A propósito de sus orígenes
En la
historia de la humanidad abundan acontecimientos que de alguna manera han
marcado tendencias, que por sus mismas características permiten diferenciarlas
y/o compararlas entre sí. Cuando la idea de modernidad se trata es difícil
trazar límites, pues cualquier intento de definición es impreciso, ya que el
concepto en sí es bastante complejo, por lo tanto no se debe mirar como una
puntualización en la que su alcance complejo, por lo tanto no debe mirar como
una puntualización en la que su alcance semántico involucre conceptos como
edad, época, era, período, lapso o ciclo; ni tampoco se pretende llegar a una
concepción unitaria o universal.
Lo que se
procura en este trabajo es disponer un discurso de tendencia antropológica que
permita escrutar en un tejido de posibilidades una mirada elástica y
comprensible del término modernidad en contextos históricos-sociales
determinados.
Son muchas
las situaciones a través de la historia que se pueden leer como modernas, pues
en ellas el ser humano en su interactuar ha sido protagonista de cambios, que
crean una dinámica seductora dando como resultado la unión dialéctica del
presente con el pasado.
Sin embargo
y pese a lo anterior, la geografía e historia de la modernidad han estado delimitadas
por Europa, concretamente Europa occidental, y por la magnitud de la expansión
de su civilización. Es por ello que considero necesario abordar algunas
posiciones que diversos autores han asumido frente a esta problemática.
Marshall
Berman (1991) considera la modernidad como un conjunto de experiencias vitales,
en el que están involucrados la aventura y el poder, el crecimiento y la
transformación; pero siempre bajo la amenaza de que todo se puede destruir,
dado su carácter de disgregación y renovación. Experiencia del tiempo y el
espacio, de uno mismo y de los demás, de las posibilidades y los peligros de la
vida, experiencia que no propone fronteras y, por lo tanto, traspasa etnias,
clases, nacionalidad, religión e ideologías.
Pero es una
unidad paradójica, la unidad de la desunión que nos arroja a todos en una
vorágine de lucha y contradicción, de ambigüedad y angustia. Ser modernos es
formar parte de un universo en el que, como dijo Marx, “todo lo sólido se
desvanece en el aire” (Ibíd.:1)
Jürgen
Habermas (1991), por su parte, analiza el fenómeno de la modernidad como la
situación que “expresa una y otra vez la conciencia de una época que se pone en
relación con el pasado de la antigüedad para verse a sí misma como el resultado
de una transición de lo viejo a lo nuevo” (Ibíd.:17). Este filósofo alemán
intenta encontrar sus orígenes cuando la Ilustración francesa rompió con el
romántico encanto que había sobre los tiempos anteriores, al intentar lograr un
irrefrenable progreso (social y moral), configurándose así una nueva forma de
conciencia moderna.
Además
considera que a partir del siglo XIX, la idea de modernidad rompe los hilos que
la unían a un pasado histórico, creando una oposición entre dicho pasado y el
presente; y que surge una alta tendencia a la novedad expresada principalmente
en la estética, a través del estilo como elemento que marca la diferencia
(Ibíd.:17-18).
Los
colombianos Fabio Giraldo y Héctor Fernando López (1991) asimilan el problema
de la modernidad como la conciencia de una época que se opone al pasado de la
antigüedad y se fundamenta en el futuro; dicho movimiento, como expresión de
una época distinta a las demás, es compuesto por un proceso complejo de
transformaciones, donde entran en juego elementos heterogéneos, contradictorios
y desiguales que conforman, no obstante, una unidad; algo así como la
articulación de las múltiples singularidades en un imaginario histórico que
otorga el estatus de modernidad (Ibíd.:248-249).
Cristian
Fernández Cox (1991) propone la modernidad como un escenario en el cual se
logra el “desarrollo de una cierta racionalidad normativa y otros desafíos
inherentes al logro de un nuevo y mayor grado de capacidad de cuestionamiento
crítico y de libertad” (Ibíd.:99). Se refiere el autor a una modernidad que se
puede asumir como el reto histórico de trasladarse desde un orden recibido
hacia un orden producido. Propone que no existe una modernidad unívoca, es
decir auténticamente moderna, ya que ello implicaría una antimodernidad, más
bien habla de una modernidad producida, es decir una “modernidad apropiada”
(Ibíd.:103), revisable y que rechaza todo estado de congelamiento.
Según Marina
Waisman (1991), la modernidad es una creación cultural con un carácter
histórico que varía a lo largo del tiempo y se adapta a las circunstancias de
cada período. Señala que en el siglo V se utilizó el término “moderno” para
diferenciar el presente cristiano del pasado pagano; posteriormente en la
Ilustración, modernidad era recuperación del modelo de la antigüedad clásica;
luego aparece el concepto de “ciencia moderna”, como conjunto de conocimientos
que proponía la idea de “progreso”, lo cual permitía asumirlo como un modelo
enfocado al mejoramiento social y moral.
Más tarde,
en el siglo XIX, la modernidad es asumida como una oposición absoluta entre lo
tradicional y lo moderno, y el término progreso está más vinculado a la técnica
y la producción de bienes.
Aquí gana
protagonismo todo aquello que se pueda considerar como “nuevo”; incluso llega a
ser considerado como valor absoluto: “el valor de lo nuevo, de la juventud, se
proclamaba en el Art Nouveau o en el Jugendstil; la despreocupación por
cuestiones éticas marcaba el Futurismo, en el que se exaltaba el poder de la
máquina misma; los modelos urbanos que clasificaban la vida humana, la sociedad
leída como homogéneo conjunto absoluto de la racionalidad, que se materializó
en la llamada línea dura del Movimiento Moderno” (Ibíd.:95).
Néstor
García Canclini (1989) por su parte, propone una idea de modernidad constituida
por cuatro movimientos básicos: proyecto emancipador, expansivo, renovador y
democratizador. “Por proyecto emancipador
entendemos la secularización de los campos culturales, la producción
autoexpresiva y autorregulada de las prácticas simbólicas, su desenvolvimiento
en mercados autónomos. Forman parte de este movimiento emancipador la
racionalización de la vida social y el individualismo creciente, sobre todo en
las grandes ciudades.
“Denominamos
proyecto expansivo a la tendencia de
la modernidad que busca extender el conocimiento y la posesión de la
naturaleza, la producción, la circulación y el consumo de los bienes. En el
capitalismo, la expansión está motivada preferentemente por el incremento de
lucro; pero en un sentido más amplio se manifiesta en la promoción de los
descubrimientos científicos y el desarrollo industrial.
“El proyecto
renovador abarca dos aspectos, con
frecuencia complementarios: por una parte, la persecución de un mejoramiento e
innovación incesantes propios de una relación con la naturaleza y la sociedad
liberada de toda prescripción sagrada sobre cómo debe ser el mundo; por la
otra, la necesidad de reformular una y otra vez los signos de distinción que el
consumo masificado desgasta.
