martes, 24 de marzo de 2015

Urgencia y presencia de la filosofía*

Dice el pensador y ensayista español que ninguna educación puede soslayar a la filosofía, pues esta disciplina concierne a la actividad central de los seres humanos y busca dar respuesta a interrogantes trascendentales.

Desde hace varios meses, con motivo de amenazadoras reformas en los planes de bachillerato, se habla en España de filosofía. Es un poco triste que la filosofía sólo logre ser noticia como asignatura, pero buena será esta ocasión para plantearnos unas cuantas cosas acerca de esta vieja destreza intelectual. La cuestión de cómo ha de enseñarse la filosofía no creo que pueda separarse de algo previo: qué es para nosotros la filosofía y para qué consideramos que debe figurar de algún modo en los planes de estudio de todos los adolescentes, tanto los que van a estudiar letras como los que se preparan para abordar carreras científicas.

Porque es evidente que hay por lo menos dos modos de acercarnos a una disciplina que tiene una larga tradición y que también se sigue practicando en nuestros días. Tomemos por ejemplo, el caso del arte. Si queremos que se inicia a los bachilleres en este tema, podremos incluir una asignatura de historia del arte en sus asignaturas, en la que se estudien los grandes maestros del pasado, sus obras más notables y la sucesión de los estilos hasta el presente. Pero también podríamos optar por darles una formación elemental aunque sustantiva en alguna de las artes (pintura, música, cine…) que les permitiera comenzar a desarrollarse talento artístico. Por lo general se prefiere la primera de estas soluciones, dejando el segundo tipo de formación como algo optativo y complementario, entendiendo que toda persona culta debe conocer la tradición artística, pero no todo el mundo ha nacido para pintor o para músico.

Pues bien, en el terreno filosófico también se nos presentan estas dos opciones. Con la importante diferencia de que uno puede comprender la historia de la pintura o de la arquitectura sin practicarlas, pero no se puede entender el sentido de la tradición filosófica sin practicar al mismo tiempo un poco la tarea de filosofar. Y otra diferencia: como el tema de la filosofía es el arte de pensar y es el pensamiento racional lo que los humanos tenemos en común, nadie puede declararse radicalmente exento de vocación filosófica. Las artes plásticas son manifestaciones insoslayables de la creatividad humana, pero cabe disfrutarlas como simple espectador.

La filosofía se refiere a la parte central de los humanos en cuanto tales y por tanto ninguna educación puede soslayarla, ni siquiera enseñarla como una tarea emprendida por otros y que puede ser admirada sin participación activa del educando. La historia de la filosofía es ya filosofía, actividad filosófica, o resulta imprescindible; pero la filosofía no puede provenir de la mera historia sino que tiene que convertirse en biografía de quien se acerca a ella, so pena de reducirse a pedantería ociosa y artificiosa, es decir, repertorio de venerables tecnicismos. Es por cierto tal pedantería la culpable en buena medida del relegamiento actual de la asignatura filosófica en los planes de estudio… Intentemos ahora con toda ingenuidad esbozar las urgencias biográficas que hacen imprescindible la presencia histórica de la filosofía en la enseñanza.

Hace tiempo, en el coloquio tras la charla que acababa de pronunciar una muy inteligente antropóloga argentina amiga mía, un oyente juvenil exclamó estrepitosamente: “¡pero no me negará usted que esta vida es un asco!” Y mi amiga repuso sin inmutarse: “¿comparada con qué?”. Esa pregunta, utilizada como respuesta, me parece un estupendo ejemplo de manifestación filosófica. Para empezar, tiene un benéfico efecto curativo: sirve para librarnos de un tópico fantasmal, de un falso dogma acongojante, de un brindis a la sombra depresivo y quizá mañana represivo. Pero, además plantea una inquietud muy legítima, un problema que no parece tener ninguna utilidad inmediata, pero que, sin embargo, está lleno de sentido, un interrogante que no se resuelve con una simple contestación sino que se remite a otras muchas cuestiones: ¿podemos juzgar si la vida vale o no la pena? ¿Tiene la vida tuya y mía un valor determinado o todos los valores los determina la vida? ¿Hay formas de vivir mejores o peores? ¿Por qué? ¿Nos preocupa lo que la vida es, lo que podría ser o lo que debería ser? ¿Qué podría ser la vida y aún no es o ya no es? ¿Qué significa decir que la vida no es lo que debería ser? Etcétera, etcétera…

Al conjunto de preguntas como éstas o, aún mejor, al afán de preguntar cosas así es a lo que llamamos filosofía. Son preguntas enormes, radicales, absolutas, como las que planteen los niños antes de que los domestiquen en el colegio a las de los borrachos a las cuatro de la madrugada. Son preguntas imposibles, como las que se hace uno en el entierro de un ser querido o las que susurran los enamorados, mirándose a los ojos: “¿me quieres?”. Las grandes preguntas son de la vida y de la muerte, los interrogantes de la violencia y del amor. A lo largo de los siglos los filósofos han vuelto a plantearlas una y otra vez, ofreciendo cada uno sus respuestas peculiares y contradiciéndose unos a otros. Ante el desbarajuste de tanto diversidad, algunos pueden pensar que la filosofía es un galimatías del que no hay forma de sacar nada en limpio.

