sábado, 11 de abril de 2015

Obama: ante todo, un pragmático*

En estos últimos tiempos ha sido raro que un presidente estadounidense llegara a la Casa Blanca con objetivos tan ambiciosos en el ámbito de la política exterior como Barack Obama. Habiendo iniciado sus funciones en enero de 2009, en un momento en que la reputación internacional de Estados Unidos estaba seriamente dañada, se propuso restaurar el prestigio de su país dedicándose  a una vasta gama de problemas: el desarme nuclear, la paz entre Israel y los palestinos, la mejora de las relaciones con Rusia, la reconciliación entre “Occidente” y el mundo musulmán. Como si esto no fuera suficiente, también deseaba dedicarles su atención a problemas ampliamente ignorados por el gobierno de George W. Bush, como la pobreza en el mundo y el cambio climático.

Muchos de quienes apoyaron a Obama creían que lograría realizar importantes progresos en estas cuestiones durante el primer año de su mandato. Pero resultaron muy decepcionados. Esto refleja las expectativas –tal vez algo excesivas- que tenían sobre él, y también una mala apreciación de su temperamento y del entorno en el cual se ve obligado a actuar. Obama es un dirigente metódico, pragmático, poco inclinado a las acciones espectaculares. Muy consciente  de los límites del poder estadounidense –más importantes que los encontrados por todos los presidentes de Estados Unidos que lo precedieron en el período reciente-, evita tomar iniciativas que pondrían a prueba de los recursos de un país con déficits ya abismales.

Al hacer un balance de su primer año de gobierno es importante recordar que ningún jefe de Estado estadounidense tuvo que enfrentar de entrada semejante declinación. Hace ocho años, cuando Bush se convirtió en Presidente, Estados Unidos tenía una economía sólida, un ejército aparentemente todopoderoso y no existían adversarios importantes.

Esas envidiables condiciones desaparecieron. La invasión de Afganistán y luego la de Irak ordenadas por Bush disiparon el impulso de simpatía de que había gozado el país después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. La prolongación de esas intervenciones las transformó, además, en fiascos muy costosos, que socavan la moral del ejército estadounidense. Durante ese tiempo, la administración se vio libre de restricciones financieras para otorgar préstamos de manera inconsecuente, lo que finalmente llevó a un derrumbe económico.

Frenar la caída


Tratar de frenar la declinación constituye la clave de la política exterior de la administración de Obama. Tal como lo repiten el Presidente y su equipo, se trata de “realizar más con menos”. Para lograrlo, creen más en la persuasión que en la obligación, en la discusión más que en el antagonismo, en el compromiso antes que en la rigidez, en los pequeños pasos en lugar de los grandes pasos.

Es algo que se advierte, por ejemplo, en los esfuerzos hechos para ganarse el apoyo de Moscú en la reducción del stock de armas nucleares en Estados Unidos y en Rusia, y en la expresión de una posición más radical sobre las actividades de enriquecimiento de uranio en Irán. Sabiendo que no obtendría la aprobación del Kremlin mediante la cólera y la intimidación –el enfoque desarrollado por Bush-, el presidente Obama aceptó anular los planes de despliegue de interceptores de misiles en Polonia, un gesto solicitado durante mucho tiempo por Moscú. Igualmente reveladora ha sido su campaña para fortalecer los vínculos diplomáticos con Siria, en la esperanza de debilitar la alianza en Damasco con Teherán y permitir la apertura de negociaciones regionales de paz con Israel.

Sin embargo, Obama dejó entender claramente en Oslo, durante su discurso de aceptación del Premio Nobel de la Paz, que está totalmente dispuesto –como todos los presidentes estadounidenses recientes- a emplear la fuerza militar cuando considere que los intereses fundamentales de Estados Unidos están en juego. Esto apareció muy claramente en su decisión de enviar –temporalmente, dice- más soldados a Afganistán, así como la extensión del uso de aviones no tripulados para localizar y matar a los dirigentes de Al Qaeda en Pakistán.