“Llamamos
proyecto democratizador al movimiento
de la modernidad que confía en la educación, la difusión del arte y los saberes
especializados, para lograr una evolución racional y moral. Se extiende desde
la Ilustración hasta la UNESCO, desde el positivismo hasta los programas
educativos o de popularización de la ciencia y la cultura emprendidos por
gobiernos liberales, socialistas y agrupaciones alternativas e independientes”
(Ibíd.:31-32).
Lo
rescatable de la cita anterior es identificar que cada uno de estos proyectos
mirados independientemente le da un sentido racional y comprensivo a la
estructura de la modernidad, pero cuando éstos se desarrollaron y se cruzaron,
entraron en conflicto, pues (según el autor) su proceso de desarrollo fue asimétrico.
Desafío de las manifestaciones culturales modernas
Las
vanguardias extremaron la búsqueda de autonomía en el arte y, a veces,
intentaron combinarla con otros movimientos de la modernidad –especialmente la
renovación y la democratización-. Sus desgarramientos, sus conflictivas
relaciones con movimientos sociales y políticos, sus fracasos colectivos y
personales, pueden ser leídos como manifestaciones exasperadas de las
contradicciones entre los proyectos modernos (GARCÍA CANCLINI: 42).
Considera el
autor que para entender el anterior conflicto, es necesario conocer lo que
sucede en las diferentes manifestaciones culturales modernas, que son las que
de alguna manera ejemplifican los cuatro movimientos. Además es allí donde se
puede intentar entender la encrucijada que resulta de lo culto, lo popular y lo
masivo.
Donde lo
culto incluye buena parte de los productos que circulan por las industrias
culturales y su difusión se masifica a través de los nuevos medios, quienes
posibilitan que éstos lleguen a casi todo tipo de público y no sólo a las
élites. La anterior situación está propiciando una interacción simbólica de lo
culto con los gustos populares, hecho que está cambiando velozmente lo que
ahora en la modernidad se entiende por “ser culto”.
Esta mezcla
entre lo popular, lo local y lo masivo genera una situación confusa que el
autor resuelve con el nombre de híbrido, ya que el todo resultante es producto
de elementos de distintas naturalezas: por lo tanto, lo híbrido en este
contexto es entendido como principio reactivo de integración y selección.
El arte como manifestación de la modernidad
Es así como
el arte es primordial considerarlo, ya que a través de éste se puede intentar
identificar los indicadores que marcan un desarrollo moderno. Para ampliar esta
percepción, García Canclini acude a dos teóricos: Bourdieu y Becker quienes
ubican como indicador de modernidad, la producción autoexpresiva y
autorregulada.
Para
Bourdieu, en los siglos XVI y XVII se inicia un período distinto en la historia
de la cultura al integrarse con relativa independencia los campos artísticos y
científicos. En el caso concreto de los artistas, éstos logran un
reconocimiento cultural, pues poco a poco se van separando de ese público
exclusivo que eran la Iglesia y la nobleza, y sus obras logran ser apreciadas
por un público más plural y con una mayor postura crítica.
Según este
autor, en una obra de arte moderno “hay que conocer la historia del campo de
producción, tener la competencia suficiente para distinguir, por sus rasgos
formales, un paisaje renacentista de otro impresionista o hiperrealista”
(Ibíd.:36). Analizando estas “realidades modernas” se descubren las razones por
las que la modernidad implica tanto procesos de segregación como de hibridación
entre los diversos sectores sociales y sus sistemas simbólicos.
En medio de
estas tensiones se constituyen relaciones complejas, nada esquemáticas, entre
lo hegemónico y lo subalterno, lo incluido y lo excluido.
Es por ello
que en esta incontrolable carrera por innovar, el arte moderno vanguardista
puede entrar en contradicción y “aunque hoy son vistas como la forma paradójica
de la modernidad, algunas vanguardias nacieron como intento por dejar de ser
cultos y ser modernos” (Ibíd.: 42). En este sentido, si bien Becker define al
artista como “la persona que desempeña la actividad central sin la cual el
trabajo no sería arte”, centra su atención en examinar cómo el sentido de los
hechos artísticos se construye en un mundo de arte relativamente autónomo, pero
no por la singularidad de creadores excepcionales sino por los acuerdos
generados entre muchos participantes (Ibíd.:35).
Además,
García Canclini considera pertinente que las ciencias sociales se preocupen de
un análisis más profundo, en donde éstas sean “capaces de circular por las
escaleras” que conforman los diferentes pisos del mundo de la cultura. Es
decir, es necesario empezar a mirar esta realidad, no como estructuras planas y
por niveles superpuestos, sino intentar a través de miradas transdisciplinarias
deconstruir esas divisiones y rediseñar planos que permitan una mayor y
completa comunicación entre los distintos niveles. García Canclini no desconoce
que ésta debería ser una tarea de los productores del arte, pero piensa que
éstos están muy ocupados reflexionando sobre cómo hacer que sus trabajos
alcancen autonomía y dependencias del mercado y las industrias culturales.
En otras
palabras, el llamado de atención que el autor le hace a las Ciencias Sociales,
radica en que es necesario trabajar por la deconstrucción de aquella
explicación hojaldrada del mundo de la cultura sustentada en las divisiones
convencionales, pues hasta ahora ésta se lee por separado según las
herramientas de las distintas disciplinas que la estudian: la historia del arte
y la literatura “se ocupan de lo culto, el folclor y la antropología, (se han)
especializado en la cultura masiva” (Ibíd.:15). La propuesta es derrumbar los
muros creados entre los tradicional y lo moderno, entre lo culto y lo popular,
ya que estas instancias se mezclan en diversos cruces socioculturales.
Propone
además la necesidad de un compromiso fusionado entre estudiosos de distintas
disciplinas para tratar de generar un modo diferente de asumir la modernización
latinoamericana, “más que como una fuerza ajena y dominante, que operaría por
sustitución de lo tradicional y lo propio, como los intentos de renovación con
que diversos sectores se hacen cargo de la heterogeneidad
multitemporal de cada nación” (Ibíd.:15).
Las
reflexiones que se puedan hacer desde las ciencias sociales, deben apuntar
hacia un reencuentro madurado con la modernidad, como dice el mismo García
Canclini: “pensamos que el impulso innovador y expansivo de la modernidad está
tocando su techo, pero tal vez esto permite pensar en otro modos de innovación
que no sea la evolución incesante hacia lo desconocido” (ibíd.:65).
Pero
volvamos al conflicto que se deriva del desarrollo asimétrico de los cuatro
proyectos de la modernidad en mención, es decir a la forma cómo la configuración
de un envolvente tejido social (fruto de la modernización económica, política y
tecnológica), subordina las fuerzas renovadoras y experimentales de la
producción simbólica.
