A comienzos
de febrero, un suelto aparecido en los periódicos informaba que el príncipe
Walid Ibn Talal acababa de donar diez millones de dólares a la American
University de El Cairo para la creación de un Departamento de Estudios
Estadounidenses. Ese joven multimillonario saudita ya había donado, sin que
nadie se lo pidiera, también diez millones de dólares a la ciudad de Nueva
York, a raíz de los atentados del 11 se septiembre de 2001. En la carta que adjuntaba
decía que esa donación era un homenaje a la ciudad, pero también sugería que
quizás Estados Unidos debería repensar su política en Medio Oriente, en
referencia a su apoyo incondicional a Israel y también a toda su política de
denigración –o en todo caso de falta de respeto- del Islam.
Presa de una
crisis de furia, Rudolph Giuliani, por entonces alcalde de Nueva York (la
ciudad de mayor población judía del mundo), devolvió el cheque al príncipe
saudita sin ninguna ceremonia, en un gesto de desprecio que podría calificarse
de racista y que pretendía ser insultante y abiertamente hostil. Al optar por
defender determinada imagen de Nueva York, Giuliani pensaba reforzar el
sentimiento de coraje que mostraba la ciudad, y confirmaba el rechazo
principista a toda injerencia exterior. Por supuesto, sin dejar de halagar a un
electorado judío pretendidamente unánime, en lugar de tratar de educarlo.
Ese
comportamiento grosero se asemeja a su actitud de 1995, dos años después de los
Acuerdos de Oslo, cuando rechazó la presencia de Yasser Arafat en un concierto
en el Philharmonic Hall, al que habían sido invitadas todas las personas
presentes en la Naciones Unidas. La respuesta del alcalde de Nueva York a la
donación del joven saudita era previsible; es típica de las bajas maniobras
sensacionalistas de los políticos más mediocres de las grandes ciudades
estadounidenses. A pesar de que el dinero estaba destinado a ayudar a la ciudad
herida por una terrible atrocidad y de que Nueva York verdaderamente lo
necesitaba, el sistema político y sus principales actores colocan a Israel por
encima de todo.
Nadie sabe
cómo hubiera reaccionado la comunidad judía si Giuliani no hubiera devuelto el
dinero, pues el entonces alcalde neoyorquino tuvo la firme resolución de
adelantarse a la puesta en marcha del mecanismo bien aceitado del lobby proisraelí. Como señaló la célebre
novelista y ensayista Joan Didion en un artículo publicado en The New York Review of Books (16 de
enero de 2003), uno de los principios básicos de la política exterior
estadounidense, que data del presidente Franklin Delano Roosevelt, lleva –contra
toda lógica- a apoyar a la vez a la monarquía saudita y al Estado de Israel. A
tal punto, añade Joan Didion, “que somos incapaces de cuestionar cualquier cosa
susceptible de perjudicar nuestras relaciones con el actual gobierno israelí”.
Esta
anécdota podría confirmar la visión casi totalmente ficticia de la realidad
estadounidense, en case a la cual los dirigentes y políticos árabes y sus
consejeros, a menudo educados en Estados Unidos, definen sin embargo la
política de sus países. Esa concepción no es para nada coherente y gira en
torno de la idea de que, en el fondo, “los estadounidenses” deciden sobre todo.
Sin embargo, analizada en detalle, esa visión oculta un abanico amplio, y hasta
confuso, de opiniones diversas, que van de la idea de que Estados Unidos es
simplemente una conspiración judía, a la convicción de que se trata de una
inagotable fuente de inocencia, de bondad y de ayuda a los que sufren, o aun de
que el país está dirigido de la A a la Z por un hombre blanco incuestionable,
entronizado en la Casa Blanca como una figura olímpica.
