Introducción
Estos
apuntes se ubican a medio camino entre la reflexión exigida por la crisis de
los modelos teóricos y políticos desde los que hasta hace poco eran pensadas
las luchas de las clases populares y la “especificidad” conquistada por la
reflexión latinoamericana sobre los procesos de comunicación masiva. Respecto a
la crisis de los modelos me refiero a su incapacidad demostrada para pensar en
concreto la relación, en palabras de Basaglia, entre las formas de sufrimiento
y las de rebelión populares. Crisis que se acompaña de una toma de conciencia
en las izquierdas de la parte que le
corresponde en la producción y difusión de lo que, también hasta hace poco, se
creía monopolio de las transnaciones y las clases dominantes: el imaginario de
masa. Quiero decir que una concepción demasiado estrecha de lo político ha
llevado a despotizar en la reflexión y en la práctica lo que Hugo Hassman ha
llamado lúcidamente “las formas populares de la esperanza”: sus voluntarismos y
sus furias, su religiosidad y su melodramatismo, en una palabra su
cotidianidad; y con ella sus movimientos de resistencia y de protesta y las
expresiones religiosas y estéticas, es decir, no directa e inmediatamente
políticas, de esos movimientos. ¿Qué derecho tienen ciertas izquierdas a
escandalizarse de la despolitización que sobre esa cotidianidad y esas
expresiones efectúa la cultura de masa si durante muchos años fueron ellas
mismas las que sistemáticamente las despolitizaron a través de una concepción
de la vida tan simplista y maniquea como la que critican y de una visión
consumista cuando no aristocrática de la cultura?
Respecto
a la “especifidad” latinoamericana, me refiero a la no contemporaneidad entre
los productos culturales que se consumen y el “lugar”, el espacio social y
cultural desde el que esos productos son consumidos, mirados o leídos por las
clases populares de América Latina. Ello implica plantearnos en serio el
espacio del receptor, es decir del dominado y su actividad, toda la producción
oculta en el consumo, la de complicidad pero también la de resistencia. Y al
plantearnos eso constatamos que en América Latina, a diferencia de Europa y los
Estados Unidos, la cultura de masa opera mayoritariamente no sobre un
proletariado-clase media establecido sino sobre unas clases populares y medias
a cuya desposesión económica y desarraigo cultural corresponden una memoria que
circula y se expresa en movimientos de protesta que guardan no poca semejanza
con los movimientos populares de la Inglaterra de fines del s. XVIII y la de
España del s. XIX, movimientos que siguen desafiando los esquemas políticos y
los análisis históricos al uso. Es una memoria de sufrimientos y de luchas
desde la que se ha gastado una identidad cultural que el imaginario de masa
está desactivando aceleradamente, pero en lucha con otro imaginario: ese del
que dan cuenta los relatos, los cuentos y las novelas que recogen la memoria
narrativa de América Latina.
En el
cruce de esas dos problemáticas estos apuntes no proponen ningún nostálgico
viaje al pasado ni la ida al encuentro con alguna esencia de lo popular. Al
analizar algunas claves del proceso en que convergen la desarticulación de las
culturas populares y la gestación de la cultura de masa no estamos tratando de
“recordar” nada ni de buscar en Europa otra vez los modelos. Estamos tratando
de sacar a la luz lo que gravita y carga, en el sentido psicoanalítico, el hoy.
Porque pensar el movimiento de la desposesión es quizá la única manera de
pensar el de la reapropiación.
Un largo proceso de enculturación
“Puesto
que la cultura popular se transmite oralmente y no deja huellas escritas, es
necesario pedirle a la represión nos cuente la historia de lo que reprime”.
R. Muchembled
Bajtín
ha sido quizá el primero en prestar una atención profunda a las formas de represión-exclusión
que se instauran desde el Renacimiento contra la cultura popular nacida del
medioevo. Y aunque su investigación tiende ante todo a recuperar las señas de
identidad de la cultura reprimida traza a la vez un panorama general del
proceso histórico de deformación de esa cultura y una descripción de los
mecanismos básicos de su destrucción. Pero, ¿de dónde arranca históricamente la
necesidad de esa exclusión, en función de qué intereses y merced a qué
mecanismos se institucionaliza y justifica la represión de “lo popular”?
Sin
duda, lo fundamental es el proceso de centralización política sobre el que
viene a converger otro más antiguo, el de la unificación y homogeneización
religiosa llevada a cabo por el cristianismo. Es precisamente durante las
guerras de religión cuando se va a desarrollar el sentimiento de nacionalidad
sobre el que se apoyará la centralización. Tomando como punto de referencia la
situación de Francia en el siglo XVII, R. Muchembled ha descrito el doble
movimiento desde el que produce la centralización. De una parte el
Estado-Nación es incompatible con una sociedad polisegmentaria, esto es, con un
sistema social compuesto de múltiples subgrupos-clases, linajes, familias,
grupos de edad, corporaciones, fraternidades, etc., y cuyas relaciones y
equilibrios internos están regidos por complejos rituales religiosos y
festivos. Desde ese ángulo las “supersticiones” y los particularismos
regionales, es decir, las diferencias culturales pasan a convertirse en
obstáculos a la unidad nacional que sustenta el poder estatal. De otra parte,
la centralización conlleva la implantación y el desarrollo de unas relaciones
verticales mediante las cuales cada sujeto es relegado a la autoridad central.
La Iglesia había sido pionera en esa misión al proclamar una fe que articulaba
el individualismo con la sumisión ciega a la jerarquía, concepción que minaba,
que venía a destruir las solidaridades tradicionales en que estaba basada la
cultura popular, las de familia, de clan, etc., “todas las viejas relaciones
serán sustituidas por una relación vertical, la que une cada cristiano a la
divinidad por intermedio de la jerarquía eclesiástica”. Y frente a la
multiplicidad, a la compleja red de relaciones y asociaciones de las que estaba
tejida la vida de los individuos y a través de la cual se producía la seguridad
que el grupo aporta, se alzará en adelante el Estado y la Ley del soberano como
institución-providencia que garantiza la seguridad de todos. El Estado será en
adelante el único aparato jurídico de la cohesión social.