El
desarrollo se torna contradictorio cuando se frustra la construcción de
espacios en el que el saber y la creación puedan desplegarse con autonomía, ya
que la modernización económica, política y tecnológica fue conformando un
tejido social envolvente, que termina por someter las fuerzas renovadoras y
experimentales de la producción simbólica.
Dicha
contradicción se evidencia en el desencuentro ocurrido entre la estética
moderna y la dinámica socioeconómica del desarrollo artístico; “mientras los
teóricos e historiadores exaltan la autonomía del arte, las prácticas del
mercado y de la comunicación masiva –incluidos a veces los museos- fomentan la
dependencia de los bienes artísticos de procesos extraestéticos” (Ibíd.:32).
Esta autonomía genera profesionales especializados que acentúan la distancia
entre la cultura profesional y la del público, entre los campos científicos y
artísticos y la vida cotidiana, desviándose de aquella intención propuesta por
algunos filósofos de la ilustración, en la que pretendían extender los saberes
especializados para enrique la vida diaria y organizar racionalmente la
sociedad.
Los mercados
simbólicos sufren una serie de cambios tan considerables, que radicalizan
algunos aspectos del proyecto moderno sometiéndolo a dos situaciones
contradictorias: por un lado, se abre la exigencia de que dicho proyecto sea
viable, pero por otro, surge una visión opositora y crítica que genera un
ambiente de desconfianza (que más adelante retomaremos bajo el nombre de
posmodernidad), en la que lo social y lo cultural sufren grandes
transformaciones que se tornan contradictorias, gracias a las variadas lógicas
de desarrollo.
Retomando a
Berman, podemos ver otra visión de esta crisis de la modernidad. Éste ubica el
desarrollo de la modernidad de occidente considerando tres fases fundamentales:
la primera va desde principios del siglo XVI hasta finales del XVIII; aquí
apenas si se empieza a experimentar una vida moderna, las personas buscan un
vocabularios adecuado y tienen nula o poca sensación de pertenecer a un mundo
moderno.
Jean Jacques
Rousseau es considerado por Berman como la principal voz moderna de esta fase,
ya que es fuente de algunas de las tradiciones modernas más vitales, desde la ensoñación nostálgica hasta la
introspección psicoanalítica y la democracia participativa.
Él asombró a
sus contemporáneos al proclamar que la sociedad europea estaba “al borde del
abismo”, en vísperas de las revoluciones. Rousseau llamó a la vida cotidiana un
torbellino social; también a través
de su obra narró la forma como se da la transición del campo a la ciudad,
mostrando esta última como una mezcla en la que lo bueno, lo malo, lo hermoso,
lo feo, la verdad, la virtud, sólo tiene una existencia local y limitada.
Incluso
Rousseau profetizó que la modernidad de cien años más tarde (es decir, del
siglo XIX), ofrecería un paisaje de máquinas de vapor, fábricas automáticas,
vías férreas, zonas industriales, grandes ciudades, diarios, telegramas,
telégrafos, teléfonos y otros medios de comunicación de masas que informan a
una escala cada vez más amplia, de acumulaciones multinacionales de capital
cada vez más fuertes, de movimientos sociales de masas que lucharían contra
esta modernización desde arriba con sus propias formas de modernización desde
abajo, de un mercado mundial siempre en expansión que lo abarca todo, que
ofrece todo, menos solidez y estabilidad (Ibíd.:5).
La segunda
fase indicada por Berman comienza con la gran ola revolucionaria de la década
de 1790, hasta alcanzar el siglo XX; la Revolución Francesa dinamiza la
aparición de lo que podría llamarse un público moderno, el cual cree estar
viviendo dos mundos simultáneos: uno de revolución e insurrecciones explosivas
en todas las dimensiones de la vida personal, social y política; y, al mismo
tiempo, el público moderno del siglo XIX puede recordar lo que es vivir,
material y espiritualmente, en mundos que no son en absolutos modernos. “De
esta dicotomía interna, de esta sensación de vivir simultáneamente en dos
mundos, emergen y se despliegan las ideas de modernización y modernismo”
(Ibíd.:2-3). La modernidad aquí inició una carrera desenfrenada hacia la
racionalización de la existencia, canalizando todas sus fuerzas hacia “la diosa de la razón”.
Los
ilustrados creyeron en la cercana victoria sobre la ignorancia y la servidumbre
por medio de la ciencia; los capitalistas confiaban en alcanzar la felicidad
gracias a la racionalización de las estructuras sociales y el incremento de la
producción; los marxistas esperaban la emancipación del proletariado a través
de la lucha de clases. En lo que todos estaban de acuerdo (a pesar de las
grandes diferencias ideológicas) era en que “se
puede”, pues el modernista fue un hombre básicamente optimista, que no
aceptaba el mundo en el cual le tocó vivir, pero tiene esperanza de cambiarlo.
Este pensamiento fue marcado por el surgimiento de grandes utopías sociales,
políticas, económicas, culturales, tecnológicas, industriales, etc.
Berman acude
a Marx y Nietzsche como ejemplos más claros de voces modernas en esta fase,
pues según él, muchos de los modernismos de nuestros tiempos fueron inspirados
en estas fuentes. Para Nietzsche, la humanidad moderna se encontró en medio de
una gran ausencia y vacío de valores pero, al mismo tiempo, una notable
ausencia de posibilidades (Ibíd.:5 y 8).
Considera
que una solución al caos de la vida moderna es intentar no vivir en absoluto. “Ser
mediocres es la única moralidad que tiene sentido”. En esta dirección dice que
hay un tipo de moderno que se dedica a parodiar el pasado, necesita de la
historia, porque es el armario en que se guardan todos los trajes, pero ninguno
le queda bien, ni el primitivo, ni el clásico, ni el medieval, ni el oriental,
porque el hombre moderno nunca puede verse verdaderamente bien vestido, ya que
ningún rol social se acomoda perfectamente en los tiempos modernos (Ibíd.:9).
Marx, por su
parte, plantea que “nos hallamos en presencia de un gran hecho característico
del siglo XIX, que ningún partido se atreverá a negar”. El hecho fundamental de
la vida moderna, tal como Marx la experimenta, es que ésta es radicalmente
contradictoria en su base. “El dominio del hombre sobre la naturaleza es cada
vez mayor; pero, al mismo tiempo, el hombre se convierte en esclavo de otros
hombres o de su propia infamia” (Ibíd.:6).
