martes, 24 de marzo de 2015

La encrucijada moral de los argentinos*

La Feria del Libro ha vuelto a abrir sus puertas en el Centro Municipal de Exposiciones. Fue inaugurada el jueves pasado y permanecerá abierta hasta el 4 de mayo. Este año, el tema de la muestra son los valores de la humanidad. El autor de Lo irremediable ha escrito una nota en la que analiza la crisis ética que vive el país y el modo en que afecta al ámbito cultural y educativo.**

HAY que decirlo sin preámbulos: en la Argentina de hoy tiene lugar una lucha sin cuartel contra la supervivencia de la ética. Y el escenario central de esa lucha es el político. Quede claro que cuando digo político no remito al conventillo partidario sino al conjunto de valores que rigen la vida social.

El éxito económico logrado en estos últimos años prueba que es posible contar con una moneda estable en una nación institucionalmente endeble. Que las reglas que respaldan la salud del dinero no son, necesariamente, las que aseguran la salud de la democracia. Que el país que atrae a los inversores no tiene porqué ser el que se desvive por el bienestar de la mayoría. De modo que es falsa la tesis que propone que no puede haber economía liberal de mercado donde se aspire a fundar una democracia, no menos falso resulta el veredicto contrario: que donde rija la economía liberal de mercado favorecerá necesariamente la democracia.

La cuestión, por lo tanto, es otra y ella bien puede plantearse como una disyuntiva: o nos empeñamos en moralizar el ejercicio del poder político acentuando su sensibilidad social o el poder político, en su creciente acefalía moral, arrastrará a la nación entera. Se trata, pues, de decidir si la vida es un valor trascendente o si, en relación a ella, todo se reduce a fijarle un valor de cambio.

Nadie lo ignora pero no está de más recordarlo: inmoral es el poder que pretende supeditar las leyes generales que resguardan el bien común a sus intereses y necesidades particulares. Es el que se vale de esas leyes para conquistar el gobierno y, una vez que lo alcanza, se vale del gobierno para desacreditar las leyes. Es un poder que no reconoce límites a su ambición y por eso pretende imponerlos a cuanto lo acota o lo restringe.

A fines de esta centuria, la Argentina sigue estando más cerca del siglo XIX que del XX. Sus padecimientos centrales son el fruto amargo de una herencia no resuelta. Son, sin duda, conflictos graves pero no son conflictos interesantes. Los conflictos interesantes de una nación son los que genera el progreso. Porque progresar es acceder a nuevos problemas mediante la resolución de los viejos. En órdenes esenciales de la vida nacional, no es ése, desgraciadamente, nuestro caso. Más que una nación somos, todavía, un conglomerado. Hay entre Buenos Aires y Formosa una distancia que no puede medirse en kilómetros. Hay entre la concentración del poder económico y la diseminación de la pobreza una distancia que debe y puede medirse en cifras. No sólo nos falta integración objetiva para ser una nación. Nos falta, además, integración subjetiva. Sentimiento de interdependencia. Valores comunes. Pocas veces fue tan palpable como hoy el espesor de esta verdad: sin políticas socialmente solidarias ninguna economía, por más fortalecida que esté, redunda por sí sola en una comunidad democráticamente afirmada. Únicamente quien se niegue a ver, podrá negar la magnitud de la disociación que nos debilita. Ella afecta de lleno las relaciones entre ética y política. Nadie ignora, por supuesto, lo plagadas de riesgos que estás esas relaciones. Pero tampoco ignora nadie lo indispensables que son.

El peligro medular que nos amenaza es esta creciente bifurcación entre ética y política. Ella corroe la vida social argentina en órdenes decisivos: el trabajo, la educación, la prevención sanitaria, la práctica institucional en sus niveles más encumbrados. Como si fuéramos una esfinge del dios Jano, nuestras dos cabezas primordiales parecen mirar hacia lados opuestos y se diría que su tronco común no es sino el de la hostilidad recíproca.

El ejercicio de la política desprovisto de ética democrática, es decir de principios sociales solidarios, es una máscara del desprecio; un simulacro convivencial cuyo desenlace, tarde o temprano, es siempre la tragedia colectiva. Por eso, si algo necesitamos para tratar de evitarlo, es afianzar nuestra democracia valorativamente.

Consolidar su sustancia axiológica. Precisar los valores lejos de los cuales el país se pierde en la inconsistencia y en la simulación.