Es
evidente que la sociedad que se gesta a partir de ese doble movimiento no puede
ser hostil a la relativa independencia, a la autonomía de que gozaban sobre
todo las comunidades rurales. Estabilizadas las fronteras con el exterior se iniciará
el proceso de destrucción de toda barrera interior, las que erigen las lenguas,
los dialectos o las que erigen las fiestas. Un modelo único y general de
sociabilidad, una sola forma de “civilización” va a racionalizar y abrogarse el
derecho de destrucción de las culturas populares. Porque en últimas toda
diferencia cultural aparece para el absolutismo como una parcelación del poder.
La existencia misma de la “cultura nacional” hacía imposible la de las culturas
populares y regionales. Culturas que, paradójicamente, se convierten en objeto
de estudio justo cuando se les niega el derecho a vivir. Como ha escrito M. de
Certau, en el origen mismo de la investigación del folklore se halla la censura
política. Es cuando el pueblo ya no puede hablar… cuando los estudiosos se
interesan por su idioma.
Mirado
desde esa perspectiva el proceso de represión de la cultura popular no tiene
sin embargo nada que ver con alguna especie de “conspiración”. La eficacia de
la represión proviene no de algún designio malvado, de alguna “voluntad” sino
de una multitud de mecanismos y procedimientos dispersos y a veces incluso
contradictorios, investigando el origen y desarrollo moderno de las prisiones
Foucault. Ha puesto al descubierto la multiplicidad y dispersión de los dispositivos
de que se nutre el poder que disciplina los comportamientos. De igual forma la
destrucción de las culturas populares, y la enculturación que implica, arranca
ciertamente de la destrucción económica y política de su cuadro de vida pero se
realizará a través de una multiplicidad de mecanismos que van desde el control
de la sexualidad –por medio de una desvalorización de las imágenes del cuerpo, de
la “topografía corporal” estudiada por Bajtín- hasta la inoculación de un
sentimiento de culpabilización, de inferioridad y de respeto a través de la
universalización de un “principio de obediencia” que arrancando de la autoridad
paterna desemboca directamente en la del Rey.
Entre
todos esos procedimientos hay dos que revisten una importancia capital u en los
que se hace especialmente claro el alcance del proceso de
represión-enculturación: la deformación de las fiestas y la persecución de las
brujas.
Las
fiestas ocupan un lugar fundamental en la cultura popular ya que no sólo
jalonan y organizan la temporalidad social sino que en cuanto “tiempo denso” la
fiesta proporciona a la colectividad el espacio para descargar las tensiones,
desahogar el capital de angustia acumulado, desviar la agresividad, activar los
grupos de edad –ritos sucesivos de iniciación- y redefinir así periódicamente
las relaciones de jerarquización; sin olvidar el rol económico de las fiestas:
asegurar la fertilidad de los campos y las bestias. El proceso de enculturación
se realiza aquí transformando las fiestas en espectáculos –algo que ya no es
para ser vivido sino para ser mirado, admirado- y convirtiendo el tiempo de
placer en tiempo de piedad. Lo que eran el tiempo y el espacio de la máxima
fusión de lo sagrado y lo profano quedará transformado en el momento que hará
más visible su separación marcando una nítida frontera entre religión y vida
cotidiana. El tiempo de la máxima participación colectiva quedará así
convertido en “procesión”, con lo cual las masas quedarán relegadas a mirar, a
ver pasar el fasto y la pompa de los reyes o los clérigos.
Si la
investigación etnológica en general ha posibilitado una nueva comprensión del
sentido de la fiesta popular, esa comprensión apenas se inicia en relación al
papel que la magia y la brujería históricamente han jugado en la cultura popular.
Y sin embargo la persecución de la brujería fue sin duda uno de los
dispositivos políticos claves en la destrucción de esa cultura ya que en ella
convergían elementos que vienen de la medicina popular junto a formas de
resistencia a la destrucción de su mundo, mecanismos de desviación de la
hostilidad social y procedimientos de ejemplificación del castigo a los
rebeldes sociales. La bruja –más del setenta y cinco por ciento de los
acusados, torturados y “ajusticiados” por brujería son mujeres- simboliza, para
los clérigos y los jueces civiles, para los ricos y los pobres cultos, el mundo
que es necesario abolir: un mundo descentrado y ambivalente, pluralista y
horizontal, que debe ser cambiado por otro vertical y dualista, uniforme y
centralizado.
El universo
mágico que se trata de abolir permea por entero la percepción popular del
mundo. No es una mera actividad o un sentimiento es una “cierta calidad de la
vida y de la muerte”, un saber que descifra los signos de peligro y proporciona
remedios para enfrentarlo, un saber poseído y trasmitido casi exclusivamente
por mujeres. Está por estudiarse el poder que las mujeres han jugado en la
gestación de la memoria y la trasmisión de la cultura popular: su obstinado
rechazo durante siglos a la imposición de la cultura y la religión oficiales.
Son las mujeres las que presiden las veladas, esas reuniones nocturnas que
constituyen uno de los mecanismos más tradicionales de transmisión cultural en
las culturas campesinas y que sólo la racionalidad de la teología católica
convirtió en los misteriosos y temidos “aquelarres”. Veladas en las que junto
al relato de cuentos de miedo y de bandidos y la crónica de los “sucesos” de la
aldea se enseña una moral en proverbios o recetas medicinales que recogen un
saber sobre las plantas y el ritmo de los astros.
La
magia era también un imaginario corporal que privilegia las “zonas más bajas”
frente a las altas a la vez como lugar de placer y de los signos, de los tabús.
