viernes, 12 de diciembre de 2014

Cuento chino...

Cuentan los chinos que una vez uno de ellos llegó al Infierno. En el gran portón de entrada lo estaba esperando el Diablo, quien dijo: 
-Bienvenido, querido hermano, a este lugar al que llegan tantos hombres y mujeres.
-Buenos, ya que estoy aquí, ¿por qué no me mostrás un poco el lugar? -dijo el chino. -Me contaron que es terrible; que hace mucho calor, que hay fuego eterno...
-Nada de eso -interrumpió el Diablo-, esas son pavadas que dicen los que nada saben. Vení, pasa y te muestro...
Dicho esto, nuestro amigo llegó a un salón en medio del cual había una larguísima mesa con exquisitos manjares: lechones, pollos, ensaladas, postres de todo tipo, tortas y deliciosos helados.
-Pero esto es absurdo. ¿Qué clase de castigo es este? -preguntó el chino.
-Mira a tu alrededor y entenderás.
Cuando miró, notó con sorpresa, que quienes allí estaban eran muy flacos y tenían cara de pasar mucha hambre.
-Pero... ¿por qué están así si tienen toda esa comida? -preguntó el chino sin poder disimular su curiosidad.
-Verás -contentó el Diablo-, yo dejo que ellos tomen toda la comida que quieran, a condición de que usen esas cucharas de dos metros de largo. Como no pueden de esta forma llevar el alimento a sus bocas, pasan mucha hambre a pesar de tener tanta abundancia.
-Realmente éste es un castigo terrible -dijo el chino. Y agregó: 
-Ya que estamos, ¿por qué no me llevas a dar una vueltita por el cielo? Quiero ver que ocurre ahí.
Después de mucho insistir, el Diablo aceptó acompañarlo.
Al llegar, el chino se presentó ante Dios y le dijo:
-¿Qué tal? Estoy muy interesado en conocer cómo tratan a los que llegan aquí.
-Muy bien, hijo mío, adelante -respondió Dios.
Y le mostró el lugar. Su mayor sorpresa fue que era idéntico al Infierno. Estaba la misma larga mesa y los mismos manjares. Y todos allí debían, también, comer con larguísimas cucharas. Sin embargo, todos se veían contentos y muy bien alimentados.
-No entiendo -dijo el chino-, ¿cuál es la diferencia con el Infierno, si todo parece igual? ¿Por qué allí son débiles y desgraciados, mientras que aquí todos están rozagantes y dichosos?
-Es muy simple -contestó Dios-, cuando llega el momento de comer, aquí cada uno toma su cuchara, elige la comida que más le gusta y se la da a un compañero, que a su vez hace lo mismo con el otro...

Moraleja:
La única diferencia entre el cielo y el infierno, entre el éxito y el fracaso, está en la actitud que adopte el ser humano.
Ayudándonos unos a otros, trabajando en equipo, compartiendo esfuerzos, es mucho más fácil superar los problemas, por más insalvables que parezcan.
Todo, en definitiva, depende de nosotros, de nuestra capacidad de compartir dejando de lado los egoísmos personales.
Nadie es TODOPODEROSO, con lo cual, la ayuda que hoy yo pueda prestarle a alguien, será la misma que mañana me retribuirá esa persona a mí.
Colaborando, prestando y recibiendo ayuda, el camino hacia el logro de los objetivos se hará más corto y menos complicado.

Autor desconocido

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