sábado, 2 de mayo de 2015

Malvinas: una historia que conmueve

Corría el año 1982. En Argentina se declara la intención de recuperar la soberanía de las Islas, hecho que desencadena una guerra que nadie esperaba. La historia de vivir en un momento de conflicto bélico, en palabras de un vecino de Puerto Madryn.

Walter Aldana, residente de la ciudad, tiene 62 años y recuerda esa época como si los hechos hubieran ocurrido ayer: “Aquí llevábamos adelante nuestra vida normalmente, pero vivíamos con inquietud, con cierto temor”. Su relato se define por la seguridad y el sentimiento que le imprime.

Recuerda las noches en la que estaba asignado como “jefe de manzana”, el cual llevaba a cabo la actividad de “oscurecimiento”. Nos explica que esto no era más que “tapar todas las aberturas con cartones y telas oscuras de las casas para que no se vea la luz desde fuera” y, si existía alguna emergencia y por ende debía utilizarse el auto, “se debía colocar cinta adhesiva a los focos para disminuir la luz”. Asimismo, nos cuenta que helicópteros patrullaban el cielo por las noches, para verificar que todo esté a oscuras y que “si veían luz, iluminaban con reflectores para que localicemos la ventana que había que tapar”.

Puerto Madryn fue una de las localidades amenazadas por los posibles bombardeos que podrían afectar al país. En las escuelas “se les explicaba a los alumnos que debían alejarse de las ventanas y salir de sus casas en caso de bombardeo”. Walter recuerda que una noche debieron salir al jardín de su casa por una declaración que escucharon por la radio: “dijeron ‘alerta roja’ y comenzó a sonar la sirena de los bomberos. Todos nos asustamos y salimos al patio con mi familia. Pero después se comprobó que fue una falsa alarma, ya que la alerta fue para Comodoro Rivadavia y el resto del sur”. El peligro de bombardeo estaba dirigido a las ciudades que poseían puerto, ya que de allí zarpaban los barcos que transportaban a los soldados hacia las Malvinas.
            
Por este hecho, se han dictado cursos de primeros auxilios en la localidad: “nos explicaron lo básico, como por ejemplo el RCP. Ante una herida, nos enseñaron a venderla y luego llevar a la persona hasta el hospital más cercano”.
            
En tiempos de conflictos bélicos, la información se torna algo confusa, contradictoria y hasta ficticia por momentos. “Al principio creíamos que íbamos ganando la guerra, porque sus relatos y declaraciones eran muy convincentes. Hasta que comenzamos a hablar con gente que venía de otras ciudades del norte, en donde se maneja una información distinta a las que nos compartían aquí”. Walter denuncia que los engaños estaban a la orden del día, ya que “las donaciones que realizábamos nunca llegaban a destino (…) mientras que los soldados morían de frío y hambre allí”.
           
Al finalizar la guerra, el clima vivido fue de tristeza e incertidumbre. Nadie estaba seguro de lo que podía ocurrir: “la cúpula militar renunció y asumió en su lugar un general que llamó a elecciones al poco tiempo”. Explica que la tristeza fue, en general, porque no pudieron retener las Malvinas y que no eran muy conscientes de la cantidad de fallecidos en la guerra: “se pensaba que habían muerto pocos soldados, porque ésa era la información con la que contábamos; y que había algunos heridos. Lo que no sabíamos era que la mayor herida fue la psicológica”. Con el correr de los años, muchos de esos soldados tomaron la trágica decisión de terminar con su vida; otros frecuentan psiquiatras y psicólogos para espantar el fantasma bélico.

            
Con el tiempo se dejó de hablar de los padecimientos por Malvinas, pero las heridas causadas por una “inútil guerra” aún siguen abiertas en aquellas personas que la sufrieron y vivieron de cerca sus consecuencias.

