El mandato
recibido por Barack Obama a inicios de 2009 consistía en cambiar radicalmente
la política social y económica estadounidense. En su momento, la promesa se
celebró con una explosión de alegría. Casi dos años después, cuando los
demócratas acaban de sufrir una derrota electoral, salta a la vista que ese
momento histórico se ha convertido en un desastre.
En campaña,
Obama prometía gobernar con audacia y recuperar la esperanza modificando los
parámetros habituales de la batalla electoral. A diferencia de Albert Gore o
John Kerry, había logrado movilizar a una gran red de militantes con todas las
características de un movimiento de masas. A diferencia de Hillary Clinton, su
rival en las internas del Partido Demócrata, contaba con el apoyo no sólo de la
gran mayoría de los progresistas –generalmente escépticos-, sino también de
varios millones de jóvenes seducidos por su mensaje voluntarista.
Al día
siguiente de su elección (4 de noviembre de 2008), el jefe de campaña de Obama
seguía afirmando que la nueva administración tomaría las riendas de la
oportunidad política que se le ofrecía, porque, señalaba, “sería una pena que
una crisis tan grave no sirviera para nada”. Por lo tanto, serviría para hacer
tambalear al sistema. Reforma financiera, reforma del sistema de salud, reforma
de los medios, elaboración de un “paquete” de medidas económicas destinadas a
crear puestos de trabajo y a reparar infraestructuras decadentes, cierre de
Guantánamo, fin de las innecesarias e injustas guerras que la administración de
George W. Bush había desencadenado sin poder ganar.
Una pesada herencia
Cuando Obama
asumió, la mayoría de los politólogos compararon su situación con la que habían
heredado otros dos presidentes memorables: Franklin Roosevelt y Ronald Reagan.
Ambos habían llegado al poder en un contexto de crisis, sosteniendo que las
turbulencias presentes eran responsabilidad de sus predecesores y que sólo una
política realmente nueva podría terminar con ellas. Los “primeros cien días” de
Roosevelt presenciaron el surgimiento de un amplio abanico de medidas que
rompían con el libre comercio y la protección de las grandes fortunas que
habían sumido al país en el desastre de 1929. Si bien estos lineamientos
iniciales no fueron suficientes para detener la Gran Depresión, sentaron las
bases para un “segundo New Deal”, sinónimo de una prosperidad recobrada, un
crecimiento sostenible y una redistribución (parcial) de las riquezas a favor de
los pobres y las clases medias.
A contrapelo
de esta política, las acciones de Ronald Reagan a principio de los años 80
también impresionaron por su carácter voluntarista y sin concesiones. Frente a
una recesión breve pero brutal, que había llevado la tasa de desocupación a más
del 10% y había generado una inflación de dos dígitos, el hombre que proponía
el regreso de la “grandeza americana” (“America
is back”) repitió una y otra vez que la redistribución del New Deal había
bloqueado las iniciativas individuales. Al reiterar que “el Estado [era] el
problema, no la solución”, limitó el debate público con el fin de imponer
recortes masivos de impuestos, recortes al gasto público y una desregulación
cuyos efectos aún se hacen sentir. Salvo los dos primeros años de la
presidencia de William Clinton (1993-1995), la mayoría política conservadora
ancló a Estados Unidos en la derecha durante un cuarto de siglo1.
Al igual que
Roosevelt y Reagan, el presidente Obama podría haber argumentado que un cambio
radical de orientación no era una opción sino una necesidad. Podría haber
sacado ventaja del profundo descrédito de los republicanos para llevarlos a su
propio terreno. No lo hizo, pues prefiere jugar al mediador, con una cortesía
exquisita y la preocupación constante de no agredir a sus adversarios. En otras
palabras, quiso negociar el cambio, en lugar de impulsarlo.
Observemos,
por ejemplo, con cuánta consideración trató la nueva administración al sector
financiero, a pesar de haber sido el responsable de la gran crisis de 2008. En
el momento en que Obama asume la Presidencia, la exasperación ante las
bonificaciones cobradas por los titanes de Wall Street y los extraordinarios
gastos que destinó el Estado para el rescate de los bancos de inversión y sus
clientes adinerados nunca había sido tan unánime ni tan palpable. Los
dirigentes habían enriquecido ostensiblemente a los más ricos, más que en
cualquier otro país democrático, cosechando a cambio un excedente de mortíferos
productos financieros. Como una fruta madura que espera ser recogida, la
oportunidad de relacionar las desigualdades sociales con una industria bancaria
que caminaba hacia el colapso estaba al alcance de la mano. Era el momento de
pasar a la ofensiva.
Sin reformas de fondo
Sin embargo,
en lugar de castigar al régimen neoliberal por el desastre que había provocado,
Obama hizo la vista gorda. Para administrar la economía, se apresuró a convocar
a dos figuras de Wall Street, Larry Summers y Timothy Geithner. Ambos cargaban
con parte importante de la responsabilidad de las decisiones que habían llevado
al país al paredón, cuando otros economistas favorables a medida progresistas,
como Paul Krugman o Joseph Stiglitz, fueron descartados por el nuevo gobierno.
Obama y sus asesores continuaron con la muy impopular política del rescate
bancario impulsada por la administración Bush, sin modificarla de manera significativa.
Si el
programa de rescate de bancos elaborado a fines de 2008 desencadenó una ola de
ira, en parte fue porque dejaba al descubierto que las exigencias de las “vacas
sagradas” pesaban más que las necesidades de sus víctimas. La mayoría de las
instituciones alimentadas por el Tesoro público no tuvieron que esperar
demasiado antes de volver a ver ganancias récord. En octubre de 2010, la
agencia Bloomberg anunció que Goldman Sachs había acopiado dinero suficiente
como para pagar una bonificación de 370.706 dólares promedio a cada uno de sus
empleados. Como el cálculo incluía a los empleados de base –de sueldos
menores-, resulta evidente que los directivos de estas firmas cobraron sumas
mucho más altas.
