Dice el pensador
y ensayista español que ninguna educación puede soslayar a la filosofía, pues
esta disciplina concierne a la actividad central de los seres humanos y busca
dar respuesta a interrogantes trascendentales.
Desde hace
varios meses, con motivo de amenazadoras reformas en los planes de
bachillerato, se habla en España de filosofía. Es un poco triste que la
filosofía sólo logre ser noticia como asignatura, pero buena será esta ocasión
para plantearnos unas cuantas cosas acerca de esta vieja destreza intelectual.
La cuestión de cómo ha de enseñarse la filosofía no creo que pueda separarse de
algo previo: qué es para nosotros la filosofía y para qué consideramos que debe
figurar de algún modo en los planes de estudio de todos los adolescentes, tanto
los que van a estudiar letras como los que se preparan para abordar carreras
científicas.
Porque es
evidente que hay por lo menos dos modos de acercarnos a una disciplina que
tiene una larga tradición y que también se sigue practicando en nuestros días.
Tomemos por ejemplo, el caso del arte. Si queremos que se inicia a los
bachilleres en este tema, podremos incluir una asignatura de historia del arte
en sus asignaturas, en la que se estudien los grandes maestros del pasado, sus
obras más notables y la sucesión de los estilos hasta el presente. Pero también
podríamos optar por darles una formación elemental aunque sustantiva en alguna
de las artes (pintura, música, cine…) que les permitiera comenzar a
desarrollarse talento artístico. Por lo general se prefiere la primera de estas
soluciones, dejando el segundo tipo de formación como algo optativo y
complementario, entendiendo que toda persona culta debe conocer la tradición
artística, pero no todo el mundo ha nacido para pintor o para músico.
Pues bien,
en el terreno filosófico también se nos presentan estas dos opciones. Con la
importante diferencia de que uno puede comprender la historia de la pintura o
de la arquitectura sin practicarlas, pero no se puede entender el sentido de la
tradición filosófica sin practicar al mismo tiempo un poco la tarea de
filosofar. Y otra diferencia: como el tema de la filosofía es el arte de pensar
y es el pensamiento racional lo que los humanos tenemos en común, nadie puede
declararse radicalmente exento de vocación filosófica. Las artes plásticas son
manifestaciones insoslayables de la creatividad humana, pero cabe disfrutarlas
como simple espectador.
La filosofía
se refiere a la parte central de los humanos en cuanto tales y por tanto
ninguna educación puede soslayarla, ni siquiera enseñarla como una tarea
emprendida por otros y que puede ser admirada sin participación activa del
educando. La historia de la filosofía es ya filosofía, actividad filosófica, o
resulta imprescindible; pero la filosofía no puede provenir de la mera historia
sino que tiene que convertirse en biografía
de quien se acerca a ella, so pena de reducirse a pedantería ociosa y
artificiosa, es decir, repertorio de venerables tecnicismos. Es por cierto tal
pedantería la culpable en buena medida del relegamiento actual de la asignatura
filosófica en los planes de estudio… Intentemos ahora con toda ingenuidad
esbozar las urgencias biográficas que hacen imprescindible la presencia
histórica de la filosofía en la enseñanza.
Hace tiempo,
en el coloquio tras la charla que acababa de pronunciar una muy inteligente antropóloga
argentina amiga mía, un oyente juvenil exclamó estrepitosamente: “¡pero no me
negará usted que esta vida es un asco!” Y mi amiga repuso sin inmutarse: “¿comparada
con qué?”. Esa pregunta, utilizada como respuesta, me parece un estupendo
ejemplo de manifestación filosófica. Para empezar, tiene un benéfico efecto
curativo: sirve para librarnos de un tópico fantasmal, de un falso dogma
acongojante, de un brindis a la sombra depresivo y quizá mañana represivo.
Pero, además plantea una inquietud muy legítima, un problema que no parece
tener ninguna utilidad inmediata, pero que, sin embargo, está lleno de sentido,
un interrogante que no se resuelve con una simple contestación sino que se
remite a otras muchas cuestiones: ¿podemos juzgar si la vida vale o no la pena?
¿Tiene la vida tuya y mía un valor determinado o todos los valores los
determina la vida? ¿Hay formas de vivir mejores o peores? ¿Por qué? ¿Nos
preocupa lo que la vida es, lo que podría ser o lo que debería ser? ¿Qué podría
ser la vida y aún no es o ya no es? ¿Qué significa decir que la vida no es lo
que debería ser? Etcétera, etcétera…
Al conjunto
de preguntas como éstas o, aún mejor, al afán de preguntar cosas así es a lo
que llamamos filosofía. Son preguntas
enormes, radicales, absolutas, como las que planteen los niños antes de que los
domestiquen en el colegio a las de los borrachos a las cuatro de la madrugada.
Son preguntas imposibles, como las que se hace uno en el entierro de un ser
querido o las que susurran los enamorados, mirándose a los ojos: “¿me quieres?”.