En numerosas
ocasiones, durante los veinte años en que frecuenté a Yasser Arafat, traté de
explicarle que Estados Unidos era una sociedad compleja, con muy diversas
corrientes, intereses, presiones e historias particulares, que para nada estaba
dirigido como, por ejemplo, Siria, y que se trataba de un tipo de poder y de
autoridad diferente, que valía la pena estudiar. Recurrí a mi amigo Eqbal
Ahmad, ya fallecido, gran conocedor de la sociedad estadounidense, que además
era posiblemente el mejor teórico e historiador de los movimientos de
liberación nacional. Yo deseaba que él, junto a otros expertos, conversara con
Arafat para desarrollar una concepción más sutil, de la que los palestinos
hubieran podido servirse en sus contactos preliminares con el gobierno
estadounidense a fines de la década de 1980. Pero no tuve éxito.
Los peligros del conocimiento caricaturesco
Eqbal Ahmad
había estudiado las relaciones entre el Frente de Liberación Nacional (FLN)
argelino y Francia durante la guerra de Argelia de 1954-1962, y también la
manera en que los norvietnamitas habían negociado con Henry Kissinger en la
década de 1970. Era impresionante el contraste entre el conocimiento preciso y
detallado que ambos grupos insurgentes tenían de la sociedad metropolitana y el
conocimiento casi caricaturesco que los palestinos tenían de Estados Unidos
(basado principalmente en clichés y en una lectura sumaria de Time). Arafat soñaba con una sola cosa:
ser invitado personalmente a la Casa Blanca y discutir directamente con ese
blanco entre los blancos, William Clinton. Para él, ese encuentro era el
equivalente de sus entrevistas con el egipcio Hosni Mubarak o con el sirio
Hafez Al Asad.
Mientras
tanto, Clinton se revelaría a la vez como la criatura y el dueño de la política
exterior estadounidense y lograría embarullar a los palestinos gracias a su
seducción y a sus hábiles manejos. Y los palestinos pagaron el precio de esa
situación, pero sin embargo no cambiaron su visión de Estados Unidos. En lo que
hace a la resistencia o al juego político, en un mundo donde sólo queda una
superpotencia conquistadora, las cosas están igual que hace cincuenta años: la
mayoría de esas personas levantan sus brazos hacia el cielo como amantes
engañados, y suelen exclamar: “¡Estados Unidos no tiene compostura!”.
La otra
faceta –más alentadora- de esta historia, viene de la nueva estrategia del
príncipe Walid, que financia el centro de investigaciones citado al principio.
Hasta donde yo sé, aparte de algunos cursos o seminarios sobre la literatura y
la política estadounidenses diseminados en universidades del mundo árabe, nunca
existió nada que se parezca a un centro universitario para el análisis
sistemático y científico de Estados Unidos, de su población, de su sociedad, de
su historia. Ni siquiera en instituciones como la American University de El
Cairo o como su similar en Beirut. Sin embargo, en un mundo dominado de manera
implacable por una gran superpotencia, resulta urgente conocer su vertiginosa
dinámica interna. Ello requiere un buen conocimiento de su idioma, que muy
pocos dirigentes árabes dominan. Pues Estados Unidos es el país de los McDonald’s,
de Hollywood, de los jeans, de la Coca-Cola y de CNN, productos de exportación
que hallamos en todos lados debido a la globalización y a lo que parece ser una
avidez insaciable del mundo entero por los artículos de consumo fácil y cómodo.
Pero es necesario comprender de dónde proviene todo eso, e interpretar los
procesos culturales y sociales que lo engendran, ya que los peligros de pensar
a Estados Unidos de una forma simplista, estática y reductora, resultan
evidentes.
Los países
más reacios del mundo se ven obligados a bajar la cabeza bajo los garrotazos de
Estados Unidos, que ahora [marzo de 2003] se prepara para una guerra
profundamente impopular contra Irak, a la que Italia y España se sumaron por
puro oportunismo. Si no fuera por las masivas manifestaciones de protesta que
brotaron en todo el mundo, en particular el 15 de febrero, esa guerra sería
simplemente un acto de dominación grosera y cínica, que se hubiera desarrollado
sin oposición. El cuestionamiento que se registra en Europa, en Asia, en
África, en América Latina, pero también en gran medida en Estados Unidos,
muestra que por fin el mundo se está dando cuenta de que este país –o al menos
el puñado de hombres blancos judeo-cristianos actualmente en el poder- está
decidido a ejercer su hegemonía sobre todo el planeta. ¿Qué hacer entonces?