El
trabajador promedio no salió tan bien parado. La tasa de desocupación trepó al
10% desde que Obama ocupa el sillón de la Casa Blanca (en el caso de los negros
de más de 20 años, la proporción alcanza el 17%). De todas formas, estas cifras
no dan cuenta de aquellos que han perdido las esperanzas: por ejemplo, un
estudio reciente mostró que, en 2009, el 53% de la población negra de Milwaukee
(y el 22% de la población blanca) estaba desocupado. Los embargos hipotecarios,
los ahorros esfumados en el aire y una profunda inseguridad social se han
convertido en la norma. Las medidas que prometió Obama para ayudar a los
pequeños propietarios hipotecados a renegociar su deuda ante los bancos
rescatados por el contribuyente se mostraron cruelmente insuficientes.
¿Qué hizo el
gobierno para mejorar la suerte del hombre común? Hasta la fecha, su mayor
hazaña es haber gastado 787.000 millones de dólares en el invierno boreal de
2009 para estimular la recuperación económica. Durante su campaña de mitad de
mandato, Obama y los demócratas alegaron que los estadounidenses estarían aún
peor si no se hubiera puesto en marcha ese “paquete” y que, por ejemplo, ya no
existiría la industria automotriz. En vistas del número de votantes que no se
siente mejor que hace dos años, los republicanos tuvieron el campo libre para
argumentar que lo único que había hecho la montaña de miles de millones de
dólares había sido inflar el nivel de la deuda pública.
El fracaso
(relativo) de esta recuperación a través del gasto ejemplifica la negativa de
Obama a defender a viva voz las convicciones por las que había sido elegido. Si
bien es cierto que la reforma financiera introdujo algunas mejoras menores en
un sistema calamitoso, no logró enmendar el sistema del “demasiado grande para
quebrar” que impulsó a tantos establecimientos financieros a volverse cada vez
más codiciosos. En realidad, las nuevas leyes vuelven la economía aún más
dependiente de los grandes bancos que en 2008, cuando éstos, menos numerosos,
acrecentaron su poder.
Un descontento creciente
Esta
búsqueda desesperada del consenso de manifiesta también en el principal logro
político de Obama: la reforma del sistema de salud. Un periodista de Rolling Stone, Matt Taibbi, señaló el
fracaso estratégico del gobierno en este tema: al renunciar desde un comienzo a
la opción de una cobertura médica única, incluso antes de que comenzaran las
negociaciones, el Estado se privó del más mínimo margen de maniobra para
construir un sistema accesible de seguridad social pública. El resultado es una
reforma basada en el principio del “mandato individual”, que obliga a cada
individuo a firmar una póliza privada, sin importar el costo ni la calidad, una
redistribución poco equitativa, considerada inconstitucional por los
conservadores. Veinte estados presentaron una demanda ante la justicia en
contra de estas nuevas disposiciones y varios gobernadores republicanos (cuyo
número aumentó desde el 2 de noviembre pasado) ya anunciaron que se negarían a
aplicarlas. Aunque los partidarios de la reforma no se cansan de repetir que
creará las condiciones para un sistema más solidario, no se dice que vaya a
sobrevivir al primer mandato de Obama.
No es de
sorprender, entonces, que algunos de los jóvenes votantes, ayer tan
entusiastas, hayan faltado a las urnas (los jóvenes de 18 a 29 años sólo
alcanzaron el 11% del electorado el 2 de noviembre de 2010, frente al 18% de
dos años atrás). El estancamiento económico tuvo un impacto devastador en los
menores de 24 años recién egresados de la universidad, ya que su tasa de
desocupación escaló del 3% en diciembre de 2007 a casi el 10% en el otoño
boreal de este año. Y siempre sin el más mínimo programa a la vista para ayudarlos
a poner un pie en el estribo. También fallaron las reformas prometidas respecto
de los medios de comunicación e internet, que los jóvenes habían recibido con
especial interés. Sin embargo, el candidato Obama había proclamo su adhesión a
la idea de la neutralidad de la web, es decir, a la posibilidad de que todos
tuvieran derecho a acceder a ella, sin ningún tipo de discriminación. Asimismo,
se había comprometido a invertir en los servicios de internet por banda ancha
para que los estadounidenses, que pagan más que los europeos por un servicio de
calidad inferior, pudieran superar su retraso en esta materia. Pero la Comisión
Federal de Comunicaciones, dirigida por su ex compañero de universidad, Julius
Genachowski, adoptó el mismo espíritu que la nueva administración y se volcó a
infinitas negociaciones bilaterales, mostrándose más conciliadora ante los
operadores que ante los consumidores.
La campaña
de Obama había dado nuevos ánimos a los estadounidenses progresistas. Pero el
vencedor descuidó el movimiento de masas que lo había ayudado a triunfar.
Muchos de sus antiguos seguidores le hicieron saber que ya no podía contar con
ellos.
________________________
1Esta
tendencia no siempre significó que hubiera una mayoría parlamentaria
republicana, dado que, desde el bando demócrata, varias decenas de
representantes –muchas veces del Sur- apoyaron los principales lineamientos de
Ronald Reagan y luego de George Bush, padre e hijo.
Eric
Klinenberg y Jeff Manza
*Escrito en
diciembre de 2010
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")
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