domingo, 12 de abril de 2015

¿Qué es exactamente la democracia?*

En su Política, Aristóteles nos dice en primer lugar esto: “En democracia, los pobres son reyes porque son mayoría, y porque la voluntad de la mayoría tiene fuerza de ley”. En un segundo pasaje, parece restringir primero el alcance de esta frase, luego la amplía, la completa y acaba por establecer un axioma: “La equidad en el seno del Estado exige que los pobres no posean de ningún modo más poder que los ricos, que no sean los únicos soberanos, sino que todos los ciudadanos lo sean en proporción a su número. Éstas son las condiciones indispensables para que el Estado garantice eficazmente la igualdad y la libertad”.

Aristóteles nos dice que aunque participen con total legitimidad democrática en el gobierno de la polis, los ciudadanos ricos serán siempre una minoría en razón de una incontestable proporcionalidad. Sobre un punto, tenía razón: por más lejos que nos remontemos en el tiempo, nunca los ricos fueron más numerosos que los pobres. Pese a esto, los ricos siempre gobernaron el mundo o sostuvieron los hilos de los que gobernaban. Constatación más actual que nunca. Señalemos de paso que, para Aristóteles, el Estado representa una forma superior de moralidad…

Todo manual de derecho constitucional nos enseña que la democracia es “una organización interna del Estado por la cual el origen y el ejercicio del poder político incumbe al pueblo, organización que permite al pueblo gobernado gobernar a su vez por medio de sus representantes electos”. Aceptar definiciones como ésta, de una pertinencia tal que roza las ciencias exactas, correspondería, traspuestas a nuestra vida, a no tener en cuenta la gradación infinita de estados patológicos a los que nuestro cuerpo puede verse confrontado en todo momento.

En otros términos: el hecho de que la democracia pueda definirse con mucha precisión no significa que funcione realmente. Una breve incursión en la historia de las ideas políticas conduce a dos observaciones a menudo descartadas so pretexto de que el mundo cambia. La primera, recuerda que la democracia apareció en Atenas, hacia el siglo V antes de Cristo; que suponía la participación de todos los hombres libres en el gobierno de la ciudad; estaba fundada en la forma directa, siendo los cargos efectivos o atribuidos según un sistema mixto de sorteo y elección, y los ciudadanos tenían derecho al voto y a presentar propuestas en las asambleas populares.

Sin embargo –ésta es la segunda observación-, en Roma, continuadora de los griegos, el sistema democrático no consiguió imponerse. El obstáculo procedió del poder económico desmedido de una aristocracia latifundista que veía en la democracia un enemigo directo. Peso al riesgo de toda extrapolación, ¿podemos evitar preguntarnos si los imperios económicos contemporáneos no son, también, adversarios radicales de la democracia, aunque se mantengan por el momento las apariencias?

El lugar del poder


Las instancias del poder político intentan desviar nuestra atención de una evidencia: dentro mismo del mecanismo electoral se encuentran en conflicto una opción política representada por el voto y una abdicación cívica. ¿Acaso no es cierto que, en el preciso momento en que la boleta es introducida en la urna, el elector transfiere a otras manos, sin más contrapartida que algunas promesas escuchadas durante la campaña electoral, la parcela de poder político que poseía hasta ese momento en tanto miembro de la comunidad de ciudadanos?

Este papel de abogado del diablo que asumo puede parecer imprudente. Razón de más para que examinemos qué es nuestra democracia y cuál es su utilidad, antes de pretender –obsesión de nuestra época- hacerla obligatoria y universal. Esta caricatura de democracia que, como misioneros de una nueva religión, procuramos imponer al resto del mundo no es la democracia de los griegos, sino un sistema que los mismos romanos no habrían vacilado en imponer a sus territorios. Este tipo de democracia, rebajada por mil parámetros económicos y financieros, habría logrado sin duda hacer cambiar de idea a los latifundistas del Lacio, transformados entonces en los más fervientes demócratas…

Podría surgir en la mente de algunos lectores una enojosa sospecha acerca de mis convicciones democráticas, dadas mis muy conocidas inclinaciones ideológicas (miembro del Partido Comunista Portugués)… Defiendo la idea de un mundo verdaderamente democrático que finalmente se haga realidad, dos mil quinientos años después de Sócrates, Platón y Aristóteles. Esa quimera griega de una sociedad armoniosa, sin distinciones entre amos y esclavos, como la conciben las almas cándidas que siguen creyendo en la perfección.

Algunos me dirán: pero las democracias occidentales no son censatarias ni racistas, y el voto del ciudadano rico o de piel blanca cuenta tanto en las urnas como el del ciudadano pobre o de piel oscura. Si nos fiamos de semejantes apariencias, habríamos alcanzado el summum de la democracia.

A riesgo de aplacar esos ardores, diré que las realidades terribles del mundo en que vivimos hacen irrisorio ese cuadro idílico y que, de un modo u otro, acabaremos dando con un cuerpo autoritario disimulado bajo los más bellos atavíos de la democracia.

Así, el derecho de voto, expresión de una voluntad política, es al mismo tiempo un acto de renuncia a esa misma voluntad, puesto que el elector la delega a un candidato. Al menos para una gran parte de la población, el acto de votar es una forma de renuncia temporaria a un acción política personal, puesta en sordina hasta las siguientes elecciones, momento en que los mecanismos de delegación volverán al punto de partida para empezar otra vez de la misma manera.

Pero la minoría elegida, esta renuncia puede constituir el primer paso de un mecanismo que autoriza muchas veces –a pesar de las vanas esperanzas de los electores- a perseguir objetivos que no tienen nada de democráticos y pueden ser verdaderas ofensas a la ley. En principio, a nadie se le ocurriría elegir como representantes al Parlamento a individuos corruptos, incluso si la triste experiencia nos enseña que las altas esferas del poder, en el plano nacional e internacional, están ocupadas por ese tipo de criminales o sus mandatarios. Ninguna observación microscópica de los votos depositados en las urnas tendría el poder de hacer visibles los signos delatores de las relaciones entre los Estados y los grupos económicos cuyos actos delictivos, e incluso bélicos, llevan a nuestro planeta derecho a la catástrofe.

La experiencia confirma que una democracia política que no descansa sobre una democracia económica y cultural no sirve de mucho. Despreciada y relegada al depósito de las fórmulas envejecidas, la idea de una democracia económica ha dejado lugar a un mercado triunfante hasta la obscenidad. Y la idea de una democracia cultural fue reemplazada por la no menos obscena de una masificación industrial de las culturas, pseudo melting-pot que se utiliza para enmascarar la predominancia de una de ellas.

Creemos haber avanzado, pero en realidad retrocedemos. Hablar de democracia se volverá cada vez más absurdo si nos obstinamos en identificarla con instituciones denominadas partidos, Parlamentos, gobiernos, sin proceder a un análisis del uso que estos últimos hacen del voto que les permitió acceder al poder. Una democracia que no se autocritica, se condena a la parálisis.

No concluyan que estoy en contra de la existencia de los partidos: milito dentro de uno de ellos. No crean tampoco que aborrezco los Parlamentos: los apreciaría si se consagraran más a la acción que a la palabra. Y tampoco imaginen que soy el inventor de una receta mágica que permite a los pueblos vivir felices sin tener gobierno. Me niego a admitir que sólo se pueda gobernar y desear ser gobernado según los incompletos e incoherentes modelos democráticos vigentes.

Los califico así porque no veo otra forma de designarlos. Una democracia verdadera, que inundaría con su luz, como un sol, a todos los pueblos, debería comenzar por lo que tenemos a mano, es decir, el país en que nacimos, la sociedad en que vivimos, la calle donde moramos.

Si esta condición no es respetada –y no lo es- todos los razonamientos racionales, es decir, el fundamento teórico y el funcionamiento experimental del sistema, estarán viciados. Purificar las aguas del río que atraviesa la ciudad no servirá de nada si el foco de la contaminación está en las fuentes.

La cuestión principal que todo tipo de organización humana se plantea, desde que el mundo es mundo, es la del poder. Y el principal problema es identificar quién lo detenta, verificar por qué medio lo obtuvo, qué uso hace de él, qué métodos utiliza y cuáles son sus ambiciones.

Si la democracia fuera realmente el gobierno del pueblo, para el pueblo y por el pueblo, todo debate cesaría. Pero no estamos en ese punto. Y sólo un espíritu cínico se animaría a afirmar que todo va inmejorablemente bien en el mundo en que vivimos.

Se dice también que la democracia es el sistema político menos malo, y nadie se percata de que esta aceptación resignada de un modelo que se contenta con ser “el menos malo” puede constituir el freno de una búsqueda de algo “mejor”.

El poder democrático es, por su naturaleza, siempre provisorio. Depende de la estabilidad de las elecciones, de las fluctuaciones de las ideologías y de los intereses de clase. Podemos ver en él una suerte de barómetro orgánico que registra las variaciones de la voluntad política de la sociedad. Pero de un modo flagrante ya no contamos las alternativas políticas aparentemente radicales que tienen por efecto cambios de gobierno, pero no vienen acompañadas por transformaciones sociales, económicas y culturales tan fundamentales como hacía suponer el resultado del sufragio.