Un imperio virtuoso
Quisiera
proponer un bosquejo del extraordinario panorama que presenta Estados Unidos,
tal como lo ve un estadounidense como yo, pero que (a causa de mis orígenes
palestinos) conserva la perspectiva de un extranjero. Quiero sugerir diversas
formas de entender a Estados Unidos, para actuar más eficazmente, y si la
situación mundial lo permite, resistir a este país que no es tan monolítico
como se suele creer.
Todo imperio
muestra su originalidad y afirma su determinación de no volver a caer en las
excesivas ambiciones de sus predecesores, pero Estados Unidos reivindica además
un sacrosanto altruismo y una inocencia llena de buenas intenciones. En apoyo
de esa peligrosa ilusión se movilizó toda una falange de intelectuales otrora
más o menos de izquierda. En el pasado se hicieron notar por su oposición a
otras aventuras militares. Hoy en día estás dispuestos a defender la idea de un
imperio virtuoso, usando diversos estilos, desde el patriotismo demagógico al
cinismo disimulado. Los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001
desempeñaron su rol en ese repentino cambio de dirección. Sin embargo, esos
atentados contra las Torres Gemelas y el Pentágono, por más espantosos que
resulten, son tratados como si vinieran de ninguna parte y no de un mundo del
otro lado de los mares, enloquecido a causa de las intervenciones y de la
presencia militar estadounidense. Es imposible aprobar el terrorismo islamita,
detestable desde todo punto de vista, pero se puede observar que en los
análisis ortodoxos de la acción estadounidense contra Afganistán, y ahora
contra Irak, desapareció por completo toda perspectiva histórica y todo sentido
de las proporciones.
El país más religioso del mundo
En las
intervenciones mediáticas de esos halcones “de izquierda” la gran ausente sigue
siendo la derecha cristiana (tan parecida a los islamitas en su fervor y en sus
pretensiones de virtud), cuya influencia en Estados Unidos es masiva, y hasta
decisiva. Su visión del mundo, extraída fundamentalmente del Viejo Testamento,
es cercana a la visión de Israel. Una de las rarezas de la alianza entre esos
neo-conservadores zelotes del Estado judío y los extremistas cristianos, es que
estos últimos alientan el sionismo pues éste se propone llevar a todos los
judíos a Tierra Santa en vistas de la Segunda Venida del Mesías. Entonces, los
judíos deberán convertirse al cristianismo o ser aniquilados. Pocas veces se
evocan esas teologías sangrientas y violentamente antisemitas; en todo caso,
jamás en las filas de los judíos pro israelíes.
Estados
Unidos es el país que se reclama más explícitamente religioso en todo el mundo.
Las referencias a Dios impregnan la vida de la nación, desde la moneda y los
edificios públicos, hasta las expresiones idiomáticas: “In God we trust”, “God’s
country”, “God Bless America”, etc. La base de poder de George W. Bush está
compuesta por unos 60 o 70 millones de hombres y mujeres que, como él, creen
haberse reencontrado con Jesucristo y estar en la Tierra para cumplir la obra
de Dios en el país de Dios. Ciertos sociólogos y periodistas (incluido Francis
Fukuyama), sostuvieron que la religiosidad estadounidense contemporánea
proviene de una aspiración comunitaria y de la búsqueda nostálgica de un
sentimiento de estabilidad, cuando cerca del 20% de la población cambia
permanentemente de empleo y lugar de residencia. Esa es una parte de la verdad.
Lo que más cuenta es que estamos frente a una religión de iluminación profética,
a la inquebrantable convicción de obedecer a una misión apocalíptica sin
ninguna relación con la realidad de los hechos y su complejidad. Otro factor es
la enorme distancia que separa este país de un mundo turbulento, y la
incapacidad de sus vecinos del Norte y del Sur –Canadá y México- para moderar
los impulsos de Estados Unidos.
