el poder con el apoyo de los Hermanos Musulmanes. En Argelia, el Frente de Liberación Nacional (FLN) no dudó en recurrir a términos como yohad y muyahid cuando se dirigió a las poblaciones rurales. Se podía decir también que en el momento de la guerra de 1973, se forjó una alianza entre el nacionalismo árabe representado por Egipto y las monarquías islámicas conservadoras, dirigidas por Arabia Saudita, para imponer un embargo petrolero.

Por su parte, el partido Baas usó con frecuencia el concepto de umma para mencionar a la nación árabe. Su fundador, Michael Aflaq, un militante nacionalista laico, comprendió que “el vínculo entre el islam y el arabismo no se parece al de ninguna otra religión con otro nacionalismo”. Esta predicción continuaba: “Llegará el día en que los nacionalistas serán los únicos defensores del islam y deberán otorgarle una significación especial si quieren que la nación árabe tenga una buena razón para sobrevivir”.

El día profetizado por Aflaq llegó, pero al revés: son los islamistas los que se convirtieron en los únicos defensores del nacionalismo. Se ha vuelto trivial señalar que el islamismo integró los temas del nacionalismo para presentarse como la corriente de oposición a la dominación occidental y de afirmación de la independencia cultural y nacional.

Irónicamente, durante décadas, Occidente y los gobiernos árabes reaccionarios amplificaron y explotaron las divergencias entre nacionalismo e islamismo, cortejando y promoviendo a las corrientes islamistas conservadoras. La historia de las relaciones entre el islamismo y la “dominación occidental” está lejos, pues, de ser “pura” y lineal. Ya se trate de los Hermanos Musulmanes en Egipto, utilizados por los servicios secretos británicos contra Gamal Abdel Nasser; de su sucesor en Palestina –Hamas-, sostenido en el pasado por Israel para hacer contrapeso a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), o de los “árabes afganos” que combatieron por Estados Unidos contra “el comunismo ateo”, en muchas ocasiones los islamistas aceptaron no sólo ser subvencionados por poderes extranjeros sino aliarse con ellos para imponer su hegemonía en la región.

La victoria en Afganistán y el retiro de las tropas soviéticas de ese país constituyen el apogeo de un sucedáneo del nacionalismo panárabe vuelto panislámico. Los islamistas pueden invocar la fuerza de la inspiración religiosa frente a la debilidad del nacionalismo tradicional, pero es difícil para ellos presentar ese logro como un modelo. ¿Acaso no sacaron también el mejor partido de una alianza con Occidente? Como prueba, el testimonio de un ex agente de la CIA durante la Guerra Fría sobre el “sucio secretito” de Washington: en esa época, “los Hermanos [Musulmanes] eran un aliado silencioso, un arma secreta contra los comunistas -¿quiénes, si no?-. Nosotros pensábamos: ‘Si Alá acepta luchar de nuestro lado, está bien’”. La recíproca era verdadera para los islamistas: “Si Estados Unidos acepta luchar de nuestro lado, está bien”. En realidad, el “sucio secretito” de los islamistas así como de los nacionalistas laicos era que en política nadie es “puro” ni está protegido del engaño oportunista de la complicidad con los poderes extranjeros.

Estrategia incoherente


Debemos olvidar esta danza macabra de acusaciones mutuas pues termina siempre por volverse en contra nuestra y en contra de Occidente. Esta danza corrompió y minó la legitimidad de grandes movimientos nacionalistas en Argelia y en Egipto; transformó el islam en una doctrina de la división, abriendo una brecha entre laicos e islamistas y entre nuestra región y el resto del mundo. Alimentó, también, un discurso y una práctica del fanatismo armado que, a la manera de la criatura de Frankenstein, se volvieron contra Occidente.

El último avatar de esta estrategia consiste en transformar las viejas querellas teológicas y sociales entre sunnitas y chiitas en una fractura geopolítica entre el mundo árabe e Irán. Esta maniobra promovida por Israel y por los neoconservadores estadounidenses para servir a sus intereses a corto plazo no carece de cinismo, cuando se sabe que estos dos países en otro tiempo apoyaron a Teherán contra el nacionalismo árabe. En los años 60 y 70, Irán era la única potencia regional que obtenía sus favores. La Revolución Islámica de 1979 hizo de ese país una “bestia negra”. Sim embargo, la invasión estadounidense a Irak, iniciada en marzo de 2003, destruyó el bastión más poderoso del nacionalismo árabe y reforzó al mismo tiempo la posición de Irán en la región.