La brujería era en las últimas la trasmutación del pensamiento popular en
acción eficaz sobre el mundo, el visible y el invisible. Y en esa medida
justamente, en la brujería como en ningún otro lugar, se hacía presente y
operante el desafío de la vieja cultura. Ya Michelet había hecho explícita la relación
de la figura de la bruja con los levantamientos populares, con los dos modos de
expresión fundamentales de la conciencia popular.
La
destrucción de su sentido del tiempo –las fiestas- y de su saber –la brujería-
deja en las masas populares un vacío que estallará en nuevas formas de
violencia social. Para controlar esa violencia y llenar ese vacío la nueva
sociedad que se gesta a impulsos del capitalismo “inventará” una nueva
temporalidad, otro sentido del tiempo y una nueva moralidad, la del trabajo.
La
nueva temporalidad constituye ante todo un cambio en la referencia: del tiempo
vivido al tiempo-medida, de una percepción del tiempo como memoria de una
colectividad a una valoración del tiempo abstracta, como cantidad de dinero. Y
convertido en moneda el tiempo ya no pasa, se gasta. Y deja abolida su
tradicional definición ocupacional, aquella que medía el tiempo por la duración
de una tarea como la cocción del pan o el recitado de un credo. La transición
al capitalismo industrial no es sólo a un nuevo sistema de poder y de
relaciones de propiedad, lo es a una nueva cultura como totalidad, es decir
como percepción y experiencia de la cotidianidad, de sus ritmos, de su
organización. La nueva percepción del tiempo convierte las fiestas en una
“pérdida” de tiempo, en un derroche inaceptable para la nueva productividad
mercantilista. De ahí que el tiempo pase a ser objeto precioso y objeto de
disciplina y control que hay que inculcar a los niños desde la escuela
primaria, y que el reloj de pared y el monitor en la fábrica se encargan de
ejercer. Los nuevos hábitos respecto al tiempo serán vehiculados por una
multiplicidad de dispositivos, desde la división del trabajo a los relojes, las
multas y los estímulos salVerdanaes. De ahí que el secreto de esa nueva temporalidad
haya que buscarlo en la nueva moralidad, la del trabajo.
¡El
trabajo! He ahí el nuevo espacio de despliegue de lo “sagrado”, la nueva
religión y la nueva mística con la que se buscará sublimar la explotación que
las nuevas condiciones de producción traen consigo. Y ello a través de un
sermón “que organiza el dispositivo moral sobre los mismos principios que
organizan el dispositivo mecánico”. La integración en la nueva sociedad tiene
ese precio, y las clases populares entrarán a formar parte de la sociedad sólo
y en la medida en que acepten ser proletarizados, no sólo por la venta de su
trabajo sino por los dispositivos de la disciplina y la moral. La nueva
sociedad erigirá bien altas las barreras entre los que trabajan y los otros:
los improductivos, que de ahora en adelante serán los marginales. Y desde el
ejercicio de la justicia penal hasta la medicina, la literatura y los
periódicos se trazará nítida la frontera entre los buenos y los malos, entre la
“gente honesta” que es lo que define la marca del “ciudadano” para los
ilustrados y las gentes “peligrosas”, esa plebe no proletarizada, y por lo
tanto inmoral, que amenaza a la sociedad entera y que por ello “deberá ser
puesta aparte (en prisiones, en el Hospital general o en las colonias) para que
no pudiera servir de acicate a los movimientos de resistencia popular”.
Movimientos de protesta y cultura popular
Se
denomina “preindustrial” al período de cerca de cien años –de mediados del
siglo XVIII a mediados del XIX para Inglaterra y Francia- durante el cual la
sociedad se va adaptando a los cambios producidos por una industrialización a
cuyo término la sociedad queda transformada radicalmente. Durante ese período
las clases populares van a ser sujeto activo de un movimiento casi permanente de
resistencia y de protesta.
Mirados
desde fuera esos movimientos de protesta, “motines de subsistencia” o “turbas”
(the mob), se reducen a luchas por los precios del pan, y se caracterizan por
la acción directa –incendios, destrucción de casas y máquinas, imposición del
control sobre los precios- y la espontaneidad, esto es por la falta de
organización y la transformación espontánea de la agitación en revuelta con
atentados a la propiedad. Pero un acercamiento a los motivos y objetivos de
esos movimientos nos descubre la ambigüedad, y es más la falacia de esa
caracterización, ya que ella está basada en la reducción pura y simple de la
protesta popular a mera respuesta a los estímulos económicos, respuesta que
entonces no podía ser más que inmediatista puesto que carecía de conciencia
política. Sólo a partir de la revolución francesa las masas comenzarían a
politizarse.
Durante
mucho tiempo historiadores de derecha y de izquierda han coincidido en esa
concepción. Concepción de la que no es posible escapar mediante la idealización
de las masas en “el pueblo”, ni tampoco mediante la descripción detallada de la
composición social de la turba con la que se busca, desde la izquierda, superar
los prejuicios con que la derecha carga su visión del populacho para justificar
su dominio. Es en investigaciones como las de Hobsbawm, A. Soboul y más
claramente en las de E. P. Thompson donde es posible hallar un verdadero cambio
de perspectiva. Ese cambio reside fundamentalmente en el descubrimiento de la
dimensión política que atraviesa y sostiene esos movimientos, lo cual hace
posible establecer la articulación entre formas de lucha y cultura popular. Y
como nos parece estar tocando aquí uno de los enclaves fundamentales del debate
sobre “lo popular” detallemos, aunque sea esquemáticamente la nueva
perspectiva.
En
primer lugar es necesario superar esa “visión espasmódica” de historia que
reduce la protesta popular a los motines, esto es, a irrupciones compulsivas
cuya explicación se hallaría en las malas cosechas y en una “reacción
instintiva de la virilidad ante el hambre”. Porque las verdaderas causas y el
sentido de los movimientos cuyo iceberg son los motines se hallan en otro
lugar: en el atropello permanente y día a día más flagrante que la economía de
mercado realiza sobre lo que Thompson llama la “economía moral” de los pobres.
