En estos
últimos tiempos ha sido raro que un presidente estadounidense llegara a la Casa
Blanca con objetivos tan ambiciosos en el ámbito de la política exterior como
Barack Obama. Habiendo iniciado sus funciones en enero de 2009, en un momento
en que la reputación internacional de Estados Unidos estaba seriamente dañada,
se propuso restaurar el prestigio de su país dedicándose a una vasta gama de problemas: el desarme
nuclear, la paz entre Israel y los palestinos, la mejora de las relaciones con
Rusia, la reconciliación entre “Occidente” y el mundo musulmán. Como si esto no
fuera suficiente, también deseaba dedicarles su atención a problemas
ampliamente ignorados por el gobierno de George W. Bush, como la pobreza en el
mundo y el cambio climático.
Muchos de
quienes apoyaron a Obama creían que lograría realizar importantes progresos en
estas cuestiones durante el primer año de su mandato. Pero resultaron muy decepcionados.
Esto refleja las expectativas –tal vez algo excesivas- que tenían sobre él, y
también una mala apreciación de su temperamento y del entorno en el cual se ve
obligado a actuar. Obama es un dirigente metódico, pragmático, poco inclinado a
las acciones espectaculares. Muy consciente
de los límites del poder estadounidense –más importantes que los
encontrados por todos los presidentes de Estados Unidos que lo precedieron en
el período reciente-, evita tomar iniciativas que pondrían a prueba de los
recursos de un país con déficits ya abismales.
Al hacer un
balance de su primer año de gobierno es importante recordar que ningún jefe de
Estado estadounidense tuvo que enfrentar de entrada semejante declinación. Hace
ocho años, cuando Bush se convirtió en Presidente, Estados Unidos tenía una
economía sólida, un ejército aparentemente todopoderoso y no existían
adversarios importantes.
Esas
envidiables condiciones desaparecieron. La invasión de Afganistán y luego la de
Irak ordenadas por Bush disiparon el impulso de simpatía de que había gozado el
país después de los atentados del 11 de septiembre de 2001. La prolongación de
esas intervenciones las transformó, además, en fiascos muy costosos, que
socavan la moral del ejército estadounidense. Durante ese tiempo, la
administración se vio libre de restricciones financieras para otorgar préstamos
de manera inconsecuente, lo que finalmente llevó a un derrumbe económico.
Frenar la caída
Tratar de
frenar la declinación constituye la clave de la política exterior de la administración
de Obama. Tal como lo repiten el Presidente y su equipo, se trata de “realizar
más con menos”. Para lograrlo, creen más en la persuasión que en la obligación,
en la discusión más que en el antagonismo, en el compromiso antes que en la
rigidez, en los pequeños pasos en lugar de los grandes pasos.
Es algo que
se advierte, por ejemplo, en los esfuerzos hechos para ganarse el apoyo de
Moscú en la reducción del stock de armas nucleares en Estados Unidos y en
Rusia, y en la expresión de una posición más radical sobre las actividades de
enriquecimiento de uranio en Irán. Sabiendo que no obtendría la aprobación del
Kremlin mediante la cólera y la intimidación –el enfoque desarrollado por
Bush-, el presidente Obama aceptó anular los planes de despliegue de
interceptores de misiles en Polonia, un gesto solicitado durante mucho tiempo
por Moscú. Igualmente reveladora ha sido su campaña para fortalecer los
vínculos diplomáticos con Siria, en la esperanza de debilitar la alianza en
Damasco con Teherán y permitir la apertura de negociaciones regionales de paz
con Israel.
Sin embargo,
Obama dejó entender claramente en Oslo, durante su discurso de aceptación del
Premio Nobel de la Paz, que está totalmente dispuesto –como todos los
presidentes estadounidenses recientes- a emplear la fuerza militar cuando considere
que los intereses fundamentales de Estados Unidos están en juego. Esto apareció
muy claramente en su decisión de enviar –temporalmente, dice- más soldados a
Afganistán, así como la extensión del uso de aviones no tripulados para
localizar y matar a los dirigentes de Al Qaeda en Pakistán.