Es una clase
de hombres nuevos, hombres totalmente modernos, que se encuentran frente al
desafío de resolver las contradicciones de la modernidad, de superar las
presiones aplastantes, los terremotos, los hechizos sobrenaturales, los abismos
personales y sociales, en medio de los cuales están obligados a vivir los
hombres y mujeres modernos (Ibíd.:7). Nietzsche y Marx consideran las
corrientes de la historia moderna como irónicas y dialécticas: así, los ideales
cristianos de la integridad del alma y el deseo de verdad habían llegado a
destruir el propio cristianismo, pues Nietzsche habló incluso de la muerte de Dios y el advenimiento de nihilismo como
consecuencia traumática del desarrollo de la modernidad. Pero también creen en
el resultado de una nueva clase de hombre de mañana y pasado mañana, quien, en
oposición dialéctica a su hoy, creará nuevos valores necesarios para que los
hombres y las mujeres modernos se abran caminos a través de los peligros
infinitos en que viven (Ibíd.:8-9).
La tercera y
última fase a la que alude Berman está ubicada durante el siglo XX, justo
cuando el proceso de modernización se expande por casi todo el mundo.
Aquí el
pensamiento y el arte alcanzan triunfos sorprendentes, pero el público moderno
en expansión se rompe en una multitud de fragmentos. La modernidad así
fragmentada pierde gran parte de su vivacidad y ya no es capaz de dar un
significado a la vida de las personas. Hoy vivimos en una edad moderna que ha
perdido contacto con sus raíces (Ibíd.:2-3).
Considera
Berman que la vida moderna en esta fase se ha nutrido de los grandes descubrimientos
de las ciencias físicas, la industrialización de la producción, las inmensas
alteraciones demográficas, el crecimiento urbano rápido y a menudo caótico, los
sistemas de comunicación de masas, los estados cada vez más poderosos que se
esfuerzan constantemente por ampliar sus poderes, los movimientos sociales
masivos de personas y pueblos, un mercado capitalista mundial siempre en
expansión y drásticamente fluctuante (Ibíd.:1-2).
Habermas
(1991: 18) amplía esta premisa sustentando que en la modernidad hay rasgos
comunes que se conservan a través de su desarrollo en el tiempo. Dichos rasgos
se involucran con nuevos componentes, manifestándose a manera de conciencia
subversiva y rebelde ante la norma tradicional; es por ello que el autor alemán
no aprueba que la modernidad sea un proyecto inalcanzable, pues cualquier
intento seguirá involucrando elementos propios de la modernidad.
Modernidad: ¿posibilidad o utopía?
Como hemos
visto en los aportes anteriores, hay considerable información que es
fundamental a la hora de comprender el proyecto de la modernidad, por lo tanto,
es factible concluir que no es posible delimitar una fecha precisa y marcarla
como un punto que indique: “aquí se inicia la modernidad”, ya que las épocas no
poseen finales tajantes ni determinados; los sistemas de pensamientos y valores
de una época, comienzan con la paulatina transformación de lo anterior, desde
antes de que algún suceso determinado nos permita darla por concluida; y se dan
en un proceso que culminará tiempo después de que la nueva época haya
comenzado. Así que podemos hablar del ambiente de una época que tardó varios
años en configurarse del todo (o que se está configurando).
Al buscar
rasgos comunes entre las fechas referidas, es posible encontrar el surgimiento
del espíritu científico y de búsqueda del conocimiento; ya que éstos son los
que se convierten en los grandes componentes iniciales de la modernidad y que
no sólo posibilitan enormes adelantos técnicos, sino que (para el caso de
Occidente) permiten la validación de un cambio cultural sustentado en el método
y la razón.
En este
orden de ideas es interesante reconocer la importancia de la invención de la
imprenta de tipos móviles en 1436, el encuentro de Europa con América en 1492,
o la Reforma de Lutero en 1520; es importante también el año de 1637 cuando
René Descartes publicó su Discurso del Método; inclusive la Ilustración en lo
cultural, así como la Revolución francesa en lo político, son hechos que sin
duda son fundamentales para la formación de una mentalidad y una actitud
modernas, y que de alguna manera son vistas como las etapas de la difusión de
los valores de la modernidad, haciendo de lo moderno, lo científico y lo
ilustrado, un valor “aceptado” socialmente.
Con la
Revolución Industrial, alrededor de 1760, se puede ser un poco más concreto en
cuanto al plano tecnológico, ya que aquí se percibe una clara actitud del
racionalismo científico, con el cual se busca dominar la naturaleza y así
alcanzar un mayor logro de progreso y desarrollo, es entonces cuando se
fabrican máquinas capaces de sustituir y mejorar el trabajo de las personas,
marcando con ello otra era dentro del desarrollo histórico y de lucha por el
dominio de la naturaleza.
Pero es en
el Renacimiento, entre los siglos XIV y XVI, cuando ya se empieza a formar un
ambiente en el que algunos pensadores empezaban a alejarse de la esfera de lo
teológico para ocuparse más del mundo que le rodeaba, así como en encontrar
explicaciones sobre dicho mundo, basadas ya no en la religión, sino en su
experiencia de la realidad cimentada en una observación sistemática, condición
esencial para la aparición de la ciencia empírica como método riguroso de
acceso al conocimiento; dotando al ser humano de una “certeza” en lo referente
a su porvenir, inconcebible hasta antes de esa época, debido principalmente a
la supeditación del saber de lo religioso, que no permitía ningún asomo de
contradicción (muchos sabemos lo que sucedió con Galileo o con Giordano Bruno).
Surgieron
también en este momento histórico propuestas como la de Martín Lutero,
considerado como uno de los grandes reformadores del pensamiento cristiano
quien inicia una revolución religiosa que busca poner en cuestionamiento los
principios de la iglesia Romana. A su vez, Jean Bodin publicada su libro La
República, con el que pretende a través de un proceso inductivo y deductivo
estudiar la estructura de la república y su evolución.
Pero esta
búsqueda del conocimiento trae consigo el deseo de poder, puesto que ubica al
hombre en una posición en la cual desplaza a Dios para ponerse en su lugar, y
ello le permite un mayor imaginario de dominio sobre la naturaleza, imaginario
que se presenta como alcanzable sólo a través de la ciencia, lo que se repite
hasta nuestros días a través del irrefrenable desarrollo tecnológico, de manera
tal que la industrialización y la implementación de la tecnología más reciente
se convierten no sólo en el motor del desarrollo de los países, sino en el
objetivo último de este desarrollo (es decir, el desarrollo se da a través de
la industria y el desarrollo se da para llegar, entre otras cosas, a la
industrialización plena, confundiendo los fines con los medios para
alcanzarlos).
En otras
palabras, para el sujeto inscrito en el proceso de la modernización –entendida
ésta según Berman, como el conjunto de aquellos procesos sociales que originan
y mantienen los elementos señalados como fuentes de la vida moderna- (BERMAN:
1991.2), la naturaleza tiene sentido en tanto tiene una utilidad encaminada
hacia la producción.
