miércoles, 18 de marzo de 2015

Pensamiento único y nuevos amos del mundo*

De todas las ilusiones
la más peligrosa consiste en pensar
que no existe sino una sola realidad.
Paul Watzlawick


Parece ser una ficción de Jorge Luis Borges. En un reino lejano, un soberano magnífico y cruel, aferrado a los atributos de su poder, encerrado en su suntuoso palacio, al parecer no había visto que el mundo, imperceptiblemente, estaba cambiando a su alrededor. Hasta que llegó el día de la gran decisión. Entonces parece que, para su gran asombro, vio que sus órdenes no eran nada más que simples ruidos y no se traducían en actos. Al parecer el poder se había desplazado y el soberano magnífico había dejado de ser el amo del mundo.

Aquellos que en las grandes democracias libran interminables lides electorales por conquistar el poder, ¿no se arriesgan, en caso de victoria, a experimentar un desengaño semejante al del soberano de esta fábula? ¿Saben, en este fin de siglo, que el poder se ha movido? ¿Qué ha desertado de esos espacios precisos que circunscribe lo político? ¿No están corriendo el peligro de mostrar muy pronto en público el espectáculo de su impotencia; de verse obligados a andarse con rodeos, retroceder, renegar de sus opiniones y reconocer que el verdadero poder está en otra parte, fuera de su alcance?

Un gran semanario francés publicaba recientemente una encuesta acerca de los 50 hombres más influyentes del planeta. Ni un solo jefe de estado o de gobierno, ni un ministro o diputado, de ningún país, figuraba en ella. Otro semanario dedicó hace unas semanas su primera página a el hombre más influyente del mundo. ¿De quién se trataba? ¿Del Sr. William Clinton? ¿Del Papa Juan Pablo II? ¿Del Sr. Helmut Kohl? ¿Del Sr. Boris Yeltsin? No. Sencillamente del Sr. Bill Gates, patrón de Microsoft, que domina los mercados estratégicos de la comunicación y se dispone a controlar las autopistas de información. Las formidables conmociones científicas y tecnológicas de las dos últimas décadas han incentivado, en varios ámbitos, las tesis ultra liberales del laissez faire, laissez passer.Y la caída del muro de Berlín, la desaparición de la Unión Soviética y el derrumbamiento de los regímenes comunistas, por añadidura, las han alentado. La mundialización de intercambios de signos, en especial, se ha visto acelerada de un modo fabuloso gracias a la revolución de la informática y la comunicación. Éstas, concretamente, han generado la explosión -los célebres big bang- de dos sectores, verdaderas columnas vertebrales de la sociedad moderna: los mercados financieros y las redes de información.

La transmisión de datos a la velocidad de la luz (300.000 kms por segundo), la numerización de textos, imágenes y sonidos, el hecho ya banal de recurrir a los satélites de telecomunicación, la revolución de la telefonía, la generalización de la informática en la mayoría de los sectores de producción y de servicios, la miniaturización de los ordenadores y su conexión en redes a escala planetaria, poco a poco han cambiado de arriba a abajo el orden del mundo.

Muy especialmente el mundo de las finanzas. Éste reúne las cuatro cualidades que hacen de él un modelo perfectamente adaptado al nuevo orden tecnológico: es inmaterial, inmediato, permanente y planetario. Atributos, por así decirlo, divinos y que, lógicamente, dan lugar a un nuevo culto, una nueva religión: la del mercado. Se intercambian instantáneamente, día y noche, datos de un extremo a otro de la Tierra. Las principales Bolsas están vinculadas entre sí y funcionaban en bucle. Sin interrupción. Mientras que, a través del mundo, delante de sus pantallas electrónicas, millares de jóvenes superdiplomados, superdotados, pasan sus días colgados del teléfono. Son los expertos de la nueva ideología dominante: el pensamiento único. La que siempre tiene razón y ante la que todo argumento -con mayor motivo sí es de orden social o humanitario- tiene que inclinarse.

En las democracias actuales, cada vez más ciudadanos libres se sienten enfangados, atrapados por esta viscosa doctrina que, imperceptiblemente, envuelve todo razonamiento rebelde, lo inhibe, lo paraliza y acaba por ahogarlo. Hay una sola doctrina, la del pensamiento único, autorizada por una invisible y omnipresente policía de la opinión.

Los mandamientos del pensamiento único

Desde la caída del muro de Berlín, el hundimiento de los regímenes comunistas y la desmoralización del socialismo, la altivez y la insolencia de esta doctrina han alcanzado tal grado que, sin exagerar, se puede calificar a este nuevo furor ideológico de dogmatismo moderno.

¿Qué es el pensamiento único? La traducción a términos ideológicos de pretensión universal de los intereses de un conjunto de fuerzas económicas, en especial, las del capital internacional. Se puede decir que está formulada y definida a partir de 1944, con ocasión de los acuerdos de Bretton-Woods. Sus fuentes principales son las grandes instituciones económicas y monetarias -Banco Mundial, Fondo Monetario Internacional, Organización de Cooperación y Desarrollo Económico, Acuerdo General sobre Tarifas Aduaneras y Comercio, Comisión Europea, Banco de Francia, etc.- quienes, mediante su financiación, afilian al servicio de sus ideas, en todo el planeta, a muchos centro de investigación, universidades y fundaciones que, a su vez, afinan y propagan la buena nueva.

Ésta es recogida y reproducida por los principales órganos de información económica y principalmnte por las biblias de inversores y especuladores de bolsa -The Wall Street Journal, The Financial Times, The Economist, Far Eastern Economic Review, Agencia Reuter, etc.- que suelen ser propiedad de grandes grupos industriales o financieros. En casi todas partes, facultades de ciencias económicas, periodistas, ensayistas y también políticos, examinan de nuevo los principales mandamientos de estas nuevas tablas de la ley y, usando como repetidores los medios de comunicación de masas, los reiteran hasta la saciedad sabiendo a ciencia cierta que, en nuestra sociedad mediática, repetición vale por demostración.

El primer principio del pensamiento único es tanto más fuerte cuanto un marxista distraído no renegaría de él en absoluto: lo económico prima sobre lo político. Fundándose en este principio ocurrió, por ejemplo, que un instrumento tan importante como el Banco de Francia, se hizo independiente sin oposición notable en 1994 y, en cierto modo, quedó a salvo de los azares políticos. "El Banco de Francia es independiente, apolítico y transpartidario", afirma, en efecto, su gobernador, el señor Jean-Claude Trichet, quien añade no obstante: "Pedimos que se reduzcan los déficits públicos" y "pretendemos una estrategia de moneda estable". Como si estos dos objetivos no fueran políticos.

Se defiende en nombre del realismo y el pragmatismo -que el ensayista neoliberal Alain Minc formula de la manera siguiente: "El capitalismo no puede derrumbarse; es el estado natural de la sociedad. La democracia no es el estado natural de la sociedad. El mercado, sí"-. Se coloca a la economía en el puesto de mando. Una economía liberada, como es natural, del obstáculo social, especie de ganga patética cuyo peso es, al parecer, causa de regresión y crisis.

Los otros conceptos clave del pensamiento único son conocidos: el mercado, cuya mano invisible corrige las asperezas y disfunciones del capitalismo y muy especialmente los mercados financieros cuyos signos orientan y determinan el movimiento general de la economía; la competencia y la competitividad que estimulan y dinamizan a las empresas llevándolas a una permanente y benéfica modernización, el libre intercambio sin límites, factor de desarrollo ininterrumpido del comercio y, por consiguiente, de la sociedad; la mundialización, tanto de la producción manufacturera como de los flujos financieros; la división internacional del trabajo que modera las reivindicaciones sindicales y abarata los costes salariales; la moneda fuerte, factor de estabilización; la desreglamentación; la privatización; la liberalización; etc. Cada vez menos de estado, un arbitraje constante en favor de los ingresos del capital en detrimento de los del trabajo. Y una indiferencia con respecto al costo ecológico.