La democracia es el régimen de organización comunitaria en el cual la tensión necesaria que debe imperar en el vínculo entre ética y política puede alcanzar su mayor grado de fecundidad. Es en los sistemas democráticos donde mejor se capitaliza la conflictiva interacción entre ambas. No se trata, pues, de que esa interacción sea apacible. Se trata de que esa ineludible beligerancia sea fecunda.

Son diversos los escenarios sociales en los que hoy podemos reconocer el acoso padecido por los valores democráticos, a raíz de esta agonía de la ética.

El poder, es evidente, lo quiere todo a su servicio. Las manos que hoy lo detentan se sueñan ejerciéndolo a perpetuidad. Indiferentes a su obligación primera, que es la de consolidar en la interacción y la independencia, los fundamentos institucionales del país, el poder quiere al país institucionalmente subordinado a su deseo. Es aquí cuando la investidura que legitima a un hombre en el ejercicio de la función pública cede su lugar al delirio subjetivo de la encarnación. Ya no se quiere representar algo sino que se quiere serlo. Y es en esta transición del representar al ser cuando se pierde irremediablemente el valor protagónico de la comunidad. Agotados los recursos del simulacro, el autoritarismo desnuda sus intenciones y embiste frontalmente contra todo aquello que puede acotarlo.

¿Habrá que decir que sólo en una nación, donde la transición a la vida democrática no está cumplida, puede tener lugar un riesgo como el que suscita semejante deseo? He aquí un problema gravísimo pero poco interesante. Un problema que proviene de la brutal disociación reinante entre ética y política.

Otro escenario social en el que puede advertirse la merma de valores primordiales es el que acusa la impunidad del crimen.

Ninguna luz ilumina los atentados que mancillan la democracia argentina, como los efectuados contra la AMIA, la embajada de Israel o el que segó la vida de José Luis Cabezas. El reclamo de esa luz, incansable en los labios de la sociedad, no busca apenas el esclarecimiento del pasado sino también el del presente. Si no se llega a saber qué pasó no será posible saber dónde se está. Y es que si no hay justicia no hay porvenir; sólo hay repetición, inmovilidad, impotencia.

En un medio en el que la ética no orienta la acción política, lo que aparece brutalmente menoscabada es la dignidad de la persona. Ningún programa venidero de gobierno evidenciará suficiente madurez si no contempla entre sus prioridades la devolución de sentido a la palabra persona. Ser persona no significa poder comprar en cuotas fijas sino haber decidido que vale la pena vivir con nuestros semejantes y no a pesar de ellos.

Educacionalmente hablando, la Argentina se nutre todavía, aunque ya agónicamente, de las reservas provenientes de un proyecto centenario. Ese proyecto centenario hoy busca amparo para su desvalimiento en una carpa docente alzada en el corazón de Buenos Aires. Son reservas escasas. Y no hay peor pérdida para el futuro de una nación que la de su sensibilidad educativa. Entendámonos sobre esto: no se trata de capacitar técnicamente. Esto viene por añadidura. Se trata de capacitar intelectual y moralmente. De infundir un sentido espiritual a la formación. Y espiritual quiere decir crítico, autocrítico e incondicionalmente solidario con el bienestar general.

Si en la sociedad mediática el capital simbólico de un hombre es su imagen, en la sociedad auténticamente democrática ese capital es el pensamiento. Porque en ella el hombre oído importa más que el hombre visto. Y es que oído quiere decir meditado.

Revertir el proceso de vaciamiento conceptual que se ha adueñado de nuestro país es indispensable si, políticamente, se aspira a vivir en una democracia no simulada. La magnitud de la tarea inducirá a muchos a preguntarse si ello es posible. Yo entiendo que, ante todo, se trata de saber si ello nos resulta indispensable. Lo indispensable es posible siempre que los obstáculos y las dificultades nos encuentren encaminados en la dirección éticamente correcta.

En estos últimos quince años de vida constitucional recuperada, la sociedad argentina acusa síntomas de cansancio y aun de hartazgo más reveladores ante la pavorosa superficialidad que la golpea. Es una sociedad que no está cansada de la democracia sino de su tergiversación y de la irresponsabilidad para hacer de ella algo más hondo y más significativo. Por eso es preciso que la política recupere entre nosotros mayor densidad espiritual. No pretendo que vivamos en un país donde el mal ya no exista sino en un país donde se lo reconozca y se lo enfrente con resolución, en lugar de especular con él y encubrirlo con la retórica característica de la mezquindad y la cobardía.

Santiago Kovadloff
*Artículo escrito para LA NACIÓN – Buenos Aires, 1998.

**24ª Exposición Feria Internacional de Buenos Aires

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