El hombre
moderno ya no ve un árbol, sino una silla de madera; no ve un río, sino una
gran represa hidroeléctrica, no ve la naturaleza como tal, sino que descubre
detrás de ella una fuente inagotable de obras humanas, un planeta en el que
aparentemente no queda ya nada por descubrir; y es aquí donde se presenta un
síntoma de lo que algunos llaman la crisis de la modernidad.
A propósito
de esta crisis, veamos lo que aporta Néstor García Canclini (1989),
refiriéndose al arte moderno: “las vanguardias extremaron la búsqueda de
autonomía en el arte, y a veces intentaron combinarla con otros movimientos de
la modernidad –especialmente la renovación y la democratización. Sus
desgarramientos, sus conflictivas relaciones con movimientos sociales y
políticos, sus fracasos colectivos y personales, pueden ser leídos como
manifestaciones exasperadas de las contradicciones entre los proyectos
modernos” (Ibíd.:42).
Tanto los
tradicionalistas como los modernizadores intentaron construir objetos puros.
Los primeros imaginaron culturas nacionales y populares auténticas y trataron
de preservarlas de la dominante influencia extranjera. Los modernizadores, por
su parte, concibieron un arte por el arte y un saber por el saber, abierto, sin
fronteras y buscaron con estas ideas lo que ellos llamaron el progreso.
La tarea de las
ciencias sociales sobre este campo, no constituye más que una invitación para
llegar a un reencuentro ya madurado con la modernidad, es por ello que el autor
plantea dos interrogantes: “¿Es posible seguir afirmando, como lo hace
Habermas, que la modernidad es un proyecto inconcluso pero realizable? ¿O
debemos admitir –con los artistas y teóricos desencantados- que la
experimentación autónoma y la inserción democratizadora en el tejido social son
tareas inconcebibles?” (Ibíd.:49).
Si bien la
intención de este escrito no es dar respuesta a estos interrogantes, sí
pretende mostrar que la modernidad ha sido un horizonte relativamente abierto,
en el que podemos encontrar incrustaciones culturales que la modifican
sustancialmente.
Como ya se
mencionó, el más criticado aspecto de la cultura moderna es el haberse asumido
como un proyecto de la Europa occidental, por ello no es casual que gran parte
de las tensiones de la modernidad, así como del actual momento crítico que
vive, se deban principalmente a la crisis que experimenta Occidente como centro
del ordenador del mundo; la historia moderna se ve así como un proceso de
decadencia. Dice Gianni Vattimo que “el Occidente vive una situación explosiva,
una pluralización irresistible no sólo en comparación con otros universos
culturales (el Tercer Mundo, por ejemplo) sino también en su fuero interno. Tal
situación hace imposible concebir el mundo de la historia según puntos de vista
unitarios” (VATTIMO: 1991. 192).
Ampliando lo
expresado por Vattimo y en un intento por recoger lo enunciado por los autores
anteriormente citados, quedan de manifiesto las profundas contradicciones
surgidas con la modernidad, las cuales producen tensiones y trastornos en la
sensibilidad humana, especialmente por el desarrollo del capitalismo y las
formas de la tecnología; es decir, hemos alcanzado una especie de estado de
licuefacción absoluta, una aparente imposibilidad drástica de predecir y
controlar el mundo que se manifiesta como inestable, móvil por el cambio
constante, liviano y con un pronunciado estado de levedad.
Hoy se
persiguen objetos efímeros y reemplazables, fábricas móviles, velocidad de
circulación, descarte y reemplazo de bienes. Nada que dure es deseable. La
cultura nómada ha tomado venganza del sedentarismo originario del estado-nación
moderno y ha establecido un arte de la huida. Una sociedad que considera a sus
miembros como consumidores y no como productores y un vértice de la pirámide
social en el que circulan agentes que conocen las leyes del laberinto, se definen
por su liviandad y obligan a una base cada vez más amplia a que acepten las reglas
de la precariedad, al mismo tiempo que impide la interactuación comunitaria.
Pero
también, interpretando a Marina Waisman, esta crisis debe ser aprovechada para
replantear un nuevo concepto que dé cuenta de la modernidad y reconocernos como
un mundo que cree en una historia que es posible volver a escribir. “No existe
una modernidad para los pueblos desarrollados y otro para nosotros; es hora de
asimilar una nueva modernidad, sin adjetivos, de señalar nuevas metas y adoptar
valores, pues el progreso debe entenderse como progreso del ser humano,
progreso de la calidad de vida, de la dignidad humana, de la realización de las
potencialidades humanas” (1991: 96-98).
Es por ello
que es posible concluir, al igual que Jorge Larrain, que en el concepto de
modernidad va implícito un modo de vida, que combina la democracia con el
industrialismo, la educación generalizada con la cultura de masas, los mercados
con las grandes organizaciones burocráticas (Ibíd.: 1996. 8); lo cual trae como
consecuencia, un acelerado movimiento en las modificaciones que realizan las
distintas sociedades, para lograr su desarrollo, lo anterior, se relaciona con
el espacio y con el tiempo, éstas (sociedades) además, se han adecuado al
proceso de interconexión entre las distintas esferas del universo, por lo que
los cambios se tornan globales.
Ante tan
amplio panorama de apologías contradictorias, surgen interpretaciones que se
presentan como un intento por desmarañar los alcances y limitaciones del
proyecto moderno; tal es el caso de la propuesta posmoderna, la cual se
desarrolla en el siguiente capítulo.
El concepto de Posmodernidad, ¿una alternativa?
La crisis
anteriormente planteada, las contradicciones de la modernidad y las
frustraciones generadas por las expectativas defraudadas han sido las que
propiciaron que algunos científicos, pensadores y artistas asumieran cierta
distancia frente al proyecto de la modernidad y sus implicaciones teóricas y
prácticas, pues en su lectura de la realidad, la sugieren como un proyecto
problemático, en el que sus modelos explicativos ya no ofrecen respuestas
satisfactorias.
Algunos
consideran que la modernidad Occidental jamás ha sido un horizonte abierto y
que su proceso de surgimiento y desarrollo (entendidos como fuerza histórica
que pretende negar o transformar lo premoderno –tradición), la han llevado a
convertirse en la principal fuerza homogeneizante de los destinos humanos y que
allí radica su crisis.
Por lo
tanto, lo que se pretende entender como posmodernidad, no es más que una
prolongación de la modernidad misma; aunque hablar de posmodernidad es un
asunto complicado, ya que tiene la desventaja de ser un tema de moda, rodeado
de cierto aire de misterio o de cosa prohibida y que atrae la atención de un
público especializado. Tiene la característica también de ser un término muy
amplio, en el que cabe casi todo y el que de algún modo se puede leer en un
sentido negativo como parásito de “modernidad”.