En efecto, decir gobierno “socialista”, o “socialdemócrata”, o aún “conservador”, o “liberal” y llamarlo “poder”, no es más que una operación estética barata. Es pretender nombrar algo que no se encuentra allí donde querrían hacérnoslo creer. Porque el poder, el verdadero poder, se encuentra en otra parte: es el poder económico. Ese cuyo contornos de filigrana percibimos, pero se nos escapa cuando queremos aproximarnos a él y contraataca si nos dan ganas de restringir su influencia, sometiéndolo a las reglas del interés general.

En términos más claros: los pueblos no han elegido a sus gobiernos para que éstos los “ofrezcan” al mercado. Pero el mercado condiciona a los gobiernos para que éstos les “ofrezcan” a sus pueblos. En nuestra época de mundialización liberal, el mercado es -el instrumento por excelencia del único poder digno de ese nombre, el poder económico y financiero. Éste no es democrático puesto que no ha sido elegido por el pueblo, no es gestionado por el pueblo y sobre todo porque no tiene como finalidad el bienestar del pueblo.

No hago más que enunciar verdades elementales. Los estrategas políticos, de todos los bandos, han impuesto un silencio prudente para que nadie se atreva a insinuar que seguimos cultivando la mentira y aceptamos ser cómplices de ella.

El sistema llamado democrático se parece cada vez más a un gobierno de los ricos y cada vez menos a un gobierno del pueblo. Imposible negar la evidencia: la masa de los pobres llamada a votar nunca es llamada a gobernar. En la hipótesis de un gobierno formado por los pobres, donde éstos representarían la mayoría, como Aristóteles imaginó en su Política, ellos no dispondrían de los medios para modificar la organización del universo de los ricos que los dominan, vigilan y asfixian.

La pretendida democracia occidental ha entrado en una etapa de transformación retrógrada que no puede detener, y cuyas consecuencias previsibles serán su propia negación. No hay necesidad alguna de que alguien tome la responsabilidad de liquidarla, ella misma se suicida todos los días.

¿Qué hacer? ¿Reformarla? Sabemos que, como escribió acertadamente el autor de El Gatopardo, reformar no es otra cosa que cambiar lo necesario para que nada cambie. ¿Renovarla? ¿Qué época del pasado suficientemente democrática valdría la pena que regresemos a ella para, a partir de ahí, reconstruir con nuevos materiales lo que está en el camino de la perdición? ¿La de la Grecia antigua? ¿La de las repúblicas mercantiles de la Edad Media? ¿La del liberalismo inglés del siglo XVII? ¿La del siglo francés de las Luces? Las respuestas serían tan fútiles como las preguntas…

¿Qué hacer entonces? Dejemos de considerar la democracia como un valor adquirido, definido de una vez por todas e intocable para siempre. En un mundo en que estamos acostumbrados a debatir todo, sólo persiste un tabú: la democracia. António Salazar (1889-1970), el dictador que gobernó Portugal durante más de cuarenta años, afirmaba: “No se cuestiona a Dios, no se cuestiona la patria, no se cuestiona la familia”. Hoy en día cuestionamos a Dios, a la patria, y si no cuestionamos la familia es porque ella se encarga de hacerlo sola. Pero no cuestionamos la democracia.

Entonces digo: cuestionémosla en todos los debates. Si no encontramos un modo de reinventarla, no perderemos sólo la democracia, sino la esperanza de ver un día los derechos humanos respetados en este planeta. Sería entonces el fracaso más estruendoso de nuestro tiempo, la señal de una traición que marcaría a la humanidad para siempre.

José Saramago
*Escrito en agosto de 2004
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")

sábado, 11 de abril de 2015

Diez claves para comprender las revueltas árabes*

1. ¿Por qué estallaron las revueltas?


Todo comenzó en Túnez en diciembre de 2010, cuando un joven se inmoló en protesta por la brutalidad policial. Lo que parecía una revuelta local en un pequeño pueblo tunecino rápidamente se extendió a casi todo Medio Oriente. Si bien los países árabes presentan particularidades económicas y políticas diferentes, no es menos cierto que tienen una historia, una cultura y una lengua en común, y la mayoría profesan el islam como religión. Pero lo que los une es sobre todo la realidad de regímenes corruptos hereditarios (sean monarquías o repúblicas) con familias gobernantes que están en el poder hace más de treinta años y manejan los Estados como si fueran feudos privados. Zine El Abidine Ben Ali en Túnez quería que lo sucediera su mujer; Hosni Mubarak en Egipto, Muamar Gadafi en Libia y Ali Abdullah Saleh en Yemen pretendían que los heredaran sus hijos. Adicionalmente, la economía está manejada por unos pocos que despilfarran millones, mientras persisten altos porcentajes de pobreza y desocupación. En los últimos treinta años, con la excepción del Líbano, prácticamente ningún país árabe celebró elecciones libres. Cuando aparecen las protestas la respuesta suele ser la represión, como se vio en estos últimos meses. La revuelta se extendió a pesar del férreo control gubernamental de los medios de comunicación, que casi nunca abren un espacio a las voces opositoras ya que sus partidos políticos en general han sido declarados ilegales. Bien lo describe la joven cineasta egipcia Amal Ramsis en su documental Prohibido: una sociedad donde casi todo está prohibido.

2. ¿Por qué es tan importante?


La inmensa mayoría de los países árabes fueron creados en el proceso de desintegración del Imperio Otomano y mediante las colonizaciones británica y francesa, que se repartieron Medio Oriente al finalizar la Primera Guerra Mundial e incorporaron la región al mercado mundial capitalista. Cuando se retiraron, las potencias europeas dejaron monarquías a su servicio, algunas de las cuales todavía están en el poder (Jordania, Arabia Saudita). En los años cincuenta y sesenta, varios golpes de Estado liderados por militares derrocaron a las monarquías de Egipto (1952), Irak (1958), Siria (1963) y Libia (1969), alentando la conformación de Repúblicas. Estos procesos revolucionarios, con un discurso nacionalista y antiimperialista, no desactivaron las políticas autoritarias del pasado ni desarrollaron sociedades civiles dinámicas, sino todo lo contrario. Los Estados controlaban, por medio de un partido único, casi todos los aspectos de la vida pública y privada. Por eso las fuerzas que ahora se pusieron en movimiento proponen una amplia democratización que cuestiona al sistema político hasta sus cimientos. Por ello no es casual que se compare este movimiento tectónico del mundo árabe con las revoluciones burguesas de Europa en 1848 o con la caída del Muro de Berlín (noviembre de 1989). Tampoco sorprende que Fidel Castro diga que la actual revuelta árabe podría ser “más profunda que la que en 1789 se desató en Europa con la toma de la Bastilla”.

3. ¿Cuál es el rol de los movimientos islámicos en las revueltas?


En todos los países árabes hay partidos que llevan al islam como bandera ideológica-política. Estos crecieron en los años 80 como resultado del fracaso de los gobiernos nacionalistas-socialistas en erradicar la pobreza (como habían prometido) y en su lucha contra el Estado de Israel. Los partidos islámicos, en sus diferentes vertientes, son los partidos más importantes en casi todos los países árabes, desde aquellos con presencia en el Parlamento (Jordania, Líbano) hasta los que se encuentran prohibidos (Egipto, Túnez, Argelia). Sin embargo, como están muy controlados, limitados y perseguidos, se cuidaron mucho de no aparecer orgánicamente en las revueltas de Túnez y Egipto. Se sumaron a ellas más a título individual que colectivo, aunque también ellos se vieron sorprendidos y desbordados por la magnitud de las revueltas. Algunos resultaron golpeados por la represión de las décadas previas (Siria en los 80, Argelia en los 90); en el caso de Túnez, su principal referente, Rashid Ghannouchi, vivió exiliado durante casi veinte años en Londres, a pesar de su manifiesto apego al sistema democrático. La demonización en Occidente de estos movimientos ayudó a que los gobernantes árabes pudieran reprimirlos sin grandes consecuencias.

4. ¿Cuál es el rol de Estados Unidos?


La lectura de los medios de comunicación permite verificar que en casi todas estas revueltas aparece la misma pregunta: ¿cuándo le soltará Estados Unidos la mano al gobernante? Salvo en el caso de Siria, casi todos los países árabes tienen excelentes relaciones con la Casa Blanca y algunos –para mantenerse en el poder- dependen de su ayuda política, financiera y militar. Esta relación fue clave para neutralizar los reclamos palestinos, construir una coalición para expulsar a Saddam Hussein de Kuwait en 1991, e invadir Irak en 2003. De todas maneras, hay que señalar que la revuelta árabe tomó por sorpresa tanto a los estrategas de la política exterior estadounidense como a los intelectuales que siguen día a día lo que sucede en una región vital para Washington. Barack Obama, en su visita a El Cairo en 2009, parecía prometer una nueva relación con el mundo árabe e islámico. Sin embargo, dijo poco sobre las aspiraciones democráticas de los árabes, que chocaban abiertamente con los regímenes dictatoriales y autoritarios apoyados por Washington, como se vio durante el levantamiento popular en Egipto. La Casa Blanca se cuidó mucho de criticar a Hosni Mubarak y lo sostuvo hasta último momento.