Toda esa
ideología converge en la idea de que Estados Unidos representa la rectitud, la
bondad, la libertad, la esperanza económica y de mejora social. Esas ideas
están tan integradas a la vida cotidiana que ya no aparecen más como una
ideología, sino como algo natural. Estados Unidos = el bien = la lealtad y el
amor perfectos. Es incondicional la veneración hacia los Padres Fundadores, y
también hacia la Constitución, documento en efecto sorprendente, pero no
obstante humano. El Estados Unidos de los primeros tiempos es el ancla de la
autenticidad estadounidense.
En ningún
otro país la bandera cumple un rol semejante en tanto que ícono central. Está
en todos lados, en los taxis, sobre la ropa, en las ventanas y en los techos de
las casas. Es la principal encarnación de la nación y simboliza una resistencia
heroica y el sentimiento de estar rodeado de enemigos indignos. El patriotismo
es la primera de las virtudes, vinculado a la religión y a la idea de poseer la
razón y el derecho, no sólo en su territorio sino en el mundo entero. El
patriotismo también puede expresarse a través del consumo, como ocurrió luego
de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, cuando se pidió a los
ciudadanos que aumentaran sus compras para mostrar su desprecio por los
malvados terroristas.
El
presidente George W. Bush y sus empleados –Donald Rumsfeld, Colin Powell, John
Ashcroft y Condoleezza Rice- se valen de todos esos pertrechos para movilizar a
las fuerzas armadas en una guerra a miles de kilómetros de distancia a fin de “saldar
las cuentas” con Saddam, como se lo llama corrientemente. Detrás de todo eso
está la maquinaria del capitalismo, que atraviesa un cambio radical y
desestabilizador. La economista Julie Schor demostró que los estadounidenses
trabajan más tiempo que hace treinta años y ganan relativamente menos. Sin
embargo, no existe un cuestionamiento político serio y sistemático de los
dogmas del “mercado libre”. Como si nadie se preocupara por cambiar un sistema
en el cual el gran capital, aliado al gobierno federal, sigue siendo incapaz de
suministrar una cobertura médica generalizada y escuelas públicas dignas de ese
nombre. Las noticias de la Bolsa son más importantes que reexaminar el sistema.
Este es un
resumen rápido del consenso reinante en Estados Unidos, que los políticos
explotan y tratan de reducir a consignas simplificadoras. Pero también existen
en esta sociedad sorprendentemente compleja muchas corrientes contrarias y
alternativas. La creciente resistencia a la guerra, que el Presidente trata de
minimizar, proviene del otro Estados Unidos, más informal, un país que los
medios de comunicación –diarios de referencia como The New York Times, canales de televisión, y en gran medida
revistas y grandes editoriales- tratan permanentemente de disimular. Nunca
antes se vio una complicidad tan descarada, por no decir escandalosa, entre los
noticieros televisivos y las intenciones belicistas del gobierno. Hasta el
ciudadano medio, cuando mira la CNN o alguno de los principales canales no
especializados, acaba enfureciéndose contra la maldad de Saddam y afirmando que
“nosotros” debemos detenerlo antes que sea demasiado tarde. Como si eso no fuera
suficiente, la pantalla está acaparada por ex militares, especialistas en
terrorismo y analistas políticos expertos en Medio Oriente, pero que no hablan
ninguno de los idiomas de esa región que posiblemente jamás visitaron. Todos
ellos arengan de manera unánime a los telespectadores en una jerga aprendida de
memoria, insistiendo en la necesidad que tenemos “nosotros” de ocuparnos de
Irak, sin dejar por ello de preparar nuestras ventanas y nuestros autos contra
un ataque inminente con gases tóxicos.
Cuidadosamente
elaborado y administrado, el consenso opera en una especie de presente
intemporal. En Estados Unidos la Historia fue expulsada del discurso público y
dicha palabra es sinónimo de “nada”, o de “nulidad”, en particular la típica
frase despreciativa: “You’re history” (“Usted ya fue, ya pasó”). Fuera de eso,
la Historia es lo que se supone que los estadounidenses creen –sin cuestionamientos,
sin ningún tipo de espíritu crítico ni análisis histórico- sobre su país (no
sobre el resto del mundo, que es “viejo” y que generalmente viene a la rastra,
o sea, que es irrelevante). Y allí se comprueba una sorprendente polarización.