La tensión entre sunnitas y chiitas y entre árabes y persas –exacerbada por estas maniobras- no es una invención occidental. Hunde sus raíces en una historia antigua que se remonta a las primeras conquistas del islam. En una parte del imaginario árabe se disimula el deseo de recrear un nacionalismo sunnita: un salafismo doctrinario árabe que concilie la pureza islámica y el nacionalismo árabe contra un chiismo herético y una Persia expansionista. Esta inclinación peligrosa encuentra su peor expresión en las violencias confesionales perpetradas en Irak y en Asia Central por diversas organizaciones que se reivindican de Al Qaeda.

Esa estrategia es incoherente. Se opone a uno de los pocos países que aprovechó la intervención estadounidense en Irak, en 2003, y ayudó a estabilizar ese país, como podría ahora contribuir a traer la paz a Afganistán. ¡Esa estrategia pretende hacer pasar a Hamas –emanación de la cofradía sunnita de los Hermanos Musulmanes- por una creación cripto-chiita de Teherán! Impulsa una vez más a algunas fuerzas de Washington y a sus aliados israelitas y árabes a jugar con fuego y a utilizar grupos armados sunnitas yihadistas en el Líbano y en Irak.

El conflicto entre sunnitas y chiitas destruirá el panislamismo con tanta seguridad como la focalización en los intereses estrictamente nacionales destruyó el panarabismo. Pareciera que esta estrategia ha sido contrarrestada por varios regímenes al igual que por las poblaciones. Cualesquiera fueran sus inquietudes, los Estados árabes insistieron para que el problema nuclear iraní se solucione en su contexto regional y para que las armas atómicas israelíes sean puestas sobre la mesa de las negociaciones. Desde hace varios años, desde el Atlántico hasta el Golfo, y a través de todo el espectro confesional, los pueblos árabes manifestaron su apoyo a Hezbollah y a Hamas, no porque sean chiitas o sunnitas, sino porque resisten a las agresiones israelíes: hay chiitas que apoyan a Ismail Haniyeh, líder de Hamas, y sunnitas que levantan fotos de Hassan Nasrallah, el secretario general de Hezbollah.

En momentos como estos, valoramos el poder de la aspiración a una unidad panárabe y panislámica, capaz de garantizar dignidad, justicia y verdadera independencia. Aunque descartamos la idea de que los movimientos islamistas inciten a la realización de esta promesa nacionalista –a menudo la alteraron y orientaron en una dirección peligrosa-, tenemos que aceptar que la impregnaron de un fuerte espíritu de resistencia y de energía colectiva, y que fueron eficaces al hacerse portadores de ese sentimiento popular. Las nuevas corrientes de resistencia, muy a menudo dirigidas por islamistas, contribuyen –a su pesar- a resucitar el nacionalismo árabe.

El “tercer nacionalismo”


Además del nacionalismo poscolonial tradicional, fosilizado en los viejos regímenes autoritarios, y las formas de resistencia cuasi nacionalistas que se expresan en los movimientos islamistas, existe otro tipo de nacionalismo trasnacional árabe, secular pero que reclama para sí la identidad árabe e islámica, y que está orgulloso del intercambio con las culturas y las lenguas del mundo. Esta forma de conciencia, que marca el imaginario de una gran fracción de nuestra juventud, se refleja en los nuevos medios de comunicación internacionales (Al Jazeera, internet, Facebook, etcétera), en las redes que unen las diásporas a su país de origen y en las formas profanas de la cultura y de la lengua que todos estos medios permiten. Hasta el discurso cambió; ya no se refiere simplemente a los derechos de los palestinos o de los árabes, sino a los principios del derecho internacional y por lo tanto de cierto universalismo, como se pudo constatar en el momento de las manifestaciones de solidaridad con Gaza.

Este “tercer nacionalismo” naciente no mantiene vínculo alguno ni con gobiernos ni con regímenes. No posee ningún programa político aunque invoque una conciencia panárabe y panislámica: condena el autoritarismo local y la corrupción, y aspira al establecimiento de la democracia y de un Estado de Derecho al mismo tiempo que rechaza con firmeza toda intervención militar extranjera. Defiende orgullosamente la identidad árabe e islámica y preconiza un modernismo intelectual y la diversidad cultural. Solidario con la lucha por la independencia y la justicia en el mundo árabe-musulmán, en especial con la resistencia palestina, es consciente de los éxitos y fracasos de los movimientos políticos árabes y occidentales. ¿Retirada, pues, del nacionalismo antiguo y de los imanes?