Algunos
autores como Habermas (1991), se niegan a aceptar que la modernidad haya
pasado, e insisten en que cualquier movimiento de cambio terminará siendo
absorbido por los valores que dejaron bien plantados los ilustres filósofos
europeos del siglo XVIII. Otros en cambio, como Jena Franois Lyotard (1991),
sostienen que el proyecto de la modernidad está agotado y que algo nuevo, no
sabemos exactamente qué, está surgiendo de los cambios, los cuales están
provocando el contraste entre la vitalidad humana, los desarrollos técnicos y
la globalización.
Consideran
que la propuesta posmoderna está basada en el desencanto, puesto que surgen a
partir del momento en que la humanidad empezó a tener conciencia de que ya no
era válido el proyecto moderno; dicho desencanto lo plantea Fernández Cox
(1991), como un desencanto de la modernidad –en el sentido weberiano de
considerar la modernidad como desencanto del mundo- a la que hemos asistido, en
sus dos movimientos de pérdida de ilusión y de resignificación constante, a la
manera de la crisis vista como duda y oportunidad, como desengaño y
reformulación; una posmodernidad que desencanta construcciones de la modernidad
tales como la hegemonía del racionalismo analítico cartesiano, la
absolutización de la similitud mecánica propuesta por Newton, la totalización
bajo la causalidad lineal unidireccional, los discursos reductivistas y
totalísticos y el menosprecio positivista por lo inconmensurable (Ibíd.:103).
Este tipo de
“posmodernos” tiene la experiencia de un mundo duro que no aceptan, pero no
tienen esperanza de poder mejorarlo; están convencidos de que no existen
posibilidades de cambiar la sociedad, han decidido disfrutar al menos del
presente con una actitud despreocupada. Para ellos la posmodernidad es el
tiempo del yo y del intimismo.
Tras la
pérdida de confianza de los proyectos de transformación de la sociedad, sólo
cabe concentrar todas las fuerzas en la realización personal. Hoy es posible
vivir sin ideales, lo importante es conseguir un trabajo adecuado, conservarse
joven, conservar la salud, ser en el mundo de manera ahistórica y apolítica,
etc. Los grandes principios éticos y morales propuestos en los “orígenes” de la
modernidad, no se mantienen con carácter universal, se entra en una ética de la
situación: “todo depende”.
Es así como
la crisis a la que ha llegado el llamado proyecto moderno, es la que finalmente
da pie para que surjan propuestas que pretenden reevaluarla, buscando con ello
legitimarla como un proyecto revisable y por supuesto viable; o simplemente
para demostrar que la historia de la modernidad ha llegado a su fin y así
romper el monopolio de la comprensión y el ejercicio de la racionalidad
moderna, erigida como crisol de la civilización occidental. “Ante todo,
hablamos de posmoderno porque consideramos que, en algún aspecto suyo,
esencial, la modernidad ha concluido” (VATTIMO: 1991.188).
La historia
nos brinda la posibilidad de verificar el paso del teocentrismo al
antropocentrismo y, en este proceso, se exaltó al sujeto para después exaltar
sus obras hasta el punto en el que éstas ya no se explican por él, sino que él
se explica por ellas; pero más aún, preso de la tecnología, de los instrumentos
y de los medios de comunicación, el sujeto ha perdido parte de su intimidad e
interioridad.
Es por ello
que es necesario llegar a una postura (que algunos la llaman posmoderna) en la
que ya no exista la preocupación por elaborar concepciones globales sobre qué
es el hombre o el mundo, tales como las ofrecieron en su tiempo Kant, Hegel o
Descartes; sino a una postura que busque transformar esa técnica moderna,
mediante la cual el hombre adquirió algún dominio sobre la naturaleza y la usó
a favor del capitalismo, en la que surgió la aparición de la informática, de la
televisión y otros tantos productos tecnológicos, situación en donde el objeto
creado se volvió sobre el sujeto creador y lo influye por dentro, lo modifica y
lo cambia, dinamizando su vida de un modo particular.
Estos
adelantos tecnológicos cambiaron las conductas, los modos de pensar, sin que en
un cierto instante se pueda saber cuánto pertenece al hombre y cuánto a las
técnicas. Urgimos pues de una postura desde las ciencias sociales que permita
reevaluar la crisis de la idea que ha dinamizado nuestro devenir más reciente y
que fortalezca los derechos humanos, la iniciativa, la participación, la
solidaridad y, sobre todo, la dignidad de la persona humana.
Un aceptable
inicio para hacerlo es planteado por García Canclini (1989), quien considera
necesario implementar “ciencias sociales nómadas”, que eliminen los niveles
verticales en que se ha querido ver la realidad social y los rediseñe
horizontalmente.
Considera el
autor que han sido pocas las investigaciones realizadas sobre la cultura, en
las que se consideren los procesos llamados postmodernos y que ello ha
permitido vacíos a la hora de comprender el llamado pensamiento premoderno,
hasta tal punto, que este último no es considerado importante a la hora de
construir procesos sociales, limitando así la posibilidad de una construcción
crítica.
Sugiere
además que el trabajo conjunto de las diferentes disciplinas debe generar otro
modo de concebir la modernidad, como un intento de renovación a partir de los
diversos sectores que se hacen cargo de la heterogeneidad multitemporal de cada
nación. En otras palabras, es necesario asumir una mirada interdisciplinaria
sobre los llamados circuitos híbridos,
los cuales desbordan la investigación específica de cada disciplina por
separado. “Encontramos en el estudio de la heterogeneidad una de las vías para
explicar los poderes oblicuos que entreveran instituciones liberales y hábitos
autoritarios, movimientos sociales democráticos con regímenes paternalistas y
las transacciones de unos con otros” (Ibíd.:15). Esta afirmación surge como una
manera de abordar una modernidad transformada en un proyecto polémico y
desconfiable, en la que apenas sí se identifica una mezcla de memoria
heterogénea e innovaciones truncas.
A su vez
Lyotard (1991), filósofo que se ha ocupado de pensar la postmodernidad,
sostiene que ella resulta del desarrollo de la modernidad. Dice que “la
postmodernidad es cosa moderna”, en donde el postmodernismo es un estado
naciente y constante de un modernismo en el que “bajo la demanda general de
relajamiento y apaciguamiento, nos proponemos mascullar el deseo de recomenzar
el terror, cumplir la fantasía de apresar la realidad. La respuesta es: guerra
al todo, demos testimonio de lo impresentable, activemos los diferendos,
salvemos el honor del hombre” (Ibíd.:43). En otras palabras, la llamada cultura
posmoderna está en la capacidad de contribuir a un modernismo en el que se
pueda (paradójicamente) allanar el camino para su regreso triunfal, es decir al
espíritu de la modernidad.
También
describe Lyotard la condición posmoderna como la instancia en la que el hombre
se ve cada vez más lejos de poder incidir con sus acciones en el curso de la
historia y en la que lo que cada hombre puede hacer es demasiado loco. “La
modernidad, cualquiera sea la época de su origen, no se da jamás sin la ruptura
de creencia y sin el descubrimiento de lo
poco de realidad que tiene la realidad, descubrimiento asociado a la
invención de otras realidades”. (Ibíd.:38).