El común de la gente supone que Estados Unidos se halla por encima o más allá
de cualquier cosa, desde los más pequeños temas regionales hasta la vastedad de
los imperios. Existe un ejemplo que vale la pena recordar. Hace diez años tuvo
lugar una gran batalla intelectual en torno a qué versión de la Historia debía
enseñarse en las escuelas. Se afirmó entonces un punto de vista que defendía
una Historia de Estados Unidos con forma de relato nacional heroico y
unificado, que sólo debía tener resonancias positivas en el espíritu de los
jóvenes. El estudio de la Historia no apuntaba sólo a conocer la verdad, sino a
garantizar la conveniencia ideológica de una representación capaz de hacer de
los estudiantes ciudadanos dóciles, dispuestos a adherir a un cierto número de
visiones inmutables sobre la relación de Estados Unidos consigo mismo y con el
mundo. De esa versión esencialista debían ser expurgados todos los componentes
de lo que se llamó “el posmodernismo” y “la Historia que divide” (la de las
minorías, las mujeres, los esclavos, etc.).
Ese intento
de imponer criterios tan ridículos no tuvo éxito. Linda Symcox resumió así lo
ocurrido: “Cierto que se puede defender, como yo lo hago, la idea de que el
enfoque [neoconservador] de la enseñanza de la cultura constituye un intento
apenas velado de inculcar a los estudiantes una visión consensual,
relativamente despojada de contradicciones. Pero el proyecto acabará por
cambiar totalmente de orientación. En manos de historiadores de la sociedad y
del mundo que redactarán efectivamente las instrucciones para los profesores,
el documento se convertirá en un vehículo de la visión pluralista que el
gobierno trataba de combatir. Al fin de cuentas, la historia consensual […]
será recusada por esos historiadores que creen que la justicia social y la
redistribución del poder exigen una lectura más compleja del pasado”.
En la esfera
pública, totalmente dominada por los grandes medios de comunicación, existe una
serie de lo que yo llamo “narratemas”, que hábilmente estructuran y controlan
toda discusión, a pesar de una aparente variedad y diversidad. Evocaré sólo
algunos de esos narratemas que parecen especialmente pertinentes en este
momento, como por ejemplo el del “nosotros” colectivo: una identidad nacional
encarnada –aparentemente sin problemas- por nuestro Presidente, nuestro
secretario de Estado, nuestras fuerzas armadas en el desierto y nuestros
intereses, habitualmente consignados en la rúbrica de la legítima defensa,
desprovistos de móviles ocultos, y en general inocentes.
Otro
narratema es la insignificancia de la Historia y lo inadmisible de invocar
antecedentes incómodos, como por ejemplo, recordar que Estados Unidos apoyó a
Saddam Hussein y a Osama Ben Laden; o que la guerra de Vietnam y la particular
devastación que ella implicó fue algo “malo” para Estados Unidos, o –como dijo
un día el ex presidente demócrata James Carter- una forma de autodestrucción “mutua”.
Más sorprendente aún es la marginalización continua y hasta institucionalizada
de dos vivencias importantísimas para la construcción de la sociedad: la
esclavitud del pueblo afro-estadounidense y la expropiación y casi exterminio
de la población indígena. Mientras que existe un importante museo sobre el
Holocausto judío en Washington D. C., no hay ninguna parte de este inmenso país
nada parecido sobre lo ocurrido con los afro-estadounidenses y con los
indígenas.
Pragmatismo antifilosófico
Tercer
ejemplo de narratema: la convicción ciega de que toda la oposición a nuestra
política es “anti-estadounidense” y basada en los celos: se nos envidia “nuestra”
democracia (libertad, riqueza, poder…) o, en casos como el de la oposición
francesa a la guerra contra Irak, se trata de la típica maldad de esos sucios
extranjeros. En ese contexto, se les recuerda permanentemente a los europeos
que Estados Unidos los salvó dos veces en un siglo, dando por sentado que la mayoría
de los europeos no hicieron nada mientras que los estadounidenses fueron los
únicos que peleaban.