Romina Alzugaray

viernes, 1 de mayo de 2015

La Italia de Silvio Berlusconi*

El éxito político de Silvio Berlusconi no es de ninguna manera un rayo en el sereno cielo de la historia de Italia, ni tampoco un ovni caído en pleno centro de una democracia eficaz y un mercado transparente. Por el contrario, representa la síntesis y la seguridad de su declinación así como de su inmovilismo; y es, en parte, su causa.
Desde 1978, año del asesinato de Aldo Moro por las Brigadas Rojas, Italia ha padecido de una falta de objetivos políticos y de un impulso reformador; ha sufrido una decadencia del sentido cívico ligada a la extinción progresiva del fundamento de la legitimidad de la República: el antifascismo. Después, a partir de los años 80, el papel regulador de la política y del derecho disminuyó en beneficio de un mayor peso de las exigencias de la economía. Pero de una economía cuyo carácter “liberal” es puramente ideológico, porque su sustancia es neocorporativa y clientelista.

Un país clientelista


Italia es un país fragmentado en grupo de intereses, desde los más poderosos hasta los más miserables, en guerra los unos contra los otros y que han olvidado la legalidad común, e incluso el espíritu cívico. Su sociedad es una jungla –salpicada de algunos claros un poco más hospitalarios, como algunas regiones del Norte o las “rojas” del Centro- donde no intervienen verdaderamente ni la lógica del mercado ni la lógica del Estado, sino las lógicas del privilegio, de la pertenencia, del resentimiento o del miedo.
No es casualidad que sea la inseguridad la que caracteriza a este “estado natural”, típico de una sociedad que percibe cada vez menos la necesidad de normas para vivir juntos. Los italianos sienten intuitivamente que la crisis de la legalidad los penaliza a todos, pero la mayoría prefiere jugar a “colarse”, tratando de deslizarse entre las mallas de la ley, sin esforzarse nunca por volver a una acción colectiva respetuosa de las reglas.
El auge de la corrupción, incluso dentro de la administración, se desprende de esta lógica de lo “particular” o de lo “familiar amoral”, que ahora constituye la norma1. El espacio público de la legalidad, la transparencia y la universalidad se reduce. Y le sucede un conglomerado de intereses privados y de particularismos con influencias y fuerzas diversas, en lucha por un equilibrio precario. La sociedad se estructura siempre en función de las fidelidades personales y de las clientelas: en vez de la ley, los derechos y los deberes, prefiere las astucias y el favoritismo. A la crisis económica, social y política se agrega así una crisis moral, verdadero derroche de ese capital social que representa la confianza.
La disgregación de la izquierda ha tenido un gran papel en la aventura berlusconiana. Minada de incertidumbres y de contradicciones cuando se encontraba en el poder, la izquierda se ha aliado ahora con una parte minoritaria de los católicos y ha formado con ellos un polo político de intelectuales (cada vez menos numerosos), de trabajadores del sector público y de jubilados. Sólo sigue siendo hegemónica (no sin dificultades) en algunas regiones de Italia central, como la Emilia Romagna y la Toscana, mientras en las demás domina el sistema clientelista de la derecha.
Porque Berlusconi ha logrado encarnar la “rebelión de las masas” provocada por el fin del sistema de partidos de la Primera República, que precipitaron las acciones judiciales de Mani pulite2, al diezmar a una parte de la clase política. Aprovechó en su favor la rebelión contra la política, contra la cultura y contra las elites que marcó los años 90, y que sigue vigente.
Su fuerza se apoya en un populismo plebiscitario que se alimenta del poder mediático, de un auténtico carisma personal y de un pacto con los italianos basado en inclinaciones, intereses, miedos y pasiones. Berlusconi ofrece a sus electores una retórica y una cultura política cínicas y anti-institucionales. Los valores que defiende con sus palabras –pero que nunca pone en práctica- están vinculados con creencias tradicionales anti-intelectuales y pequeñoburguesas. No acepta ningún límite a su propio poder, como lo prueban sus polémicas contra el Parlamento, en el cual sin embargo dispone de una mayoría; y contra la Magistratura, de la que ha querido protegerse con una ley que le asegura inmunidad judicial personal, sin olvidar su interpretación autoritaria del papel del Presidente del Consejo.