La repetición constante, en todos los medios de comunicación, de este catecismo por parte de los periodistas de reverencia y de casi todos los políticos, de derecha como de izquierda, le confiere una fuerza de intimidación tan grande que ahoga toda la tentativa de reflexión libre y hace muy difícil la resistencia contra este nuevo oscurantismo.

Se puede llegar casi a considerar que los 17,4 millones de parados europeos, el desastre urbano, la precarización general, los suburbios a punto de estallar, el saqueo ecológico, el retorno de los racismos y la marea de marginados, sin simples espejismos, alucinaciones culpables y altamente discordante en este mundo feliz que está edificando, para nuestras conciencias anestesiadas, el pensamiento único.

Lo más frecuente, sin embargo, es que los mercados funcionen, por así decirlo, a ciegas, integrando parámetros tomados casi prestados de la brujería o de la psicología barata como: la economía del rumor, el análisis de comportamientos gregarios, o incluso el estudio de los contagios miméticos. Sobre todo porque, en virtud de sus nuevas características, el mercado financiero ha puesto a punto varias gamas de nuevos productos -derivados, futuros- extremadamente complejos y volátiles, que pocos expertos conocen bien y que dan a estos una ventaja considerable en las transacciones -no son riesgos, como el desastre financiero del banco británico Barings ha mostrado recientemente-. Hay apenas unos diez en el mundo que sepan actuar útilmente -es decir, en pro de mayor beneficio- sobre el curso de valores o de monedas. Son considerados los amos de los mercados, una palabra de uno de ellos y todo puede tambalearse, el dólar baja, la Bolsa de Tokio se derrumba.

Frente a la potencia de estos mastodontes de las finanzas, los Estados ya no pueden hacer gran cosa. La reciente crisis financiera de México, desencadenada a finales de diciembre de 1994, lo ha mostrado de modo especial. ¿Qué peso tienen las reservas acumuladas en divisas de Estados Unidos, Japón, Alemania, Francia, Italia, Reino Unido y Canadá -los siete países más ricos del mundo- frente al poder disuasorio financiero de los fondos de inversión privados, en su mayoría anglosajones o japoneses? No demasiado. A título de ejemplo, pensemos que, en el más importante esfuerzo financiero que jamás se haya consentido en la historia económica moderna en favor de un país -en este caso, México- los grandes Estados del planeta, entre ellos Estados Unidos, el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional lograron, todos juntos, reunir aproximadamente 50.000 millones de dólares, una suma considerable. Pues bien, los tres fondos de pensiones americanos, ellos solos -los Big Three de hoy día- Fidelity Investiments, Vanguard Group y Capital Research and Management controlan 500.000 millones de dólares.

Los gerentes de estos fondos concentran en sus manos un poder financiero de una envergadura inédita, que no posee ningún ministro de economía ni gobierno de banco central alguno. En un mercado que se ha convertido en instantáneo y planetario, todo cambio brutal de esos auténticos mamuts de las finanzas puede originar la desestabilización económica de cualquier país.

Armas de control social

Dirigentes políticos de las principales potencias planetarias, reunidos con los 850 más importantes responsables económicos del mundo dentro del marco del Foro Internacional de Davos (Suiza) en enero de 1995, dijeron hasta qué punto desaprobaban la nueva consigna de moda (¡Todos los poderes al mercado!) y cuánto temían a la potencia sobrehumana de esos gerentes de fondos, cuya fabulosa riqueza se ha liberado totalmente de los gobiernos y que actúan a su gusto en el espacio cibernético de la geografía financiera.

Este constituye una especie de Nueva Frontera, un Nuevo Territorio del cual depende la suerte de gran parte del mundo, sin contrato social, sin sanciones, sin leyes, a excepción de aquellas que los protagonistas fijan arbitrariamente, para su mayor provecho.

Los mercados votan cada día -considera el Sr. George Soros, financiero multimillonario- obligan a los gobiernos a adoptar medidas ciertamente impopulares, pero imprescindibles. Son los mercados quienes tienen el sentido del Estado.

A lo cual responde el Sr. Raymond Barre, antiguo primer ministro francés y gran defensor del liberalismo económico: "Decididamente, ya no se puede dejar el mundo en manos de una banda de irresponsables de 30 años que no piensan sino en hacer dinero". Él juzga que el sistema financiero internacional no posee los medios institucionales apropiados para hacer frente a los desafíos de la globalización y la apertura general de los mercados. Lo mismo comprueba el Sr. Butros Butros Ghali, secretario general de las Naciones Unidas:

La realidad del poder mundial escapa con mucho a los estados. Tanto es así que la globalización implica la emergencia de nuevos poderes que trascienden las estructuras estatales.

Entre estos nuevos poderes, el de los medios de comunicación de masas aparece como uno de los más potentes y temibles. La conquista de audiencias masivas a escala planetaria desencadena batallas homéricas. Grupos industriales están enzarzados en una guerra a muerte por el dominio de los recursos del multimedia y de las autopistas de información que, según el vicepresidente norteamericano, Sr. Albert Gore, "representan para los Estados Unidos de hoy lo que las infraestructuras del transporte por carretera representaron a mediados del siglo XX".

Por vez primera en la historia del mundo, se dirigen mensajes (informaciones y canciones) permanentemente, por medio de cadenas de televisión conectadas por satélite, al conjunto del planeta. Existen actualmente dos cadenas planetarias -Cable News Network (CNN) y Music Television (MTV)-, pero mañana serán decenas, que influirán y transtornarán costumbres y culturas, ideas y debates. Y perturbarán como parásitos, modificarán o harán cortocircuito a la palabra de los gobernantes, así como a su conducta.

Grupos más poderosos que los Estados hacen una razzia en el bien más preciado de las democracias: la información. ¿Impondrán su ley al mundo entero y abrirán una nueva era en que la libertad del ciudadano no será más que pura ilusión? ¿Estamos manipulados, condicionados, vigilados?

En un Estado de derecho, ¿es pertinente haces estas preguntas? Por desgracia, sí. Con una inquietud creciente, los ciudadanos comprueban en su vida cotidiana una influencia dominante, cada vez más fuerte, de estos nuevos poderes y sus recientes armas de control social.

A este respecto, el personaje principal de la novela de John Grisham, La Firma, Mitch Mc Deere, encarna de manera ejemplar al hombre moderno versión fin de siglo, atrapado en el engranaje contradictorio de sus ambiciones y sus pesadillas. Primero formado, educado en las más exigentes escuelas, condicionado para ser el mejor, Mc Deere es contratado por una firma prestigiosa. Ésta, desde entonces, por medio de las ténicas de comunicación más sofisticadas, no cesa de espiarlo, vigilarlo y controlarlo: seguimientos, micrófonos ocultos, escuchas telefónicas, teleobjetivos, cámaras de vídeo disimuladas hasta en su propia habitación. En los dos tiempos de este recorrido -primero, el amaestramiento y luego, la actitud policial- ¿qué es de la libertad del individuo? ¿Qué nuevo tipo de sociedad se está esbozando así con la complicidad de las nuevas tecnologías de la comunicación y de la información? ¿Dónde están a partir de entonces, los nuevos poderes? ¿Qué nuevas amenazas planean sobre la democracia?

