La Feria del
Libro ha vuelto a abrir sus puertas en el Centro Municipal de Exposiciones. Fue
inaugurada el jueves pasado y permanecerá abierta hasta el 4 de mayo. Este año,
el tema de la muestra son los valores de la humanidad. El autor de Lo irremediable ha escrito una nota en
la que analiza la crisis ética que vive el país y el modo en que afecta al
ámbito cultural y educativo.**
HAY que
decirlo sin preámbulos: en la Argentina de hoy tiene lugar una lucha sin
cuartel contra la supervivencia de la ética. Y el escenario central de esa
lucha es el político. Quede claro que cuando digo político no remito al
conventillo partidario sino al conjunto de valores que rigen la vida social.
El éxito
económico logrado en estos últimos años prueba que es posible contar con una
moneda estable en una nación institucionalmente endeble. Que las reglas que
respaldan la salud del dinero no son, necesariamente, las que aseguran la salud
de la democracia. Que el país que atrae a los inversores no tiene porqué ser el
que se desvive por el bienestar de la mayoría. De modo que es falsa la tesis
que propone que no puede haber economía liberal de mercado donde se aspire a
fundar una democracia, no menos falso resulta el veredicto contrario: que donde
rija la economía liberal de mercado favorecerá necesariamente la democracia.
La cuestión,
por lo tanto, es otra y ella bien puede plantearse como una disyuntiva: o nos
empeñamos en moralizar el ejercicio del poder político acentuando su
sensibilidad social o el poder político, en su creciente acefalía moral,
arrastrará a la nación entera. Se trata, pues, de decidir si la vida es un
valor trascendente o si, en relación a ella, todo se reduce a fijarle un valor
de cambio.
Nadie lo
ignora pero no está de más recordarlo: inmoral es el poder que pretende
supeditar las leyes generales que resguardan el bien común a sus intereses y
necesidades particulares. Es el que se vale de esas leyes para conquistar el
gobierno y, una vez que lo alcanza, se vale del gobierno para desacreditar las
leyes. Es un poder que no reconoce límites a su ambición y por eso pretende
imponerlos a cuanto lo acota o lo restringe.
A fines de
esta centuria, la Argentina sigue estando más cerca del siglo XIX que del XX.
Sus padecimientos centrales son el fruto amargo de una herencia no resuelta.
Son, sin duda, conflictos graves pero no son conflictos interesantes. Los
conflictos interesantes de una nación son los que genera el progreso. Porque
progresar es acceder a nuevos problemas mediante la resolución de los viejos.
En órdenes esenciales de la vida nacional, no es ése, desgraciadamente, nuestro
caso. Más que una nación somos, todavía, un conglomerado. Hay entre Buenos
Aires y Formosa una distancia que no puede medirse en kilómetros. Hay entre la
concentración del poder económico y la diseminación de la pobreza una distancia
que debe y puede medirse en cifras. No sólo nos falta integración objetiva para
ser una nación. Nos falta, además, integración subjetiva. Sentimiento de
interdependencia. Valores comunes. Pocas veces fue tan palpable como hoy el
espesor de esta verdad: sin políticas socialmente solidarias ninguna economía,
por más fortalecida que esté, redunda por sí sola en una comunidad
democráticamente afirmada. Únicamente quien se niegue a ver, podrá negar la
magnitud de la disociación que nos debilita. Ella afecta de lleno las
relaciones entre ética y política. Nadie ignora, por supuesto, lo plagadas de
riesgos que estás esas relaciones. Pero tampoco ignora nadie lo indispensables
que son.
El peligro
medular que nos amenaza es esta creciente bifurcación entre ética y política.
Ella corroe la vida social argentina en órdenes decisivos: el trabajo, la
educación, la prevención sanitaria, la práctica institucional en sus niveles
más encumbrados. Como si fuéramos una esfinge del dios Jano, nuestras dos
cabezas primordiales parecen mirar hacia lados opuestos y se diría que su
tronco común no es sino el de la hostilidad recíproca.
El ejercicio
de la política desprovisto de ética democrática, es decir de principios
sociales solidarios, es una máscara del desprecio; un simulacro convivencial
cuyo desenlace, tarde o temprano, es siempre la tragedia colectiva. Por eso, si
algo necesitamos para tratar de evitarlo, es afianzar nuestra democracia
valorativamente.
Consolidar
su sustancia axiológica. Precisar los valores lejos de los cuales el país se
pierde en la inconsistencia y en la simulación.