Es muy temprano para decirlo, pues esta nueva tendencia carece todavía de eficacia política. Todavía está buscando una coherencia política y formas de organización, y le cuesta hacer oír su voz en el estrépito del enfrentamiento entre la “cháchara” del Estado y las prédicas islámicas.

Tantos reveses han soportado los pueblos de la región –desde la derrota de 1967 hasta la ocupación de Irak en 2003 y el reciente conato de exacerbación de la oposición sunnitas-chiitas- que han interiorizado un sentimiento de impotencia.

Este estancamiento lleva, en nuestras sociedad, a un divorcio “a la italiana” entre tres partes: el Estado y sus clientes; las fuerzas laicas y progresistas, y las corrientes islámicas: no se hablan entre sí, pero conviven bajo el mismo techo. La crisis económica actual introduce, sin embargo, un nuevo elemento, más desestabilizador, pero portador de despliegues inéditos. Frente a un grave deterioro de las realidades sociales, los islamistas no tienen ningún programa económico eficaz para proponer, si no es la aplicación de la sharia, que puede revelarse atractiva si contribuye a reducir el crimen y la corrupción, y a imponer el orden y la seguridad en un entorno difícil. Sin embargo, la noción islamista de justicia social parece ser una obra caritativa más que política: consiste en aligerar el fardo de los pobres por medio de la limosna más que reducir la pobreza imponiendo cambios estructurales. Los propios movimientos islámicos son una causa caritativa para los ricos conservadores que prefieren denunciar la impiedad de los países árabes laicos antes que enfrentar el desafío de las injusticias inherentes a las estructuras mismas de la propiedad privada. Tienen tendencia a percibir las oposiciones sociales como una fitna (en árabe significa revuelta, sedición), fuente de discordia y de caos entre los musulmanes.

Así, cuando decenas de miles de campesinos egipcios se movilizaron contra el desmantelamiento de la reforma agraria lanzada por Nasser y la devolución de sus tierras a los grandes propietarios, los Hermanos Musulmanes se alinearon detrás de la política de privatización del Estado. Asimismo, son militantes progresistas independientes los que desataron las huelgas y las manifestaciones obreras en el Delta del Nilo en la primavera boreal de 2008. Las luchas por los aumentos de salario y el respeto de las disposiciones internacionales relativas a los derechos humanos recibieron una innegable aprobación popular y obligaron a los Hermanos Musulmanes a acordarles un apoyo ambivalente: no solamente no estaban en el origen de esos movimientos, sino que las reivindicaciones estaban muy lejos de su programa. Acciones idénticas –revueltas del hambre, manifestaciones por los salarios de Gafsa (Túnez) y en Sidi Ifni (Marruecos)- fueron llevadas a cabo por fuerzas de izquierda, con los islamistas a un lado.

Estos últimos se muestran menos inclinados a lanzarse en este tipo de movimientos dado que no saben cómo dirigirlos y, además, el discurso y los temas de estas movilizaciones se les escapan. Sin embargo, estas movilizaciones son cada vez más necesarias y ofrecen a las fuerzas progresistas posibilidades inéditas de hacer avanzar sus ideas sobre la justicia y los derechos sociales. Pero es necesario desconfiar de un optimismo engañoso pues esas movilizaciones siguen siendo raras, localizadas y aisladas. Aun cuando los problemas planteados exigen soluciones en un nivel nacional o regional, los manifestantes ignoran a menudo lo que pasa a unos cien kilómetros de su casa…

Los regímenes emplean todos los medios para impedir que estos movimientos se unifiquen y se alíen con los islamistas. Además de una severa represión, retoman algunos temas religiosos como la apología de la identidad cultural y nacional, y pretenden defender valores específicamente árabes o musulmanes condenando los discursos sobre los derechos humanos y sociales, presentados como intromisiones de Occidente. Esta actitud contribuye a eternizar la división entre islamistas y progresistas y a precipitar a estos últimos en “una trampa identitaria”. El ejemplo de la mujer es el más revelador. Aunque el principio del trabajo femenino está ampliamente aceptado, no deja de haber resistencias respecto de todo lo que atañe al cuerpo de la mujer y a su papel en la familia. Al defender los derechos de la mujer, los progresistas se ven atenazados entre un discurso islamista moralista y un discurso nacionalista sobre el honor. Deben defenderse siempre contra las acusaciones de capitulación cultural mientras que la conservación de estructuras autoritarias –sean estatales o religiosas- es presentada como una resistencia cultural a la occidentalización. Esta política identitaria esencialista constituye un tema recurrente en nuestra región y, al mismo tiempo, una verdadera tragedia.