¿Se saca algo en limpio de la filosofía? Pues sí, al menos algo muy importante: las preguntas mismas. Los filósofos se contradicen en las respuestas, pero se confirman unos a los otros en las preguntas. En filosofía las preguntas varían y se enredan unas con otras, pero las preguntas vuelven una y otra vez, quizás planteadas en un modo algo más rico o sutil. Son las preguntas de nuestra vida, el catálogo esencial de nuestros “¿por qué?”. En el centro, las que las condensa todas, las que nadie humano –es decir consciente y racional- puede dejar de hacerse: “¿qué significa todo esto (la vida, la muerte, lo que nos pasa, los demás, las cosas, el tiempo, el miedo, el gozo, la pena…)?”.

Nadie se dedica full time a estos interrogantes radicales porque nadie filosofa día y noche. Pero todo el mundo, antes o después, empujado por albricias o desgracias, filosofa alguna vez en su vida, es decirse hace a su modo las grandes preguntas. Y es que vivir resulta una tarea fundamentalmente intrigante. A las cosas de la vida nunca se acostumbra uno del todo: para bien o para mal, siempre nos resulta lo que nos pasa, lo que no ocurre o lo que se nos ocurre, un poco raro. Por eso Aristóteles indicó que el comienzo de la actividad filosófica –es decir, de la manía interrogativa- consiste en asombrarse.

Lo que vemos a nuestro alrededor, lo que sentimos en nuestro interior, lo que oímos que los demás aseguran muy serios, todo puede suscitar asombro cuando uno lo considera ingenuamente. Es decir, con libertad y sin perjuicios.

Pero, ¿para qué sirve hacer unas preguntas a las que nadie por lo visto logra dar respuesta (que por cierto también es filosófica)? Se le pueden dar como réplica nuevas preguntas: ¿por qué todo debe servir para algo? ¿Tenemos que servir para algo cada uno de nosotros, es decir, es obligatorio que seamos siervos o criados de algo o de alguien? ¿Acaso somos empleados de nosotros mismos? A lo mejor hacerse las grandes preguntas sirve precisamente para eso: para demostrar que no siempre estamos de servicio, que también alguna vez podemos pensar como si fuésemos amos y señores.

Supongo que algo así es lo que quería señalar Sócrates cuando dijo que “una vida sin indagación no merece la pena ser vivida”. Al repetir las grandes preguntas intentamos hacernos dueños de nuestra vida, tan incierta y fugitiva: preguntarse es dejar de trajinar como animales, automáticamente programados por los institutos, y erguirse, secándose el sudor, para decir: “Aquí estamos nosotros, los humanos. ¿Qué hay de lo nuestro?”.

Aunque lo verdaderamente irrenunciable sean las preguntas, tampoco las respuestas que proponen los filósofos (o cualquiera de nosotros, cuando hacemos de filósofos) resultan desdeñables. Esas contestaciones filosóficas se distinguen porque nunca tapan del toda la pregunta que las suscitan y siempre dejan algún hueco por el que se cuelan los nuevos interrogantes, para que el juego –el humano juego de la vida- siga abierto.

Las respuestas filosóficas suelen ser un cóctel racional con dos ingredientes básicos: escepticismo e imaginación. Lo primero, escepticismo, porque quien se lo cree todo nunca piensa nada.

Para empezar a pensar hay que perder la fe: la fe en las apariencias, en las rutinas, en los dogmas, en los hábitos de la tribu, en la “normalidad” indiscutible de lo que nos rodea. Pensar no es verlo todo clarísimo, sino comenzar a no ver nada claro lo que antes teníamos por evidente. El escepticismo acompaña siempre a la filosofía, la flexibiliza, le da sensatez, sólo los tontos no dudan nunca de lo que oyen y sólo los chalados no dudan nunca de lo que creen. Pero además la filosofía está también hecha de imaginación. ¡Ojo, no fantasías o delirios! No hay nadie menos imaginativo que los que ven fantasmas, brujerías, adivinanzas, extraterrestres y milagros por todas partes.

Quien carece de imaginación siempre está dispuesto a dar crédito a realidades nuevas y desconocidas, mientras que quien tiene imaginación busca lo nuevo a partir de la realidad tal como la conocemos.

“Son preguntas 
enormes, radicales, 
absolutas, como las 
que plantean 
los niños”.

Con escepticismo e imaginación van tramando los filósofos sus respuestas a las grandes preguntas: conviene recordarlas, desde aquellas primeras e inolvidables de los griegos, hasta las de Unamuno o Albert Camus. En conjunto forman el currículum vital de la razón occidental.

