martes, 24 de marzo de 2015

Últimas noticias sobre las viejas preguntas*

La revolución y la tecnología del siglo XX arrojan una nueva luz sobre interrogantes de siempre.

Las eternas preguntas sobre nuestros orígenes, el determinismo y el azar, el destino y el infinito, sufren una profunda revisión a la luz de los cambios que la ciencia y la tecnología desataron en el siglo del átomo y los viajes espaciales. Leonardo Moledo escribe sobre esta transformación, Gregorio Klimovsky analiza la conflictiva relación entre disciplinas, y Dardo Scavino revisa las estrategias históricas de la filosofía en su diálogo con la ciencia. Además, los científicos Héctor Vucetich, Patricio Garrahan y Mario Castagnino opinan sobre el tema.

Este mundo es muy raro. Mientras la ciencia explicaba los mecanismos del mundo, la filosofía trataba de desentrañar los porqués y las eternas preguntas humanas: ¿A dónde vamos? ¿De dónde venimos? ¿Qué papel jugamos en el universo? ¿Qué es el tiempo? Pero la explosión científica del siglo XX la enfrentó a un panorama nuevo.

En realidad, le pintó un escenario de ficción. Primero, la Teoría de la Relatividad fragmentó el espacio y el tiempo, que dejaron de construir un marco absoluto. Luego, la exploración del átomo logró que la materia, que tan sólida nos parece, se desvaneciera en una ilusión: consiste casi exclusivamente en espacio vacío. Y como si esto fuera poco, la física nuclear puso en tela de juicio el concepto mismo de realidad al mostrar que las partículas subatómicas parecen no tener entidad a menos que sean observadas, como si la naturaleza “supiera” cuándo estamos mirando y cuándo no. Y después, se descifró el código genético, poniendo en nuestras manos la posibilidad de control y manipulación de la especie. Y la irrupción masiva de las computadoras multiplicó sin límites la posibilidad de acumular información y agregó a las capacidades humanas esta especie de prótesis inteligentes, abriendo la posibilidad de que existan máquinas de pensar. Y los tomógrafos hurgar en las profundidades del cerebro, tratando de encontrar las raíces del pensamiento. Y las armas nucleares generaron una capacidad destructiva capaz de borrar todo vestigio de vida en la superficie de la tierra. Una nueva disciplina científica, la ecología, estalló en los laboratorios y en las calles. Y la cosmología se remontó quince mil años atrás hasta tocar los primeros instantes del universo, y el cielo terrestre se pobló de pequeños dioses de metal: los satélites de comunicaciones enlazaron la Tierra iniciando la era de las comunicaciones instantáneas, el imperio de la CNN y el comienzo de la Aldea Global. Aparatos automáticos se posaron en Venus y Marte y fotografiaron de cerca a Júpiter, Saturno y Neptuno. Y en 1969 por primera vez un ser humana pisó la Luna. Estaba abierto el camino a las estrellas.

¿No parece ficción? Es aterrador y excitante.

Pero no es la primera vez que pasó. Desde Copérnico en adelante, y a medida que los embates de la ciencia racionalista conquistaban una tras otra las ciudades del pensamiento medieval, la filosofía debió apurar el paso: no era lo mismo ocupar el centro del universo que ser un planeta entre otros. No era lo mismo ser el objeto de la Creación que ser una especie entre otras, fruto de los azares de la evolución darwiniana. Sobre las ruinas de una filosofía dedicada sólo a Dios, se construyó un sistema de ideas que explicaban los actos de hombres racionales y libres en un espacio laico. La flecha del tiempo se invirtió, el mito de la caída y la nostalgia del paraíso perdido fueron reemplazados por la teoría del progreso, que situó la esperanza en el futuro y aseguró que el ineluctable desarrollo de las ciencias y las tecnologías irá solucionando uno a uno los problemas de la humanidad.