Respecto de
ciertas regiones donde Estados Unidos está implicado desde hace al menos medio
siglo –Medio Oriente, América Latina- el narratema que presenta a Estados
Unidos como un comisionista honesto, como una fuerza internacional a favor del
bien, no tiene ningún competidor serio. Por lo tanto, nos encontramos ante un
pensamiento que no da espacio a los juegos de poder, intereses, saqueo de
recursos, cambios de regímenes por la fuerza y/o por la subversión (en Irán en
1953 o en Chile en 1973, por ejemplo); un pensamiento que apenas se deja
perturbar por los esfuerzos de quienes desean recordar esos hechos.
Donde más de
cerca se ve esa especie de realismo es en los odiosos eufemismos de los think tanks y del gobierno, donde se
habla de soft power, de projection y de American vision. Están aún menos representadas (cuando no apenas
evocadas) las políticas particularmente crueles o injustas cuya responsabilidad
Washington asume directamente, como su apoyo a la campaña de Ariel Sharon
contra la vida civil palestina, o las espantosas pérdidas civiles causadas en
Irak por el régimen de sanciones que se le impuso, o el aval dado a los
gobiernos de Turquía o de Colombia. Esas cuestiones están totalmente excluidas
en cualquier discusión seria sobre la política exterior.
Por último
existe el narratema de la sabiduría moral que encarnarían de facto las figuras con autoridad (Henry Kissinger o David
Rockefeller, pero también todos los responsables de la actual administración),
estribillo que todos repiten, apenas con algunos matices. Por ejemplo, la
reciente designación de dos personas con antecedentes penales de los tiempos
del Watergate en puestos importantes del gobierno, John Poindexter y Elliott
Abrams, despierta escasos comentarios y aún menos críticas. Esa especie de
aceptación ciega de la autoridad, pasada o presente, inmaculada o salpicada,
aparece bajo diferentes formas, desde el tono respetuoso y hasta adulón con que
sus representantes son interrogados por los comentaristas y los expertos, hasta
la negativa a ver en una figura con autoridad ninguna imagen que no sea su
imagen cuidadosamente acondicionada (traje oscuro/camisa blanca/corbata roja de
rigor); una figura virgen de todo pasado que pudiera comprometerla aunque fuera
un poco.
Detrás de
esto se halla la creencia en el pragmatismo como sistema filosófico destinado a
administrar la realidad; un pragmatismo antimetafísico, antihistótico y hasta –curiosamente-
antifilosófico. Esa especie de anti-nominalismo posmodernista constituye, junto
a la filosofía analítica, un sistema de pensamiento muy influyente en las
universidades estadounidenses. En la que yo enseño, pensadores como Hegel o
Heidegger, por ejemplo, son estudiados en el departamento de literatura o de
historia del arte, muy pocas veces en la filosofía.
La tenaz disidencia
Esa serie
sorprendentemente duradera de “grandes historias” –que he denominado “narratemas”-
ha sido puesta de nuevo en marcha por los grandes medios de información
estadounidenses y deberá ser difundida cueste lo que cueste, fundamentalmente
en el mundo árabe y musulmán.
Las
obstinadas tradiciones disidentes son intencionalmente ocultadas. Ellas constituyen
una especie de contra-memoria oficiosa, cuya presencia se explica
principalmente por el hecho de que Estados Unidos es un país de inmigración. En
los intersticios y en el interior mismo de esos diferentes narratemas florecen
las disidencias. Pero, lamentablemente, son pocos los comentaristas en el
extranjero que tienen en cuenta esos “bosques de disidencia”. Esos grupos de
opinión, ya sean progresistas o reaccionarios, constituyen –y hacen visibles
para el ojo entrenado- los lazos existentes entre los grandes narratemas, que
normalmente no serían evidentes.