Simultáneamente, Obama precisa: “No podemos contar exclusivamente con la fuerza militar. Estados Unidos deberá mostrar su fuerza a través de su capacidad para poner término a un conflicto, o impedirlo, y no solamente para declarar la guerra”. Esta perspectiva refleja una prudente acción de planificación estratégica iniciada incluso antes de su llegada a la Casa Blanca y que prosiguió durante los primeros meses de su administración. Para seguir ese proceso y para que lo aconsejen sobre cuestiones de política exterior, Obama seleccionó personalidades más conocidas por su “pragmatismo” y su “flexibilidad” que por su posicionamiento ideológico1. Esos consejeros, a su vez, apoyaron al Presidente poniendo a punto estrategias que reflejan los límites de la potencia estadounidense, al mismo tiempo que la optimización de sus ventajas naturales.

Las grandes líneas de este enfoque fueron plenamente desarrolladas en abril último durante un simposio extraordinario de dos días, realizado en Washington, sobre las nuevas perspectivas estratégicas de Estados Unidos. Organizado por el Instituto de Estudios Estratégicos Nacionales (INSS) de la Universidad de Defensa Nacional, este encuentro contó con las intervenciones de personalidades como Michèle Flournoy, subsecretaria de Defensa; James Steinberg, secretario de Estado adjunto, y Marie Slaughter, directora de Planificación Política del Departamento de Estado2.

De este simposio surgió una idea fundamental: Estados Unidos debe adaptarse a un mundo en el cual ya no goza de una supremacía indiscutible. “Dados los cambios radicales en curso, debemos distinguir las cosas sobre las cuales podemos actuar y aquellas a las que debemos adaptarnos”, explicó un experimentado funcionario. A propósito del ascenso de China e India nos confió, por ejemplo: “No podemos cambiar el curso de las cosas; no existe ninguna receta plausible que nos permita retardar su crecimiento”. Por el contrario, Washington debe tratar de unir a esos países en la lucha contra los problemas mundiales tales como el subdesarrollo, el cambio climático y el desorden económico.

No es necesario señalar que tal actitud supone abandonar todo aquello que se parezca a la arrogancia o al paternalismo. “Debemos aprender a dirigir en un mundo horizontal y no jerarquizado –consideró un funcionario del Departamento de Estado-. No podemos dictar a otros países su conducta, debemos utilizar la persuasión”. Esta política podría significar, en algunos casos, trabajar por fuera de los ya conocidos senderos diplomáticos, con el fin de llegar a la población de algunos Estados a través de medios informales de comunicación.

Para la secretaria de Estado, Hillary Clinton, este enfoque puede describirse como “el poder inteligente”, es decir “la utilización prudente de todo los medios de que disponemos, incluyendo… nuestro poder económico y militar, nuestra aptitud emprendedora e innovadora, así como las capacidades y la credibilidad de nuestro nuevo Presidente y de su equipo”.

El hueso duro de Irán


Sin embargo, Obama es demasiado pragmático como para creer que los avances en los campos que lo preocupan –el desarme nuclear, la paz en Medio Oriente, la erradicación de la pobreza, etc.- pueden producirse si descuida “los intereses nacionales” esenciales de Estados Unidos, o si pierde a grupos clave del electorado.

En otro momento habría sido posible mencionar la restauración de la democracia en Afganistán y la mejora de las condiciones de vida de sus habitantes. Esto ya no parece estar al alcance de Washington o, en todo caso, a un precio que Estados Unidos pueda soportar. La elección –Obama debe haberlo percibido- era entre una posible victoria de los talibanes y una operación destinada a darle al presidente Hamid Karzai una oportunidad de redimirse. Otro tema de preocupación era que la victoria de los talibanes en Afganistán reanimara a las fuerzas talibanes de Pakistán, lo que hubiera acentuado el caos en ese país.

