martes, 24 de marzo de 2015

El azar

¿Existe el azar? Tradicionalmente, el concepto de azar está vinculado con el de desconocimiento. Yo no sé qué número va a salir en la próxima tirada de ruleta, pero si conociera todas las variables (inclinación de la ruleta, velocidad de la bolilla, ángulo en el que se mueve), podría predecir el resultado sin inconvenientes. En el siglo pasado, durante el apogeo de la mecánica celeste, el gran matemático francés Laplace llegó a afirmas que “si conociéramos la posición y la velocidad de todas las partículas del universo, podríamos predecir todo el futuro”. En el universo mecánico newtoniano no hay lugar para el azar: es un mundo absolutamente determinista y determinado por las leyes físicas. Si algo nos parece azaroso es sólo porque hay datos que se nos escapan.

La física nuclear, sin embargo, cambió las cosas, y aparecieron fenómenos que ocurren al azar, pero no por falta de datos sino porque –aparentemente- son intrínsecamente azarosos: el momento en que se desintegra un átomo radiactivo, el lugar en que va a aparecer un electrón cuando lo observamos. El hecho dio lugar a no poca controversia, y el primero en negar la posibilidad de la existencia de fenómenos “intrínsecamente azarosos” fue el propio Einstein, que mantuvo una larga polémica al respecto con la escuela de Copenhague, liderada por el físico Niels Bohr. Einstein, que argumentaba que “Dios no juega a los dados”, resultó sin embargo perdedor en la discusión. La existencia de fenómenos básicamente azarosos es sostenida también por los seguidores de Ilia Prygogine. El cosmólogo J. Wheeler llegó a sostener que ante una alternativa en que se dan dos posibilidades (por ejemplo que un átomo se desintegre o no se desintegre) el Universo cumple las dos: se separa en dos universos paralelos, en uno de los cuales el átomo se desintegra y en otro donde sigue tan campante. Los dos universos –y nuestras versiones en cada uno de ellos- siguen su vida sin enterarse nunca más uno de otro y sin volver a cruzarse jamás: es una versión cosmológica del Jardín de Senderos que se bifurcan, de Jorge Luis Borges.


L.M.

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