Si se
analiza, por ejemplo, la muy fuerte resistencia a la guerra contra Irak, emerge
una imagen del país muy diferente: un Estados Unidos mucho más dispuesto a la
cooperación internacional y al diálogo. Dejemos de lado el gran número de
personas que se oponen a la guerra por temor a los muertos estadounidenses que
pueda causar y por el costo de las operaciones, sin hablar de las consecuencias
desastrosas para una economía que ya está en mal estado. Tampoco analizaré el
inmenso magma de conservadores para los cuales Estados Unidos es calumniado por
los pérfidos extranjeros, las Naciones Unidas y los comunistas impíos. Por su
parte, el componente literario y aislacionista –esa extraña coalición
izquierda-derecha- no necesita que haga ningún comentario.
También dejo
dejar al margen esa parte muy importante de la población estudiantil que tiene
profundas sospechas respecto de la política exterior estadounidense
prácticamente bajo todas sus formas, en particular la de la globalización
económica: ese grupo, animado por principios morales y cuyo comportamiento se
acerca a veces al de los anarquistas, había introducido en las universidades
los grandes problemas, como la guerra de Vietnam, el apartheid sudafricano y los derechos cívicos en el mismo Estados Unidos.
Quedan sin
embargo varias comunidades de conciencia a analizar. Ellas pueden ser incluidas
en lo que en Europa y en África-Asia se llama la izquierda, dejando claro que
desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, en ningún momento existió realmente
en Estados Unidos nada que se pareciera a un movimiento socialista o de
izquierda con vocación parlamentaria, lo que muestra el poder del sistema
bipartidista. En primer lugar, tenemos el ala izquierda de la comunidad
afro-estadounidense, es decir, esos grupos urbanos que militan contra la
violencia policial, la discriminación laboral, el deterioro del hábitat y de
las escuelas públicas, y que están dirigidos o representados por personalidades
como el reverendo Al Sharpton, Cornel West, Mohammad Ali, Jesse Jackson (a
pesar de que su imagen ha perdido mucho brillo) y algunos otros que se sienten
continuadores de Martin Luther King Jr.
Asociadas a
ese movimiento se encuentran muchas otras colectividades étnicas, latinos,
indígenas estadounidenses, musulmanes, que invirtieron mucha energía para
entrar en los gobiernos locales o nacionales, para participar en tal o cual talk-show prestigioso, o para conquistar
bancas en los consejos de administración de las fundaciones, universidades y
grandes firmas. Pero en general, la mayoría de esos grupos siguen siendo
movidos más por un sentimiento de injusticia y de discriminación que por la
ambición, y por lo tanto no están dispuestos a integrar completamente ese “sueño
americano” que pertenece esencialmente a las clases medias blancas. Lo que es
interesante respecto de personas como Al Sharpton o, digamos, en el caso de
Ralph Nader, es que a pesar de su visibilidad y de ser más o menos tolerados,
siguen estando fuera del sistema, fundamentalmente irrecuperables por ser
demasiado intransigentes o insuficientemente atraídos por las recompensas
habituales.
Otra fuerza
importante de la corriente disidente está formada por un amplio sector del
movimiento de mujeres que lucha por el derecho al aborto, contra la violencia y
el acoso, y por la igualdad profesional. Además, ciertos profesionales,
habitualmente reservados, absorbidos por cuestiones de interés personal y de
carrera (en particular médicos, abogados, científicos y universitarios, pero
también ciertos sindicalistas y un sector del movimiento ecologista)
contribuyen a la dinámica de las contracorrientes que enumero aquí, a pesar de
que, como cuerpos constituidos, siguen estando ligados al orden social y a los
imperativos que de él se desprenden.
Lucha de identidades
Por otra
parte, no hay que subestimar la capacidad de las iglesias establecidas como
fuente de disidencia y de voluntad de cambio. Sus miembros deber ser
distinguidos claramente de quienes participan en los movimientos fundamentalistas
o tele-evangelistas antes evocados. Los obispos católicos, al igual que los
laicos y el clero de la Iglesia episcopal, además de los cuáqueros y los sínodo-presbiterianos
–a pesar de los escándalos sexuales registrados entre los primeros y la disminución
de la influencia de los segundos- adoptaron posiciones sorprendentemente
progresistas sobre el tema de la guerra y de la paz, criticando las violaciones
de los derechos humanos cometidas en el exterior, los presupuestos exorbitantes
o la política económica neoliberal que mutiló los servicios públicos desde
comienzos de la década de 1980.