5. ¿Por qué Al Qaeda está ausente?


Al Qaeda nunca fue un movimiento cuya intención fuera organizar a las masas; más bien lo contrario. Su principal objetivo es golpear a Estados Unidos y a las grandes potencias, de allí la simpatía pasiva que generaba en el mundo árabe e islámico. Pero siempre fue una organización desligada de los movimientos sociales y de base que existen en los países árabes. Por años, los gobiernos árabes instalaron la idea de que cualquier movimiento de protesta estaba vinculado de una u otra forma con Al Qaeda. Esta estrategia les sirvió para reprimir a los partidos opositores y –en particular- a los islamistas. También les permitió sintonizar con el discurso de Estados Unidos y recibir ayuda monetaria y militar para combatir un enemigo en común, el terrorismo, muchas veces abstracto o sobredimensionado. Las revueltas, en su mayoría masivas y pacíficas, se plantearon derrocar regímenes vitalicios y corruptos para impulsar reformas democráticas, y este objetivo no tiene ningún punto de contacto con los enunciados de Al Qaeda. Más aún, la violencia hubiera sido contraproducente en Túnez y Egipto, lo que explica su ausencia1.

6. ¿Hay una revuelta popular en Libia?


En Libia, como en el resto del mundo árabe, estalló una verdadera revuelta popular, influenciada por los levantamientos de Túnez y Egipto. Gadafi había convertido al Estado en su feudo privado, con toda su megalomanía y sus excentricidades. Había colocado a sus hijos en puestos clave y pretendía dejar como su sucesor a uno de ellos, a pesar de que era público que su familia dilapidaba fortunas a cuenta del Estado, incluso contratando cantantes para fiestas privadas. La revuelta comenzó en Benghazi, la segunda ciudad del país, y rápidamente se extendió a Trípoli, donde fue reprimida con éxito. Muchos pensaron que la caída de Gadafi sería inminente, siguiendo el camino de Ben Ali y Mubarak. Algunos de sus ministros, embajadores y militares también lo creyeron, y se pasaron a la oposición cuando “el líder” prometió perseguir “como ratas” a los opositores, que conforman un grupo muy heterogéneo, que incluye desde luchadores democráticos por los derechos humanos hasta grupos islámicos reprimidos durante años. Los primeros manifiestos de la oposición tenían un espíritu democratizador similar al de las otras revueltas árabes. Pero la intervención extranjera cambió las reglas del juego. Le permite al régimen presentarlos como títeres de potencias extranjeras que sólo estarían buscando apoderarse del petróleo al estilo de las viejas potencias coloniales, y la dinámica de los acontecimientos los puede llevar a ser rehenes de la ayuda exterior, que no es desinteresada…

7. ¿Qué motivó la intervención extranjera en Libia?


Gadafi no dudó en proclamar a los cuatro vientos que sofocaría a sangre y fuego la revuelta en su contra. Su hijo, Saif al Islam, amenazó con una cruenta guerra civil y más de 100.000 muertos. Europeos y estadounidenses, acostumbrados a hacer buenos negocios con Gadafi –le habían “perdonado” su discurso antiimperialista y los atentados terroristas del pasado-, vieron una oportunidad para sacarse de encima a un líder impredecible y poco confiable, que controla una de las principales reservas de petróleo del mundo. Por eso ni siquiera tomaron en cuenta las propuestas impulsadas por Hugo Chávez y la Unión Africana para negociar. Forzaron una rápida resolución en Naciones Unidas con el argumento de que Gadafi estaba masacrando a su pueblo, y menos de dos días después comenzaron a bombardear Libia. La resolución 1973 del 17 de marzo aprobó una intervención militar para proteger a los civiles, pero se podía intuir que su objetivo era derrocar a Gadafi. El 14 de abril, Barack Obama, David Cameron y Nicolas Sarkozy hicieron público un artículo donde reconocieron que “es imposible imaginar un futuro para Libia con Gadafi en el poder […]. Gadafi debe irse y para siempre”. Pero no es tan sencillo y aun no queda claro cómo lo lograrán.

8. ¿Cuál es la importancia de Al Jazeera en las revueltas?


La aparición de la cadena de noticias qatarí cambió el ángulo de información en el mundo árabe. Hasta su creación en 1996, los árabes se informaban de lo que sucedía en sus países a través de las grandes cadenas europeas y estadounidenses y de las versiones oficiales que emitían sus respectivos gobiernos. Frente al cerrojo informativo en Túnez y Egipto, Al Jazzera se convirtió en un receptor de la información que circulaba por vías alternativas. Además, la cadena contaba con periodistas en el terreno que difundían las imágenes de las protestas masivas y de la represión, naturalmente ocultadas por las cadenas oficiales. Cuando los jóvenes tomaron la plaza Tahrir en El Cairo, Al Jazeera comenzó a transmitir casi sin interrupción desde allí, denunciando abiertamente la represión y apoyando la revuelta. Por primera vez en su historia, los árabes pudieron presenciar, en vivo y en directo, una revuelta popular, lejos de la mirada, en general orientalista y despectiva, de los medios europeos y estadounidenses. En 2004, el periodista de Sri Lanka Thalif Deen planteaba que Al Jazeera era el último bastión del nacionalismo árabe frente a los gobernantes cada vez más dependientes de Estados Unidos. Este año Al Jazeera encontró que su mensaje era similar al de millones de árabes.

9. ¿Por qué no hay líderes visibles?


La prolongada represión hizo que las revueltas tuvieran un alto grado de espontaneidad y no surgieran como fruto de una convocatoria planificada por partidos políticos o movimientos, muchos de cuyos líderes estaban presos o en el exilio. El aspecto sorpresivo de los acontecimientos en Túnez y su contagio a Egipto fue clave para derrocar a dos presidentes que nunca lograron comprender cómo una sociedad tan controlada podía salirse de su cauce. Es verdad que las revueltas también han sido el producto de las nuevas tecnologías que permiten organizar convocatorias desde el anonimato, y de allí la importancia de Facebook, Twitter y las llamadas “redes sociales”. A pesar de la falta de un liderazgo claro, las rebeliones en Túnez y Egipto fueron exitosas porque se fueron gestando durante mucho tiempo. En 2008, Al Jazeera ya había emitido un documental, A nation in waiting, sobre la historia contemporánea de Egipto, donde se podían ver que estaban dadas las condiciones objetivas para una revuelta de esas características. Las huelgas obreras se multiplicaron, los diferentes movimientos sociales se fueron articulando y grupos conocidos –aunque no “legales”, como Kifaya- ya se estaban organizando. Por otra parte, los jóvenes que se atrincheraron en la plaza Tahrir en El Cairo –muchos de ellos sin experiencia política previa- comprendieron rápidamente que debían convertir la plaza en un bastión de resistencia al régimen, por lo que no la abandonaron hasta que cayó Mubarak.

10. ¿Es una revuelta democrática?


Durante décadas, en el mundo occidental primó una mirada estereotipada en el sentido de considerar que los pueblos árabes no estaban aptos para la democracia y que tampoco les interesaba. Lo paradójico es que fueron las potencias europeas primero –y Estados Unidos después- quienes crearon los Estados monárquicos, autoritarios y dictatoriales de la región, para proteger sus intereses geoestratégicos y petroleros y más tarde su alianza con el Estado de Israel. Es una ironía que muchos en Francia se sorprendan al descubrir el grado de corrupción que registraba el gobierno del ex presidente Ben Ali –elogiado incluso por el Fondo Monetario Internacional-, como si nunca nadie hubiera señalado que la economía de Túnez giraba alrededor de la familia gobernante. Los prejuicios anti-árabes y anti-islámicos abundan en los medios occidentales hegemónicos, como si las ansias de libertad y democracia fueran patrimonio del mundo occidental y cristiano, y los árabes sólo pudieran quedar atrapados en las marañas fundamentalistas. Esta construcción hoy se está desmoronando. En los siglos XIX y XX ha habido revueltas árabes democratizadoras, pero estas tentativas por lo general fueron aplastadas a sangre y fuego por las “democracias” occidentales que difundieron una imagen demoníaca de las mismas. Esta revuelta es profundamente democrática, aunque la mayoría de los gobiernos autoritarios se sostengan gracias al respaldo de quienes dicen ser los portadores del mensaje universal de la democracia.

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1Durante mi estadía en Egipto, pocos días después de la caída del presidente Mubarak, pude presenciar cómo el grueso de las manifestaciones impedía que algunos les arrojaran piedras a los militares que custodiaban el Ministerio del Interior.