La crisis de las grandes máquinas coaccionadoras -familia, escuela, Iglesia, ejército- y el fracaso de los Estados totalitarios que practican a gran escala el adoctrinamiento de masas, ha podido creer que el ciudadano recobraba una autonomía sin cortapisas. Es una ilusión. Bajo un aparente sosiego, todo indica, por el contrario, el esfuerzo del control social, este conjunto de recursos materiales y simbólicos de que dispone una sociedad para asegurarse de la conformidad del comportamiento de sus miembros a un conjunto de reglas y principios prescritos y sancionados. En efecto, se están instalando nuevos métodos de coacción más sutiles, más insidiosos y eficaces, mientras surgen técnicas último grito, a base de electrónica e información, para seguir por sus propias huellas el recorrido de los ciudadanos, tomar nota de lo que se aparta de las normas y castigar las desviaciones. Nadie está a salvo.

En el transcurso de los años treinta y cuarenta, los estados totalitarios -fascistas y estalinistas- fueron acusados de adoctrinar a los niños, sugestionarlos y volverlos, si fuera el caso, contra sus propios padres. Los refinamientos de la propaganda y su eficacia llevaban a preguntarse con horror: ¿Podemos convertirnos, por el efecto imperceptible de la persuación, en lo contrario de lo que somos? ¿Hay un Mr. Hyde dormitando fetalmente en nosotros que una hábil propaganda parece que tuviera el poder de despertar? Preguntas psicológicamente impresionantes y políticamente inquietantes, a las que desde los años treinta han tratado de responder George Orwell, Thomas Mann, Theodor Adorno, Walter Benjamín... Ellos veían en el desarrollo de los grandes medios eléctricos de comunicación de masas -micrófono, altavoz, disco, radio, cine- técnicas temibles para dominar e imponer un pensamiento administrado.


Desde la cuna y durante el estado de sueño -consideraba Aldoux Huxley en Un mundo feliz (1932)- es como los niños de pecho pueden ser condicionados (mejor que con el método pavloviano del castigo y la recompensa), por medio de un discurso sonoro que les repetirá indefinidamente cuál es su rango y su estatuto en el seno de la comunidad. A pesar de su idéntico capital genético, estos niños, después de interiorizar su condición social, se comportaban de manera diferenciada y aceptaban dócilmente sus funciones respectivas en el seno de la sociedad. Lo adquirido puede a lo innato, decía el escritor británico, que ponía en guardia contra las tentativas de domesticación humana.


La advertencia de Huxley no ha sido escuchada y las intervenciones que se efectúan hoy para condicionar al pequeño humano van incluso más allá del nacimiento. Los progresos actuales de la biogenética permiten, en efecto, estar informado, desde la concepción, del estado general del feto, de su sexo y de sus posibles deformaciones o enfermedades. La existencia de éstas, reveladas por la ecografía, pueden conducir a interrumpir la gestación; la manipulación de ciertos genes ya permiten evitar graves enfermedades invalidantes. ¿Hasta dónde se puede llegar por este camino? Los criterios mercantiles de la ideología de las ganancias, ¿son pertinentes en este ámbito? Todos sentimos que no, que eso sería la vía abierta al eugenismo, a elegir el bebé por catálogo en función de las modas y los argumentos del mercado. ¿No hemos visto acaso recientemente que una mujer negra, en Estados Unidos, se hizo implantar un évulo fecundado para poder traer al mundo un niño blanco? Los delirios más extravagantes en materia de genética se vuelven en adelante técnicamente posibles.

Ingeniería de la persuasión

Pero el hombre ha programado lo que está también después de su nacimiento. Al lado de su familia, cuyo ascendiente ha disminuido, hay otras estructuras de normalización que desde muy pronto se hacen cargo de él.

En primer lugar, la televisión, convertida en la principal canguro y la distracción primordial de los niños. ¿Qué se llevan del cíclope catódico? En primer lugar, la violencia. Sucesos recientes y trágicos han vuelto a lanzar desde hace unos meses, el debate acerca de la responsabilidad de la televisión y los medios de comunicación en el paso al acto criminal de niños a veces de muy corta edad.

Así, en Liverpool, en febrero de 1993, dos chicos de diez y once años, secuestraron, torturaron y mataron a un chiquillo de dos años según un ritual parecido al puesto en escena en una película de horror (Child's Play 3), que acostumbraban a ver en el vídeo. En Vitry-Sur Seine (Francia), en octubre de 1993, tres escolares de nueve y diez años participaron en el linchamiento mortal de un vagabundo. En Newcastle (Inglaterra), en 1993, dos niños de nueve y diez años fueron inculpados por torturas a un niño de seis años. En la misma época, en Sarrebrük (Alemania), tres alumnos de la escuela primaria intentaron colgar a uno de sus compañeros en clase. A principios de 1994, en Marsella, varios adolescentes inculpados por violación, torturas y actos de barbarie a una niña de doce años, declararon a quienes los interrogaban no saber que hacían algo malo... Finalmente, en Noruega, en octubre de 1994, una niña de cinco años murió después de que la golpearan tres niños de cinco y seis años, una vez más, según un ritual que imitaba a una serie de televisión para niños (Power Rangers). Este último asunto principalmente provocó, en toda Europa, una viva emoción y reactivó el debate sobre el impacto de ciertas emisiones sobre los niños más pequeños.

A consecuencia de estos dramáticos casos, muchos países han tomado decisiones para limitar las escenas de violencia en la televisión. Dos cadenas suecas, por ejemplo, decidieron no seguir difundiendo las series Power Ranger y The Edge, sospechosas de haber ejercido una nefasta influencia en los niños homicidas noruegos.

Bajo la presión de la opinión pública, la televisión canadiense, por su parte, se ha provisto de un código ético con objeto de suprimir de la pequeña pantalla las escenas de violencia gratuitas, a partir del 1 de enero de 1995.

En el Reino Unido, el gobierno ha decidido restringir el acceso de los menores a los vídeos violentos. En Estados Unidos, las principales cadenas -ABC, CBS, NBC y Fox- han resulto suprimir gran parte de las emisiones violentas de su programación. Esto, sobre todo, para evitar que el gobierno reglamente aún con más severidad la representación de la violencia en la pequeña pantalla, ya que cuatro de cada cinco americanos están convencidos de que la violencia en la televisión contribuye a aumentar la violencia en la vida real y después de que la Asociación americana de psicología hiciera público un informe que revelaba que durante los cinco años que dura la escuela primaria, un niño ve en la televisión unos 8.000 asesinatos y más de 100.000 actos violentos.

En Francia, por último, el informe de la diputada Christine Boutin, elaborado en octubre de 1994, en el marco de la Comisión de asuntos culturales, familiares y sociales de la Asamblea nacional titulado Niño y televisión, hace veinte propuestas para proteger a los jóvenes telespectadores de la influencia excesiva de los programas televisados.

Las encuentras muestran que un niño francés que tenga entre ocho y catorce años, ve la televisión tres horas diarias de promedio. Y que el número de actos violentos que se difunden es, en general, percibido como irrazonable y difícil de soportar. El semanario parisino Le Point, en una encuesta efectuada en octubre de 1988, había hecho un recuento de todas las escenas de violencia a las que los telespectadores habían podido asistir durante una semana: 670 homicidios, 15 violaciones, 848 peleas, 419 fusilamientos, 14 secuestros, 32 tomas de rehenes, 27 escenas de tortura, 13 tentativas de estrangulamiento, 11 atracos a mano armada, 11 escenas de guerra, 9 defenestraciones... Esto, por cierto, en todas las emisiones y no sólo en las emisiones para niños, pero hay que saber que los programas para la juventud no representan nada más que el 30% del tiempo de audiencia de los niños de ocho a doce años; de modo que éstos ven durante el 70% de su tiempo de audiencia programas para adultos.

Y, a este respecto, hay que subrayar que entre los programas más violentos de la televisión están los informativos. Crímenes, atrocidades de las guerras en Bosnia o en Ruanda, sufrimiento de los niños (se estima que alrededor de la mitad de las víctimas civiles de las guerras son niños), catástrofes naturales y epidemias; los informativos televisados recitan el rosario de las tragedias ordinarias con un realismo y una crudeza impresionantes.