Simultáneamente,
Obama precisa: “No podemos contar exclusivamente con la fuerza militar. Estados
Unidos deberá mostrar su fuerza a través de su capacidad para poner término a
un conflicto, o impedirlo, y no solamente para declarar la guerra”. Esta
perspectiva refleja una prudente acción de planificación estratégica iniciada
incluso antes de su llegada a la Casa Blanca y que prosiguió durante los
primeros meses de su administración. Para seguir ese proceso y para que lo
aconsejen sobre cuestiones de política exterior, Obama seleccionó
personalidades más conocidas por su “pragmatismo” y su “flexibilidad” que por
su posicionamiento ideológico1. Esos consejeros, a su vez, apoyaron
al Presidente poniendo a punto estrategias que reflejan los límites de la
potencia estadounidense, al mismo tiempo que la optimización de sus ventajas
naturales.
Las grandes
líneas de este enfoque fueron plenamente desarrolladas en abril último durante
un simposio extraordinario de dos días, realizado en Washington, sobre las
nuevas perspectivas estratégicas de Estados Unidos. Organizado por el Instituto
de Estudios Estratégicos Nacionales (INSS) de la Universidad de Defensa
Nacional, este encuentro contó con las intervenciones de personalidades como
Michèle Flournoy, subsecretaria de Defensa; James Steinberg, secretario de
Estado adjunto, y Marie Slaughter, directora de Planificación Política del
Departamento de Estado2.
De este
simposio surgió una idea fundamental: Estados Unidos debe adaptarse a un mundo
en el cual ya no goza de una supremacía indiscutible. “Dados los cambios
radicales en curso, debemos distinguir las cosas sobre las cuales podemos
actuar y aquellas a las que debemos adaptarnos”, explicó un experimentado funcionario.
A propósito del ascenso de China e India nos confió, por ejemplo: “No podemos
cambiar el curso de las cosas; no existe ninguna receta plausible que nos
permita retardar su crecimiento”. Por el contrario, Washington debe tratar de
unir a esos países en la lucha contra los problemas mundiales tales como el
subdesarrollo, el cambio climático y el desorden económico.
No es
necesario señalar que tal actitud supone abandonar todo aquello que se parezca
a la arrogancia o al paternalismo. “Debemos aprender a dirigir en un mundo
horizontal y no jerarquizado –consideró un funcionario del Departamento de
Estado-. No podemos dictar a otros países su conducta, debemos utilizar la
persuasión”. Esta política podría significar, en algunos casos, trabajar por
fuera de los ya conocidos senderos diplomáticos, con el fin de llegar a la
población de algunos Estados a través de medios informales de comunicación.
Para la
secretaria de Estado, Hillary Clinton, este enfoque puede describirse como “el
poder inteligente”, es decir “la utilización prudente de todo los medios de que
disponemos, incluyendo… nuestro poder económico y militar, nuestra aptitud
emprendedora e innovadora, así como las capacidades y la credibilidad de
nuestro nuevo Presidente y de su equipo”.
El hueso duro de Irán
Sin embargo,
Obama es demasiado pragmático como para creer que los avances en los campos que
lo preocupan –el desarme nuclear, la paz en Medio Oriente, la erradicación de
la pobreza, etc.- pueden producirse si descuida “los intereses nacionales”
esenciales de Estados Unidos, o si pierde a grupos clave del electorado.
En otro
momento habría sido posible mencionar la restauración de la democracia en
Afganistán y la mejora de las condiciones de vida de sus habitantes. Esto ya no
parece estar al alcance de Washington o, en todo caso, a un precio que Estados
Unidos pueda soportar. La elección –Obama debe haberlo percibido- era entre una
posible victoria de los talibanes y una operación destinada a darle al
presidente Hamid Karzai una oportunidad de redimirse. Otro tema de preocupación
era que la victoria de los talibanes en Afganistán reanimara a las fuerzas
talibanes de Pakistán, lo que hubiera acentuado el caos en ese país.
