sábado, 11 de abril de 2015

Una gran oportunidad desperdiciada*

El mandato recibido por Barack Obama a inicios de 2009 consistía en cambiar radicalmente la política social y económica estadounidense. En su momento, la promesa se celebró con una explosión de alegría. Casi dos años después, cuando los demócratas acaban de sufrir una derrota electoral, salta a la vista que ese momento histórico se ha convertido en un desastre.

En campaña, Obama prometía gobernar con audacia y recuperar la esperanza modificando los parámetros habituales de la batalla electoral. A diferencia de Albert Gore o John Kerry, había logrado movilizar a una gran red de militantes con todas las características de un movimiento de masas. A diferencia de Hillary Clinton, su rival en las internas del Partido Demócrata, contaba con el apoyo no sólo de la gran mayoría de los progresistas –generalmente escépticos-, sino también de varios millones de jóvenes seducidos por su mensaje voluntarista.

Al día siguiente de su elección (4 de noviembre de 2008), el jefe de campaña de Obama seguía afirmando que la nueva administración tomaría las riendas de la oportunidad política que se le ofrecía, porque, señalaba, “sería una pena que una crisis tan grave no sirviera para nada”. Por lo tanto, serviría para hacer tambalear al sistema. Reforma financiera, reforma del sistema de salud, reforma de los medios, elaboración de un “paquete” de medidas económicas destinadas a crear puestos de trabajo y a reparar infraestructuras decadentes, cierre de Guantánamo, fin de las innecesarias e injustas guerras que la administración de George W. Bush había desencadenado sin poder ganar.

Una pesada herencia


Cuando Obama asumió, la mayoría de los politólogos compararon su situación con la que habían heredado otros dos presidentes memorables: Franklin Roosevelt y Ronald Reagan. Ambos habían llegado al poder en un contexto de crisis, sosteniendo que las turbulencias presentes eran responsabilidad de sus predecesores y que sólo una política realmente nueva podría terminar con ellas. Los “primeros cien días” de Roosevelt presenciaron el surgimiento de un amplio abanico de medidas que rompían con el libre comercio y la protección de las grandes fortunas que habían sumido al país en el desastre de 1929. Si bien estos lineamientos iniciales no fueron suficientes para detener la Gran Depresión, sentaron las bases para un “segundo New Deal”, sinónimo de una prosperidad recobrada, un crecimiento sostenible y una redistribución (parcial) de las riquezas a favor de los pobres y las clases medias.

A contrapelo de esta política, las acciones de Ronald Reagan a principio de los años 80 también impresionaron por su carácter voluntarista y sin concesiones. Frente a una recesión breve pero brutal, que había llevado la tasa de desocupación a más del 10% y había generado una inflación de dos dígitos, el hombre que proponía el regreso de la “grandeza americana” (“America is back”) repitió una y otra vez que la redistribución del New Deal había bloqueado las iniciativas individuales. Al reiterar que “el Estado [era] el problema, no la solución”, limitó el debate público con el fin de imponer recortes masivos de impuestos, recortes al gasto público y una desregulación cuyos efectos aún se hacen sentir. Salvo los dos primeros años de la presidencia de William Clinton (1993-1995), la mayoría política conservadora ancló a Estados Unidos en la derecha durante un cuarto de siglo1.

Al igual que Roosevelt y Reagan, el presidente Obama podría haber argumentado que un cambio radical de orientación no era una opción sino una necesidad. Podría haber sacado ventaja del profundo descrédito de los republicanos para llevarlos a su propio terreno. No lo hizo, pues prefiere jugar al mediador, con una cortesía exquisita y la preocupación constante de no agredir a sus adversarios. En otras palabras, quiso negociar el cambio, en lugar de impulsarlo.

Observemos, por ejemplo, con cuánta consideración trató la nueva administración al sector financiero, a pesar de haber sido el responsable de la gran crisis de 2008. En el momento en que Obama asume la Presidencia, la exasperación ante las bonificaciones cobradas por los titanes de Wall Street y los extraordinarios gastos que destinó el Estado para el rescate de los bancos de inversión y sus clientes adinerados nunca había sido tan unánime ni tan palpable. Los dirigentes habían enriquecido ostensiblemente a los más ricos, más que en cualquier otro país democrático, cosechando a cambio un excedente de mortíferos productos financieros. Como una fruta madura que espera ser recogida, la oportunidad de relacionar las desigualdades sociales con una industria bancaria que caminaba hacia el colapso estaba al alcance de la mano. Era el momento de pasar a la ofensiva.

Sin reformas de fondo


Sin embargo, en lugar de castigar al régimen neoliberal por el desastre que había provocado, Obama hizo la vista gorda. Para administrar la economía, se apresuró a convocar a dos figuras de Wall Street, Larry Summers y Timothy Geithner. Ambos cargaban con parte importante de la responsabilidad de las decisiones que habían llevado al país al paredón, cuando otros economistas favorables a medida progresistas, como Paul Krugman o Joseph Stiglitz, fueron descartados por el nuevo gobierno. Obama y sus asesores continuaron con la muy impopular política del rescate bancario impulsada por la administración Bush, sin modificarla de manera significativa.

Si el programa de rescate de bancos elaborado a fines de 2008 desencadenó una ola de ira, en parte fue porque dejaba al descubierto que las exigencias de las “vacas sagradas” pesaban más que las necesidades de sus víctimas. La mayoría de las instituciones alimentadas por el Tesoro público no tuvieron que esperar demasiado antes de volver a ver ganancias récord. En octubre de 2010, la agencia Bloomberg anunció que Goldman Sachs había acopiado dinero suficiente como para pagar una bonificación de 370.706 dólares promedio a cada uno de sus empleados. Como el cálculo incluía a los empleados de base –de sueldos menores-, resulta evidente que los directivos de estas firmas cobraron sumas mucho más altas.