Esto afecta terriblemente a los niños que están mirando. Primero, por el impacto mismo de las imágenes, su crudeza intrínseca, pero además porque los niños saben instintivamente que lo que están viendo es verdad, es real, y que no tiene que ver con la ficción y también porque escuchan las reacciones de los padres (el telediario es una de las emisiones que la familia ve reunida); estos comentarios conmocionan a veces a los niños porque subrayan el dramatismo de lo que ven. El efecto de ansiedad es muy fuerte; los niños sienten que los mismos padres están impresionados, horrorizados a veces, por lo que están viendo.

Este efecto de ansiedad se traduce en una violencia psicológica que puede marcar el ánimo del niño, impresionarlo y perturbarlo. Esto puede hacerlo habituarse a la violencia, a banalizarla y hacerlo insensible, más tarde, al sufrimiento de los demás. Para poner en guardia contra esta perversa influencia, la cadena americana CBS difundió en enero de 1995, bajo el título de "En el campo de masacres de América", un documental de tres horas (!) elaborado a partir de las secuencias televisadas durante los informativos, en el que se acumulan los cadáveres desfigurados, las imágenes alucinantes de las víctimas de la violencia ordinaria de los sucesos americanos.

Pero la violencia no es el único problema que plantea en los niños el hábito de ver la televisión. Antes de alcanzar la edad de doce años, un niño habrá visto, en Francia, unos 100.000 anuncios que, subrepticiamente, van a contribuir a hacerle interiorizar las normas ideológicas dominantes. Y enseñarle criterios consensuales de lo bello, el bien, lo justo y lo verdadero; es decir, los cuatro valores morales sobre los cuales para siempre se edificará su visión moral y estética del mundo.

Muy pronto, la televisión impondrá los criterios emocionales como superiores a los argumentos racionales.

El abismo entre la racionalidad y la publicidad se ha ahondado tanto ahora [escribe el ensayista americano Neil Postman] que es difícil recordar que alguna vez haya existido relación entre ellas. Hoy, en la televisión publicitaria, las proposiciones de lógica son tan raras como la gente fea. La cuestión de saber si el publicista dice la verdad o no, ni siquiera se plantea. Un anuncio de Mc Donalds, por ejemplo, no es una serie de aserciones verificables y presentadas con lógica. Es una puesta en escena -una mitología si se quiere- de gente muy guapa, vendiendo, comprando y comiendo hamburguesas y ostentando una felicidad de éxtasis. No se hace ninguna afirmación si no son las que los telespectadores proyectan sobre la escena o deducen de ella. Un anuncio puede gustar o no gustar. No se puede refutar.

Los dibujos animados, de los que los niños siguen siendo grandes consumidores, no se refutan tampoco. Sí es cierto que algunos son de una notable calidad poética y una riqueza para el imaginario, muchos otros presentan un modo simplista, maniqueo, atestado de prejuicios y extremadamente violento (41 actos de violencia por hora, de promedio, en los dibujos animados americanos). Ahora bien, como se ha visto, la cuestión de la violencia en la televisión y su influencia en los niños se plantea con más fuerza que nunca. Según el doctor Samuel Lepastier, del Centro de psiquiatría del niño y el adolescente del hospital Santa Ana, en París:

El hecho de ver espectáculos violentos puede tener un efecto calmante hasta cierto umbral. Más allá de él, el excedente de excitación vinculado a las imágenes ya no se elabora en el plano psicológico. Es ahí donde aparece una descarga de esta excitación por vías varias. Los niños pueden estar ansiosos o tener pesadillas. En un grado mayor, la evacuación se hace por medio de juegos, imitaciones, por pasar al acto...

Por imitar al héroe de una película para adolescentes, The Program, que se acostaba sobre el asfalto de una autopista y permanecía inmóvil en medio de la circulación, varios jóvenes americanos fueron atropellados en las carreteras de Estados Unidos en otoño de 1993. Esto obligó a la empresa productora, Walt Disney Company, a cortar la escena en todas las copias en circulación y llevó al Congreso a exigir medidas contra la violencia en la televisión. Lo cual hizo también el gobierno británico el 12 de abril de 1994.

 Este debate se trasladó hacia la influencia de los vídeojuegos, que han llegado a ser la principal distracción de los adolescentes (una encuesta ha revelado, en septiembre de 1994, que las tres cuartas partes de los niños franceses de la primaria juegan con regularidad a los vídeojuegos). Estas diversiones electrónicas proponen de ordinario mini relatos de aventuras; los guiones suelen estar inspirados en guerras reales: Vietnam, Afganistán, Nicaragua, Golfo, Bosnia...: un héroe sigue un recorrido iniciático durante el cual no cesa de eliminar adversarios cada vez más temibles. Matar, destruir, fusilar, son actos constantes que reclaman estos juegos y a los que el adolescente procede, pulsando simplemente un botón. Este pequeño gesto que mata, a la larga, se banaliza e irrealiza la idea misma de la muerte, pilar, no obstante, de la filosofía y de la religión en todas las civilizaciones.

A la edad de 18 años, un joven americano ha eliminado así, sin pesares, a unos 40.000 adversarios. El profesor George Grebner, de la Universidad de Pensilvania, uno de los más grandes especialistas de la violencia en la pequeña pantalla, toca el timbre de alarma:

La exposición reiterada a la violencia vuelve al público ansioso y desconfiado, le hace exagerar los riesgos de agresión en su medio. Cuantas más emisiones violentas vean los niños, más aceptable les parece la violencia y más les produce placer. Les cuesta discernir lo verdadero de lo falso.

Este condicionamiento a la violencia alcanza un refinamiento superior con el desarrollo espectacular de la realidad virtual. Cascos de visión en tres dimensiones con cristales líquidos y guantes estriados con fibras ópticas conectados a un ordenador pueden producir una perfecta impresión de contacto con una realidad concreta... sin embargo, inexistente. El jugador no está viendo una película, está él en la película; circula por ella e interactúa en el ciberespacio. Combates, exploraciones, aventuras de todas clases y guerras con láser, puestas a punto por especialistas de la simulación militar parecen, desde ahora, -virtualmente- al alcance de cada cual. Parques de juegos de este tipo, como Cinetrópolis en Connecticut, cerca de Nueva York, o Virtual World Entertainment en California (el de Nagoya, en Japón, se abre en noviembre de 1995), así como experiencias de sexualidad virtual...

El año pasado, los americanos gastaron 18,8 millones de dólares en estos juegos y se prevé que gastarán 33,8 millones este año. Pero los psicólogos ya están advirtiendo contra los peligros de la realidad virtual.

El centro de la personalidad se resitúa en un cuerpo virtual dotado de capacidades suprahumanas. Al regreso de ese viaje, el jugador podría sufrir una especie de desprecio por sí mismo, experimentar una sensación de insignificancia, de soledad acrecentada dentro del mundo real. En última instancia, una exposición demasiado frecuente a la realidad virtual induciría a una verdadera descomposición psicológica, haciendo una sangría en las fuerzas vivas de la personalidad en beneficio de uno o varios mundos virtuales.

Sin ser pesimista, uno no puede sino interrogarse sobre la influencia de las escenas de violencia difundidas por la televisión y los vídeojuegos cuando se ve cómo en Estados Unidos, por ejemplo, donde la televisión es una de las más violentas del mundo, el número de detenciones de menores ha aumentado en un 60% entre 1981 y 1990. En Francia, el número de delitos cometidos por menores ha pasado de 36.000 en 1980 a 48.000 en 1987 y no cesa de aumentar. Esta delincuencia de adolescentes es, además, cada vez más violenta y mortífera, con frecuencia directamente inspirada por escenas de la televisión.