La
democracia es el régimen de organización comunitaria en el cual la tensión
necesaria que debe imperar en el vínculo entre ética y política puede alcanzar
su mayor grado de fecundidad. Es en los sistemas democráticos donde mejor se
capitaliza la conflictiva interacción entre ambas. No se trata, pues, de que
esa interacción sea apacible. Se trata de que esa ineludible beligerancia sea
fecunda.
Son diversos
los escenarios sociales en los que hoy podemos reconocer el acoso padecido por
los valores democráticos, a raíz de esta agonía de la ética.
El poder, es
evidente, lo quiere todo a su servicio. Las manos que hoy lo detentan se sueñan
ejerciéndolo a perpetuidad. Indiferentes a su obligación primera, que es la de
consolidar en la interacción y la independencia, los fundamentos
institucionales del país, el poder quiere al país institucionalmente
subordinado a su deseo. Es aquí cuando la investidura que legitima a un hombre
en el ejercicio de la función pública cede su lugar al delirio subjetivo de la
encarnación. Ya no se quiere representar
algo sino que se quiere serlo. Y es
en esta transición del representar al ser cuando se pierde irremediablemente el
valor protagónico de la comunidad. Agotados los recursos del simulacro, el autoritarismo
desnuda sus intenciones y embiste frontalmente contra todo aquello que puede
acotarlo.
¿Habrá que
decir que sólo en una nación, donde la transición a la vida democrática no está
cumplida, puede tener lugar un riesgo como el que suscita semejante deseo? He
aquí un problema gravísimo pero poco interesante. Un problema que proviene de
la brutal disociación reinante entre ética y política.
Otro
escenario social en el que puede advertirse la merma de valores primordiales es
el que acusa la impunidad del crimen.
Ninguna luz
ilumina los atentados que mancillan la democracia argentina, como los
efectuados contra la AMIA, la embajada de Israel o el que segó la vida de José
Luis Cabezas. El reclamo de esa luz, incansable en los labios de la sociedad, no
busca apenas el esclarecimiento del pasado sino también el del presente. Si no
se llega a saber qué pasó no será posible saber dónde se está. Y es que si no
hay justicia no hay porvenir; sólo hay repetición, inmovilidad, impotencia.
En un medio
en el que la ética no orienta la acción política, lo que aparece brutalmente
menoscabada es la dignidad de la persona. Ningún programa venidero de gobierno
evidenciará suficiente madurez si no contempla entre sus prioridades la
devolución de sentido a la palabra persona.
Ser persona no significa poder comprar en cuotas fijas sino haber decidido que
vale la pena vivir con nuestros semejantes y no a pesar de ellos.
Educacionalmente
hablando, la Argentina se nutre todavía, aunque ya agónicamente, de las
reservas provenientes de un proyecto centenario. Ese proyecto centenario hoy
busca amparo para su desvalimiento en una carpa docente alzada en el corazón de
Buenos Aires. Son reservas escasas. Y no hay peor pérdida para el futuro de una
nación que la de su sensibilidad educativa. Entendámonos sobre esto: no se
trata de capacitar técnicamente. Esto viene por añadidura. Se trata de
capacitar intelectual y moralmente. De infundir un sentido espiritual a la
formación. Y espiritual quiere decir crítico, autocrítico e incondicionalmente
solidario con el bienestar general.
Si en la
sociedad mediática el capital simbólico de un hombre es su imagen, en la
sociedad auténticamente democrática ese capital es el pensamiento. Porque en
ella el hombre oído importa más que
el hombre visto. Y es que oído quiere decir meditado.
Revertir el
proceso de vaciamiento conceptual que se ha adueñado de nuestro país es
indispensable si, políticamente, se aspira a vivir en una democracia no
simulada. La magnitud de la tarea inducirá a muchos a preguntarse si ello es
posible. Yo entiendo que, ante todo, se trata de saber si ello nos resulta
indispensable. Lo indispensable es posible siempre que los obstáculos y las
dificultades nos encuentren encaminados en la dirección éticamente correcta.
En estos
últimos quince años de vida constitucional recuperada, la sociedad argentina
acusa síntomas de cansancio y aun de hartazgo más reveladores ante la pavorosa
superficialidad que la golpea. Es una sociedad que no está cansada de la democracia
sino de su tergiversación y de la irresponsabilidad para hacer de ella algo más
hondo y más significativo. Por eso es preciso que la política recupere entre
nosotros mayor densidad espiritual. No pretendo que vivamos en un país donde el
mal ya no exista sino en un país donde se lo reconozca y se lo enfrente con
resolución, en lugar de especular con él y encubrirlo con la retórica
característica de la mezquindad y la cobardía.
Santiago
Kovadloff
*Artículo
escrito para LA NACIÓN – Buenos Aires, 1998.
**24ª
Exposición Feria Internacional de Buenos Aires
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