La situación
en Irán es un desafío igualmente espinoso. Las preferencias de Obama están
claras: concebir una salida negociada al conflicto sobre el enriquecimiento de
uranio, que confirmaría su fe en la eficacia de la discusión en lugar de la
confrontación. Para lograrlo, intentó llevar a los iraníes a la mesa de
negociaciones al mismo tiempo que convencía a los rusos de la necesidad de
sanciones en caso de fracaso. Y otra cosa igualmente importante: persuadió a
los israelíes de abstenerse de cualquier acción militar mientras parezca que
las negociaciones avanzan. Sin embargo, una prueba de fuerza –que llevaría a
sanciones más firmes contra Teherán- no es descartable. Pero como es poco
probable que pueda convencer a los iraníes, Obama se verá nuevamente
confrontado a la posibilidad de tener que recurrir a la fuerza militar.
En lo que se
refiere a Rusia, el Presidente trata de establecer relaciones favorables al
desarme nuclear y al conflicto con Irán. Para alcanzar sus objetivos, se ha
esforzado en ganas la confianza del presidente Dimitri Medvedev y lo felicitó
por haber roto los hábitos de la Guerra Fría, al mismo tiempo que condenó a su
antecesor, Vladimir Putin, como adepto a “la manera antigua de solucionar los
problemas”. Durante una serie de encuentros personales, Obama obtuvo el apoyo
del presidente Medvedev para una importante reducción, de ambos lados, del
stock de armas nucleares, y una promesa de aplicar sanciones contra Irán si
llegan a resultar necesarias. Sin embargo, la degradación de las relaciones
entre Moscú y Ucrania o con otras repúblicas ex soviéticas podría producir
fricciones con Washington.
Finalmente,
respecto a Pekín, Obama trató de establecer un nuevo marco de relaciones que
tomara en cuenta la condición de superpotencia naciente de China, al mismo
tiempo que preservaba la libertad de acción de Estados Unidos. Un marco así es
necesario, según él, si se quiere evitar una crisis con el tema de Taiwán y
asegurar la cooperación de Pekín en cuestiones como el recalentamiento
climático y la proliferación nuclear en Irán y en Corea del Norte. Pero se
trata de un proyecto ambicioso, considerando la inquietud –bastante expandida
en Estados Unidos- que suscita el creciente peso económico de China.
Este enfoque
de Obama fue particularmente claro durante su visita a Pekín en noviembre de
2009. Son muchos los estadounidenses que se mostraron decepcionados por el
hecho de que no se pronunció sobre las violaciones de los derechos humanos en
Tíbet y sobre la depreciación artificial de la moneda china. Sin embargo, firmó
junto con el presidente Hu Jintao, el 17 de noviembre, una declaración de
principios sobre las relaciones futuras entre ambos países. Este acuerdo podría
brindar un marco para la cooperación a largo plazo deseada por Obama: “Estados
Unidos y China tiene una base de cooperación cada vez más amplia y comparten
responsabilidades comunes cada vez más importantes sobre numerosas cuestiones
esenciales, relativas a la estabilidad y la prosperidad mundiales”.
En todos los
ámbitos posibles Obama trató de imponer su visión de la necesidad de establecer
mejores relaciones internacionales, pero no ha dudado en abandonar una
propuesta cuando suscitaba una fuerte oposición en el extranjero o en su país.
En América Latina su política no se aparta para nada de la de Bush. Y, cuando
su voluntad de obligar a Israel a detener las construcciones de nuevas colonias
en Cisjordania chocó con una resistencia inflexible, simplemente abandonó su
enfoque.
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1Sin
embargo, es bueno relativizar esto. Hillary Clinton tiene como consejero para
América Latina a John Negroponte, que fue embajador en Honduras en el momento
de la guerra de agresión contra Nicaragua; luego en Irak, después de la muerte
de Saddam Hussein, y más tarde, director de la Dirección Nacional de
Inteligencia. También tuvo un papel en el reciente golpe de Estado en Honduras,
y en el posterior reconocimiento del gobierno ilegítimo que surgió de las
elecciones de noviembre pasado.
2El
simposio, que tuvo lugar los días 7 y 8 de abril, estuvo destinado a hacer
conocer la publicación que hizo el INSS del informe “Global Strategic
Assessment 2009”.
Michael
Klare
*Escrito en
enero de 2010
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")
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