La persuasión invisible

Hay otras tres técnicas de persuasión que tienen por objeto permanente la domesticación de las mentes: la publicidad, los sondeos y el marketing. De tal modo forman parte de nuestro entorno familiar (lo propio de la ideología dominante es ser, literalmente, invisible), que raras son las personas que caen en la cuenta de ellas, les chocan y se rebelan.

Con los medios más refinados y con ayuda de investigadores de todas las disciplinas (psicólogos, psiquiatras, sociólogos, semióticos, lingüistas, estadísticos, etc.), la publicidad intenta desentrañar nuestros más profundos deseos. Tratan de descubrir, afirma el ensayista americano Vance Packard, autor de La persuasión clandestina,

...nuestras debilidades ocultas y puntos vulnerables con la esperanza de que así estarán en mejor posición para influir en nuestros actos. Los psicólogos de una gran agencia americana de publicidad dirigen experiencias sobre muestras humanas para intentar poner a punto un medio de identificar a las personas ansiosas, hostiles, pasivas, a las que son socialmente conscientes, etc., así como los métodos para alcanzarlos en sus puntos sensibles. Una agencia de Chicago ha estudiado el ciclo menstrual del ama de casa y sus consecuencias psicológicas con la esperanza de determinar qué la persuadirá de modo más eficaz para comprar ciertos productos alimenticios.

Cuando han obtenido esta información y con el discurso publicitario elaborado, el ciudadano se convierte en el blanco de la diana. Hay un promedio de 300.000 mensajes que lo bombardean cada año. ¿Cómo escapar de ello? En Francia hay instalados 400.000 paneles para fijar anuncios, 50.000 autobuses pasean otros en su costado y su parte trasera por todas las ciudades; 6.000 espacios publicitarios se difunden por las distintas cadenas de televisión y las salas de cine, así como decenas de millares de espacios radiofónicos, sin hablar de unas 3.200 revistas (y decenas de periódicos) que ponen publicidad en sus páginas. ¿Cómo salir indemne de este bombardeo?

Tanto más cuanto ciertos métodos, como el llamado de las imágenes subliminales (normalmente ilegal), se dirigen a nuestro inconsciente y desbaratan nuestra defensa crítica. Esto puede tener consecuencias graves para la economía doméstica con el desarrollo de la telecompra que suscita pulsiones de adquisición instantáneas. Sobre todo si el mando a distancia y la tarjeta de crédito están conectadas, como proponen ciertos gadgets recientes...

La publicidad y las técnicas de venta, incluso las más controvertidas, sirven, por otra parte, de modelo al discurso político, sobre todo en período electoral. Su influencia en el ciudadano, en especial la del marketing político, es considerable a la hora de elegir a los dirigentes en una democracia.

Las técnicas de venta, fundadas en estudios muy hábiles de mercado, pretenden ser casi una ciencia. Su objetivo: manipularnos, hacernos consumir cada vez más. A este respecto, las estrategias preparadas en los hipermercados para hacer caer al consumidor son asombrosas. Incluso se ha construido un hipermercado-laboratorio en Saint Quentin-en-Yvelines, con el fin de estudiar con microscopio las conductas de compra. En estos almacenes experimentales, el comprador conejo de indias es espiado por un equipo de sociólogos y psicólogos que siguen todos sus gestos a través de espejos sin azogue; su recorrido, sus paradas, sus dudas, son minuciosamente analizadas. Hasta el camino que sigue su mirada por los estantes de los productos es grabado por el Eye Movement Recorder, "un sistema que, mediante el estudio de la refracción de infrarrojos en la retina, permite determinar qué artículos de un estante han sido observados en primer lugar y durante cuánto tiempo...".

Estas observaciones y encuestas muy detalladas sobre las motivaciones de compra van a permitir, gracias al concurso de arquitectos, decoradores e iluminadores, modelar el espacio interior de los hipermercados para estimular el consumo. Longitud de pasillos, tamaño de los estantes, ubicación de productos, iluminación, colores, todo está calculado para que el cliente se mueva más lentamente, se detenga ante un máximo de productos y que, además de lo imprescindible, compre lo superfluo. Nada se deja al azar. Un ejemplo: el electrodoméstico, siempre situado a la entrada de los almacenes, por dos motivos: el carrito debe estar vacío para poder recibir un embalaje grande, y su precio servirá de referencia, ya que todo lo demás parecerá menos caro.

Incluso la música ambiental está muy estudiada para que la inmensidad de las naves comerciales no asuste y se vuelva más íntima. En Francia, el 60% de los hipermercados difunden la misma música especialmente elaborada para ellos por una empresa que, vía satélite, cubre el conjunto del territorio. En ciertos países, esta música contiene sonidos subliminales, que repiten a los clientes extasiados ¡Complaceos! ¡Relajaos! ¡No robéis!

Coadyuvantes con el discurso publicitario, los sondeos proporcionan información y argumentos suplementarios sobre las necesidades de todo orden de los ciudadanos.

Lo que buscan los que hacen sondeos [explica Vance Packard] es, evidentemente, el porqué de nuestros actos, con el fin, si puede hacerse, de inclinar con más seguridad nuestra elección a su favor.

Los sondeadores indagan, a veces con falsos pretextos, en la conducta, las costumbres, las actitudes y diseñan poco a poco el perfil del consumidor-elector medio. Definen así la opinión pública que, las más de las veces, no es sino el reflejo apenas deformado de la información de masas y la publicidad. El conjunto constituye un anillo que circunscribe la norma social, el consenso y la conformidad. O, como afirma el ensayista neoliberal Alain Minc: el círculo de la razón. Fuera de ello están el margen, la desviación, la anormalidad.

Los sondeos establecen de este modo una nueva forma de condicionamiento que nos influye sin hacerse notar. Al recordarnos constantemente el deseo de la mayoría, nos sugieren que vayamos en la misma dirección. Ya que, en efecto, los indecisos tienden a alinearse con la opinión de la mayoría. Paul Watzlavick, especialista de la comunicación de la Escuela de Palo Alto, ha mostrado magistralmente cómo un individuo aislado acababa por dudar de sus propios sentimientos y cómo llegaba, para no distinguirse, a aceptar la opinión del mayor número de personas:

La voluntad de renunciar a la propia independencia, de trocar el testimonio de los propios sentidos contra la sensación confortable, pero deformante de la realidad, de estar en armonía con un grupo [afirma Watzlawick] es, claro está, el alimento con el que se nutren los demagogos.

Estos merodean de nuevo a favor del actual desasosiego, en el que ya están al pie del cañón, como en Italia, donde las elecciones de marzo de 1994 han contemplado el despliegue de todas las tecnologías modernas del condicionamiento y también la elección del Sr. Silvio Berlusconi.

Coacción y vigilancia

El condicionamiento va a la par con la vigilancia. Y los medios de ejercerla se han multiplicado por diez con los avances de la informática y la fantástica capacidad de control que permiten las nuevas herramientas. Gestos anodinos de la vida cotidiana dejan marcas indelebles en las redes electrónicas, permitiendo reconstruir un itinerario o un modo de vida. Así, la retirada de dinero en un cajero automático, el pago con una tarjeta de crédito, pasar por una autopista de peaje, una simple llamada telefónica, una consulta por teletexto, etc., son otras tantas piedrecitas blancas que señalan el recorrido, cuyo trazado podrá reconstruirse, calcular la velocidad y la duración, verificar las coartadas.