El trabajador promedio no salió tan bien parado. La tasa de desocupación trepó al 10% desde que Obama ocupa el sillón de la Casa Blanca (en el caso de los negros de más de 20 años, la proporción alcanza el 17%). De todas formas, estas cifras no dan cuenta de aquellos que han perdido las esperanzas: por ejemplo, un estudio reciente mostró que, en 2009, el 53% de la población negra de Milwaukee (y el 22% de la población blanca) estaba desocupado. Los embargos hipotecarios, los ahorros esfumados en el aire y una profunda inseguridad social se han convertido en la norma. Las medidas que prometió Obama para ayudar a los pequeños propietarios hipotecados a renegociar su deuda ante los bancos rescatados por el contribuyente se mostraron cruelmente insuficientes.

¿Qué hizo el gobierno para mejorar la suerte del hombre común? Hasta la fecha, su mayor hazaña es haber gastado 787.000 millones de dólares en el invierno boreal de 2009 para estimular la recuperación económica. Durante su campaña de mitad de mandato, Obama y los demócratas alegaron que los estadounidenses estarían aún peor si no se hubiera puesto en marcha ese “paquete” y que, por ejemplo, ya no existiría la industria automotriz. En vistas del número de votantes que no se siente mejor que hace dos años, los republicanos tuvieron el campo libre para argumentar que lo único que había hecho la montaña de miles de millones de dólares había sido inflar el nivel de la deuda pública.

El fracaso (relativo) de esta recuperación a través del gasto ejemplifica la negativa de Obama a defender a viva voz las convicciones por las que había sido elegido. Si bien es cierto que la reforma financiera introdujo algunas mejoras menores en un sistema calamitoso, no logró enmendar el sistema del “demasiado grande para quebrar” que impulsó a tantos establecimientos financieros a volverse cada vez más codiciosos. En realidad, las nuevas leyes vuelven la economía aún más dependiente de los grandes bancos que en 2008, cuando éstos, menos numerosos, acrecentaron su poder.

Un descontento creciente


Esta búsqueda desesperada del consenso de manifiesta también en el principal logro político de Obama: la reforma del sistema de salud. Un periodista de Rolling Stone, Matt Taibbi, señaló el fracaso estratégico del gobierno en este tema: al renunciar desde un comienzo a la opción de una cobertura médica única, incluso antes de que comenzaran las negociaciones, el Estado se privó del más mínimo margen de maniobra para construir un sistema accesible de seguridad social pública. El resultado es una reforma basada en el principio del “mandato individual”, que obliga a cada individuo a firmar una póliza privada, sin importar el costo ni la calidad, una redistribución poco equitativa, considerada inconstitucional por los conservadores. Veinte estados presentaron una demanda ante la justicia en contra de estas nuevas disposiciones y varios gobernadores republicanos (cuyo número aumentó desde el 2 de noviembre pasado) ya anunciaron que se negarían a aplicarlas. Aunque los partidarios de la reforma no se cansan de repetir que creará las condiciones para un sistema más solidario, no se dice que vaya a sobrevivir al primer mandato de Obama.

No es de sorprender, entonces, que algunos de los jóvenes votantes, ayer tan entusiastas, hayan faltado a las urnas (los jóvenes de 18 a 29 años sólo alcanzaron el 11% del electorado el 2 de noviembre de 2010, frente al 18% de dos años atrás). El estancamiento económico tuvo un impacto devastador en los menores de 24 años recién egresados de la universidad, ya que su tasa de desocupación escaló del 3% en diciembre de 2007 a casi el 10% en el otoño boreal de este año. Y siempre sin el más mínimo programa a la vista para ayudarlos a poner un pie en el estribo. También fallaron las reformas prometidas respecto de los medios de comunicación e internet, que los jóvenes habían recibido con especial interés. Sin embargo, el candidato Obama había proclamo su adhesión a la idea de la neutralidad de la web, es decir, a la posibilidad de que todos tuvieran derecho a acceder a ella, sin ningún tipo de discriminación. Asimismo, se había comprometido a invertir en los servicios de internet por banda ancha para que los estadounidenses, que pagan más que los europeos por un servicio de calidad inferior, pudieran superar su retraso en esta materia. Pero la Comisión Federal de Comunicaciones, dirigida por su ex compañero de universidad, Julius Genachowski, adoptó el mismo espíritu que la nueva administración y se volcó a infinitas negociaciones bilaterales, mostrándose más conciliadora ante los operadores que ante los consumidores.

La campaña de Obama había dado nuevos ánimos a los estadounidenses progresistas. Pero el vencedor descuidó el movimiento de masas que lo había ayudado a triunfar. Muchos de sus antiguos seguidores le hicieron saber que ya no podía contar con ellos.

________________________
1Esta tendencia no siempre significó que hubiera una mayoría parlamentaria republicana, dado que, desde el bando demócrata, varias decenas de representantes –muchas veces del Sur- apoyaron los principales lineamientos de Ronald Reagan y luego de George Bush, padre e hijo.

Eric Klinenberg y Jeff Manza
*Escrito en diciembre de 2010
(Texto extraído del libro "A diez años del 11 de Septiembre. Cómo cambió el mundo")

No hay comentarios:

Publicar un comentario