Con su libertad de mercado, la nueva economía entrañable es la
“desmoralización” profunda de la antigua, esa que se expresaba abiertamente en
el “acto de fijar el precio”, acto que constituye más que el saqueo o el
incendio, la verdadera acción central del motín. Las masas tenían la convicción
de que, sobre todo en épocas de escasez, los precios debían ser regulados por
mutuo acuerdo, y esa convicción materializaba derechos, costumbres tradicionales
y prácticas legitimadas por el consenso popular. De manera que a través de los
motines lo que se estaba defendiendo no era sólo “el pan y la manteca” sino la
vieja economía del deber ser, de las obligaciones recíprocas entre los hombres,
una economía que se negaba a aceptar la nueva superstición: la de una economía
natural y autorregulable, la de la abstracción mercantil.
Porque
lo que esa economía minaba eran las bases mismas de la cultura popular: sus
supuestas morales, las reglas del funcionamiento social, los derechos y las
costumbres locales, regionales. En últimas, como en la destrucción de las
máquinas por los luddistas, los “motines de subsistencia” materializaban
haciéndola visible a la resistencia de las masas a las nuevas formas de explotación
y de dominación. Las innovaciones, tanto técnicas como económicas, eran
experimentadas, sentidas por las clases populares en forma de expropiación de
derechos y disolución de sus viejos patrones de trabajo. De ahí que ni el
conflicto se situaba verdaderamente entre una muchedumbre hambrienta y unos
acaparadores de trigo, ni la lucha se
agotaba en castigar a los propietarios que abusaban. El conflicto era entre los
comportamientos “no económicos” de la cultura popular y la lógica capitalista.
Y la lucha era en definitiva contra el reforzamiento progresivo del Estado,
contra la centralización que venía a destruir los derechos y costumbres
tradicionales, las formas de hacer justicia y de independencia local. Como lo
afirma explícitamente Soboul: “los antagonismos sociales se cargaban así mismo
de oposiciones políticas. El movimiento popular tendía a la descentralización y
a la autonomía local: tendencia profunda que venía de lejos”.
Los
historiadores discuten sobre si el nivel de vida de las masas descendió o
mejoró en ese período “preindustrial”. Frente a esa discusión Thompson devela
la contradicción que ese debate deja fuera: “se da el caso de que las
estadísticas y las experiencias humanas llevan direcciones opuestas. Un
incremento per cápita de factores cuantitativos puede darse al mismo tiempo que
un gran trastorno cualitativo en el modo de vida del pueblo, en su sistema de
relaciones tradicional y en las sanciones sociales”. Ahí es que se ubica el
sentido profundo de las luchas populares, en la “certeza de un agravio
intolerable” y en la exigencia de ser atendidos por la traición que se les
infligía.
Con
relación a las formas de lucha, a su espontaneísmo y falta de organización, se
hace necesario otra vez desvelar el prejuicio: desorganizados, puesto que
carentes de sentido político, prejuicio que se apoya en un anacronismo, en una
falta de perspectiva histórica que lleva a mirar las luchas populares del s.
XVIII con los anteojos del s. XX, además del desconocimiento más elemental de
la cultura popular. Hay muchas más posibilidades de conocer el tejido social,
jurídico, cultural, el entramado simbólico de los grupos primitivos de Nueva
Zelanda, que el de las clases populares del XVIII o el XIX en nuestro propio
país. Y así se confunde con el inmediatismo, lo que constituye un rasgo clave,
diferenciador de esa otra cultura que es la popular: la escasa posibilidad que
las clases pobres tienen de planificar, de proyectar el futuro, y merced a lo
cual esas clases desarrollan un peculiar sentido de desciframiento de las
ocasiones, de las oportunidades: “la experiencia o la oportunidad se aprovecha
donde surja la ocasión, exactamente como impone la multitud su poder en
momentos de acción directa”. Se trata de otra lógica –popular- de la acción,
esa que M. de Certeau llama lógica de la coyuntura, dependiente del tiempo y
articulada sobre las circunstancias, sobre la ocasión, un “saber dar el golpe”
que es un arte del débil, del oprimido.
Y en
cuanto a la organización, ella surgía y se gestaba a partir del lugar en el que
la explotación se hacía más visible: el mercado, ese espacio clave del
intercambio social y no sólo económico, puesto que además de la compra-venta es
el lugar del rumor –esa herramienta fundamental de las masas y de sus
enemigos-, de las noticias y de la discusión política, “el lugar donde la gente
por razón de su número sentía que era fuerte”. Ese tema de las formas de
organización y de lucha en los movimientos populares está siendo replanteado
radicalmente a partir de los estudios más recientes sobre los movimientos
anarquistas españoles del s. XIX. Durante mucho tiempo esos movimientos se han
visto reducidos a “milenaristas”, esto es, a movimientos cuya explicación
estaría en la fórmula “hambre + religión”.
Apenas
se comienza a comprender que es sólo a la luz de la profunda inserción de los
anarquistas en la cultura popular como es posible descifrar un poco el sentido
y el alcance de sus luchas y la obstinada supervivencia de los movimientos
sociales que desencadenaron. Ni “furia irracional contra las fuerzas
desconocidas” ni mera transferencia de la lealtad y la fe en la Iglesia hacia
ideologías revolucionarias. En todos los argumentos de este tipo se subestima
tanto la clara comprensión que el movimiento anarquista tenía del origen social
de la opresión como su incardinación en la cultura popular y sus formas de
lucha. Se ignora o se oculta que las formas de lucha del movimiento anarquista
fueron desarrolladas a partir de tradiciones organizativas de hondas raíces
entre los campesinos y los artesanos independientes, así como el hecho de que
los anarquistas llevaban a cabo una asunción explícita de las formas y los
medios populares de comunicación: coplas, novelas folletinescas, oraciones o
evangelios, lectura colectiva de los periódicos o de los pliegos sueltos, etc.