Abonarse a una revista, pagar los impuestos, pagar al médico, dejan, a partir de ahora, huellas en los ficheros informáticos. Si no fuera por la Comisión Nacional Informática y Libertades (CNIL) y la ley del 6 de enero de 1978, que en Francia protegen las libertades de los ciudadanos, toda la información referente a nuestra vida -escolaridad, salud, compras, viajes, ahorro, relaciones, etc.- podrían ser confirmadas y consultadas por los más diversos organismos: bancos, compañías de seguros, empleadores, comerciantes, policía...

En Estados Unidos, los servicios americanos de impuestos han tratado de controlar las declaraciones fiscales analizando los ficheros de las sociedades de venta por correspondencia. Hay sociedades especializadas que escudriñan todos los gastos de ciertas categorías de personas, definen su perfil de consumidor y meten estos datos en fichas. Hay bancos que no dudan en establecer, para su propio uso, ficheros a partir de información proporcionada por los gastos de sus clientes. Algunos van aún más lejos. En el Reino Unido, el banco Natwest, que administra 6,5 millones de cuentas, ponía en fichas las opiniones políticas y religiosas de sus clientes e incluso sus hábitos alimentarios.

En la empresa, donde los métodos de contratación verifican la conformidad física e ideológica de los candidatos a las normas sociales dominantes, la jerarquía puede, en lo sucesivo, controlar mejor la actividad de los asalariados. La videovigilancia -que Charles Chaplin y Fritz Lang habían previsto ya en 1930 con Tiempos modernos y Metrópolis respectivamente- se ha generalizado. Duración real del trabajo, presencia, productividad y eficacia de los asalariados, todo ello puede verificarse, así como las llamadas telefónicas personales consignadas en la memoria informática de la central.

En 1984, durante la ocupación de la fábrica SKF de Iviry-sur-Seine, los obreros descubrieron que estaban sistemáticamente fichados por el servicio de personal en función de sus opiniones políticas y sindicales. Tales ficheros, que están prohibidos, son moneda corriente, pues informarse sobre el estado de ánimo de los empleados forma parte del trabajo de un responsable de recursos humanos. Ciertas firmas recurren a veces a detectives privados o a empresas de vigilancia para inquirir acerca de su personal. Tal ejecutivo, sospechoso de proporcionar información a la competencia, será espiado. A tal sindicalista molesto se le pondrán escuchas telefónicas.

Y el futuro se presenta suspicaz. La firma Olivetti ha preparado una pulga electrónica capaz de activar a distancia un microprocesador. El empleado llega a su oficina, llevando a modo de insignia una tarjeta de seis por seis centímetros, cuarenta gramos de peso y ocho milímetros de espesor. En seguida su ordenador lo reconoce y se enciende; cuando se va de su despacho, se apaga. Nadie más que él puede tener acceso al sistema. El ordenador envía cada diez segundos un impulso para verificar la presencia del portador de la insignia en un radio de quince metros. Olivetti proyecta equipar los inmuebles con una multitud de captadores que seguirán al empleado allí donde vaya. Superado el Gran Hermano de George Orwell; la vigilancia de los asalariados podrá, por fin, ser permanente.

Lo cual debe de hacer soñar a todas las policías del mundo. Entretanto, éstas apuestan a fondo por la vigilancia por vídeo. En París, el 12 de abril de 1994, durante el proceso de unos hooligans acusados de heridas y faltas contra unos CRS, se mostraron las imágenes, filmadas por las cámaras de televisión y por un aficionado, que permitieron identificar a los jóvenes y encarcelarlos. Estas prácticas se están generalizando; las fuerzas del orden disponen desde ahora, en varios países, de sus propios equipos de rodaje que filman en directo las manifestaciones y enfrentamientos violentos con los policías. Para no depender de las cadenas de televisión o las agencias de prensa, el Ministerio del Interior español proyecta instalar en los barrios de mayor inseguridad unas 250 cámaras que filmarán todo aquello que se mueva. En un centro de control, 33 agentes vigilarán las imágenes para prevenir posibles delitos y reaccionar rápidamente.

Y cuando el condicionamiento masivo, la vigilancia y el control se revelen ineficaces, queda, como se ha podido ver en la película de Milos Forman Alguien voló sobre el nido del cuco, una última herramienta de la ingeniería del consentimiento: los tranquilizantes y ansiolíticos. Francia detenta, en este período de crisis, el récord mundial de consumo de psicotrópicos (80,9 millones de cajas vendidas en 1993). Y el Prozac, el antidepresivo milagro llegado de Estados Unidos, también se ha extendido muy deprisa. El rumor, propalado por algunos médicos, dice que con Prozac usted vuelve a ser la persona que era realmente. ¿Qué persona? ¿Jekyl o Hyde?

En Estados Unidos [observa el profesor Edouard Zafirian] donde la violencia y la delincuencia son tratadas como enfermedades del individuo, prescribir Prozac evita plantearse preguntas molestas sobre las causas sociales de esos trastornos. He acabado por preguntarme si esos medicamentos, consumidos en exceso, no desempeñan la función de reguladores sociales que permiten evitar las rebeliones.

La crisis del cuarto poder

Agotados por el trabajo, horrorizados por el paro, angustiados por el porvenir, hechizados por la televisión, aturdidos por los tranquilizantes, los ciudadanos sufren un adoctrinamiento constante, invisible y clandestino. ¿Pueden contar con la prensa, con ese recurso del ciudadano que a veces es llamado cuarto poder y que tradicionalmente, en las democracias, tiene por función principal desvelar la verdad y proteger a los ciudadanos contra los abusos de los otros tres poderes (legislativo, ejecutivo y judicial)? De hecho, para decirlo llanamente, no.

Porque la prensa escrita está en crisis. Está conociendo, en varios grandes países democráticos, una baja notable de difusión y sufre gravemente de una pérdida de identidad. ¿Cómo y por qué razones hemos llegado hasta aquí? Independientemente de la influencia, cierta, de la crisis económica, hay que buscar, nos parece, las causas profundas de esta crisis en la transformación que a lo largo de estos últimos años han conocido algunos de los conceptos básicos del periodismo.

En primer lugar, la idea misma de información. Hasta hace poco, informar era, en cierto modo, proporcionar no sólo la descripción precisa -y verificada- de un hecho, de un acontecimiento, sino igualmente un conjunto de parámetros que permiten al lector comprender su significación profunda. Era dar respuesta a preguntas elementales: ¿Quién ha hecho qué? ¿Con qué medios? ¿Dónde? ¿Cómo? ¿Por qué? ¿En qué contexto? ¿Cuáles son las causas? ¿Cuáles las consecuencias?

Esto ha cambiado bajo la influencia de la televisión que ocupa un lugar dominante dentro de la jerarquía de los medios de comunicación, y extiende su modelo. El diario televisado, principalmente gracias a su ideología de lo directo y del tiempo real, ha ido imponiendo poco a poco un concepto radicalmente distinto de la información. Informarse es, desde entonces, mostrar la historia en marcha o, más concretamente, hacernos asistir en directo al acontecimiento.

Se trata, en materia de información, de una revolución copernicana, cuyas consecuencias no se han terminado de medir. Pues supone que la imagen del acontecimiento (o de su descripción) basta para darle toda su significación. En última instancia, el periodista misma está de más en este cara a cara del telespectador y la historia. El objetivo prioritario para el ciudadano, su satisfacción, ya no es comprender el alcance de un acontecimiento, sino simplemente verlo, mirar cómo se produce bajo sus ojos. Esta coincidencia es considerada como feliz. De este modo se establece, poco a poco, la engañosa ilusión de que ver es comprender.

