martes, 24 de marzo de 2015

Dos amores en conflicto*

Nacieron unidas, como dos hermanas siamesas, y en momento alguno se les ocurrió separarse. Para ambas el problema era el mismo: entender este mundo y comprender qué hace el hombre con él.

Pasaron más de dos mil años entre las peripecias de los antiguos filósofos griegos y las investigaciones y disputas de los científicos y pensadores del siglo XVIII. Y a nadie se le pasó por la cabeza que la ciencia y la filosofía sean cosas muy distintas y que fuese necesario separar a las siamesas. La ciencia era vista como un modo típico de filosofar; los filósofos se consideraban científicos profundos, poseedores de un peculiar poder de reflexión.

Aristóteles fue un biólogo y naturalista notable, aún hoy admirado por la sagacidad de sus observaciones. Pascal fundó la neumática y la teoría de la atmósfera. Descartes, que inició la llamada “filosofía moderna”, inventó (¿o descubrió?) la geometría de coordenadas. Leibniz introdujo el cálculo infinitesimal –herramienta indispensable para la física- y, dicho sea de paso, tuvo por ello que soportar una feroz disputa por cuestiones de propiedad nada menos que con Newton. Kant fue (simultáneamente con Laplace) el autor de la teoría según la cual el sol y los planetas se originaron en una nebulosa gaseosa primitiva; además toda su vida académica implicó dar clases de física, matemática y geología.

Pero finalmente, las siamesas quedaron terminantemente separadas. Y se repartieron cuidadosamente el campo del conocimiento. Para la ciencia, el problema era el cómo es el universo, qué cosas hay en él, cuáles son los sucesos típicos que en él acontecen, cuáles son las leyes que lo gobiernan. La filosofía se reservó otra clase de cuestiones: ¿Qué quiere decir “realidad”? ¿Qué es lo que la distingue de “apariencia”? Y, en particular, ¿qué quiere decir “verdad? ¿Por qué creer lo que dicen los científicos?

Curiosamente, las relaciones entre las dos hermanas no se hicieron cordiales. La ciencia –debido al éxito de sus métodos y descubrimientos- se volvió orgullosa y se inclinó a menudo a pensar que la filosofía era charlatanería superficial, cuando no una colección de extravagantes sinsentidos. La filosofía, por su parte, veía a la ciencia como una actividad fría, formal, cuyas aplicaciones técnicas terminaron achatando nuestra espiritualidad y aun poniendo en peligro nuestras vidas. En su lugar proponía temas como el de la ética, el misticismo, el sentido de la existencia o la naturaleza de la razón.

Pero hoy se ve claro que no es posible la actividad de una de las hermanas sin auxilio de la otra. Por ejemplo, la matemática moderna ha cambiado nuestras ideas acerca de lo que es la lógica y la razón. La relatividad einsteniana ha modificado drásticamente nuestro conocimiento acerca de la naturaleza del espacio y del tiempo, y ahora ya no es fácil tomar demasiado en serio las cosas que en su tiempo decía Kant. La mecánica cuántica alteró nuestra noción de causalidad y, en cierto modo, la de existencia, dando al traste con una enorme cantidad de metafísicas.

“La imperfección de los 
resultados que los científicos 
pueden obtener los conduce 
más o menos abiertamente 
al pensamiento filosófico”.
Sigmund Freud

Pero, desde otro ángulo, la filosofía es la causante de una serie de importantes revoluciones científicas. Como bien lo indicó Bertrand Russell, el progreso de la ciencia no consiste sólo en acumular datos, sino también en el re-examen periódico de los principios y métodos de la ciencia, cosa que cada tanto obliga a reconstruir drásticamente las disciplinas científicas.

La investigación científica profunda es hoy una curiosa combinación de métodos experimentales y lógicos más una apreciable cantidad de precauciones e interrogantes filosóficos.

De ello ha resultado un pensamiento a la vez creativo y crítico, en que las producciones del conocimiento se ven como modelos provisorios y corregibles de la estructura de la realidad. Pero no son modelos caprichosos. Los hay mejores que otros, y el criterio por el que se reconoce lo “mejor” es precisamente algo que implica inescapablemente análisis filosóficos. Todo esto explica por qué se ha hablado por ejemplo de Einstein como un “filósofo-científico”, pero también de Bertrand Russell como iniciador de la “filosofía científica”.

Las siamesas han decidido colaborar, y esto es inevitable en esta época de interdisciplina y crítica.

Gregorio Klimovsky
*Artículo publicado en CLARÍN. Buenos Aires, jueves 19 de abril de 1993

1 comentario: