Nacieron
unidas, como dos hermanas siamesas, y en momento alguno se les ocurrió
separarse. Para ambas el problema era el mismo: entender este mundo y
comprender qué hace el hombre con él.
Pasaron más
de dos mil años entre las peripecias de los antiguos filósofos griegos y las
investigaciones y disputas de los científicos y pensadores del siglo XVIII. Y a
nadie se le pasó por la cabeza que la ciencia y la filosofía sean cosas muy
distintas y que fuese necesario separar a las siamesas. La ciencia era vista
como un modo típico de filosofar; los filósofos se consideraban científicos
profundos, poseedores de un peculiar poder de reflexión.
Aristóteles
fue un biólogo y naturalista notable, aún hoy admirado por la sagacidad de sus
observaciones. Pascal fundó la neumática y la teoría de la atmósfera.
Descartes, que inició la llamada “filosofía moderna”, inventó (¿o descubrió?)
la geometría de coordenadas. Leibniz introdujo el cálculo infinitesimal –herramienta
indispensable para la física- y, dicho sea de paso, tuvo por ello que soportar
una feroz disputa por cuestiones de propiedad nada menos que con Newton. Kant
fue (simultáneamente con Laplace) el autor de la teoría según la cual el sol y
los planetas se originaron en una nebulosa gaseosa primitiva; además toda su
vida académica implicó dar clases de física, matemática y geología.
Pero
finalmente, las siamesas quedaron terminantemente separadas. Y se repartieron
cuidadosamente el campo del conocimiento. Para la ciencia, el problema era el
cómo es el universo, qué cosas hay en él, cuáles son los sucesos típicos que en
él acontecen, cuáles son las leyes que lo gobiernan. La filosofía se reservó
otra clase de cuestiones: ¿Qué quiere decir “realidad”? ¿Qué es lo que la
distingue de “apariencia”? Y, en particular, ¿qué quiere decir “verdad? ¿Por
qué creer lo que dicen los científicos?
Curiosamente,
las relaciones entre las dos hermanas no se hicieron cordiales. La ciencia –debido
al éxito de sus métodos y descubrimientos- se volvió orgullosa y se inclinó a
menudo a pensar que la filosofía era charlatanería superficial, cuando no una
colección de extravagantes sinsentidos. La filosofía, por su parte, veía a la
ciencia como una actividad fría, formal, cuyas aplicaciones técnicas terminaron
achatando nuestra espiritualidad y aun poniendo en peligro nuestras vidas. En
su lugar proponía temas como el de la ética, el misticismo, el sentido de la
existencia o la naturaleza de la razón.
Pero hoy se
ve claro que no es posible la actividad de una de las hermanas sin auxilio de
la otra. Por ejemplo, la matemática moderna ha cambiado nuestras ideas acerca
de lo que es la lógica y la razón. La relatividad einsteniana ha modificado
drásticamente nuestro conocimiento acerca de la naturaleza del espacio y del
tiempo, y ahora ya no es fácil tomar demasiado en serio las cosas que en su
tiempo decía Kant. La mecánica cuántica alteró nuestra noción de causalidad y,
en cierto modo, la de existencia, dando al traste con una enorme cantidad de
metafísicas.
“La
imperfección de los
resultados que los científicos
pueden obtener los conduce
más o menos abiertamente
al pensamiento filosófico”.
Sigmund
Freud
Pero, desde
otro ángulo, la filosofía es la causante de una serie de importantes
revoluciones científicas. Como bien lo indicó Bertrand Russell, el progreso de
la ciencia no consiste sólo en acumular datos, sino también en el re-examen
periódico de los principios y métodos de la ciencia, cosa que cada tanto obliga
a reconstruir drásticamente las disciplinas científicas.
La
investigación científica profunda es hoy una curiosa combinación de métodos
experimentales y lógicos más una apreciable cantidad de precauciones e
interrogantes filosóficos.
De ello ha
resultado un pensamiento a la vez creativo y crítico, en que las producciones
del conocimiento se ven como modelos provisorios y corregibles de la estructura
de la realidad. Pero no son modelos caprichosos. Los hay mejores que otros, y
el criterio por el que se reconoce lo “mejor” es precisamente algo que implica
inescapablemente análisis filosóficos. Todo esto explica por qué se ha hablado
por ejemplo de Einstein como un “filósofo-científico”, pero también de Bertrand
Russell como iniciador de la “filosofía científica”.
Las siamesas
han decidido colaborar, y esto es inevitable en esta época de interdisciplina y
crítica.
Gregorio Klimovsky
*Artículo publicado en CLARÍN. Buenos Aires, jueves 19 de abril de 1993
conclucion de este texto
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