Ahora bien, nuestra racionalidad moderna se ha edificado muy exactamente contra el postulado ver es comprender. Los racionalistas del Renacimiento y el Siglo de las Luces tuvieron que combatir las fuerzas oscurantistas que se apoyaban en la idea de que ver es comprender. Galileo mostró que aunque yo vea el sol girar alrededor de la Tierra, en realidad es la Tierra la que gira alrededor del sol. Y Diderot, con los enciclopedistas, advertía que hay que desconfiar de los propios ojos y de los propios sentidos. Yo veo el horizonte plano, pero la Tierra es redonda. Ya que, como bien dice la sabiduría popular, el hábito no hace al monje y las apariencias engañan. La razón y el razonamiento son los que me hacen comprender, y no los ojos. Cuando la información moderna se funda en la idea de que ver es comprender, contribuye a una formidable regresión intelectual que nos hace volver varios siglos atrás, a la era prerracional.

¿Y cómo pretender que todo acontecimiento, por muy abstracto que sea, debe necesariamente presentar una parte visible, mostrable, televisable? Esto trae consigo una emblematización reductora, cada vez más frecuente, de acontecimientos con carácter complejo. Por ejemplo, todo el alcance de los acuerdos Israel-OLP parece que se ha reducido al simple apretón de manos Rabin-Arafat... Por otra parte, tal concepto de la información conduce a una afligida fascinación por las imágenes en directo, de acontecimientos realistas, sucesos violentos y sangrantes.

Hay otro concepto que ha cambiado: el de actualidad. ¿Qué es a partir de ahora la actualidad? ¿A qué acontecimiento hay que darle un lugar privilegiado dentro de la abundancia de hechos de todo el mundo? ¿En función de qué criterio escoger? Ahí, una vez más, la influencia de la televisión parece determinante. Es ella, con el impacto de sus imágenes, quien impone su elección y obliga prácticamente a la prensa escrita a seguirla. La televisión construye la actualidad, provoca el choque emocional y condena prácticamente a los hechos huérfanos de imágenes al silencia y la indiferencia. Poco a poco se establece en las mentes la idea de que la importancia de los acontecimientos es proporcional a su riqueza en imágenes. O, por decirlo de otro modo, que un acontecimiento que se puede mostrar (si es posible en directo y en tiempo real), es más fuerte, más eminente que el que permanece invisible y cuya importancia es abstracta. En el nuevo orden de los medios de comunicación, las palabras o los textos no valen tanto como las imágenes.

El tiempo de la información también ha cambiado. La medida óptima de los medios de comunicación es ahora la instantaneidad (el tiempo real), lo directo, que sólo la televisión y la radio pueden practicar. Eso hace envejecer a la prensa diaria, forzosamente en retraso con relación al acontecimiento y a la vez demasiado cerca de él para lograr sacar, con la suficiente perspectiva, todas las enseñanzas de lo que acaba de producirse.

Hay un cuarto concepto que se ha modificado y es fundamental: el de la veracidad de la información. Ahora, un hecho es verdad no porque corresponda a criterios objetivos, rigurosos y verificados en sus fuentes, sino sencillamente porque otros medios de comunicación repiten las mismas afirmaciones y confirman. Si la televisión, partiendo de un despacho o de una imagen de agencia, presenta una noticia y la prensa escrita y luego la radio vuelven a dar esta noticia, eso basta para acreditarla como veraz. Así fue, recordemos, como se construyeron la mentira del montón de cadáveres de Timisoara y todas las de la guerra del Golfo. Los medios de comunicación ya no saben distinguir, estructuralmente, lo verdadero de lo falso.

En esta conmoción mediática, es cada vez más vano querer analizar la prensa escrita aislada de los demás medios de información. Los medios (y los periodistas) se repiten, se imita, se copian, se responden, se entremezclan hasta el punto de que ya no constituyen sino un solo sistema de información dentro del cual es cada vez más arduo distinguir la especificidad de uno de ellos separándolo de los otros.

Las democracias catódicas

Finalmente, información y comunicación tienden a confundirse. Demasiados periodistas siguen creyendo que son ellos los únicos que producen la información, cuando toda la sociedad se ha puesto frenéticamente a hacer lo mismo. Ya no queda prácticamente institución (administrativa, militar, económica, cultural, social, etc.) que no disponga de un servicio de comunicación, de relaciones públicas y no emita, sobre sí misma y sus actividades, un discurso pictórico y elogioso. A este respecto, todo el sistema, en las democracias catódicas, se ha vuelto astuto e inteligente, totalmente capaz de manipular arteramente a los medios de comunicación y resistir sabiamente a su curiosidad.

A todos estos desbarajustes se añade un malentendido esencial. Muchos ciudadanos consideran que, confortablemente instalados en el sofá de su salón y viendo en la pequeña pantalla una sensacional cascada de acontecimientos a base de imágenes fuertes, violentas y espectaculares, pueden informarse seriamente. Es un error mayúsculo, por tres razones: primero, porque el informativo televisado, estructurado como una ficción, no está hecho para informar, sino para distraer. A continuación, porque la sucesión rápida de noticias breves y fragmentadas (unas veinte por cada telediario) produce un doble efecto negativo de sobreinformación y desinformación. Y, finalmente, porque querer informarse sin esfuerzo es una ilusión que tiene que ver con el mito publicitario más que con la movilización cívica. Informarse cansa y a este precio el ciudadano adquiere el derecho de participar inteligentemente en la vida democrática.

Muchos titulares de prensa escrita siguen no obstante, por mimetismo televisivo, adoptando características propio del medio catódico: maqueta de la primera página concebida como una pantalla, longitud de los artículos reducida, personalización excesiva de los periodistas, prioridad a lo sensacional, práctica sistemática del olvido, de la amnesia con respecto a las informaciones que hayan perdido actualidad, etc.

La prensa escrita ha simplificado su discurso en el momento en que aparecen nuevos poderes que nadie denuncia y el mundo, conmocionado por el fin de la guerra fría y las revoluciones tecnológicas, se ha complicado de un modo considerable. Una separación tan grande entre este simplismo, de la prensa y la nueva complejidad de la política internacional desconcierta a muchos ciudadanos que ya no encuentran en las páginas de su gaceta un análisis diferente, más detallado, más exigente que la que propone el informativo de televisión. Esta simplificación es tanto más paradójica cuanto el nivel educativo global de nuestras sociedades no cesa de elevarse y el número de diplomados va en aumento. Aceptando no ser sino el eco de las imágenes televisadas, muchos periódicos decepcionan, pierden su propia especificidad y, por añadidura, lectores.

En el mejor de los casos, en ciertos países la prensa escrita, para escapar a la dominación que sobre ella ejerce la televisión, ha abierto nuevos territorios a la información. En dos ámbitos: la vida privada de las personalidades públicas y los asuntos de interés público que implican a personalidades del mundo político o económico. El primero es abundantemente explotado, sobre todo en Estados Unidos y el Reino Unido, por los periódicos de pequeño formato. El segundo, más serio, ha visto en estos últimos años en España, Francia e Italia principalmente, la renovación de lo que no hace mucho tiempo se llamaba periodismo de investigación y que hoy se designa como periodismo de revelación.

Se trata, en sentido propio, de revelar, es decir, sacar a la luz lo que estaba escondido, de analizar lo que estaba oculto, de explicar lo que no es visible. Esto, la televisión, por definición, no puede mostrarlo ya que casi nunca hay imágenes. Se trata de expedientes, de papeles y documentos cuya exhibición por medio de imágenes no añade nada. En este tipo de periodismo, son el razonamiento y la demostración los que vuelven a ser figuras importantes. Pensar, y no simplemente ver, vuelve a ser posible, hasta cierto punto, pues muchos periódicos, y los grupos a los que pertenecen, están comprometidos en esta vía por su propia supervivencia económica.

La confrontación con la televisión es entonces prioritaria a riesgo de hacer revelaciones todos los días, a toda costa; a riesgo de olvidar la ética profesional o de maltratar a la deontología, traicionando así doblemente a los ciudadanos lectores, tomados como rehenes en esta guerra de medios de comunicación, en la que todos los golpes están permitidos, incluso los más bajos.