Pedro Brieger
*Escrito en mayo de 2011, tras un viaje por Egipto, el Sahara y Argelia
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")

El futuro del mundo árabe

En el mundo árabe, la conmoción económica planetaria se conjuga con una crisis de legitimidad, latente desde hace décadas. Se la observe a través del prisma del neocolonialismo, de una democratización insuficiente o de un conflicto cultural y religioso, esta crisis siempre ha resistido toda tentativa de solución, sea ésta encarada tanto por actores bien intencionados como por gobernantes brutales. Esta ausencia de legitimidad se tradujo en un conjunto de desigualdades, de verdaderos abismos, podría decirse, entre gobernantes y gobernados, entre laicos y fundamentalistas religiosos, entre poblaciones pobres y elites. Y en una atmósfera de marasmo económico, ello puede desembocar fácilmente en una serie de explosiones imprevisibles y peligrosas.

Para tratar de evitarlas es necesario recordar algunas lecciones de la historia. Bajo la bandera del “nacionalismo árabe”, término que definió –y estimuló- una cantidad de movimientos y de actores que transformaron la región, tuvieron lugar muchos episodios de heroísmo, de unión y de éxito. Poner fin al colonialismo no era una tarea sencilla, y fue el nacionalismo árabe el que ganó tamaña batalla y contribuyó a estrechar lazos entre los Estados emergentes de lo que se llamaría el Tercer Mundo.

Ese movimiento no era perfecto; como otras corrientes reformadoras, se desvió de su trayectoria y sufrió importantes transformaciones. Pero también les confirió a los pueblos en lucha por la autodeterminación una perspectiva unitaria, un futuro prometedor más allá de los intereses individuales, confesionales y nacionales, un proyecto que los movilizó en una acción colectiva. Esa visión unitaria, universalista incluso, ese proyecto portador de esperanza hoy hace hondamente falta, justo cuando sus componentes impregnan todavía nuestro imaginario, como demuestra la permanencia de las manifestaciones de apoyo a la causa palestina (pudimos constatarlo durante el conflicto de diciembre 2008-enero 2009 en la Franja de Gaza). A pesar de los esfuerzos sostenidos de los gobernantes occidentales –y su presión sobre los países “amigos” de la región- para fomentar la división en el seno de los pueblos, las diversas comunidades desde el Magreb hasta el Golfo –religiosas y laicas, sunnitas y chiitas, árabes y persas- reconstituyen constantemente su unidad y manifiestan un apoyo inquebrantable a los palestinos.

Impurezas del supranacionalismo


Esta aspiración unitaria se manifiesta también, paradójicamente, en el apoyo a diversas formas de fundamentalismo, desde las corrientes quietistas y pietistas del islam hasta el salafismo radical. Tales corrientes asustan tanto a Occidente como a los árabes seculares, pero encarnan la búsqueda de sentido y el deseo de ver renacer una comunidad unificada. Si la piadosa umma (comunidad de los creyentes) reemplazó a la gran nación árabe en el imaginario político, si ya no se puede ignorar que el islamismo ha vuelto a tomar de manos del nacionalismo árabe la bandera de la resistencia, no hay que sorprenderse; no sólo porque el nacionalismo árabe ha soportado serios reveses sino también porque la fe musulmana se ha seguido imponiendo en el transcurso de la historia. Y las dos tendencias permanecen inextricablemente unidas, a veces de modo complementario y otras, conflictivo.

En su apogeo, el nacionalismo árabe aspiraba a ser un supranacionalismo. La lucha en pos de la liberación del colonialismo (wataniya) debería madurar y culminar en una solidaridad transnacional entre pueblos árabes (qawmiya), que permitiría afrontar problemas como el de Palestina o el de la subordinación económica respecto de Occidente. El nacionalismo árabe siguió una trayectoria errática. Su cénit se alcanzó en 1956, cuando Egipto, con el apoyo de Estados Unidos y de la URSS, rechazó el intento anglo-franco-israelí de reconquistar el canal de Suez, antes de conocer un verdadero repliegue después de la Guerra de los Seis Días de junio de 1967. Tuvo un repunte en 1973, con la guerra árabe-israelí de octubre y el embargo sobre el petróleo.

En definitiva, los distintos movimientos de liberación se replegaron a un proyecto puramente nacional, en un solo país. Se fosilizaron en Estados dirigidos por un partido único o un “líder de por vida”. Sin embargo, a pesar de las luchas feroces entre gobiernos árabes para asegurarse una hegemonía regional, persistía, en el nivel popular, la aspiración a una comunidad árabe transnacional, marcada por un patrimonio islámico común.

Y el islamismo político en expansión tuvo que aceptar y asimilar las posiciones y las lecciones de su primo hermano nacionalista laico. Si el Hezbollah chiita tiene éxito en el Líbano, ello se debe –entre otras razones- a que trasciende las pertenencias confesionales y se presenta como el ferviente defensor de la independencia nacional. Históricamente, el nacionalismo árabe y los movimientos islamistas comparten varios principios: la búsqueda de una conciencia colectiva unificada, el deseo de renacimiento de la lengua y la cultura árabes y, después de la Segunda Guerra Mundial, el antiimperialismo.

En los años 20, los insurgentes del Rif dirigidos por el emir Abdlelkrim Al-Khattabi, en Marruecos, llevaron adelante una campaña islámico-nacionalista, utilizando la sharia como un arma ideológica contra el colonialismo. En 1952, en Egipto, los Oficiales Libres, dirigidos por Gamar Abdel Nasser tomaban el poder con el apoyo de los Hermanos Musulmanes. En Argelia, el Frente de Liberación Nacional (FLN) no dudó en recurrir a términos como yohad y muyahid cuando se dirigió a las poblaciones rurales. Se podía decir también que en el momento de la guerra de 1973, se forjó una alianza entre el nacionalismo árabe representado por Egipto y las monarquías islámicas conservadoras, dirigidas por Arabia Saudita, para imponer un embargo petrolero.

Por su parte, el partido Baas usó con frecuencia el concepto de umma para mencionar a la nación árabe. Su fundador, Michael Aflaq, un militante nacionalista laico, comprendió que “el vínculo entre el islam y el arabismo no se parece al de ninguna otra religión con otro nacionalismo”. Esta predicción continuaba: “Llegará el día en que los nacionalistas serán los únicos defensores del islam y deberán otorgarle una significación especial si quieren que la nación árabe tenga una buena razón para sobrevivir”.

El día profetizado por Aflaq llegó, pero al revés: son los islamistas los que se convirtieron en los únicos defensores del nacionalismo. Se ha vuelto trivial señalar que el islamismo integró los temas del nacionalismo para presentarse como la corriente de oposición a la dominación occidental y de afirmación de la independencia cultural y nacional.

Irónicamente, durante décadas, Occidente y los gobiernos árabes reaccionarios amplificaron y explotaron las divergencias entre nacionalismo e islamismo, cortejando y promoviendo a las corrientes islamistas conservadoras. La historia de las relaciones entre el islamismo y la “dominación occidental” está lejos, pues, de ser “pura” y lineal. Ya se trate de los Hermanos Musulmanes en Egipto, utilizados por los servicios secretos británicos contra Gamal Abdel Nasser; de su sucesor en Palestina –Hamas-, sostenido en el pasado por Israel para hacer contrapeso a la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), o de los “árabes afganos” que combatieron por Estados Unidos contra “el comunismo ateo”, en muchas ocasiones los islamistas aceptaron no sólo ser subvencionados por poderes extranjeros sino aliarse con ellos para imponer su hegemonía en la región.

La victoria en Afganistán y el retiro de las tropas soviéticas de ese país constituyen el apogeo de un sucedáneo del nacionalismo panárabe vuelto panislámico. Los islamistas pueden invocar la fuerza de la inspiración religiosa frente a la debilidad del nacionalismo tradicional, pero es difícil para ellos presentar ese logro como un modelo. ¿Acaso no sacaron también el mejor partido de una alianza con Occidente? Como prueba, el testimonio de un ex agente de la CIA durante la Guerra Fría sobre el “sucio secretito” de Washington: en esa época, “los Hermanos [Musulmanes] eran un aliado silencioso, un arma secreta contra los comunistas -¿quiénes, si no?-. Nosotros pensábamos: ‘Si Alá acepta luchar de nuestro lado, está bien’”. La recíproca era verdadera para los islamistas: “Si Estados Unidos acepta luchar de nuestro lado, está bien”. En realidad, el “sucio secretito” de los islamistas así como de los nacionalistas laicos era que en política nadie es “puro” ni está protegido del engaño oportunista de la complicidad con los poderes extranjeros.

Estrategia incoherente


Debemos olvidar esta danza macabra de acusaciones mutuas pues termina siempre por volverse en contra nuestra y en contra de Occidente. Esta danza corrompió y minó la legitimidad de grandes movimientos nacionalistas en Argelia y en Egipto; transformó el islam en una doctrina de la división, abriendo una brecha entre laicos e islamistas y entre nuestra región y el resto del mundo. Alimentó, también, un discurso y una práctica del fanatismo armado que, a la manera de la criatura de Frankenstein, se volvieron contra Occidente.

