¿Existe el
azar? Tradicionalmente, el concepto de azar está vinculado con el de
desconocimiento. Yo no sé qué número va a salir en la próxima tirada de ruleta,
pero si conociera todas las variables (inclinación de la ruleta, velocidad de
la bolilla, ángulo en el que se mueve), podría predecir el resultado sin
inconvenientes. En el siglo pasado, durante el apogeo de la mecánica celeste,
el gran matemático francés Laplace llegó a afirmas que “si conociéramos la
posición y la velocidad de todas las partículas del universo, podríamos
predecir todo el futuro”. En el universo mecánico newtoniano no hay lugar para
el azar: es un mundo absolutamente determinista y determinado por las leyes
físicas. Si algo nos parece azaroso es sólo porque hay datos que se nos
escapan.
La física
nuclear, sin embargo, cambió las cosas, y aparecieron fenómenos que ocurren al
azar, pero no por falta de datos sino porque –aparentemente- son intrínsecamente
azarosos: el momento en que se desintegra un átomo radiactivo, el lugar en que
va a aparecer un electrón cuando lo observamos. El hecho dio lugar a no poca
controversia, y el primero en negar la posibilidad de la existencia de
fenómenos “intrínsecamente azarosos” fue el propio Einstein, que mantuvo una
larga polémica al respecto con la escuela de Copenhague, liderada por el físico
Niels Bohr. Einstein, que argumentaba que “Dios no juega a los dados”, resultó
sin embargo perdedor en la discusión. La existencia de fenómenos básicamente
azarosos es sostenida también por los seguidores de Ilia Prygogine. El
cosmólogo J. Wheeler llegó a sostener que ante una alternativa en que se dan
dos posibilidades (por ejemplo que un átomo se desintegre o no se desintegre)
el Universo cumple las dos: se separa en dos universos paralelos, en uno de los
cuales el átomo se desintegra y en otro donde sigue tan campante. Los dos
universos –y nuestras versiones en cada uno de ellos- siguen su vida sin
enterarse nunca más uno de otro y sin volver a cruzarse jamás: es una versión
cosmológica del Jardín de Senderos que se bifurcan, de Jorge Luis Borges.
L.M.
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