Más
que irracionalidad lo que los anarquistas ponen en movimiento es una larga
experiencia de resistencia popular, como lo demuestra la forma en que escogían
los tiempos, la ocasión para lanzar sus “huelgas generales”: cuando las buenas
cosechas y el aumento de demanda producían una escasez de mano de obra. O la
forma en que esos movimientos fueron modificando su estrategia a medida que el
desarrollo capitalista transformaba las relaciones sociales. Lo paradójico es
que para no pocos historiadores incluso de izquierda sea la solidaridad, el
fuerte sentido comunitario de los movimientos anarquistas, lo que es enarbolado
como prueba de su irracionalidad. ¿De dónde extrajeron su estrategia de la
“huelga general”, en la que eran implicados niños, ancianos, mujeres, sino es
el sentido popular de la solidaridad? Como afirma Pitt Rivers: “el concepto de
pueblo como unidad política estaba tan profundamente arraigado en la visión de
los campesinos que se convirtió en piedra angular de la política anarquista”. Y
es de esa misma cultura de la que aprenden una espontaneidad que no es
espontaneísmo sino defensa de la autonomía por parte de la colectividad local y
rechazo de la coerción, de la “disciplina administrativa” en la que los
anarquistas olían certeramente ya su profunda vinculación con las estrategias
productivistas del capitalismo industrial.
Articulados
a esa otra lógica aparecen las formas populares de protesta simbólica. Tanto en
el caso de los obreros ingleses del s. XVIII como en el de los anarquistas
españoles del XIX, una vieja cultura, conservadora en sus formas, va a albergar
contenidos literarios, de resistencia y de confrontación. Así, por ejemplo, en
ambos casos se recurre a invocar regulaciones paternalistas o expresiones
bíblicas para legitimar los levantamientos, sean ataques a la propiedad o
huelgas. “No tienen otro lenguaje para expresar una nueva conciencia
igualitaria” afirma Temma Kaplan. De la quema de brujas y de herejes las masas
toman el simbolismo de quemar en efigie a sus enemigos. Las cartas anónimas de
amenaza a los ricos se cargan con la fuerza mágica del verso o el valor
insultante de la blasfemia. Las procesiones bufas con el contrateatro en que se
ridiculizan y ultrajan los símbolos de le hegemonía.
He ahí
una clave: puesto que las clases populares son muy sensibles a los símbolos de
la hegemonía el campo de lo simbólico, tanto o más que el de la acción directa
del motín, se convierte en un espacio precioso para investigar en él las formas
de la protesta popular. Y es que ni los motines mismos ni las huelgas se agotan
en “lo económico” ya que estaban destinadas a simbolizar políticamente:
desafiar la seguridad hegemónica haciendo visible, mostrándole a la clase
dominante “la fuerza de los pobres”. El proceso de enculturación que viene actuando
desde el siglo XVII no ha podido pues impedir que en el tiempo fuerte de la
crisis social que acompaña la instauración del capitalismo industrial las
clases populares “se reconozcan” en la vieja cultura que es aún el espacio
vital de su identidad; a la vez su memoria y el arma con que oponerse a su
destrucción, la proletarización.
Desde
mediados del XVIII la cultura popular va a vivir así una aventura singular, ser
al mismo tiempo “tradicional y rebelde”. Mirada desde la racionalidad de los
ilustrados esa cultura aparece conformada básicamente por mitos y prejuicios,
ignorancia y superstición. Y es indudable que la cultura popular contenía no
poco de eso. Pero lo que los ilustrados no fueron capaces de entender es el
sentido histórico de que estaban cargados algunos componentes de esa misma
cultura como la exigencia tenaz de seguir fijando “cara a cara” los precios del
trigo, las procesiones bufas, las canciones obscenas, las cartas de amenaza y
sus blasfemias, los relatos de terror, etc. ¡Qué desafío para la racionalidad
ilustrada el que representan esos relatos de terror de que se alimentan las
clases populares en pleno siglo de las luces! Pero quizá sea aún más
escandaloso afirmar, sin nostalgias populistas, que más allá de los gestos y
acciones de protesta esa cultura de los romanceros, de los pliegos de cordel,
de los espectáculos de feria, de la taberna y el music-hall era también el
espacio social en que se conservó un estilo de vida del que eran aun valores la
espontaneidad y la lealtad, la desconfianza hacia las grandes palabras de la
moral y la política, una actitud irónica hacia la ley y una capacidad de goce
que ni los clérigos ni los patrones pudieron amordazar.
Que no
era solamente una cultura “tradicional”, es decir heredada, lo prueba la
capacidad de esa cultura para redefinir y reinterpretar desde sí misma los
acontecimientos y las normas que se le imponían, convirtiéndose así en la
matriz de la nueva conciencia política, la que orienta a los pioneros de las
luchas obreras y que se expresaría a través de la “prensa radical” inglesa o en
los pliegos sueltos y la caricatura política que en la España del XVIII y XIX
realizan el encuentro de la protesta política y la cultura popular. Una cultura
que si no es de clase hacia ella apunta pues no puede ser entendida por fuera
de los antagonismos entre las clases.
Estudiando
los procesos culturales de los comienzos del siglo XX, R. Hoggart reconoce aun
las huellas de esa cultura que “a lo largo del siglo XIX ha permitido a los
trabajadores ingleses pasar del modo de vida rural al urbano sin convertirse en
un lumpen proletario amorfo”. Y analizando la situación mexicana de ese mismo
período C. Monsiváis encuentra en el teatro de la revolución, en el music-hall
y en el albur, en el lenguaje obsceno y la grosería mímica –“las malas palabras
son gramática esencial de clase”- la presencia de esa cultura a partir de la
cual “el pueblo se solidariza consigo mismo… y va configurando su hambre por
acceder a una visibilidad que le confiere un espacio social”.