El último avatar de esta estrategia consiste en transformar las viejas querellas teológicas y sociales entre sunnitas y chiitas en una fractura geopolítica entre el mundo árabe e Irán. Esta maniobra promovida por Israel y por los neoconservadores estadounidenses para servir a sus intereses a corto plazo no carece de cinismo, cuando se sabe que estos dos países en otro tiempo apoyaron a Teherán contra el nacionalismo árabe. En los años 60 y 70, Irán era la única potencia regional que obtenía sus favores. La Revolución Islámica de 1979 hizo de ese país una “bestia negra”. Sim embargo, la invasión estadounidense a Irak, iniciada en marzo de 2003, destruyó el bastión más poderoso del nacionalismo árabe y reforzó al mismo tiempo la posición de Irán en la región.

La tensión entre sunnitas y chiitas y entre árabes y persas –exacerbada por estas maniobras- no es una invención occidental. Hunde sus raíces en una historia antigua que se remonta a las primeras conquistas del islam. En una parte del imaginario árabe se disimula el deseo de recrear un nacionalismo sunnita: un salafismo doctrinario árabe que concilie la pureza islámica y el nacionalismo árabe contra un chiismo herético y una Persia expansionista. Esta inclinación peligrosa encuentra su peor expresión en las violencias confesionales perpetradas en Irak y en Asia Central por diversas organizaciones que se reivindican de Al Qaeda.

Esa estrategia es incoherente. Se opone a uno de los pocos países que aprovechó la intervención estadounidense en Irak, en 2003, y ayudó a estabilizar ese país, como podría ahora contribuir a traer la paz a Afganistán. ¡Esa estrategia pretende hacer pasar a Hamas –emanación de la cofradía sunnita de los Hermanos Musulmanes- por una creación cripto-chiita de Teherán! Impulsa una vez más a algunas fuerzas de Washington y a sus aliados israelitas y árabes a jugar con fuego y a utilizar grupos armados sunnitas yihadistas en el Líbano y en Irak.

El conflicto entre sunnitas y chiitas destruirá el panislamismo con tanta seguridad como la focalización en los intereses estrictamente nacionales destruyó el panarabismo. Pareciera que esta estrategia ha sido contrarrestada por varios regímenes al igual que por las poblaciones. Cualesquiera fueran sus inquietudes, los Estados árabes insistieron para que el problema nuclear iraní se solucione en su contexto regional y para que las armas atómicas israelíes sean puestas sobre la mesa de las negociaciones. Desde hace varios años, desde el Atlántico hasta el Golfo, y a través de todo el espectro confesional, los pueblos árabes manifestaron su apoyo a Hezbollah y a Hamas, no porque sean chiitas o sunnitas, sino porque resisten a las agresiones israelíes: hay chiitas que apoyan a Ismail Haniyeh, líder de Hamas, y sunnitas que levantan fotos de Hassan Nasrallah, el secretario general de Hezbollah.

En momentos como estos, valoramos el poder de la aspiración a una unidad panárabe y panislámica, capaz de garantizar dignidad, justicia y verdadera independencia. Aunque descartamos la idea de que los movimientos islamistas inciten a la realización de esta promesa nacionalista –a menudo la alteraron y orientaron en una dirección peligrosa-, tenemos que aceptar que la impregnaron de un fuerte espíritu de resistencia y de energía colectiva, y que fueron eficaces al hacerse portadores de ese sentimiento popular. Las nuevas corrientes de resistencia, muy a menudo dirigidas por islamistas, contribuyen –a su pesar- a resucitar el nacionalismo árabe.

El “tercer nacionalismo”


Además del nacionalismo poscolonial tradicional, fosilizado en los viejos regímenes autoritarios, y las formas de resistencia cuasi nacionalistas que se expresan en los movimientos islamistas, existe otro tipo de nacionalismo trasnacional árabe, secular pero que reclama para sí la identidad árabe e islámica, y que está orgulloso del intercambio con las culturas y las lenguas del mundo. Esta forma de conciencia, que marca el imaginario de una gran fracción de nuestra juventud, se refleja en los nuevos medios de comunicación internacionales (Al Jazeera, internet, Facebook, etcétera), en las redes que unen las diásporas a su país de origen y en las formas profanas de la cultura y de la lengua que todos estos medios permiten. Hasta el discurso cambió; ya no se refiere simplemente a los derechos de los palestinos o de los árabes, sino a los principios del derecho internacional y por lo tanto de cierto universalismo, como se pudo constatar en el momento de las manifestaciones de solidaridad con Gaza.

Este “tercer nacionalismo” naciente no mantiene vínculo alguno ni con gobiernos ni con regímenes. No posee ningún programa político aunque invoque una conciencia panárabe y panislámica: condena el autoritarismo local y la corrupción, y aspira al establecimiento de la democracia y de un Estado de Derecho al mismo tiempo que rechaza con firmeza toda intervención militar extranjera. Defiende orgullosamente la identidad árabe e islámica y preconiza un modernismo intelectual y la diversidad cultural. Solidario con la lucha por la independencia y la justicia en el mundo árabe-musulmán, en especial con la resistencia palestina, es consciente de los éxitos y fracasos de los movimientos políticos árabes y occidentales. ¿Retirada, pues, del nacionalismo antiguo y de los imanes?

Es muy temprano para decirlo, pues esta nueva tendencia carece todavía de eficacia política. Todavía está buscando una coherencia política y formas de organización, y le cuesta hacer oír su voz en el estrépito del enfrentamiento entre la “cháchara” del Estado y las prédicas islámicas.

Tantos reveses han soportado los pueblos de la región –desde la derrota de 1967 hasta la ocupación de Irak en 2003 y el reciente conato de exacerbación de la oposición sunnitas-chiitas- que han interiorizado un sentimiento de impotencia.

Este estancamiento lleva, en nuestras sociedad, a un divorcio “a la italiana” entre tres partes: el Estado y sus clientes; las fuerzas laicas y progresistas, y las corrientes islámicas: no se hablan entre sí, pero conviven bajo el mismo techo. La crisis económica actual introduce, sin embargo, un nuevo elemento, más desestabilizador, pero portador de despliegues inéditos. Frente a un grave deterioro de las realidades sociales, los islamistas no tienen ningún programa económico eficaz para proponer, si no es la aplicación de la sharia, que puede revelarse atractiva si contribuye a reducir el crimen y la corrupción, y a imponer el orden y la seguridad en un entorno difícil. Sin embargo, la noción islamista de justicia social parece ser una obra caritativa más que política: consiste en aligerar el fardo de los pobres por medio de la limosna más que reducir la pobreza imponiendo cambios estructurales. Los propios movimientos islámicos son una causa caritativa para los ricos conservadores que prefieren denunciar la impiedad de los países árabes laicos antes que enfrentar el desafío de las injusticias inherentes a las estructuras mismas de la propiedad privada. Tienen tendencia a percibir las oposiciones sociales como una fitna (en árabe significa revuelta, sedición), fuente de discordia y de caos entre los musulmanes.

Así, cuando decenas de miles de campesinos egipcios se movilizaron contra el desmantelamiento de la reforma agraria lanzada por Nasser y la devolución de sus tierras a los grandes propietarios, los Hermanos Musulmanes se alinearon detrás de la política de privatización del Estado. Asimismo, son militantes progresistas independientes los que desataron las huelgas y las manifestaciones obreras en el Delta del Nilo en la primavera boreal de 2008. Las luchas por los aumentos de salario y el respeto de las disposiciones internacionales relativas a los derechos humanos recibieron una innegable aprobación popular y obligaron a los Hermanos Musulmanes a acordarles un apoyo ambivalente: no solamente no estaban en el origen de esos movimientos, sino que las reivindicaciones estaban muy lejos de su programa. Acciones idénticas –revueltas del hambre, manifestaciones por los salarios de Gafsa (Túnez) y en Sidi Ifni (Marruecos)- fueron llevadas a cabo por fuerzas de izquierda, con los islamistas a un lado.

Estos últimos se muestran menos inclinados a lanzarse en este tipo de movimientos dado que no saben cómo dirigirlos y, además, el discurso y los temas de estas movilizaciones se les escapan. Sin embargo, estas movilizaciones son cada vez más necesarias y ofrecen a las fuerzas progresistas posibilidades inéditas de hacer avanzar sus ideas sobre la justicia y los derechos sociales. Pero es necesario desconfiar de un optimismo engañoso pues esas movilizaciones siguen siendo raras, localizadas y aisladas. Aun cuando los problemas planteados exigen soluciones en un nivel nacional o regional, los manifestantes ignoran a menudo lo que pasa a unos cien kilómetros de su casa…

Los regímenes emplean todos los medios para impedir que estos movimientos se unifiquen y se alíen con los islamistas. Además de una severa represión, retoman algunos temas religiosos como la apología de la identidad cultural y nacional, y pretenden defender valores específicamente árabes o musulmanes condenando los discursos sobre los derechos humanos y sociales, presentados como intromisiones de Occidente. Esta actitud contribuye a eternizar la división entre islamistas y progresistas y a precipitar a estos últimos en “una trampa identitaria”. El ejemplo de la mujer es el más revelador. Aunque el principio del trabajo femenino está ampliamente aceptado, no deja de haber resistencias respecto de todo lo que atañe al cuerpo de la mujer y a su papel en la familia. Al defender los derechos de la mujer, los progresistas se ven atenazados entre un discurso islamista moralista y un discurso nacionalista sobre el honor. Deben defenderse siempre contra las acusaciones de capitulación cultural mientras que la conservación de estructuras autoritarias –sean estatales o religiosas- es presentada como una resistencia cultural a la occidentalización. Esta política identitaria esencialista constituye un tema recurrente en nuestra región y, al mismo tiempo, una verdadera tragedia.