En Pakistán, los talibanes adoptaron con entusiasmo la noción de conflicto de clases, fitna o no. En el valle de Swat, defendieron la reforma agraria: algunos ricos propietarios de la elite semifeudal paquistaní, usados al principio como contribuyentes conservadores, fueron desposeídos de sus tierras de manera sumaria, y forzados a abandonar el país. Esta estrategia permitió a los talibanes, según lo explica un representante oficial paquistaní, “prometer más que proscribir la música o la escolarización… Prometen también la justicia islámica, un gobierno eficaz y una redistribución económica”. El mensaje dirigido a los progresistas laicos y a los regímenes “moderados” es claro: si usted no se consagra seria e inmediatamente a los problemas recurrentes de la corrupción, la pobreza y la desigualdad, se encontrará muy por detrás de los islamistas, quienes sí lo hacen.

Espacios de democratización


Así pues, nadie puede ignorar las divergencias entre progresistas e islamistas. Los dos pueden desear sinceramente el establecimiento de la “democracia”, pero más allá de cierto punto, tendrán probablemente puntos de vista radicalmente diferentes de la manera en que hay que crear y preservar un Estado de Derecho democrático. Los progresistas quieren instaurar la soberanía de la voluntad popular, delimitada por el derecho y basada en criterios jurídicos y políticos reconocidos por la comunidad de las naciones. Los islamistas quieren instaurar la soberanía absoluta a partir de una interpretación específica de los textos sagrados, aunque se puede percibir un debate interno entre ellos, y aunque los Hermanos Musulmanes jordanos o el Partido de la Justicia y el Desarrollo marroquí adhieren progresivamente a la idea de soberanía popular.

Existe sin embargo, en particular en el contexto de la crisis económica global, posibilidades de alianzas reales provechosas para las dos corrientes a la vez, y positivas para los pueblos de la -región. En el plano local, se organizarán huelgas y manifestaciones para denunciar la desocupación, las penurias de alimentación y de recursos y el alza de precios. La población exigirá transparencia, pedirá cuentas a sus dirigentes y reclamará una lucha decidida contra la corrupción. En el plano regional e internacional, algunos movimientos continuarán surgiendo en apoyo de Palestina, contra la intervención de fuerzas extranjeras y en favor de un orden económico equitativo y de la aplicación del derecho internacional.

Los principios que permitirán una acción unida y eficaz se asimilarán a los principios que han animado nuestros movimientos nacionalistas históricos: la pasión por la independencia nacional y regional, el compromiso en favor de la cooperación regional, una plena participación en los asuntos internacionales, la visión de un régimen que defienda la libertad política y un Estado de Derecho para todos, una plataforma que apunte a mejorar la vida económica y social de nuestros pueblos y un esfuerzo por responder a las aspiraciones de todos los grupos étnicos y confesionales. En pos de ese objetivo, los progresistas deben ganar la batalla del liderazgo y de la influencia, y demostrar que la construcción de la democracia y el respeto de los derechos humanos son instrumentos necesarios y eficaces para poner en práctica todos estos principios.

Hemos observado, durante la invasión israelí de Gaza, hasta qué puntos estos instrumentos contribuyeron a reforzar la causa palestina. Hamas es creíble porque combate la corrupción y resiste de manera constante a la agresión israelí, pero también porque fue legitimado por el sufragio universal. En cambio, Israel está a la defensiva en el terreno de los derechos de las personas, de las normas jurídicas, políticas y éticas reconocidas por las naciones. Estas acciones ilegales amenazan con poner en cuestión la impunidad acordada por la “comunidad internacional” a Israel desde hace décadas. Con la información, los análisis y el conocimiento histórico disponible en la era del Al Jazeera, de internet y de la militancia global –para no mencionar a los historiadores de Israel, que trabajan con una libertad que debería inspirarnos-, son cada vez más las personas que comprenden que lo que vieron en Gaza en 2008-2009 era una pequeña muestra de lo que no pudieron ver en Palestina en 1947-1948.

Paradójicamente, los desafíos más grandes planteados a los nacionalistas –como las intervenciones extranjeras en Irak o en el Líbano- han creado espacios de movilización, de unión, de pluralismo y de democracia, que debemos explotar. Una utopía tal comporta precedentes. Fue necesaria una sucesión aparentemente interminable de conflictos sangrientos, religiosos y nacionales, para que Europa emprenda un proceso de unificación, sin renunciar por ello a la independencia nacional y a las diferencias culturales entre sus pueblos.

Hicham Ben Abdallah El Alaoui
*Escrito en agosto de 2009
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")

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