Las grandes preguntas son de la vida y de la muerte, los interrogantes de la
violencia y del amor. A lo largo de los siglos los filósofos han vuelto a
plantearlas una y otra vez, ofreciendo cada uno sus respuestas peculiares y
contradiciéndose unos a otros. Ante el desbarajuste de tanto diversidad,
algunos pueden pensar que la filosofía es un galimatías del que no hay forma de
sacar nada en limpio.
¿Se saca
algo en limpio de la filosofía? Pues sí, al menos algo muy importante: las
preguntas mismas. Los filósofos se contradicen en las respuestas, pero se
confirman unos a los otros en las preguntas. En filosofía las preguntas varían
y se enredan unas con otras, pero las preguntas vuelven una y otra vez, quizás
planteadas en un modo algo más rico o sutil. Son las preguntas de nuestra vida,
el catálogo esencial de nuestros “¿por qué?”. En el centro, las que las
condensa todas, las que nadie humano –es decir consciente y racional- puede
dejar de hacerse: “¿qué significa todo esto (la vida, la muerte, lo que nos
pasa, los demás, las cosas, el tiempo, el miedo, el gozo, la pena…)?”.
Nadie se
dedica full time a estos interrogantes radicales porque nadie filosofa día y
noche. Pero todo el mundo, antes o después, empujado por albricias o
desgracias, filosofa alguna vez en su vida, es decirse hace a su modo las
grandes preguntas. Y es que vivir resulta una tarea fundamentalmente
intrigante. A las cosas de la vida nunca se acostumbra uno del todo: para bien
o para mal, siempre nos resulta lo que nos pasa, lo que no ocurre o lo que se
nos ocurre, un poco raro. Por eso Aristóteles indicó que el comienzo de la
actividad filosófica –es decir, de la manía interrogativa- consiste en
asombrarse.
Lo que vemos
a nuestro alrededor, lo que sentimos en nuestro interior, lo que oímos que los
demás aseguran muy serios, todo puede suscitar asombro cuando uno lo considera ingenuamente.
Es decir, con libertad y sin perjuicios.
Pero, ¿para
qué sirve hacer unas preguntas a las que nadie por lo visto logra dar respuesta
(que por cierto también es filosófica)? Se le pueden dar como réplica nuevas
preguntas: ¿por qué todo debe servir para algo? ¿Tenemos que servir para algo
cada uno de nosotros, es decir, es obligatorio que seamos siervos o criados de
algo o de alguien? ¿Acaso somos empleados de nosotros mismos? A lo mejor
hacerse las grandes preguntas sirve precisamente para eso: para demostrar que
no siempre estamos de servicio, que también alguna vez podemos pensar como si
fuésemos amos y señores.
Supongo que
algo así es lo que quería señalar Sócrates cuando dijo que “una vida sin
indagación no merece la pena ser vivida”. Al repetir las grandes preguntas
intentamos hacernos dueños de nuestra vida, tan incierta y fugitiva:
preguntarse es dejar de trajinar como animales, automáticamente programados por
los institutos, y erguirse, secándose el sudor, para decir: “Aquí estamos
nosotros, los humanos. ¿Qué hay de lo nuestro?”.
Aunque lo
verdaderamente irrenunciable sean las preguntas, tampoco las respuestas que
proponen los filósofos (o cualquiera de nosotros, cuando hacemos de filósofos)
resultan desdeñables. Esas contestaciones filosóficas se distinguen porque
nunca tapan del toda la pregunta que las suscitan y siempre dejan algún hueco
por el que se cuelan los nuevos interrogantes, para que el juego –el humano
juego de la vida- siga abierto.
Las
respuestas filosóficas suelen ser un cóctel racional con dos ingredientes básicos:
escepticismo e imaginación. Lo primero, escepticismo, porque quien se lo cree
todo nunca piensa nada.
Para empezar
a pensar hay que perder la fe: la fe en las apariencias, en las rutinas, en los
dogmas, en los hábitos de la tribu, en la “normalidad” indiscutible de lo que
nos rodea. Pensar no es verlo todo clarísimo, sino comenzar a no ver nada claro
lo que antes teníamos por evidente. El escepticismo acompaña siempre a la
filosofía, la flexibiliza, le da sensatez, sólo los tontos no dudan nunca de lo
que oyen y sólo los chalados no dudan nunca de lo que creen. Pero además la
filosofía está también hecha de imaginación. ¡Ojo, no fantasías o delirios! No
hay nadie menos imaginativo que los que ven fantasmas, brujerías, adivinanzas,
extraterrestres y milagros por todas partes.
Quien carece
de imaginación siempre está dispuesto a dar crédito a realidades nuevas y
desconocidas, mientras que quien tiene imaginación busca lo nuevo a partir de
la realidad tal como la conocemos.
“Son
preguntas
enormes, radicales,
absolutas, como las
que plantean
los niños”.
Con
escepticismo e imaginación van tramando los filósofos sus respuestas a las
grandes preguntas: conviene recordarlas, desde aquellas primeras e inolvidables
de los griegos, hasta las de Unamuno o Albert Camus. En conjunto forman el
currículum vital de la razón occidental.