Prácticas privadas


Para Berlusconi, el Presidente del Consejo representa la expresión directa del favor popular, una investidura que le aporta al feliz elegido la unción del Señor (como él mismo lo afirmó hace algunos años) y lo coloca ampliamente por sobre las leyes y las instituciones. Bajo esta óptica, la delegación no es el resultado de un procedimiento racional, sino de una representación simbólica, personal y plebiscitaria, gracias a la cual el pueblo reconoce su propia identidad en el cuerpo místico del jefe. El pueblo lo ama porque el jefe lo comprende y le brinda un sentimiento de seguridad, por lo menos cuando odia (a eso lo empujan) a los “comunistas”, un término con el cual la retórica de derecha designa a los espíritus críticos y, más generalmente, a cualquiera que no esté alineado con el sistema de valores de la mayoría. Para Berlusconi, la esfera pública no es de ninguna manera un espacio crítico, sino más bien el espacio de la publicidad –en el sentido comercial de la palabra-, de la propaganda y del consenso entusiasta.
Esta política autoritaria y carismática es naturalmente ajena al antifascismo; por otra parte, ninguno de los grandes partidos históricos del Consejo Nacional de Liberación participó en el primer gobierno de Berlusconi, en 1994. Se trata de una política que no tienen nada en común con la democracia liberal, como lo confirman los reiterados ataques contra la libertad de prensa y la televisión, el abandono de toda noción laica en política (privilegios económicos de la Iglesia y respeto ostensible de las directivas de la jerarquía religiosa en materia de bioética y de biopolítica), la ausencia de todo escrúpulo en la excitación de la xenofobia y los medios sociales3.
Se trata también del paso del poder de los partidos al poder de las personas, o de una persona, y del “arco constitucional”4 a una política de división vertical del país en dos bloques opuestos hasta en sus antropologías. La repetición constante de la lógica amigo/enemigo permite forjar una unidad simbólica en un país donde deliberadamente se mantienen la fragmentación y las desigualdades económicas y sociales5.
Más que “el hombre que hace” –como a él le gusta definirse, por oposición a los políticos de profesión, que se contentarían con hablar- Berlusconi es “el hombre que deja hacer”. Pero no en el sentido del protoliberalismo de François Guizot; su laisser faire consiste en dejar que cada grupo de poder o de interés conserve sus privilegios y busque incrementarlos en detrimento de los grupos más débiles –incluido el fisco (la lucha contra la evasión de capitales ha perdido eficacia)- y, más generalmente, en menoscabo de la dimensión colectiva de la cohabitación nacional.
El primero en beneficiarse con esto es, evidentemente, él mismo, cuyo conflicto de intereses no resuelto pertenece ya al paisaje político e incuso ha dejado de atraer la atención. Por el contrario: la posición anormal de jefe lo lleva a garantizar la impunidad de todos los ciudadanos por sus faltas a la norma común, sean pequeñas o grandes. La ley universal de la República se ha convertido en la anomalía, de la cual Silvio Berlusconi constituye el ícono: saturar la vida pública con lógicas y prácticas privadas representa la fuerza de su posición y la razón del consenso de que goza. El trabajo asalariado, principalmente público, es sin embargo una excepción, “en la mira” de los controles del ministro Rento Brunetta, que excita el resentimiento de la mayoría de los italianos contra la administración, sin por eso mejorar las prestaciones6.