Tanto más cuanto que la influencia de la televisión, principalmente en materia de diplomacia, no ha dejado de crecer en estos últimos años. Hemos podido verificarlo con ocasión de las grandes crisis internacionales. Sin las imágenes desgarradoras del mercado bombardeado de Sarajevo, ¿habría habido un ultimátum de la ONU? Sin la conmovedora visión de los niños hambrientos de Mogadiscio, ¿habría habido un desembarco militar en Somalia? No es seguro.

En nuestras democracias mediáticas, la conminación humanitaria dicta desde ahora la actitud de los cancilleres y prescribe una aflictiva diplomacia del audímetro, con los temibles riesgos que esto supone:

Si la política americana [advierte el profesor George F. Kennan] y el enrolamiento de nuestras fuerzas armadas en el exterior están condicionados por la industria de la televisión comercial e inspirados por la pulsión emocional de la gente, ya no habrá más gobiernos responsables.

En este sentido, un alto funcionario del Departamento de Estado ha revelado recientemente que para no actuar en la ex Yoguslavia bajo la presión de la máquina mediática, la estrategia del presidente Clinton consiste en evitar a toda costa que Bosnia aparezca en la primera página de los grandes medios de comunicación. Cada día de silencio sobre Bosnia en los informativos de televisión es un día ganado.

Si el choque de las informaciones arranca a los dirigentes e su inmovilismo, ¿hay que lamentarlo? Teóricamente, no. Ya que una de las principales funciones del cuarto poder es, efectivamente, actuar como un aguijón en nombre de los valores de la democracia. Pero la mayor parte de los medios de comunicación no tendrían el menor derecho a reivindicar esta noble función; arrastrados a una deriva que tanto daña, no suelen ser ya dignos de ejercerla. Instantaneidad, espectacularización, fragmentación, simplificación, mundialización y mercantilización son desde ahora las principales características de una información estructuralmente incapaz de distinguir la verdad de la mentira. Como no ha cesado de demotrar la cobertura de algunos acontecimientos recientes: Tiannanmen, Timisoara, guerra del Golfo, Kurdistán, Somalia e incluso el bombardeo del mercado de Sarajevo, cuyo origen grandes medios de comunicación han atribuido a los propios musulmanes...

El sistema de información se ha pervertido: dominado por la televisión, cogido en la trampa de las apariencias, muestra sin comprender, y excluye, de hecho, del campo real aquello que no muestra. Un ejemplo de este trastorno: la muy seria cadena norteamericana CBS ha enviado el pasado mes de febrero más periodistas a cubrir el duelo dudoso de dos patinadoras olímpicas que a Sarajevo para seguir las consecuencias del ultimátum.

Ya poco fiable de por sí, este sistema se encuentra en el umbral de una revolución radical con el advenimiento del multimedia que algunos comparan, por los cambios radicales inducidos, a la invención de la imprenta de Gutemberg. La articulación del televisor, el ordenador y el teléfono, crea una nueva máquina de comunicación, interactiva, fundada en los resultados del tratamiento numérico. Reuniendo los talentos múltiples de los medias dispersos (a los que se añaden la telecopia, la telemática y la monética), el multimedia marca una ruptura y podría trastornar enteramente el campo de la comunicación. Igual que el nuevo orden económico internacional, como espera el presidente William Clinton que ha lanzado el ambicioso proyecto de las autopistas electrónicas para volver a dar a Estados Unidos el rol de guía en las industrias del futuro.

¡Todo el poder al mercado!

Gigantescas concentraciones están en curso entre los gigantes del teléfono, el cable, la informática, el vídeo y el cine. Se suceden compras y fusiones, movilizando decenas de millones de dólares; dentro de cinco años, apenas quedarán una decena de empresas en la palestra... Algunos sueñan con un mercado perfecto de la información y la comunicación, sin fronteras, funcionando en tiempo real y en permanencia; lo imaginan construido sobre el modelo del mercado de capitales y flujos financieros ininterrumpidos...

Para no estar distanciada -como les pasó al Sur en los años setenta, cuando la batalla (perdida) del Nuevo orden mundial de la información y la comunicación- Europa ha emprendido igualmente grandes maniobras. También aquí la lógica del gigantismo industrial puede más que cualquier otra consideración; se ha podido ver en Francia, el pasado mes de febrero, cuando ocurrió la toma de control hostil de Canal Plus.

La prensa escrita no está a salvo de este huracán de ambiciones desencadenado por el desafío del multimedia. Muchos de los grandes periódicos pertenecen ya a los megragrupos de comunicación; así, The Times, de Londres, está controlado por News Corporation, del Sr. Rupert Murdoch, y La Repubblica, de Roma, por Olivetti, del Sr. Carlo Benedetti. Otros, tal como The Independent, de Londres, han sido recientemente objeto de ofensivas en regla. En Francia, los raros títulos que permanecen independientes de la prensa nacional, debilitados por la caída brutal de los ingresos por publicidad, ya no están a salvo de la codicia de los poderes financieros.

Este nuevo mecano comunicacional y el regreso de los monopolios inquietan, y con razón, a los ciudadanos. Se acuerdan de las advertencias lanzadas no hace tanto tiempo por George Orwell y Aldous Huxley (de cuyo nacimiento se celebró el centenario en 1994) contra el falso progreso de un mundo administrado por un pensamiento único. Temen la posibilidad de un condicionamiento sutil de las mentalidades a escala planetaria. Dentro del esquema industrial que han concebido los patrones de las empresas del ocio, todos constatan que la información es ante todo considerada como una mercancía y que este carácter es, con mucho, más fuerte que la misión fundamental de los medios de comunicación: iluminar y enriquecer el debate democrático.

Esto suscita en ciertos ciudadanos una simisión sin límites, una indiferencia que algunos llaman consenso. Y en otros, un sentimiento cada vez más consciente y violento de que la acumulación de abusos, manipulaciones, y vigilancia, al servicio de los nuevos poderes, amenaza con corromper la democracia.

A riesgo de negar los principios y prácticas democráticas, los nuevos amos del mundo multiplican de este modo, con la complicidad de los Estados, las medidas preventivas de vigilancia, en especial de las poblaciones marginadas cada vez más numerosas por la crisis.

Las herramientas futuristas de información y comunicación sirven más para el condicionamiento y el cerco de los ciudadanos que para su emancipación. ¿Es esto tolerable? Si nadie controla a los guardianes del nuevo orden social, ¿qué peligros hay para la democracia? 

Ni el Ser. Ted Turner de CNN, ni el Sr. Rupert Murdoch de News Corporation Limited, ni el Sr. Bill Gates, de Microsoft, ni el Sr. Jeffrey Vinik, de Fidelity Investments, ni el Sr. Larry Rong, de China Trust & International Investment, ni el Sr. Robert Allen, de ATT, no más que el Sr. George Soros o decenas de otros nuevos amos del mundo, han sometido nunca sus proyectos a sufragio universal. La democracia no es para ellos. Se consideran por encima de estas interminables discusiones en las que conceptos como el bien público, la felicidad social, la libertad, la igualdad, y la solidaridad, tienen todavía sentido. No tienen tiempo que perder. Su dinero, sus productos y sus ideas atraviesan sin obstáculos, en la era de la globalización, las fronteras del mercado mundializado.

A sus ojos, el poder político no es sino el tercer poder. Antes está el poder económico y luego el poder mediático. Y cuando se posee esos dos, como bien ha demostrado en Italia el Sr. Berlusconi, hacerse con el poder político no es más que una formalidad.

Ignacio Ramonet
*Texto extraído del libro "Cómo nos venden la moto".

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