Más preguntas: pero, ¿de veras que nos hace falta la filosofía? ¿No es mejor confiar en la ciencia, que es la hija moderna y eficaz de la filosofía, con un sentido práctico mucho mayor que el de mamá? Por supuesto, entre la ciencia y la filosofía no hay que elegir una sola, rechazando la otra: lo mejor es quedarnos con las dos.

Pero son distintas, porque a la ciencia le interesa ante todo la eficacia de las respuestas que propone y a la filosofía lo radical de las preguntas que plantea.

La ciencia pretende captar cómo funciona lo que hay, sean los átomos, los planetas, el aparato digestivo o las sociedades humanas; la filosofía se preocupa más bien por lo que significa para cada hombre, para usted o para mí, existir entre átomos y planetas, tener sistema digestivo o vivir en sociedad. Un personaje de Salvador de Madariaga tenía como lema: “¿y tó pa qué?”, que es un buen ejemplo de inquietud filosófica aunque todavía sin pulir…

Los saberes científicos fragmentan la realidad para estudiar mejor cada uno de sus aspectos y resolver problemas concretos, mientras que la filosofía pretende una y otra vez no perder de vista lo que relaciona a las partes del conjunto, la vida humana con realidad inquietante global. Cada una de las ciencias, antes o después. Acaba por plantearse en su campo alguno de los interrogantes absolutos que rompen las costuras de cualquier bata de laboratorio: del mismo modo que los adultos más atareados y pragmáticos, en el arrullo del sueño nocturno, paladeamos otra vez el sabor de la leche materna que nos hizo empezar a crecer.

“A lo largo 
de los siglos 
los filósofos han 
vuelto a plantearlas 
una y otra vez”.

En el mundo siempre están pasando cosas, modas, catástrofes, hallazgos revolucionarios y pérdidas irreparables: cada semana tienen lugar dos o tres acontecimientos “históricos” y no hay mes en que no se celebre la boda “del siglo”, por no hablar de las rebajas de los grandes almacenes, que siempre son “colosales”. Está más que visto que todos los días tiene que ocurrir lo nunca visto. Lo dicen las televisiones, las radios, las revistas y periódicos… de modo que bien está.

Entre tanto que se ocupan de las cosas que pasan, ¿no habrá alguien que se ocupe un poco de las que no pasan? Entre tantas voces que proclaman novedades, ¿nadie se acordará de vez en cuando de lo de siempre? Si no me equivoco, tal podría ser una de las tareas de la filosofía, es decir, de ustedes y mía cuando nos da por repetir las grandes preguntas, por intentas con escepticismo e imaginación darles nuestras pequeñas respuestas. Actitud por cierto bien diferente de esa otra fórmula pedantesca de filosofía que cada trimestre proclama “el tema de nuestro tiempo” un año será la posmodernidad, luego el neobarroco, después la muerte del sujeto y seis meses más tarde la recuperación del sujeto, despreciando en todo caso la pregunta que nace libre (es decir, ingenua en el sentido etimológico de la palabra) porque no se somete a los manierismos culteranos del momento.

No, lo que filosóficamente cuenta es lo de siempre, lo que nunca pasa de moda: la conciencia humana de saberse vivo y mortal, aquí y ahora. Es curioso: lo que nunca pasa es precisamente el momento presente. “Para mí cada instante es una eternidad”, decía Heine, que fue poeta y filósofo. La vida es siempre el presente y una de las peores supersticiones consiste en denigrar el instante eterno que habitamos como el imposibilitador de la vida.

Según los supersticiosos, la vida verdaderamente humana fue posible ayer, quizá vuelva a serlo mañana o al otro, pero desde luego no lo es hoy: algún acontecimiento fatal (Auswichtz, el Gulag, la Guerra del Golfo, la invención de la telebasura, lo que sea…) separa irrevocablemente nuestro “ahora” de cuanto valió la pena o valdrá la pena. Y, sin embargo, es ahora mismo cuando hay que vivir, es ahora cuando está vigente todo lo bueno y lo malo, como siempre ha sucedido.

La plenitud del presente no admite requisitos: el momento de las preguntas y del presente no admite requisitos; el momento de las preguntas y del desconcierto, de la lucha y del gozo, el momento de la humanidad es a la vez incesantemente pasajero y eterno. La filosofía ayuda a vivir humanamente porque no predica la buena nueva ni el Apocalipsis, sino que se defienden con escepticismo e imaginación el presente –lo de siempre, lo que nunca pasa- contra modas y supersticiones.


“Lo que cuenta 
filosóficamente 
es lo de siempre, lo 
que nunca pasa 
de moda”.


Fernando Savater
*Artículo publicado en LA NACIÓN, Buenos Aires, domingo 29 de octubre de 1995

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