La revolución
y la tecnología del siglo XX arrojan una nueva luz sobre interrogantes de
siempre.
Las eternas
preguntas sobre nuestros orígenes, el determinismo y el azar, el destino y el
infinito, sufren una profunda revisión a la luz de los cambios que la ciencia y
la tecnología desataron en el siglo del átomo y los viajes espaciales. Leonardo
Moledo escribe sobre esta transformación, Gregorio Klimovsky analiza la
conflictiva relación entre disciplinas, y Dardo Scavino revisa las estrategias
históricas de la filosofía en su diálogo con la ciencia. Además, los
científicos Héctor Vucetich, Patricio Garrahan y Mario Castagnino opinan sobre
el tema.
Este mundo
es muy raro. Mientras la ciencia explicaba los mecanismos del mundo, la
filosofía trataba de desentrañar los porqués y las eternas preguntas humanas:
¿A dónde vamos? ¿De dónde venimos? ¿Qué papel jugamos en el universo? ¿Qué es
el tiempo? Pero la explosión científica del siglo XX la enfrentó a un panorama
nuevo.
En realidad,
le pintó un escenario de ficción. Primero, la Teoría de la Relatividad
fragmentó el espacio y el tiempo, que dejaron de construir un marco absoluto.
Luego, la exploración del átomo logró que la materia, que tan sólida nos
parece, se desvaneciera en una ilusión: consiste casi exclusivamente en espacio
vacío. Y como si esto fuera poco, la física nuclear puso en tela de juicio el
concepto mismo de realidad al mostrar que las partículas subatómicas parecen no
tener entidad a menos que sean observadas, como si la naturaleza “supiera”
cuándo estamos mirando y cuándo no. Y después, se descifró el código genético,
poniendo en nuestras manos la posibilidad de control y manipulación de la
especie. Y la irrupción masiva de las computadoras multiplicó sin límites la
posibilidad de acumular información y agregó a las capacidades humanas esta
especie de prótesis inteligentes, abriendo la posibilidad de que existan
máquinas de pensar. Y los tomógrafos hurgar en las profundidades del cerebro,
tratando de encontrar las raíces del pensamiento. Y las armas nucleares
generaron una capacidad destructiva capaz de borrar todo vestigio de vida en la
superficie de la tierra. Una nueva disciplina científica, la ecología, estalló
en los laboratorios y en las calles. Y la cosmología se remontó quince mil años
atrás hasta tocar los primeros instantes del universo, y el cielo terrestre se pobló
de pequeños dioses de metal: los satélites de comunicaciones enlazaron la
Tierra iniciando la era de las comunicaciones instantáneas, el imperio de la
CNN y el comienzo de la Aldea Global. Aparatos automáticos se posaron en Venus
y Marte y fotografiaron de cerca a Júpiter, Saturno y Neptuno. Y en 1969 por
primera vez un ser humana pisó la Luna. Estaba abierto el camino a las
estrellas.
¿No parece
ficción? Es aterrador y excitante.
Pero no es
la primera vez que pasó. Desde Copérnico en adelante, y a medida que los
embates de la ciencia racionalista conquistaban una tras otra las ciudades del
pensamiento medieval, la filosofía debió apurar el paso: no era lo mismo ocupar
el centro del universo que ser un planeta entre otros. No era lo mismo ser el
objeto de la Creación que ser una especie entre otras, fruto de los azares de
la evolución darwiniana. Sobre las ruinas de una filosofía dedicada sólo a
Dios, se construyó un sistema de ideas que explicaban los actos de hombres
racionales y libres en un espacio laico. La flecha del tiempo se invirtió, el
mito de la caída y la nostalgia del paraíso perdido fueron reemplazados por la
teoría del progreso, que situó la esperanza en el futuro y aseguró que el ineluctable
desarrollo de las ciencias y las tecnologías irá solucionando uno a uno los
problemas de la humanidad.