Más
preguntas: pero, ¿de veras que nos hace falta la filosofía? ¿No es mejor
confiar en la ciencia, que es la hija moderna y eficaz de la filosofía, con un
sentido práctico mucho mayor que el de mamá? Por supuesto, entre la ciencia y
la filosofía no hay que elegir una sola, rechazando la otra: lo mejor es
quedarnos con las dos.
Pero son
distintas, porque a la ciencia le interesa ante todo la eficacia de las
respuestas que propone y a la filosofía lo radical de las preguntas que
plantea.
La ciencia
pretende captar cómo funciona lo que hay, sean los átomos, los planetas, el
aparato digestivo o las sociedades humanas; la filosofía se preocupa más bien
por lo que significa para cada hombre, para usted o para mí, existir entre
átomos y planetas, tener sistema digestivo o vivir en sociedad. Un personaje de
Salvador de Madariaga tenía como lema: “¿y tó pa qué?”, que es un buen ejemplo
de inquietud filosófica aunque todavía sin pulir…
Los saberes
científicos fragmentan la realidad para estudiar mejor cada uno de sus aspectos
y resolver problemas concretos, mientras que la filosofía pretende una y otra
vez no perder de vista lo que relaciona a las partes del conjunto, la vida
humana con realidad inquietante global. Cada una de las ciencias, antes o
después. Acaba por plantearse en su campo alguno de los interrogantes absolutos
que rompen las costuras de cualquier bata de laboratorio: del mismo modo que
los adultos más atareados y pragmáticos, en el arrullo del sueño nocturno,
paladeamos otra vez el sabor de la leche materna que nos hizo empezar a crecer.
“A lo largo
de los siglos
los filósofos han
vuelto a plantearlas
una y otra vez”.
En el mundo
siempre están pasando cosas, modas, catástrofes, hallazgos revolucionarios y
pérdidas irreparables: cada semana tienen lugar dos o tres acontecimientos “históricos”
y no hay mes en que no se celebre la boda “del siglo”, por no hablar de las
rebajas de los grandes almacenes, que siempre son “colosales”. Está más que
visto que todos los días tiene que ocurrir lo nunca visto. Lo dicen las
televisiones, las radios, las revistas y periódicos… de modo que bien está.
Entre tanto que
se ocupan de las cosas que pasan, ¿no habrá alguien que se ocupe un poco de las
que no pasan? Entre tantas voces que proclaman novedades, ¿nadie se acordará de
vez en cuando de lo de siempre? Si no me equivoco, tal podría ser una de las
tareas de la filosofía, es decir, de ustedes y mía cuando nos da por repetir
las grandes preguntas, por intentas con escepticismo e imaginación darles
nuestras pequeñas respuestas. Actitud por cierto bien diferente de esa otra
fórmula pedantesca de filosofía que cada trimestre proclama “el tema de nuestro
tiempo” un año será la posmodernidad, luego el neobarroco, después la muerte
del sujeto y seis meses más tarde la recuperación del sujeto, despreciando en
todo caso la pregunta que nace libre (es decir, ingenua en el sentido etimológico de la palabra) porque no se
somete a los manierismos culteranos del momento.
No, lo que
filosóficamente cuenta es lo de siempre, lo que nunca pasa de moda: la
conciencia humana de saberse vivo y mortal, aquí y ahora. Es curioso: lo que nunca
pasa es precisamente el momento presente. “Para mí cada instante es una
eternidad”, decía Heine, que fue poeta y filósofo. La vida es siempre el
presente y una de las peores supersticiones consiste en denigrar el instante
eterno que habitamos como el imposibilitador de la vida.
Según los
supersticiosos, la vida verdaderamente humana fue posible ayer, quizá vuelva a
serlo mañana o al otro, pero desde luego no lo es hoy: algún acontecimiento
fatal (Auswichtz, el Gulag, la Guerra del Golfo, la invención de la telebasura,
lo que sea…) separa irrevocablemente nuestro “ahora” de cuanto valió la pena o
valdrá la pena. Y, sin embargo, es ahora mismo cuando hay que vivir, es ahora
cuando está vigente todo lo bueno y lo malo, como siempre ha sucedido.
La plenitud
del presente no admite requisitos: el momento de las preguntas y del presente
no admite requisitos; el momento de las preguntas y del desconcierto, de la
lucha y del gozo, el momento de la humanidad es a la vez incesantemente
pasajero y eterno. La filosofía ayuda a vivir humanamente porque no predica la
buena nueva ni el Apocalipsis, sino que se defienden con escepticismo e
imaginación el presente –lo de siempre, lo que nunca pasa- contra modas y
supersticiones.
“Lo que
cuenta
filosóficamente
es lo de siempre, lo
que nunca pasa
de moda”.
Fernando Savater
*Artículo publicado en LA NACIÓN, Buenos Aires, domingo 29 de octubre de 1995
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