En Pakistán, los talibanes adoptaron con entusiasmo la noción de conflicto de clases, fitna o no. En el valle de Swat, defendieron la reforma agraria: algunos ricos propietarios de la elite semifeudal paquistaní, usados al principio como contribuyentes conservadores, fueron desposeídos de sus tierras de manera sumaria, y forzados a abandonar el país. Esta estrategia permitió a los talibanes, según lo explica un representante oficial paquistaní, “prometer más que proscribir la música o la escolarización… Prometen también la justicia islámica, un gobierno eficaz y una redistribución económica”. El mensaje dirigido a los progresistas laicos y a los regímenes “moderados” es claro: si usted no se consagra seria e inmediatamente a los problemas recurrentes de la corrupción, la pobreza y la desigualdad, se encontrará muy por detrás de los islamistas, quienes sí lo hacen.

Espacios de democratización


Así pues, nadie puede ignorar las divergencias entre progresistas e islamistas. Los dos pueden desear sinceramente el establecimiento de la “democracia”, pero más allá de cierto punto, tendrán probablemente puntos de vista radicalmente diferentes de la manera en que hay que crear y preservar un Estado de Derecho democrático. Los progresistas quieren instaurar la soberanía de la voluntad popular, delimitada por el derecho y basada en criterios jurídicos y políticos reconocidos por la comunidad de las naciones. Los islamistas quieren instaurar la soberanía absoluta a partir de una interpretación específica de los textos sagrados, aunque se puede percibir un debate interno entre ellos, y aunque los Hermanos Musulmanes jordanos o el Partido de la Justicia y el Desarrollo marroquí adhieren progresivamente a la idea de soberanía popular.

Existe sin embargo, en particular en el contexto de la crisis económica global, posibilidades de alianzas reales provechosas para las dos corrientes a la vez, y positivas para los pueblos de la -región. En el plano local, se organizarán huelgas y manifestaciones para denunciar la desocupación, las penurias de alimentación y de recursos y el alza de precios. La población exigirá transparencia, pedirá cuentas a sus dirigentes y reclamará una lucha decidida contra la corrupción. En el plano regional e internacional, algunos movimientos continuarán surgiendo en apoyo de Palestina, contra la intervención de fuerzas extranjeras y en favor de un orden económico equitativo y de la aplicación del derecho internacional.

Los principios que permitirán una acción unida y eficaz se asimilarán a los principios que han animado nuestros movimientos nacionalistas históricos: la pasión por la independencia nacional y regional, el compromiso en favor de la cooperación regional, una plena participación en los asuntos internacionales, la visión de un régimen que defienda la libertad política y un Estado de Derecho para todos, una plataforma que apunte a mejorar la vida económica y social de nuestros pueblos y un esfuerzo por responder a las aspiraciones de todos los grupos étnicos y confesionales. En pos de ese objetivo, los progresistas deben ganar la batalla del liderazgo y de la influencia, y demostrar que la construcción de la democracia y el respeto de los derechos humanos son instrumentos necesarios y eficaces para poner en práctica todos estos principios.

Hemos observado, durante la invasión israelí de Gaza, hasta qué puntos estos instrumentos contribuyeron a reforzar la causa palestina. Hamas es creíble porque combate la corrupción y resiste de manera constante a la agresión israelí, pero también porque fue legitimado por el sufragio universal. En cambio, Israel está a la defensiva en el terreno de los derechos de las personas, de las normas jurídicas, políticas y éticas reconocidas por las naciones. Estas acciones ilegales amenazan con poner en cuestión la impunidad acordada por la “comunidad internacional” a Israel desde hace décadas. Con la información, los análisis y el conocimiento histórico disponible en la era del Al Jazeera, de internet y de la militancia global –para no mencionar a los historiadores de Israel, que trabajan con una libertad que debería inspirarnos-, son cada vez más las personas que comprenden que lo que vieron en Gaza en 2008-2009 era una pequeña muestra de lo que no pudieron ver en Palestina en 1947-1948.

Paradójicamente, los desafíos más grandes planteados a los nacionalistas –como las intervenciones extranjeras en Irak o en el Líbano- han creado espacios de movilización, de unión, de pluralismo y de democracia, que debemos explotar. Una utopía tal comporta precedentes. Fue necesaria una sucesión aparentemente interminable de conflictos sangrientos, religiosos y nacionales, para que Europa emprenda un proceso de unificación, sin renunciar por ello a la independencia nacional y a las diferencias culturales entre sus pueblos.

Hicham Ben Abdallah El Alaoui
*Escrito en agosto de 2009
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")

Una gran oportunidad desperdiciada*

El mandato recibido por Barack Obama a inicios de 2009 consistía en cambiar radicalmente la política social y económica estadounidense. En su momento, la promesa se celebró con una explosión de alegría. Casi dos años después, cuando los demócratas acaban de sufrir una derrota electoral, salta a la vista que ese momento histórico se ha convertido en un desastre.

En campaña, Obama prometía gobernar con audacia y recuperar la esperanza modificando los parámetros habituales de la batalla electoral. A diferencia de Albert Gore o John Kerry, había logrado movilizar a una gran red de militantes con todas las características de un movimiento de masas. A diferencia de Hillary Clinton, su rival en las internas del Partido Demócrata, contaba con el apoyo no sólo de la gran mayoría de los progresistas –generalmente escépticos-, sino también de varios millones de jóvenes seducidos por su mensaje voluntarista.

Al día siguiente de su elección (4 de noviembre de 2008), el jefe de campaña de Obama seguía afirmando que la nueva administración tomaría las riendas de la oportunidad política que se le ofrecía, porque, señalaba, “sería una pena que una crisis tan grave no sirviera para nada”. Por lo tanto, serviría para hacer tambalear al sistema. Reforma financiera, reforma del sistema de salud, reforma de los medios, elaboración de un “paquete” de medidas económicas destinadas a crear puestos de trabajo y a reparar infraestructuras decadentes, cierre de Guantánamo, fin de las innecesarias e injustas guerras que la administración de George W. Bush había desencadenado sin poder ganar.

Una pesada herencia


Cuando Obama asumió, la mayoría de los politólogos compararon su situación con la que habían heredado otros dos presidentes memorables: Franklin Roosevelt y Ronald Reagan. Ambos habían llegado al poder en un contexto de crisis, sosteniendo que las turbulencias presentes eran responsabilidad de sus predecesores y que sólo una política realmente nueva podría terminar con ellas. Los “primeros cien días” de Roosevelt presenciaron el surgimiento de un amplio abanico de medidas que rompían con el libre comercio y la protección de las grandes fortunas que habían sumido al país en el desastre de 1929. Si bien estos lineamientos iniciales no fueron suficientes para detener la Gran Depresión, sentaron las bases para un “segundo New Deal”, sinónimo de una prosperidad recobrada, un crecimiento sostenible y una redistribución (parcial) de las riquezas a favor de los pobres y las clases medias.

A contrapelo de esta política, las acciones de Ronald Reagan a principio de los años 80 también impresionaron por su carácter voluntarista y sin concesiones. Frente a una recesión breve pero brutal, que había llevado la tasa de desocupación a más del 10% y había generado una inflación de dos dígitos, el hombre que proponía el regreso de la “grandeza americana” (“America is back”) repitió una y otra vez que la redistribución del New Deal había bloqueado las iniciativas individuales. Al reiterar que “el Estado [era] el problema, no la solución”, limitó el debate público con el fin de imponer recortes masivos de impuestos, recortes al gasto público y una desregulación cuyos efectos aún se hacen sentir. Salvo los dos primeros años de la presidencia de William Clinton (1993-1995), la mayoría política conservadora ancló a Estados Unidos en la derecha durante un cuarto de siglo1.

Al igual que Roosevelt y Reagan, el presidente Obama podría haber argumentado que un cambio radical de orientación no era una opción sino una necesidad. Podría haber sacado ventaja del profundo descrédito de los republicanos para llevarlos a su propio terreno. No lo hizo, pues prefiere jugar al mediador, con una cortesía exquisita y la preocupación constante de no agredir a sus adversarios. En otras palabras, quiso negociar el cambio, en lugar de impulsarlo.

Observemos, por ejemplo, con cuánta consideración trató la nueva administración al sector financiero, a pesar de haber sido el responsable de la gran crisis de 2008. En el momento en que Obama asume la Presidencia, la exasperación ante las bonificaciones cobradas por los titanes de Wall Street y los extraordinarios gastos que destinó el Estado para el rescate de los bancos de inversión y sus clientes adinerados nunca había sido tan unánime ni tan palpable. Los dirigentes habían enriquecido ostensiblemente a los más ricos, más que en cualquier otro país democrático, cosechando a cambio un excedente de mortíferos productos financieros. Como una fruta madura que espera ser recogida, la oportunidad de relacionar las desigualdades sociales con una industria bancaria que caminaba hacia el colapso estaba al alcance de la mano. Era el momento de pasar a la ofensiva.