Política ruinosa


El electorado de Berlusconi no se reduce a los ricos y a los poderosos. Las clases medias, los empleados y una parte de los obreros también lo votan, decepcionados por la política de seguridad colectiva de la izquierda, el Estado de Bienestar y el principio mismo de igualdad. Prefieren creer en las esperanzas, en las ilusiones (y en los rencores) que la derecha alimenta. Cuenta con il Cavaliere Berlusconi para ayudarlos a arreglárselas, tal vez con el apoyo, tradicional, de la administración.
A la inversa, entre los discursos y los actos de Berlusconi se abre un foso más profundo que el que existe entre los profesionales sin escrúpulos de la política. ¿Dónde fue a parar la promesa electoral de 2001, de “menos impuestos para todo el mundo”? La derecha ha renegado de ella, porque su política real va en contra de los intereses de las categorías más modestas. Y en cuanto a las medidas contra los trusts y a favor de la libre competencia del mercado tomadas por el gobierno de Romano Prodi, que introducían, con prudencia, un tipo de class action (posibilidad para los consumidores de volverse colectivamente en contra de una práctica dudosa de una empresa privada): la derecha las ha vaciado de sustancia multiplicando las multas, todas destinadas a favorecer a las grandes empresas7.
En resumen, como de costumbre, la carrera por el interés a corto plazo recompensa a los más fuertes: muchos italianos se creen hábiles, pero en realidad resultan engañados, cuando no se equivocan ellos mismos. Aunque Berlusconi aparece como un mago que, simultáneamente, decepciona y encanta, nunca logrará modernizar nada autoritariamente, incluso de manera indirecta. De la vieja Democracia Cristiana ha heredado el electorado, pero no la política, ya que ésta consistía en obtener votos de la derecha para reciclarlos en el centro-izquierda, al servicio de un desarrollo democrático. Él toma sus votos del “vientre” del país y los utiliza para afirmar su propio poder y dejar a Italia igual.
Tal vez la mayoría de los italianos se despertarán un día del encanto berlusconiano y romperán el pacto que han firmado con él; será el día en que se den cuenta de que la política del “no hacer nada” resulta ruinosa. Que el rechazo a ver la crisis, como hace la derecha, no basta para superar. En junio pasado, il Cavaliere atravesó la crisis más grave de su carrera, una crisis que hubiera destruido a cualquier otro político occidental: el escándalo de las fiestas en sus residencias privadas de Roma y de la Costa de Esmeralda, la participación de prostitutas de lujo, el transporte de éstas en vuelos fletados por el Estado… Y, sin embargo, los italianos siguen manifestándole mayoritariamente su confianza, aunque algo reducida, en las encuestas y elecciones8, como si la verdadera esencia de su política, su función pública, quedara intacta.
Así volvemos a nuestra pregunta inicial: ¿Berlusconi se ha adaptado a los italianos hasta el punto de que, cuando deje la escena, el país ya no podrá volver a una política que no practica desde hace años?
____________________
1El barómetro de la corrupción de Transparency International, Global Corruption Barometer 2009, ubica a Italia en una posición deshonrosa en la escala global de la corrupción, tanto real como percibida.
2Mani pulite (“manos limpias”): investigación lanzada por los magistrados de Milán, el 17 de febrero de 1992, con el fin de sacar a luz la corrupción generalizada del sistema de los partidos políticos.
3Véanse los recientes comentarios sobre Milán, que “se parece a una ciudad africana”, II Corriere della Sera, Milán, 04-6-09
4Expresión utilizada en el debate político de los años 60 y 70 para calificar a los partidos que habían participado en la redacción y aprobación de la Constitución de 1948, desde los comunistas a los liberales. Estaba excluido el Movimiento Social Italiano (MSI), que no compartía los valores antifascistas.
5Para Berlusconi, la izquierda es el “enemigo de Italia”. Véase La Repubblica, Roma, 30-6-09.
6El 25 de junio de 2008, por iniciativa del ministro de Instrucción Pública, el gobierno aprobó el decreto-ley 112/2008, conocido como el “decreto anti-holgazanes”, que sanciona las ausencias al trabajo de los funcionarios y prevé, entre otras cosas, reducciones de salario por los diez primeros días de ausencia, independientemente de la duración de la licencia por enfermedad.
7Véase el Informe Anual de la Autoridad Garante de la Competencia y el Mercado, 30-04-09 (www.agcm.it)
8En las elecciones europeas y regionales del 20 y 21 de junio de 2009, el partido del Presidente del Consejo consiguió un éxito real, pero sin alcanzar el umbral del 40% que el primer ministro Silvio Berlusconi había manifestado como su objetivo.

Carlo Galli
*Escrito en septiembre de 2009
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")