La situación en Irán es un desafío igualmente espinoso. Las preferencias de Obama están claras: concebir una salida negociada al conflicto sobre el enriquecimiento de uranio, que confirmaría su fe en la eficacia de la discusión en lugar de la confrontación. Para lograrlo, intentó llevar a los iraníes a la mesa de negociaciones al mismo tiempo que convencía a los rusos de la necesidad de sanciones en caso de fracaso. Y otra cosa igualmente importante: persuadió a los israelíes de abstenerse de cualquier acción militar mientras parezca que las negociaciones avanzan. Sin embargo, una prueba de fuerza –que llevaría a sanciones más firmes contra Teherán- no es descartable. Pero como es poco probable que pueda convencer a los iraníes, Obama se verá nuevamente confrontado a la posibilidad de tener que recurrir a la fuerza militar.

En lo que se refiere a Rusia, el Presidente trata de establecer relaciones favorables al desarme nuclear y al conflicto con Irán. Para alcanzar sus objetivos, se ha esforzado en ganas la confianza del presidente Dimitri Medvedev y lo felicitó por haber roto los hábitos de la Guerra Fría, al mismo tiempo que condenó a su antecesor, Vladimir Putin, como adepto a “la manera antigua de solucionar los problemas”. Durante una serie de encuentros personales, Obama obtuvo el apoyo del presidente Medvedev para una importante reducción, de ambos lados, del stock de armas nucleares, y una promesa de aplicar sanciones contra Irán si llegan a resultar necesarias. Sin embargo, la degradación de las relaciones entre Moscú y Ucrania o con otras repúblicas ex soviéticas podría producir fricciones con Washington.

Finalmente, respecto a Pekín, Obama trató de establecer un nuevo marco de relaciones que tomara en cuenta la condición de superpotencia naciente de China, al mismo tiempo que preservaba la libertad de acción de Estados Unidos. Un marco así es necesario, según él, si se quiere evitar una crisis con el tema de Taiwán y asegurar la cooperación de Pekín en cuestiones como el recalentamiento climático y la proliferación nuclear en Irán y en Corea del Norte. Pero se trata de un proyecto ambicioso, considerando la inquietud –bastante expandida en Estados Unidos- que suscita el creciente peso económico de China.

Este enfoque de Obama fue particularmente claro durante su visita a Pekín en noviembre de 2009. Son muchos los estadounidenses que se mostraron decepcionados por el hecho de que no se pronunció sobre las violaciones de los derechos humanos en Tíbet y sobre la depreciación artificial de la moneda china. Sin embargo, firmó junto con el presidente Hu Jintao, el 17 de noviembre, una declaración de principios sobre las relaciones futuras entre ambos países. Este acuerdo podría brindar un marco para la cooperación a largo plazo deseada por Obama: “Estados Unidos y China tiene una base de cooperación cada vez más amplia y comparten responsabilidades comunes cada vez más importantes sobre numerosas cuestiones esenciales, relativas a la estabilidad y la prosperidad mundiales”.

En todos los ámbitos posibles Obama trató de imponer su visión de la necesidad de establecer mejores relaciones internacionales, pero no ha dudado en abandonar una propuesta cuando suscitaba una fuerte oposición en el extranjero o en su país. En América Latina su política no se aparta para nada de la de Bush. Y, cuando su voluntad de obligar a Israel a detener las construcciones de nuevas colonias en Cisjordania chocó con una resistencia inflexible, simplemente abandonó su enfoque.
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1Sin embargo, es bueno relativizar esto. Hillary Clinton tiene como consejero para América Latina a John Negroponte, que fue embajador en Honduras en el momento de la guerra de agresión contra Nicaragua; luego en Irak, después de la muerte de Saddam Hussein, y más tarde, director de la Dirección Nacional de Inteligencia. También tuvo un papel en el reciente golpe de Estado en Honduras, y en el posterior reconocimiento del gobierno ilegítimo que surgió de las elecciones de noviembre pasado.
2El simposio, que tuvo lugar los días 7 y 8 de abril, estuvo destinado a hacer conocer la publicación que hizo el INSS del informe “Global Strategic Assessment 2009”.


Michael Klare
*Escrito en enero de 2010
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")

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