Sin reformas de fondo


Sin embargo, en lugar de castigar al régimen neoliberal por el desastre que había provocado, Obama hizo la vista gorda. Para administrar la economía, se apresuró a convocar a dos figuras de Wall Street, Larry Summers y Timothy Geithner. Ambos cargaban con parte importante de la responsabilidad de las decisiones que habían llevado al país al paredón, cuando otros economistas favorables a medida progresistas, como Paul Krugman o Joseph Stiglitz, fueron descartados por el nuevo gobierno. Obama y sus asesores continuaron con la muy impopular política del rescate bancario impulsada por la administración Bush, sin modificarla de manera significativa.

Si el programa de rescate de bancos elaborado a fines de 2008 desencadenó una ola de ira, en parte fue porque dejaba al descubierto que las exigencias de las “vacas sagradas” pesaban más que las necesidades de sus víctimas. La mayoría de las instituciones alimentadas por el Tesoro público no tuvieron que esperar demasiado antes de volver a ver ganancias récord. En octubre de 2010, la agencia Bloomberg anunció que Goldman Sachs había acopiado dinero suficiente como para pagar una bonificación de 370.706 dólares promedio a cada uno de sus empleados. Como el cálculo incluía a los empleados de base –de sueldos menores-, resulta evidente que los directivos de estas firmas cobraron sumas mucho más altas.

El trabajador promedio no salió tan bien parado. La tasa de desocupación trepó al 10% desde que Obama ocupa el sillón de la Casa Blanca (en el caso de los negros de más de 20 años, la proporción alcanza el 17%). De todas formas, estas cifras no dan cuenta de aquellos que han perdido las esperanzas: por ejemplo, un estudio reciente mostró que, en 2009, el 53% de la población negra de Milwaukee (y el 22% de la población blanca) estaba desocupado. Los embargos hipotecarios, los ahorros esfumados en el aire y una profunda inseguridad social se han convertido en la norma. Las medidas que prometió Obama para ayudar a los pequeños propietarios hipotecados a renegociar su deuda ante los bancos rescatados por el contribuyente se mostraron cruelmente insuficientes.

¿Qué hizo el gobierno para mejorar la suerte del hombre común? Hasta la fecha, su mayor hazaña es haber gastado 787.000 millones de dólares en el invierno boreal de 2009 para estimular la recuperación económica. Durante su campaña de mitad de mandato, Obama y los demócratas alegaron que los estadounidenses estarían aún peor si no se hubiera puesto en marcha ese “paquete” y que, por ejemplo, ya no existiría la industria automotriz. En vistas del número de votantes que no se siente mejor que hace dos años, los republicanos tuvieron el campo libre para argumentar que lo único que había hecho la montaña de miles de millones de dólares había sido inflar el nivel de la deuda pública.

El fracaso (relativo) de esta recuperación a través del gasto ejemplifica la negativa de Obama a defender a viva voz las convicciones por las que había sido elegido. Si bien es cierto que la reforma financiera introdujo algunas mejoras menores en un sistema calamitoso, no logró enmendar el sistema del “demasiado grande para quebrar” que impulsó a tantos establecimientos financieros a volverse cada vez más codiciosos. En realidad, las nuevas leyes vuelven la economía aún más dependiente de los grandes bancos que en 2008, cuando éstos, menos numerosos, acrecentaron su poder.

Un descontento creciente


Esta búsqueda desesperada del consenso de manifiesta también en el principal logro político de Obama: la reforma del sistema de salud. Un periodista de Rolling Stone, Matt Taibbi, señaló el fracaso estratégico del gobierno en este tema: al renunciar desde un comienzo a la opción de una cobertura médica única, incluso antes de que comenzaran las negociaciones, el Estado se privó del más mínimo margen de maniobra para construir un sistema accesible de seguridad social pública. El resultado es una reforma basada en el principio del “mandato individual”, que obliga a cada individuo a firmar una póliza privada, sin importar el costo ni la calidad, una redistribución poco equitativa, considerada inconstitucional por los conservadores. Veinte estados presentaron una demanda ante la justicia en contra de estas nuevas disposiciones y varios gobernadores republicanos (cuyo número aumentó desde el 2 de noviembre pasado) ya anunciaron que se negarían a aplicarlas. Aunque los partidarios de la reforma no se cansan de repetir que creará las condiciones para un sistema más solidario, no se dice que vaya a sobrevivir al primer mandato de Obama.

No es de sorprender, entonces, que algunos de los jóvenes votantes, ayer tan entusiastas, hayan faltado a las urnas (los jóvenes de 18 a 29 años sólo alcanzaron el 11% del electorado el 2 de noviembre de 2010, frente al 18% de dos años atrás). El estancamiento económico tuvo un impacto devastador en los menores de 24 años recién egresados de la universidad, ya que su tasa de desocupación escaló del 3% en diciembre de 2007 a casi el 10% en el otoño boreal de este año. Y siempre sin el más mínimo programa a la vista para ayudarlos a poner un pie en el estribo. También fallaron las reformas prometidas respecto de los medios de comunicación e internet, que los jóvenes habían recibido con especial interés. Sin embargo, el candidato Obama había proclamo su adhesión a la idea de la neutralidad de la web, es decir, a la posibilidad de que todos tuvieran derecho a acceder a ella, sin ningún tipo de discriminación. Asimismo, se había comprometido a invertir en los servicios de internet por banda ancha para que los estadounidenses, que pagan más que los europeos por un servicio de calidad inferior, pudieran superar su retraso en esta materia. Pero la Comisión Federal de Comunicaciones, dirigida por su ex compañero de universidad, Julius Genachowski, adoptó el mismo espíritu que la nueva administración y se volcó a infinitas negociaciones bilaterales, mostrándose más conciliadora ante los operadores que ante los consumidores.

La campaña de Obama había dado nuevos ánimos a los estadounidenses progresistas. Pero el vencedor descuidó el movimiento de masas que lo había ayudado a triunfar. Muchos de sus antiguos seguidores le hicieron saber que ya no podía contar con ellos.

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1Esta tendencia no siempre significó que hubiera una mayoría parlamentaria republicana, dado que, desde el bando demócrata, varias decenas de representantes –muchas veces del Sur- apoyaron los principales lineamientos de Ronald Reagan y luego de George Bush, padre e hijo.

Eric Klinenberg y Jeff Manza
*Escrito en diciembre de 2010
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")

Obama: ante todo, un pragmático*

En estos últimos tiempos ha sido raro que un presidente estadounidense llegara a la Casa Blanca con objetivos tan ambiciosos en el ámbito de la política exterior como Barack Obama. Habiendo iniciado sus funciones en enero de 2009, en un momento en que la reputación internacional de Estados Unidos estaba seriamente dañada, se propuso restaurar el prestigio de su país dedicándose  a una vasta gama de problemas: el desarme nuclear, la paz entre Israel y los palestinos, la mejora de las relaciones con Rusia, la reconciliación entre “Occidente” y el mundo musulmán. Como si esto no fuera suficiente, también deseaba dedicarles su atención a problemas ampliamente ignorados por el gobierno de George W. Bush, como la pobreza en el mundo y el cambio climático.

Muchos de quienes apoyaron a Obama creían que lograría realizar importantes progresos en estas cuestiones durante el primer año de su mandato. Pero resultaron muy decepcionados. Esto refleja las expectativas –tal vez algo excesivas- que tenían sobre él, y también una mala apreciación de su temperamento y del entorno en el cual se ve obligado a actuar. Obama es un dirigente metódico, pragmático, poco inclinado a las acciones espectaculares. Muy consciente  de los límites del poder estadounidense –más importantes que los encontrados por todos los presidentes de Estados Unidos que lo precedieron en el período reciente-, evita tomar iniciativas que pondrían a prueba de los recursos de un país con déficits ya abismales.

Al hacer un balance de su primer año de gobierno es importante recordar que ningún jefe de Estado estadounidense tuvo que enfrentar de entrada semejante declinación. Hace ocho años, cuando Bush se convirtió en Presidente, Estados Unidos tenía una economía sólida, un ejército aparentemente todopoderoso y no existían adversarios importantes.

Esas envidiables condiciones desaparecieron. La invasión de Afganistán y luego la de Irak ordenadas por Bush disiparon el impulso de simpatía de que había gozado el país después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. La prolongación de esas intervenciones las transformó, además, en fiascos muy costosos, que socavan la moral del ejército estadounidense. Durante ese tiempo, la administración se vio libre de restricciones financieras para otorgar préstamos de manera inconsecuente, lo que finalmente llevó a un derrumbe económico.

Frenar la caída


Tratar de frenar la declinación constituye la clave de la política exterior de la administración de Obama. Tal como lo repiten el Presidente y su equipo, se trata de “realizar más con menos”. Para lograrlo, creen más en la persuasión que en la obligación, en la discusión más que en el antagonismo, en el compromiso antes que en la rigidez, en los pequeños pasos en lugar de los grandes pasos.