Piensa
Lyotard que los seres humanos somos arrastrados hacia un desarrollo inhumano,
que ya no nos atrevemos a llamar progreso, mientras somos testigos de la
desaparición de una alternativa humana, política y filosófica. Es por ello que
el autor francés considera que tenemos un compromiso moral de dar testimonio de
lo impresentable para así salvar el honor del hombre.
Jürgen
Habermas (1991), por el contrario sugiere que la posmodernidad se ha presentado
claramente como una antimodernidad: su teoría sugiere que el proyecto se la
modernidad todavía no ha sido realizada, que la modernidad espera su
conclusión, a pesar de que el capitalismo esté potenciando las críticas hacia
la modernidad cultural.
Para
Habermas, todas las tendencias de cultura “alternativas” son en realidad formas
encubiertas de antimodernidad (Ibíd.:17), puesto que su tendencia se inclina
hacia un ataque desmedido a la propuesta moderna, sin que en ella vaya
implícita propuesta alguna que soporte la posmodernidad como un proyecto sólido
y viable.
Por su parte
Marina Waisman (1991), manifiesta estar de acuerdo con Habermas al considerar
que no es acertado hablar de Posmodernidad, pero lo objeta diciendo que no es
posible alcanzar plenamente la modernidad. Considera Waisman que lo que algunos
autores nombran como posmodernidad, no es más que una situación que se puede
presentar de dos modos diferentes: o bien es una postura antimoderna, que
permanece ligada a la Modernidad en una relación negativa, o bien considera
acabada la Modernidad y con ella la historia misma (Ibíd.:93-95).
Aunque es
atrevido hablar del fin de la historia, lo que Waisman propone de alguna manera
es que la búsqueda de modelos culturales en la historia se abandonó y se
estableció una oposición total entre tradición y presente. Esta idea de
modernidad es la que se ha extendido a lo largo del último siglo y tiene
caracteres que la distinguen claramente de las anteriores, antes toda la
ideología del progreso estaba ahora centrada en el avance de la ciencia
(aplicada) y ya no el conocimiento en sí, relacionada así con la técnica y la
producción de bienes y sin conexión con el progreso moral.
La ideología
de la modernidad, a su vez, ha dado lugar al surgimiento de un sistema
autónomo, la modernización, entendida (según la autora) como el proceso
técnico-económico-social que, producido a partir de las premisas de la
modernidad, se ha separado de esas bases conceptuales, ya desacreditadas,
adquiriendo una especie de “rutina” (el progreso como rutina) que le hace
continuar con sus propias leyes en un proceso/progreso indefinido.
Para el caso concreto de América Latina, sugiere
Waisman que estamos viviendo en tres tiempos históricos de modo simultáneo:
premoderno, moderno y posmoderno. Premoderno, ya que nuestra sociedad es
insuficiente tecnificada y los Estados son administrativa y políticamente
ineficientes; moderno, “porque mantenemos viva ciertas ideologías típicamente
modernas, como el progreso material, con el consiguiente culto a la alta
tecnología y la adopción de modelos y procesos de diseño modernistas”; y posmoderno,
“ya que aceptamos el pluralismo, hacemos la crítica de la modernidad, adherimos
al creciente rechazo de los modelos y estamos tomando conciencia de la propia
identidad –esto entre los aspectos positivos-, así como caemos en la frivolidad
y el reduccionismo derivados de los efectos de la comunicación de masas”
(Ibíd.:89-90).
Plantea
Waisman que la posmodernidad en su crítica a la modernidad, propone el derrumbe
de los modelos hegemónicos y el reconocimiento de las diferencias (como un modo
de reconocerse a sí mismo): “Retomamos una y otra vez a la tensión entre lo
universal y lo particular, entre el proceso de homogeneización que domina
nuestra época y la urgencia por consolidar una identidad. Los procesos de
transculturación, de asimilación, de contaminación cultural, se han sucedido a
lo largo de toda la historia humana, aunque quizá nunca se han producido en la
escala, con la fuerza de penetración y con el trasfondo de relaciones
ideológicas y de poder que caracterizan la situación actual” (Ibíd.:92-93).
Por su
parte, Fernández Cox (1991) considera la situación posmoderna como un
desencanto de la modernidad y propone, apoyado en Norbert Lechner, que hay dos
caras en el desencanto: la pérdida de una ilusión y una resignificación de la
realidad. El desencanto con el mundo moderno brinda la posibilidad de una
reformulación, que algunos llaman posmodernidad, es decir un replanteamiento de
aquella crisis que provocó la desilusión. En palabras de Fernández Cox, “el
reencanto de la modernidad como categoría histórica. Se trataría de una especie
de desencanto con el desencanto” (Ibíd.: 104); fórmula paradojal que nos
recuerda que el desencanto es más que una pérdida de ilusiones; es también la
reinterpretación del mundo y de los anhelos. De ser así, ese desencanto
proyectado en la posmodernidad no sería el triste final de un proyecto
demasiado hermoso para hacerse realidad, sino, por el contrario, un punto de
partida, a partir de los obstáculos históricos de dicho proyecto.
Para
Fernández Cox, hablar de un desencanto de la modernidad al referirse a la
situación posmoderna, no es otra cosa que la posibilidad de atrevernos a
proponer una postura en la que, en vez de caer en la tentación de denunciar la
decadencia de la modernidad, por el contrario nos posibilite proponer una nueva
situación cultural como inicio de reestructuración social, dándole continuidad
así al espíritu moderno que opacó la modernización que fijó sus horizontes en
una racionalidad tecnológica y tecnocrática.
Sin embargo,
para este autor, al igual que para Habermas y Waisman, el término posmoderno es
confuso, por lo tanto sugiere hablar de “modernidad precrisis (racionalista,
voluntarista, torpemente depredada, ignorante de lo simbólico y lo
inconmensurable)” y “modernidad poscrisis” caracterizada por la construcción de
un nuevo orden producido frente a un orden recibido (Ibíd.: 105). “La
modernidad poscrisis es un avance científico y poético respecto de la
modernidad precrisis (que se resignifica a partir de la pérdida de la ilusión y
la crisis que ello genera); y no un mero retroceso de la modernidad que nos
deja paralizados y anímicos en el puro desencanto, según implícita la
formulación del fenómeno como posmodernidad” (Ibíd.: 106).
Con lo que
se ha dicho sobre la posmodernidad, es posible plantear que si bien los autores
consultados no acuerdan en denominar a nuestra situación actual con el rótulo
de posmoderna, sí identifican características que definen a nuestra cultura
contemporánea, ubicándola en un momento histórico en el cual la modernidad
occidental europea, ha derivado en una sociedad de consumo, de informática, de
medios masivos de comunicación y de tecnología sofisticada, en lo cual
asistimos a una fase en la historia del individualismo occidental, que
constituye una verdadera revolución a nivel de las identidades sociales, a
nivel teórico y a nivel cotidiano.