Cultura de masa: desplazamiento de la legitimidad social y nuevos dispositivos de enunciación.
“El
concepto de masa surge
como parte integral de la
ideología dominante y de la
conciencia popular en el momento
en que el foco de la legitimidad
burguesa se
desplaza desde
arriba hacia adentro. Ahora todos
somos masas”
A. Swingewood
Antes
de ser un fenómeno específicamente cultural o “de comunicación” la masificación
nombra en el siglo XIX un proceso económico y político: la “aparición” de las
masas en la escena social. Aparición que hace posible de una parte la
concentración industrial de la mano de obra en las ciudades, esto es, las
grandes aglomeraciones urbanas haciendo visibles a las masas, y de otra parte
la disolución de la vieja socialidad, del sistema tradicional de diferencias
sociales.
Ese
doble movimiento es percibido políticamente ya en el siglo XIX desde dos
ángulos opuestos: el del plural, las masas, en cuanto nueva fuerza histórica,
las mayorías explotadas, es decir la nueva clase. Y el del singular, la masa,
esa “vasta y dispersa colectividad de individuos aislados” de la que van a
hablar Stuart Mill y Le Bon, Max Scheler y Ortega. El primer concepto recoge y
reformula en positivo, desde la izquierda, la antigua concepción de las masas populares
como “clases peligrosas” que amenazan la sociedad, el orden social, desde
fuera. El segundo señala la nueva tendencia igualitaria, esa “pasión
democrática” que según Tocqueville amenaza y erosiona la sociedad desde dentro,
desintegrándola.
En el
terreno cultural la masificación consiste en el proceso de inversión de sentido
mediante el cual pasa a denominarse popular en el s. XIX la cultura producida
industrialmente para el consumo de las masas. Es decir, que en el momento
histórico en que la cultura popular apunta –como veíamos- a su constitución en
cultura de clase. Esa misma cultura va a ser minada desde dentro, hecha
imposible y transformada en cultura de masa. Pero a su vez esa inversión sólo
es posible por la cercanía que en el s. XIX guarda aún la masa de “las masas”,
de manera que la nueva cultura popular se construye activando ciertas señas de
identidad de la vieja cultura y neutralizando o deformando otras.
Ese
proceso de inversión de sentido de lo popular, que a lo largo del siglo XIX se
va a hacer cada vez más visible, tiene sus raíces más atrás, remite y enlaza
con los mecanismos de centralización política y homogeneización que durante el
s. XVIII horadan las culturas populares fragmentando, rompiendo su coherencia
interior y concentrando, absorbiendo y unificando. La cultura de masa no
aparece de golpe, como un corte que permita enfrentarla a la popular. Lo masivo
se ha gastado lentamente desde lo popular. Sólo un enorme estrabismo histórico,
o mejor, sólo un profundo etnocentrismo de clase (Bourdieu), que se niega a
nombrar lo popular como cultura, ha podido llevar a no ver en la cultura de
masa más que un proceso de vulgarización, la decadencia de la cultura culta. Y
ese etnocentrismo no es una enfermedad exclusiva de la derecha, desde él
trabajan muchos de los análisis críticos.
Pero
la historia es otra, porque el origen y desarrollo de los mecanismos y los
dispositivos fundamentales de la mass-mediación se hallan ligados
estructuralmente –como lo señaló Gramsci no sólo en abstracto sino a propósito
del éxito de la literatura “popular”- a los procesos de desplazamiento de la
legitimidad social que conducen de la imposición de la sumisión a la búsqueda
del consenso. Y es esa nueva socialidad la que por una parte “realiza” –en
sentido marxiano- la abstracción de la forma mercantil mientras por otra logra
su materialización en las tecnologías (esto es, máquinas más código social)
industriales de las fábricas o los periódicos masivos. El consenso se alimenta
y vive de una mediación que racionaliza, que cubre-oculta la brecha que se
ahonda entre las clases. La gestación y desarrollo de “lo masivo” es
históricamente la de una mediación que incomunica, ya que produce a la vez la
diferenciación, la separación de dos “gustos” y la negación de esa diferencia…
en el imaginario colectivo. En las novelas de Cervantes o en el teatro de
Shakespeare lo popular y lo culto se encuentran aun sin mediaciones. Hay una
comunicación directa entre el arriba y el abajo, de manera que incluso la
violencia con que se ataca o ridiculiza el gusto popular nos revela la secreta
atracción, la cotidianidad del contacto. Desde el siglo XVIII vemos nacer esa
otra forma de relación, visible en los dispositivos de la escuela primaria, de
la iconografía y la literatura de cordel.
La
democratización que efectúa el establecimiento de la escuela primaria no puede
ocultarnos su enlace con los mecanismos del nuevo modo de socialización de los
niños y los adolescentes y la masificación de unos dispositivos previos a la
entrada en la vida productiva. Esos mecanismos consisten en estrategias
educativas directamente inscritas en el proceso de desarticulación de las
viejas culturas: de sus contenidos y de sus formas. El aprendizaje de la nueva
socialidad para así por la sustitución de la nociva influencia de los padres
–sobre todo de la madre- en la conservación y transmisión de las
“supersticiones”. Y pasa también por el cambio en los modos de la transmisión:
si antes se aprendía por imitación de gestos y tradiciones, a través de
iniciaciones rituales, la nueva pedagogía neutralizará el aprendizaje
“intelectualizándolo”, es decir, convirtiéndolo en una transmisión des-afectada
de saberes separados de las prácticas. Y desde ahí comenzará a difundirse entre
las clases populares la desvalorización y el menosprecio hacia su cultura
tradicional, que en adelante pasará a significar lo vulgar y lo bajo. Que nadie
lea aquí un alegato contra escuela primaria ni un canto de añoranza, sino el
señalamiento del punto de arranque en la difusión de un sentimiento de
vergüenza entre las clases populares hacia su cultura, sentimiento que acaba
siendo de culpabilidad ya que es esa cultura de la que viven y la que “gustan”
verdaderamente.