Es algo que se advierte, por ejemplo, en los esfuerzos hechos para ganarse el apoyo de Moscú en la reducción del stock de armas nucleares en Estados Unidos y en Rusia, y en la expresión de una posición más radical sobre las actividades de enriquecimiento de uranio en Irán. Sabiendo que no obtendría la aprobación del Kremlin mediante la cólera y la intimidación –el enfoque desarrollado por Bush-, el presidente Obama aceptó anular los planes de despliegue de interceptores de misiles en Polonia, un gesto solicitado durante mucho tiempo por Moscú. Igualmente reveladora ha sido su campaña para fortalecer los vínculos diplomáticos con Siria, en la esperanza de debilitar la alianza en Damasco con Teherán y permitir la apertura de negociaciones regionales de paz con Israel.

Sin embargo, Obama dejó entender claramente en Oslo, durante su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz, que está totalmente dispuesto –como todos los presidentes estadounidenses recientes- a emplear la fuerza militar cuando considere que los intereses fundamentales de Estados Unidos están en juego. Esto apareció muy claramente en su decisión de enviar –temporalmente, dice- más soldados a Afganistán, así como la extensión del uso de aviones no tripulados para localizar y matar a los dirigentes de Al Qaeda en Pakistán.

Simultáneamente, Obama precisa: “No podemos contar exclusivamente con la fuerza militar. Estados Unidos deberá mostrar su fuerza a través de su capacidad para poner término a un conflicto, o impedirlo, y no solamente para declarar la guerra”. Esta perspectiva refleja una prudente acción de planificación estratégica iniciada incluso antes de su llegada a la Casa Blanca y que prosiguió durante los primeros meses de su administración. Para seguir ese proceso y para que lo aconsejen sobre cuestiones de política exterior, Obama seleccionó personalidades más conocidas por su “pragmatismo” y su “flexibilidad” que por su posicionamiento ideológico1. Esos consejeros, a su vez, apoyaron al Presidente poniendo a punto estrategias que reflejan los límites de la potencia estadounidense, al mismo tiempo que la optimización de sus ventajas naturales.

Las grandes líneas de este enfoque fueron plenamente desarrolladas en abril último durante un simposio extraordinario de dos días, realizado en Washington, sobre las nuevas perspectivas estratégicas de Estados Unidos. Organizado por el Instituto de Estudios Estratégicos Nacionales (INSS) de la Universidad de Defensa Nacional, este encuentro contó con las intervenciones de personalidades como Michèle Flournoy, subsecretaria de Defensa; James Steinberg, secretario de Estado adjunto, y Marie Slaughter, directora de Planificación Política del Departamento de Estado2.

De este simposio surgió una idea fundamental: Estados Unidos debe adaptarse a un mundo en el cual ya no goza de una supremacía indiscutible. “Dados los cambios radicales en curso, debemos distinguir las cosas sobre las cuales podemos actuar y aquellas a las que debemos adaptarnos”, explicó un experimentado funcionario. A propósito del ascenso de China e India nos confió, por ejemplo: “No podemos cambiar el curso de las cosas; no existe ninguna receta plausible que nos permita retardar su crecimiento”. Por el contrario, Washington debe tratar de unir a esos países en la lucha contra los problemas mundiales tales como el subdesarrollo, el cambio climático y el desorden económico.

No es necesario señalar que tal actitud supone abandonar todo aquello que se parezca a la arrogancia o al paternalismo. “Debemos aprender a dirigir en un mundo horizontal y no jerarquizado –consideró un funcionario del Departamento de Estado-. No podemos dictar a otros países su conducta, debemos utilizar la persuasión”. Esta política podría significar, en algunos casos, trabajar por fuera de los ya conocidos senderos diplomáticos, con el fin de llegar a la población de algunos Estados a través de medios informales de comunicación.

Para la secretaria de Estado, Hillary Clinton, este enfoque puede describirse como “el poder inteligente”, es decir “la utilización prudente de todo los medios de que disponemos, incluyendo… nuestro poder económico y militar, nuestra aptitud emprendedora e innovadora, así como las capacidades y la credibilidad de nuestro nuevo Presidente y de su equipo”.

El hueso duro de Irán


Sin embargo, Obama es demasiado pragmático como para creer que los avances en los campos que lo preocupan –el desarme nuclear, la paz en Medio Oriente, la erradicación de la pobreza, etc.- pueden producirse si descuida “los intereses nacionales” esenciales de Estados Unidos, o si pierde a grupos clave del electorado.

En otro momento habría sido posible mencionar la restauración de la democracia en Afganistán y la mejora de las condiciones de vida de sus habitantes. Esto ya no parece estar al alcance de Washington o, en todo caso, a un precio que Estados Unidos pueda soportar. La elección –Obama debe haberlo percibido- era entre una posible victoria de los talibanes y una operación destinada a darle al presidente Hamid Karzai una oportunidad de redimirse. Otro tema de preocupación era que la victoria de los talibanes en Afganistán reanimara a las fuerzas talibanes de Pakistán, lo que hubiera acentuado el caos en ese país.

La situación en Irán es un desafío igualmente espinoso. Las preferencias de Obama están claras: concebir una salida negociada al conflicto sobre el enriquecimiento de uranio, que confirmaría su fe en la eficacia de la discusión en lugar de la confrontación. Para lograrlo, intentó llevar a los iraníes a la mesa de negociaciones al mismo tiempo que convencía a los rusos de la necesidad de sanciones en caso de fracaso. Y otra cosa igualmente importante: persuadió a los israelíes de abstenerse de cualquier acción militar mientras parezca que las negociaciones avanzan. Sin embargo, una prueba de fuerza –que llevaría a sanciones más firmes contra Teherán- no es descartable. Pero como es poco probable que pueda convencer a los iraníes, Obama se verá nuevamente confrontado a la posibilidad de tener que recurrir a la fuerza militar.

En lo que se refiere a Rusia, el Presidente trata de establecer relaciones favorables al desarme nuclear y al conflicto con Irán. Para alcanzar sus objetivos, se ha esforzado en ganas la confianza del presidente Dimitri Medvedev y lo felicitó por haber roto los hábitos de la Guerra Fría, al mismo tiempo que condenó a su antecesor, Vladimir Putin, como adepto a “la manera antigua de solucionar los problemas”. Durante una serie de encuentros personales, Obama obtuvo el apoyo del presidente Medvedev para una importante reducción, de ambos lados, del stock de armas nucleares, y una promesa de aplicar sanciones contra Irán si llegan a resultar necesarias. Sin embargo, la degradación de las relaciones entre Moscú y Ucrania o con otras repúblicas ex soviéticas podría producir fricciones con Washington.

Finalmente, respecto a Pekín, Obama trató de establecer un nuevo marco de relaciones que tomara en cuenta la condición de superpotencia naciente de China, al mismo tiempo que preservaba la libertad de acción de Estados Unidos. Un marco así es necesario, según él, si se quiere evitar una crisis con el tema de Taiwán y asegurar la cooperación de Pekín en cuestiones como el recalentamiento climático y la proliferación nuclear en Irán y en Corea del Norte. Pero se trata de un proyecto ambicioso, considerando la inquietud –bastante expandida en Estados Unidos- que suscita el creciente peso económico de China.

Este enfoque de Obama fue particularmente claro durante su visita a Pekín en noviembre de 2009. Son muchos los estadounidenses que se mostraron decepcionados por el hecho de que no se pronunció sobre las violaciones de los derechos humanos en Tíbet y sobre la depreciación artificial de la moneda china. Sin embargo, firmó junto con el presidente Hu Jintao, el 17 de noviembre, una declaración de principios sobre las relaciones futuras entre ambos países. Este acuerdo podría brindar un marco para la cooperación a largo plazo deseada por Obama: “Estados Unidos y China tiene una base de cooperación cada vez más amplia y comparten responsabilidades comunes cada vez más importantes sobre numerosas cuestiones esenciales, relativas a la estabilidad y la prosperidad mundiales”.

En todos los ámbitos posibles Obama trató de imponer su visión de la necesidad de establecer mejores relaciones internacionales, pero no ha dudado en abandonar una propuesta cuando suscitaba una fuerte oposición en el extranjero o en su país. En América Latina su política no se aparta para nada de la de Bush. Y, cuando su voluntad de obligar a Israel a detener las construcciones de nuevas colonias en Cisjordania chocó con una resistencia inflexible, simplemente abandonó su enfoque.
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1Sin embargo, es bueno relativizar esto. Hillary Clinton tiene como consejero para América Latina a John Negroponte, que fue embajador en Honduras en el momento de la guerra de agresión contra Nicaragua; luego en Irak, después de la muerte de Saddam Hussein, y más tarde, director de la Dirección Nacional de Inteligencia. También tuvo un papel en el reciente golpe de Estado en Honduras, y en el posterior reconocimiento del gobierno ilegítimo que surgió de las elecciones de noviembre pasado.
2El simposio, que tuvo lugar los días 7 y 8 de abril, estuvo destinado a hacer conocer la publicación que hizo el INSS del informe “Global Strategic Assessment 2009”.


Michael Klare
*Escrito en enero de 2010
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")