Una
revolución que se caracteriza por el contraste entre un consumo masificado
tanto de objetos como de imágenes, por una cultura hedonista que apunta a un
confort generalizado y personalizado por la presencia de valores permisivos y
light, frente a una ausencia de respuestas personales y sociales, traducida de
una manera muy acertada como “desencanto”.
Pero también
hay que ser cautos con el tema de lo posmoderno, ya que es difícil
contextualizarlo en países donde la pobreza, la exclusión y el analfabetismo
son de alguna manera endémicos. Lo posmodernos, para un lector desprevenido,
puede aparecer como un lujo exótico; más cuando la dependencia estructural de
nuestros países está fuertemente agudizada por el problema de la deuda externa
(entre otros).
Al hablar de
la condición posmoderna, en el caso que nos ocupa, hay que analizar atentamente
el traslado de esos conceptos a la situación de América Latina. Aquí, ni en
ninguna parte, lo posmoderno nunca podría darse en “estado puro”, no puede
incorporarse sin modificaciones porque las situaciones que lo han generado no
son las mismas que experimentan los países industrializados.
Aunque en
estos últimos años, los índices de consumo de todo tipo de artículos han
aumentado, hay que reconocer que aún no estamos en el paraíso del consumo, no
hemos llegado a hartarnos de los excesos de la productividad y el industrialismo;
no se nos ha perdido la naturaleza, ni la automatización ha encerrado todas
nuestras rutinas (afortunadamente). Lejos estamos aún de que así sea en su
desarrollo para toda la población. Sin embargo, habitamos grandes ciudades
donde la contaminación y la impersonalidad son omnipresentes y ello ya nos
asemeja a las grandes sociedades industrializadas (modernizadas).
Parece que
desde el punto de vista tecnológico estamos afectados, de hecho, por algunos de
los fenómenos que han dado lugar a la irrupción de lo posmoderno en muchos de
nuestros países, asimismo estamos afectados por las múltiples reelaboraciones
que nuestros pueblos están haciendo de la imposición moderna. Lo que no implica
decir que se esté afectando “igualmente”, ya que la situación socioeconómica
estructural en que el fenómeno se sitúa es diferente. Lo que ofrece es una
lectura diferencial del mismo fenómeno. Por supuesto que los sectores sociales
tocados más directamente son, sobre todo, urbanos; en el caso de las
poblaciones rurales, la situación también se presenta pero de una forma
proporcional. Sin embargo, hay algo de común con aquellos otros lugares. La
desesperanza frente al modelo moderno.
Finalmente,
el desencanto actual que se plantea en párrafos anteriores, se refiere a la modernización tecnocrática, la cual no
viene sola, sino acompañada y apoyada por una modernidad ideológica que trata
de justificarla. Se podría decir que el desencanto emergente es más resultado
del proceso de modernización, que de la modernidad mismo. La liberación del
hombre a través de la razón y la técnica, ha terminado convirtiéndose en su
opuesto. Lo que se pone en cuestión es la pretensión de hacer de la
racionalidad formal el principio de totalidad.
La propuesta
posmoderna se caracteriza, generalmente, por tres aspectos: en primer lugar,
una crítica a la evolución de la razón occidental; en segundo plano, el
cuestionamiento de los relatos omnicomprensivos y totalizantes como vía para
llegar a la verdad y, por consiguiente, el rechazo al empleo de sistemas
teóricos generales para explicar la (supuesta) realidad; y, por último, como
resultado de las dos anteriores, la pretensión, en términos de la vida
cotidiana, de instaurar una condición humana sin utopías.
En la
cultura latina se alcanza a identificar situaciones culturales de resistencia,
que pueden ser leídas bajo el manto de los tres aspectos anteriores: a pesar de
la intensidad con que están llegando ciertas modas, son muchas las mujeres de
nuestros países, en especial Bolivia, Perú y Ecuador, que siguen usando algunas
prendas de vestir tradicionales, se conservan algunos mitos que no pierden
fuerza cuando son cuestionados por la “razón occidental” y muchos de sus
rituales siguen vigentes a pesar de que otros modelos explicativos sugeridos
por la televisión, los señalan como si fueran de un pasado remoto.
Pero la
presencia de dicha resistencia, no minimiza la compleja realidad que vive
nuestra América, a veces es confuso diferencia (no es que sea necesario
hacerlo) cuándo ciertas prácticas culturales están inscritas en la situación
moderna, posmoderna o tradicional. Posiblemente, el capítulo siguiente nos
acerque un poco a una mejor interpretación de tan pretensiosa pregunta.
Tradición
Como quedó
dicho atrás, algunos pensadores latinoamericanos han decidido entrar a hacer
parte del debate sobre la modernidad, el cual inicialmente se ha sugerido desde
los discursos europeos; es necesario que dicho intento no se quede en una mera
reproducción imitativa, sino que trascienda a una relectura y por cierto una
re-creación de dichos discursos, a partir de la tradición, es decir el universo
significativo de nuestra América. Sin embargo, en algunos debates y ensayos que
trabajan la problemática de la modernidad, el polo antagónico de este discurso,
la tradición permanece oculta; no expresada, desdibujada, como un supuesto que
no requiere la teorización. La tradición es leída en esta perspectiva como la
negatividad de la modernidad.
Leer algunos
países latinoamericanos bajo esta concepción “negativa” del concepto, es
identificarlos como el polo opuesto de la modernidad, es concebir la tradición
como inmovilismo, ignorancia, prejuicio, superstición, reproducción de los
sistemas de valores, de las lenguas, mentalidades y actitudes de pasados
remotos, como ese universo que estaría regulado por reglas y prácticas
inalterables que no han estado regidas por la razón, sino por los sentimientos,
los prejuicios, lo irracional y la magia. La tradición sería como la
pre-historia de los pueblos y sociedades.
La
modernidad sería el signo del comienzo de la historia, entendida ésta (como ya
se dijo) como un proceso orientado por la razón instrumental. Una historia,
cuyas supuestas “leyes”, regularidades y claves podían ser develadas por la
ciencia. Una historia secular y no una historia sagrada. En la tradicionalidad,
las creencias religiosas o actitudes mágicas le habrían impedido a Sudamérica
comprender su propia praxis, darle un sentido a sus vidas. En definitiva, la
tradición o el estadio de la tradición sería para estos pobladores, la “oscuridad”,
la ausencia de la “luz” del conocimiento impuesta por las clases dominantes
para rutinizar su dominación.
Néstor Iván Cortéz Ochoa (Antropólogo).
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