El
racionalismo de Descartes y Leibniz, el trascendentalismo de Kant, la
dialéctica hegeliana y los grandes sistemas del siglo pasado, como el
positivismo o el marxismo, son las respuestas que la filosofía dio a los
interrogantes que planteaba el sistema científico que se instalaba
progresivamente en el centro de las sociedades occidentales y les daba la
potencia y la posibilidad de apoderarse del planeta.
Pero la explosión
científica del siglo XX planteó nuevos interrogantes: los objetos –átomos,
partículas subatómicas, escalas cosmológicas- son cada vez más abstractos y
escapan a la observación directa, mediatizada por aparatos ultra-sofisticados.
¿Cómo sabemos que los resultados que nos muestran nuestros aparatos –y por ende
las verificaciones que hacemos de nuestras leyes científicas- son verdaderos?
¿Qué significa la palabra “verdadero” cuando tratamos con objetos sobre los
cuales no podemos experimentar (como por ejemplo los primeros instantes del
universo) ni reproducir? Nadie vio jamás un átomo o un electrón. ¿Es ciencia o
es pura especulación? ¿Cuál es la relación entre teoría y experiencia? Buena
parte de la filosofía de este siglo (empezando por el Circus de Viena) se
dedica a dilucidar estos problemas.
Cuatro
siglos de racionalismo edificaron trabajosamente la noción de individuo libre,
de derechos individuales y de privacidad inviolable: las posibilidades
tecnológicas de fin de siglo parece amenazar estas conquistas. ¿Podremos
preservarlas?
Nunca como
hoy ciencia y tecnología penetraron tanto en lo cotidiano; llevamos una vida
artificial (prolongada arbitrariamente y contra la naturaleza merced a los
cuidados médicos) y aun esa vida transcurre entre aparatos: radios,
televisores, autos y aviones, microscopios y videocaseteras no previstas por la
naturaleza. La música que se compone hoy depende de la electrónica; surgen,
embrionariamente, las primeras máquinas de traducir, que ponen al desnudo
ciertas convicciones de la lingüística. ¿Qué rumbos tomará la estética musical,
cuál será el futuro de la literatura, esa actividad estructurante del hombre,
frente al avance de una cultura visual? ¿Quién ganará, la literatura o la televisión?
Los sistemas
racionalistas acompañaron el proceso por el cual la ciencia se impuso como
método de pensamiento occidental. Los descubrimientos de este siglo desafían
algunos de sus principios básicos, y ponen en tela de juicio muchos de sus
preceptos, desde el principio de causalidad hasta la entidad de los conceptos
de la ciencia y los métodos de validación de la actividad científica. La
confusión y la proliferación de teorías –muchas veces plagadas de dificultades-
dieron incluso pie para el surgimiento de corrientes irracionalistas, aun en la
epistemología.
La ciencia
instalándose como ideología social necesitaba una demarcación clara entre la
realidad y la ficción que le permitiera imponer sus verdades. La ciencia ya
instalada como ideología y actividad prioritaria de los asuntos humanos no
necesita esa distinción crucial, más aún cuando se maneja con conceptos
puramente abstractos (desde los átomos hasta el espacio fragmentario de la
Relatividad, la metalingüística computacional o las realidades visuales). Pero
los estamentos científicos no pueden dar cuenta de la nueva síntesis de
realidad ficcional que se prepara, como no pueden dar cuenta de las nuevas
leyes éticas que sobrevendrán, o de las nuevas estéticas generadas por la
irrupción técnica en las artes plásticas y musicales. Los filósofos, que
siempre fueron considerados maestros de la cultura tienen una gruesa tarea por
delante, y es de suponer que, si somos inteligentes y acudimos a ellos, no
padecerán desempleo.
“Dios no
juega a los dados con el mundo”.
Albert
Einstein
“A pesar de
todos mis descubrimientos, me siento como un niño que juega en la playa
mientras más allá ruge el océano inmenso del cual nada sé”.
Isaac Newton
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