El racionalismo de Descartes y Leibniz, el trascendentalismo de Kant, la dialéctica hegeliana y los grandes sistemas del siglo pasado, como el positivismo o el marxismo, son las respuestas que la filosofía dio a los interrogantes que planteaba el sistema científico que se instalaba progresivamente en el centro de las sociedades occidentales y les daba la potencia y la posibilidad de apoderarse del planeta.

Pero la explosión científica del siglo XX planteó nuevos interrogantes: los objetos –átomos, partículas subatómicas, escalas cosmológicas- son cada vez más abstractos y escapan a la observación directa, mediatizada por aparatos ultra-sofisticados. ¿Cómo sabemos que los resultados que nos muestran nuestros aparatos –y por ende las verificaciones que hacemos de nuestras leyes científicas- son verdaderos? ¿Qué significa la palabra “verdadero” cuando tratamos con objetos sobre los cuales no podemos experimentar (como por ejemplo los primeros instantes del universo) ni reproducir? Nadie vio jamás un átomo o un electrón. ¿Es ciencia o es pura especulación? ¿Cuál es la relación entre teoría y experiencia? Buena parte de la filosofía de este siglo (empezando por el Circus de Viena) se dedica a dilucidar estos problemas.

Cuatro siglos de racionalismo edificaron trabajosamente la noción de individuo libre, de derechos individuales y de privacidad inviolable: las posibilidades tecnológicas de fin de siglo parece amenazar estas conquistas. ¿Podremos preservarlas?

Nunca como hoy ciencia y tecnología penetraron tanto en lo cotidiano; llevamos una vida artificial (prolongada arbitrariamente y contra la naturaleza merced a los cuidados médicos) y aun esa vida transcurre entre aparatos: radios, televisores, autos y aviones, microscopios y videocaseteras no previstas por la naturaleza. La música que se compone hoy depende de la electrónica; surgen, embrionariamente, las primeras máquinas de traducir, que ponen al desnudo ciertas convicciones de la lingüística. ¿Qué rumbos tomará la estética musical, cuál será el futuro de la literatura, esa actividad estructurante del hombre, frente al avance de una cultura visual? ¿Quién ganará, la literatura o la televisión?

Los sistemas racionalistas acompañaron el proceso por el cual la ciencia se impuso como método de pensamiento occidental. Los descubrimientos de este siglo desafían algunos de sus principios básicos, y ponen en tela de juicio muchos de sus preceptos, desde el principio de causalidad hasta la entidad de los conceptos de la ciencia y los métodos de validación de la actividad científica. La confusión y la proliferación de teorías –muchas veces plagadas de dificultades- dieron incluso pie para el surgimiento de corrientes irracionalistas, aun en la epistemología.

La ciencia instalándose como ideología social necesitaba una demarcación clara entre la realidad y la ficción que le permitiera imponer sus verdades. La ciencia ya instalada como ideología y actividad prioritaria de los asuntos humanos no necesita esa distinción crucial, más aún cuando se maneja con conceptos puramente abstractos (desde los átomos hasta el espacio fragmentario de la Relatividad, la metalingüística computacional o las realidades visuales). Pero los estamentos científicos no pueden dar cuenta de la nueva síntesis de realidad ficcional que se prepara, como no pueden dar cuenta de las nuevas leyes éticas que sobrevendrán, o de las nuevas estéticas generadas por la irrupción técnica en las artes plásticas y musicales. Los filósofos, que siempre fueron considerados maestros de la cultura tienen una gruesa tarea por delante, y es de suponer que, si somos inteligentes y acudimos a ellos, no padecerán desempleo.

“Dios no juega a los dados con el mundo”.
Albert Einstein

“A pesar de todos mis descubrimientos, me siento como un niño que juega en la playa mientras más allá ruge el océano inmenso del cual nada sé”.
Isaac Newton



Leonardo Moledo
*Artículo publicado en CLARÍN, Buenos Aires, jueves 19 de abril de 1993.

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