En la
literatura de cordel el proceso es el mismo, ya que las masificaciones son aquí
no sólo un proceso de industrialización de los relatos y de extensión de los
mercados, no es proceso de infiltración desde el exterior y desde arriba sino
de fusión y rearticulación. Como lo han planteado G. Bolleme y más
explícitamente M. de Certeau en el caso de Francia y J. Caro Baroja y Joaquín
Marco en el caso de España, desde el siglo XVIII esa literatura es “popular” de
manera ambigua y contradictoria. Porque si a través de los almanaques y los
relatos de bandoleros, de las recetas y las canciones esa literatura recoge
fragmentos y dispositivos de la memoria popular, a su vez esa memoria va a
quedar poco a poco secuestrada, va a ser desactivada mediante su inscripción en
un discurso que mutila y estiliza, que descontextualiza y unifica. La propaganda
que proclama la adaptación al gusto popular cierra el circuito de la
información: la homogeneización es ya la mediación de un nuevo código social,
el del “consumo”. Otra cosa es el uso que durante largo tiempo aún las clases
populares van a hacer de esa literatura. Un uso que tiene muy poco que ver con
el “consumo” y que se materializa inscribiendo sus huellas en el acto, o mejor
en el modo de lectura y de allí hasta en los textos mismos, en su estructura.
Me refiero a esa forma popular de lectura que es la colectiva y en la que lo
leído funciona no como punto de llegada y de cierre del sentido sino, al
contrario, como punto de partida, de reconocimiento y puesta en marcha de la
memoria colectiva que acaba reescribiendo el texto, reinventándolo, utilizándolo
para hablar o festejar otras cosas distintas a aquellas de que hablaba el
texto, o de las mismas pero en sentidos radicalmente diferentes. Las huellas en
el texto de ese otro modo de leer se hacen visibles en no pocos pliegos de
cordel en los que el héroe de tragedia es mirado “desde el espejo deformador de
la risa del pueblo”, en la parodia del honor, en la ridiculización de la
autoridad los maridos –de los ricos, o de los políticos- a través de la
ridiculización de sus gestos y su lenguaje, en la profanación de los temas
sagrados mediante un lenguaje grotesco.
En una
segunda etapa que se inicia a mediados del s. XIX y cuya expresión más lograda
lo va a constituir el boom de la llamada “novela popular”, del folletín y la
novela por entregas, lo masivo pasa a trabajar abiertamente desde los
mecanismos de reconocimiento, a explotarlos ideológica y comercialmente. Es en
ellos en los que se realiza la articulación de la estructura de producción con
las estructuras narrativas: un nuevo modo de producción literaria que implica
una nueva tecnología de impresión, una nueva relación, asalariada, del escritor
con su trabajo, y unos circuitos comerciales de distribución-propaganda y venta
de la mercancía cultural. Pero a la vez, y no como mero efecto de lo anterior
sino también como sus condiciones de posibilidad, una nueva relación del lector
a los textos, lo que significa no sólo un nuevo público lector sino una nueva
forma de lectura que ya no es la popular-tradicional pero que tampoco es la
culta, y unos nuevos dispositivos de narración: los géneros, los episodios y
las series.
Es ahí
que se sitúa el verdadero funcionamiento de la ideología, y no en las
posiciones reaccionarias o reformistas de los personajes, o en el moralismo de
las soluciones. Y es ahí porque es en eso modos de narrar-leer donde son
atrapados y de-formados los dispositivos que vienen de la memoria narrativa de
las clases populares. No es que el contenido no “cuente”, sino que esos
contenidos pierden su sentido analizados por fuera de su contexto de lectura,
el que se materializa en unos modos de narrar. Es en ellos en los que la
forma-mercancía y los dispositivos tecnológicos “encuentran” y dan forma a la
demanda que viene de las masas populares.
La
tercera etapa, la de la transformación definitiva de lo popular en masivo se
produce, según Hoggart, cuando los medios, para llevar a las clases populares a
la aceptación del orden social “van a apoyarse sobre aquellos valores de
tolerancia, de solidaridad y gusto por la vida que hace sólo cincuenta años
–Hoggart escribe en 1957- expresaban la voluntad de las clases populares por
transformar sus condiciones de vida y conquistar su dignidad”. Pero es ya el
hoy, cuando la inversión del sentido comenzada en el XVIII toca fondo, cuando
de popular en lo masivo no queda sino el léxico, y la sintaxis la ponen las
transnacionales.
Algunas líneas de investigación
Para
que lo expuesto adquiera su sentido se hace necesario ubicar estos “apuntes”,
así sea de manera esquemática, en la investigación de la que forman parte. Una
investigación sobre “lo popular y lo masivo” a la que llegué empujado por la
necesidad de dos desplazamientos.
El
primero: la cultura de masa no se identifica ni puede ser reducida a lo que
pasa en o por los medios masivos. La cultura de masa, como afirma Rositi, no es
sólo un conjunto de objetos sino un “principio de comprensión” de unos nuevos
modelos de comportamiento, es decir, un modelo cultural. Lo cual implica que lo
que pasa en los medios no puede ser comprendido por fuera de su relación a las
mediaciones sociales, a los “mediadores” en el sentido que los defina Martín
Serrano y a los diferentes contextos culturales –religioso, escolar, familiar,
etc.- desde los que, o en contraste con los cuales, viven los grupos y los individuos
esa cultura.
