Corría
el año 1982. En Argentina se declara la intención de recuperar la soberanía de
las Islas, hecho que desencadena una guerra que nadie esperaba. La historia de
vivir en un momento de conflicto bélico, en palabras de un vecino de Puerto
Madryn.
Walter Aldana, residente de la ciudad, tiene 62 años y
recuerda esa época como si los hechos hubieran ocurrido ayer: “Aquí llevábamos
adelante nuestra vida normalmente, pero vivíamos con inquietud, con cierto
temor”. Su relato se define por la seguridad y el sentimiento que le imprime.
Recuerda las noches en la que estaba asignado como “jefe
de manzana”, el cual llevaba a cabo la actividad de “oscurecimiento”. Nos
explica que esto no era más que “tapar todas las aberturas con cartones y telas
oscuras de las casas para que no se vea la luz desde fuera” y, si existía
alguna emergencia y por ende debía utilizarse el auto, “se debía colocar cinta
adhesiva a los focos para disminuir la luz”. Asimismo, nos cuenta que
helicópteros patrullaban el cielo por las noches, para verificar que todo esté
a oscuras y que “si veían luz, iluminaban con reflectores para que localicemos
la ventana que había que tapar”.
Puerto Madryn fue una de las localidades amenazadas por
los posibles bombardeos que podrían afectar al país. En las escuelas “se les
explicaba a los alumnos que debían alejarse de las ventanas y salir de sus
casas en caso de bombardeo”. Walter recuerda que una noche debieron salir al
jardín de su casa por una declaración que escucharon por la radio: “dijeron
‘alerta roja’ y comenzó a sonar la sirena de los bomberos. Todos nos asustamos
y salimos al patio con mi familia. Pero después se comprobó que fue una falsa
alarma, ya que la alerta fue para Comodoro Rivadavia y el resto del sur”. El
peligro de bombardeo estaba dirigido a las ciudades que poseían puerto, ya que
de allí zarpaban los barcos que transportaban a los soldados hacia las
Malvinas.
Por este hecho, se han dictado cursos de primeros
auxilios en la localidad: “nos explicaron lo básico, como por ejemplo el RCP.
Ante una herida, nos enseñaron a venderla y luego llevar a la persona hasta el
hospital más cercano”.
En tiempos de conflictos bélicos, la información se torna
algo confusa, contradictoria y hasta ficticia por momentos. “Al principio
creíamos que íbamos ganando la guerra, porque sus relatos y declaraciones eran
muy convincentes. Hasta que comenzamos a hablar con gente que venía de otras
ciudades del norte, en donde se maneja una información distinta a las que nos
compartían aquí”. Walter denuncia que los engaños estaban a la orden del día,
ya que “las donaciones que realizábamos nunca llegaban a destino (…) mientras que
los soldados morían de frío y hambre allí”.
Al finalizar la guerra, el clima vivido fue de tristeza e
incertidumbre. Nadie estaba seguro de lo que podía ocurrir: “la cúpula militar
renunció y asumió en su lugar un general que llamó a elecciones al poco tiempo”.
Explica que la tristeza fue, en general, porque no pudieron retener las
Malvinas y que no eran muy conscientes de la cantidad de fallecidos en la
guerra: “se pensaba que habían muerto pocos soldados, porque ésa era la
información con la que contábamos; y que había algunos heridos. Lo que no
sabíamos era que la mayor herida fue la psicológica”. Con el correr de los
años, muchos de esos soldados tomaron la trágica decisión de terminar con su
vida; otros frecuentan psiquiatras y psicólogos para espantar el fantasma
bélico.
Con el tiempo se dejó de hablar de los padecimientos por Malvinas, pero las
heridas causadas por una “inútil guerra” aún siguen abiertas en aquellas
personas que la sufrieron y vivieron de cerca sus consecuencias.
Romina Alzugaray
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