Históricamente,
una parte de la comunidad judía organizada siempre estuvo comprometida con la
lucha por los derechos de las minorías en el interior del país y en el
extranjero. Pero desde la presidencia de Ronald Reagan y a raíz del ascenso del
movimiento conservador, de la alianza entre Israel y la derecha religiosa, de
la febril actividad del movimiento sionista para equiparar las críticas a la
política de Israel con el antisemitismo, y también por miedo a un “Auschwitz
estadounidense”, el impacto positivo de esa fuerza disminuyó considerablemente.
Por último,
un gran número de grupos y de personas que suelen ser requeridos para
participar en reuniones y manifestaciones de todo tipo, tomaron sus distancias
respecto del embrutecedor coro patriótico y se nuclearon en pro de las
libertades cívicas (incluida la de expresión) que se ven amenazadas por el
U.S.A. Patriot Act. Las movilizaciones contra la pena de muerte, a veces
incluso contra todos los abusos perpetrados en el campo de detención de Guantánamo;
una desconfianza generalizada respecto de las autoridades militares y civiles;
el malestar que genera un sistema carcelario cada vez más privatizado y que
ostenta el récord de detenidos de todos los países del mundo en relación a la
cantidad de habitantes (y un número desproporcionado de personas de color)…
todo eso perturba sin cesar la tranquilidad de las clases medias.
Esa
situación se ve reflejada en la confusa realidad de internet, donde el Estados
Unidos no oficial cuestiona al Estados Unidos oficial. Temas perturbadores como
la profundización de las diferencias entre ricos y pobres, la increíble
prodigalidad y la corrupción que reinan en las altas esferas de la finanzas, y
los riesgos que corre el sistema jubilatorio a raíz de diversas privatizaciones
de insólita rapacidad, siguen pesando mucho sobre las tan alabadas virtudes del
sistema capitalista estadounidense.
¿Estados
Unidos se encuentra verdaderamente unido tras ese Presidente promotor de una
política exterior belicista, y dueño de una visión económica peligrosamente
simplista? Dicho de otra manera, ¿la identidad de Estados Unidos está
definitivamente establecida, de tal manera que en adelante el resto del mundo
deberá vivir a la sombra de su poderío militar (hay soldados estadounidenses en
decena de países), de un bloque monolítico que declarará la guerra a todas las
regiones indóciles con el pleno consentimiento de “todos los estadounidenses”?
He querido
sugerir en estas páginas otra manera de ver a Estados Unidos: como un país
atravesado por conflictos, donde la disidencia es más viva de lo que suele
admitirse, una nación presa de un serio conflicto de identidad. Posiblemente
Estados Unidos haya ganado la Guerra Fría, como se suele decir, pero las
consecuencias internas de esa victoria no son para nada evidentes; la lucha no
acabó. Al concentrar demasiado la atención en el Poder Ejecutivo central,
militar y político, suele no verse la confrontación interna que aún prosigue y
que está lejos de haberse zanjado.
El gran
error de la tesis de Francis Fukuyama sobre el fin de la Historia, o de la
tesis de Samuel Huntington sobre el choque de civilizaciones, radica en que
ambos suponen, equivocadamente, que la historia de las culturas se reduce a una
cuestión de límites precisos, de temporalidades bien delimitadas, con un
comienzo, un medio y un fin. Pero, en realidad, el campo cultural-político es
la arena de una lucha de identidades, de auto-definición y de proyección hacia
el futuro. Una cultura, y especialmente la de Estados Unidos, está formada por
sucesivas capas de inmigración. Y allí puede estar una de las consecuencias
involuntarias de la globalización: la aparición de comunidades transnacionales
con intereses globales como, por ejemplo, el movimiento por los derechos
humanos, el movimiento de mujeres, el que se opone a la guerra, etc. Estados Unidos
no está aislado de todo eso. Será necesario ver qué hay detrás de la aparente
unidad, interesarse en ese conjunto de disputas que involucra a un gran número
de personas en el mundo. Así podremos hallar esperanza y aliento.
Edward W.
Said
*Escrito en marzo de 2003
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")
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