El
segundo: la mayoría de las investigaciones que estudian la cultura de masa
enfocan ésta desde el modelo culto, no sólo en cuanto experiencia vital y
estética de la que parte el investigador, sino y sobre todo definiendo la
cultura de masa, identificándola con procesos de vulgarización y abaratamiento,
de envilecimiento y decadencia de la cultura culta. Y en esa dirección
operaciones de sentido como la predominancia de la intriga o la velocidad de un
relato y en términos generales la repetición o el esquematismo son a priori
descalificadas como recursos de simplificación, de facilismo, que remitirán en
últimas a las presiones de los formatos tecnológicos y a las estratagemas
comerciales.
No se
trata de desconocer la realidad de esas presiones y esas estratagemas. Se trata
del “lugar” desde el cual son miradas y del sentido que entonces adquieren. Es
lo que se plantean Mattelart y Piemme al preguntarse en un libro reciente “en
qué medida la cultura de masas no ha sido atacada por Adorno y Horkheimer
porque su proceso de fabricación atentaba contra una cierta sacralización del
arte”. Es decir, que mirada desde el modelo culto, la cultura de masa tiende a
ser vista únicamente como el resultado del proceso de industrialización
mercantil –ya sea en su versión economicista o tecnologista- impidiendo así
comprender y plantearse los efectos estructurales del capitalismo sobre la
cultura.
Para
dar cuenta de esto último es que se hace necesario el segundo desplazamiento:
investigar la cultura de masa desde el otro modelo, el popular, lo cual no
tiene nada que ver con la añoranza y la tendencia a recuperar un modelo de comunicación
interpersonal con el que hacer frente, ilusoriamente, a la complejidad
tecnológica y a la abstracción de la comunicación masiva. Lo que se busca con
este segundo desplazamiento es un análisis de los conflictos que articula la
cultura; ya que mirada desde lo popular la cultura masiva deja al descubierto
su carácter de cultura de clase, eso precisamente que tiene por función negar.
Y ello porque la cultura popular no puede definirse en ningún sentido, ni como
aquella que producen ni como aquella que consumen o de la que se alimentan las
clases populares, por fuera de los procesos de dominación y los conflictos, las
contradicciones que esa dominación moviliza. La cultura culta tiene una
acendrada vocación a pensarse como la Cultura. La popular en cambio “no puede
ser nombrada sin nombrar a la vez aquella que la niega y frente a la que se
afirma a través de una lucha desigual y con frecuencia ambigua”. A partir de
ahí se abren tres pistas, tres líneas de investigación a trabajar no separada
sino complementariamente.
1. De
lo popular a lo masivo: Dirección que no puede seguirse más que históricamente
ya que, frente a todas las nostalgias por lo “auténticamente popular”, lo
masivo no es algo completamente exterior, algo que venga a invadir y corromper
lo popular desde fuera sino el desarrollo de ciertas virtualidades ya
inscriptas en la cultura popular del XIX. Es esta dirección la que recoge este
trabajo.
2. De
lo masivo a lo popular: Para investigar en primer lugar la negación, esto es la
cultura de masa en cuanto negación de los conflictos a través de los cuales las
clases populares construyen su identidad. Investigación entonces de los
dispositivos de masificación: la despolitización y control, de desmovilización.
Y en segundo lugar la mediación, esto es las operaciones mediante las cuales lo
masivo recupera y se apoya sobre lo popular. Investigación entonces de la
presencia en la cultura masiva de códigos populares de percepción y
reconocimiento, de elementos de su memoria narrativa e iconográfica. Mirados
desde ahí la repetición o el esquematismo adquieren un sentido nada
simplificador ni degradante porque nos remiten y nos hablan de un modo de
comunicación a otro, sencillamente diferente al de la cultura letrada, y que es
no sólo el de las masas campesinas sino el de las masas urbanas que aprendieron
a leer pero no a “escribir”; y para las que un libro es siempre una experiencia
o una “historia” nunca un “texto” ni siquiera una información, para las que una
fotografía o un film no habla nunca de planos ni de composición sino de lo que
representa y del recuerdo, para las que el arte comunica siempre y sin
mediaciones con la vida.
3. Los
usos populares de lo masivo: Que es aquella dirección en la que apuntan las
preguntas sobre qué hacen las clases populares con lo que ven, con lo que
creen, con lo que compran o lo que leen. Frente a las mediciones de audiencia y
las encuestas de mercado que se agotan en el análisis de la reacción, de la
respuesta al estímulo, y contra la ideología del consumo-receptáculo y
pasividad, se trata de investigar la actividad que se ejerce en los usos que
los diferentes grupos –lo popular tampoco es homogéneo, también es plural-
hacen de lo que consumen, sus gramáticas de recepción, de decodificación.
Porque si el producto o la pauta de consumo son el punto de llegada de un
proceso de producción son también el punto de partida y la materia prima de
otro proceso de producción, silencioso y disperso, oculto en el proceso de
utilización. Así la utilización que los grupos indígenas y campesinos de este
continente han hecho y siguen haciendo de los ritos religiosos impuestos por
los colonizadores, y en la que esos ritos no son rechazados sino subvertidos al
utilizarlos para fines y en función de referencias extrañas al sistema del que
procedían. O la manera como los pobladores iniciales de Guatavita –un pueblo
construido cerca de Bogotá para albergar a los habitantes de otro destruido
para la construcción de una represa- redistribuyeron el sentido y la función de
los espacios de la casa, de los aparatos de higiene, etc. En últimas, se
trataría de investigar lo que M. de Certeau ha llamado las “tácticas”, que por
oposición a las “estrategias” del fuerte, definen las astucias, las
estratagemas, las ingeniosidades del débil. Descubrir esos procedimientos en
los que se encarna otra lógica de la acción: la de la resistencia y la réplica
a la información.
Jesús Martín Barbero
*Este texto se encuentra en la página web de la Universidad de Buenos Aires: http://catedras.fsoc.uba.ar/rubinich/abarbe.html
(Fecha de consulta 10/05/2003)
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